El Centro de Estudios Salud Mental, Memoria y Transformación editó “Relatos de una experiencia desmanicomializadora”, un libro que reúne las voces de usuarios, trabajadores y profesionales que participaron del proceso de cierre de la sala 5 de la Colonia de Oliveros
La escena transcurre el 24 de agosto de 2023 en la Colonia Psiquiátrica Dr. Abelardo Irigoyen Freyre, en Oliveros. “Después de vivir entre tres y cuarenta y siete años en ese pabellón, ocho hombres se están mudando por fin a las «moradas internas», dos viviendas construidas dentro del perímetro de la institución en los primeros años del 2000 y que desde ese día pasan a ser la casa de Aoniken, Ariel, Cristian, Fernando, Guillermo, Jorge, Juan y Ramón”.
La escena deja flotando la pregunta que se hace una de las trabajadoras que acompaña el proceso: “¿Cuál es el diagnóstico de una persona que habita un manicomio durante 30 años?”. Los pasos dados desde la Sala 5 a las dos viviendas ubicadas a unos cientos de metros no son el inicio ni el final de la experiencia que usuarios y trabajadores del neuropsiquiátrico más grande de la provincia comenzaron a transitar en abril de 2022 y que aún continúan construyendo.
Para agosto de 2023 la Ley Nacional de Salud Mental 26.657 llevaba 13 años sancionada y su decreto reglamentario una década. Allí se establecía una meta concreta para el 2020: la sustitución definitiva por dispositivos de atención comunitaria de los hospitales monovalentes, llamados neuropsiquiátricos o manicomios.
En 2019 el Censo de Personas Internadas por Motivos de Salud Mental alcanzó en todo el país a 162 instituciones, donde se registraron 12.035 personas internadas, de las cuales la mitad se encontraba alojada en los 41 establecimientos de gestión pública. En Santa Fe el registro era de 813 usuarios, de los cuales el 36,3% (295) estaban en establecimientos públicos y más del 60 por ciento (518) se alojaban en el sector privado.
Al momento de llevarse adelante el censo ni una sola institución en todo el país había cerrado sus puertas. Lejos de encontrar a los neuropisquiátricos cerrados, el plazo establecido los encontró en plena pandemia de Covid 19 con un “encierro dentro del encierro”, como señalan los trabajadores de la salud de la Colonia.
“Relatos de una experiencia desmanicomializadora. El cierre de la sala 5 de la Colonia de Oliveros”, el libro editado por el Centro de Estudios Salud Mental Memoria y Transformación, es el relato del proceso que sin negar tensiones ni conflictos, llevó adelante a partir de abril de 2022 el equipo de trabajadores de la sala y los ocho usuarios que la habitaban.
Los relatos documentan la decisión tomada a partir de 2019 por la Dirección de Salud Mental de Santa Fe de avanzar en el cumplimientos de la ley nacional a través de la elaboración de un Plan Provincial de Salud Mental y, en lo específico, un Proyecto de Transformación Institucional de la Colonia de Oliveros. Una polifonía de voces que dan testimonio y que busca sobre todo «demostrar que hay alternativas al manicomio”.
Agustina Barukel es politóloga, Dra. en Ciencias sociales y autora del Proyecto de Transformación Institucional de la Colonia y del libro que ya se presentó en Rosario y Buenos Aires. “Buscamos contagiar desde este proceso que fue único y singular”, afirma sobre el trabajo hecho y que compila la heterogeneidad de voces de quienes fueron parte de la experiencia en sus diversos niveles, desde la dirección del hospital, los acompañamientos externos, las propias trabajadoras de la sala que aún hoy son apoyo en las viviendas, y de los ocho usuarios que protagonizaron la mudanza.
“Parte del libro intenta ser una reconstrucción de las cosas que han sucedido en la Colonia, que con sus claroscuros fue una institución pionera en muchas políticas de transformación y de sustitución previo a la Ley de Salud Mental y también a posteriori.
Dejar registro y testimonio, señala, es central en una historia que lleva más de ocho décadas con muchos espacios en blanco.
“Parte del libro intenta ser una reconstrucción de las cosas que han sucedido en la Colonia, que con sus claroscuros fue una institución pionera en muchas políticas de transformación y de sustitución previo a la Ley de Salud Mental y también a posteriori. Todo ese proceso de historizar fue bastante dificultoso por la falta precisamente de registros y es importante porque es una institución con una historia muy larga y con muchos acontecimientos que permiten pensar las modulaciones de la política de salud mental”, abunda.
Aunque fragmentada, la historia del establecimiento mostraba experiencias anteriores, y profesionales mujeres -pioneras de esta experiencia desmanicomializadora- que habían permitido cerrar salas, antes llamados pabellones.
Ya en 2003 y 2008 se habían creado las “moradas internas” en el predio de la Colonia que hicieron posible el cierre de la sala 5, pero entre 2010 y 2012 se habían logrado cerrar las salas 4 y 10, y entre 2011 y 2012 se abrieron 3 viviendas asistidas en el pueblo de Oliveros. En 2015, se inauguró una cuarta vivienda mientras en la Colonia se cerraba la sala 8: una experiencia que comenzó a gestarse con “las locas del 8”, tres mujeres que soñaron casas habitadas por personas que, de pacientes de la Colonia, pasaron a ser residentes con nombres y apellidos: “la trabajadora social Raquel Rubio, la psiquiatra Gabriela Pino y la psicóloga Pilar López Álvarez abrazaron esta causa haciendo visibles cuerpos fragmentados: con la escucha. Mirándolos, haciéndolos existibles en un proceso arduo de externación, casi arqueológico, donde no faltaron las luchas y las resistencias” escribe Mariana Terrile -comunicadora y fotógrafa- en la crónica publicada en el 2024 en Las12, a raíz de la muestra de arte “Arrebol” sobre esta experiencia pionera en salud mental de la cual ellas fueron actoras claves en todo este proceso.
En 2019 se puso en marcha un Hostal Residencial en Maciel que posibilitó el cierre de la sala 3 y en 2021 llegaría el cierre de la sala 7 y el traslado a la sala 4, en mejores condiciones edilicias. Para el 2022, comenzando la salida de la pandemia, se ponían en marcha nuevos equipos territoriales.
“Abrir para cerrar” fue la premisa sostenida desde desde 2019 para llevar adelante la experiencia.
“La sustitución definitiva es posible en tanto se arme algo alrededor que debilite el poder centrífugo del manicomio. Y esto es no solo el proyecto de la Colonia, sino también el proyecto de los centros territoriales de salud mental en la provincia”, remarca Agustina.
Sobre la diferencia que marcó el proceso particular de esta sala, señala: «Si bien se abrieron otras viviendas anteriormente, no tenían las mismas características. Esta casa se abría para poder alojar a estos usuarios, con un equipo interdisciplinario que se sostiene en las casas, mientras que en otras experiencias eran para personas con mucha mayor autonomía e incluso así, no siempre funcionaron”.

“Yo de acá no me muevo”
«No, yo no me quiero mudar, de acá no me muevo, ¿Por qué van a cerrar la quinta?». Florencia Escandar Burkle, psicóloga de la sala y ahora parte del equipo interdisciplinario que acompaña a los usuarios en las dos viviendas lo escuchó repetir más de una vez.
“El proceso no fue rápido, hay resistencias. Hablamos de algunas personas que no llegaron nunca a vivir en una casa. Hay un usuario que ingresó a la Colonia de niño, vivió allí 47 años -cuenta-. Hubo un momento donde los pacientes ingresaban niños a la Colonia y crecieron allí, entonces invitarlos a formar parte de proyectos que no llegan a poder imaginarse generaba estas resistencias”.
Para poder imaginar cómo es crecer en un manicomio, la profesional invierte la pregunta. “Hay que pensarlo al revés, qué hacen los adultos con un niño, le muestran el mundo. Bueno estos fueron niños a los que nadie les mostró el mundo”, dice.
La Sala 5 se creó en 1943 como sala de ingreso de varones y funcionó de ese modo, sin demasiados cambios, en los más de 80 años que tiene el hospital. En 2016 pasó a ser sala de internación prolongada.
Eso hace que quienes habitaban la sala eran usuarios “cronificados”, personas que como señalan las autoras “sufren los efectos de la institucionalización prolongada debido a la ausencia de mecanismos que les garanticen el acceso a derechos sociales básicos”. No es el diagnóstico lo que los tiene en una sala psiquiátrica, es no poder tener una vivienda, un trabajo o apoyos económicos que les permitan solventar la vida.
“Esta semana fueron a hacer mandados solos, fueron con una lista, en colectivo”, relata Florencia sin poder encontrar las palabras precisas para dar dimensión a lo que sucede cuando lo cotidiano que se vuelve extraordinario.
Además de su historia, la sala había alcanzado para 2022, con el inicio del proceso en marcha, sus propias características.
“Era una sala que tiene un equipo de psicólogas, trabajadora social, psiquiatra, operadores en salud y enfermeros, un acompañamiento las 24 horas que es necesario y que viene ajustando con las políticas nacionales y provinciales, pero que son necesarias para darle dignidad a estas personas”, detalla Agustina sobre la conformación de los apoyos que aún son necesarios fuera de la sala.
La transformación no sólo encontró resistencias a vencer entre los usuarios, sino también entre los trabajadores. Hubo tensiones, debates acalorados y definiciones. Hubo quienes no quisieron modificar los modos de trabajo y continuaron en otras funciones, explican las profesionales.
Todo eso sin dejar de lado además los reclamos por las condiciones de trabajo: el mismo día que se concretaba la mudanza, los equipos de la Colonia cortaban la ruta 11 en reclamo de mejoras.
Frente a la resistencia inicial de los usuarios de la sala, Florencia remarca que al final del camino “había una certeza” y esa certeza era que “una vivienda era un derecho”.
Algunos de ellos son sobrevivientes de prácticas donde lo manicomial se hacía carne en el castigo y la medicalización
Lo extraordinario en lo cotidiano
Para quien pasó su vida, o gran parte de ella, en la sala de un neuropsiquiátrico las cosas más comunes de la vida cotidiana pueden volverse extraordinarias. “Algunos de ellos son sobrevivientes de prácticas donde lo manicomial se hacía carne en el castigo y la medicalización”, remarca Florencia.
En los relatos de los hombres, plasmados en el libro a través de un proceso de acompañamiento en el que la mayoría fueron grabados, transcritos y autorizados por ellos, se leen desde las dudas iniciales frente a la propuesta hasta la importancia de la cama o la habitación propia.
“No sabíamos si nos iba a gustar «la morada»”, recuerda Aoniken para afirmar líneas después que “valió la pena”. “Tengo mi habitación, duermo solo, hago lo que quiero, me fumo un cigarrillo, me ordeno mi ropa, me baño cuando quiero”, agrega.
La cama, la habitación, el baño que permite intimidad porque tiene una puerta (no la tenía la sala) son las cosas de todos los días que entran en ese “valió la pena”, que no deja de lado las tensiones que pueda haber en las convivencias. Un «valió la pena» que les habilita dar incluso un paso más: pensar en terminar la escuela en Maciel, como escribe Ariel; reconstruir los vínculos y recibir la visita de una hija después de 25 años, como cuenta Ramón.
“Los que trabajamos en salud mental intentamos ver de dónde agarrás a la persona para traerla a la vida. En una casa propia dignificada es mucho más fácil que en una sala”, afirma Florencia.
Cocinar, organizar la lista de compras, vivir la casa, escribir un libro, ir al pueblo, salir a comer unas hamburguesas aparecen como posibilidad recién a partir de su mudanza. Y como puntualiza la profesional en el contexto de la crisis relacionada a las pensiones por discapacidad que existe a nivel nacional, “son posibilidades que tienen porque todos cobran una pensión”.
Los que trabajamos en salud mental intentamos ver de dónde agarrás a la persona para traerla a la vida. En una casa propia dignificada es mucho más fácil que en una sala
“Ese ingreso es un cambio en la vida de estas personas que si no sólo se quedan con las migajas que les da el manicomio porque es cierto que una cama y un plato de comida es un montón, pero eso no es la vida”, agrega.
Frente a un escenario actual donde “no hay soporte real a lo que establece la ley de salud mental”, Florencia insiste en que “es a través de la cultura, la educación, el trabajo y la vivienda, las cosas que hacen a la dignidad de la vida de cualquier persona, que se puede sustituir el manicomio”. Y todo eso, agrega, no está adentro, sino afuera.