A partir de talleres que durante meses tuvieron lugar en la Biblioteca Popular Pocho Lepratti, nació una Red territorial en Salud Mental Comunitaria integrada por organizaciones barriales de Tablada y la Sexta, instituciones y trabajadores del Estado. Se trata de un nuevo espacio colectivo que busca potenciar el encuentro y la palabra, recuperar saberes populares y socializar aprendizajes organizacionales. Como primera actividad, convocaron a una kermese que tuvo lugar en plena calle. Lo comunitario para construir el buen vivir.
En una mañana nublada de sábado el segundo encuentro del taller “Pensar en comunidad” invita a repensar estrategias de fortalecimiento y articulación para construir una Red territorial de Salud Mental Comunitaria. A la ronda se van sumando integrantes de diferentes organizaciones como la asociación civil Rancho Aparte, el Bachillerato popular Tablada, La Vigil, el Observatorio Mercedes Pagnutti, la Red de mujeres del sur, el centro Cultural La Trinchera, la Asociación Nexo. También participan agentes del Estado: docentes y trabajadores de centros de salud como el Pasteur, Rubén Naranjo y el Eva Perón. La convocatoria es tan amplia como necesaria y así lo entienden quienes sostienen la Biblioteca Popular Pocho Lepratti, ubicada en la calle Chacabuco al 3000 de barrio Tablada. Un llamado a encontrarse, pero sobretodo a poner en común saberes y experiencias de quienes trabajan cotidianamente en el territorio: qué problemáticas de salud mental atraviesan a la comunidad y cuáles son las potencias existentes para abordarlas colectivamente.
Carlos Nuñez, psicólogo, docente y uno de los fundadores de la biblioteca popular con casi 25 años de historia, dice que no tienen respuestas frente a la angustia o desesperanza social que se acrecentó en los últimos tres años. Todo lo contrario. Lo que hay son cada vez más preguntas y una necesidad urgente: construir espacios de diálogo. Así nacieron, bajo ese llamado, las primeras rondas de escucha que la Pocho Lepratti generó apenas asumió como presidente Javier Milei. “Estábamos todos muy golpeados. Y empezamos a pensar estrategias de sobrevivencia pero, sobre todo, un espacio para poder conversar. Se acercó gente que quizá está sola, que no tiene con quien compartir esa angustia. Y nos dimos cuenta también lo importante que es tener una organización donde poder materializar algo de nuestros dolores. Es una potencia frente a este contexto”.
Poner a disposición el espacio organizacional es una de las principales premisas. Abrir las puertas, escuchar, intercambiar miradas y diseñar estrategias colectivas. Lo que notan desde la organización es un desborde en todos los dispositivos dedicados a la salud en su aspecto más integral. Entonces, aporta Majo Draperi, comunicadora y actual presidenta de la institución, “nos empezamos a preguntar qué podíamos hacer, porque nuestro rol como organización comunitaria tiene que ver con trabajar algo tan fundamental como la construcción del lazo social”.
Cuando casi la mitad de la población se encuentra bajo la línea de pobreza “no hay dispositivo clínico abordando la singularidad que sea posible pensar”, reflexiona Nuñez y trae a la memoria experiencias comunitarias de salud colectiva que surgieron en épocas de crisis social y económica. Hoy “estamos en tiempos peores” y define pensando donde sus pies pisan: “no hay manera de abordar la salud mental sino es desde una perspectiva de la grupalidad y para eso es fundamental que haya espacios donde poder poner en palabras esto que nos está pasando”.
Nuestro rol como organización comunitaria tiene que ver con trabajar algo tan fundamental como la construcción del lazo social.

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El primer encuentro de esta incipiente Red territorial en Salud Mental Comunitaria fue el disparador para avanzar en un diagnóstico que permitiera reconocer problemáticas, así como aquellos saberes que potencian la experiencia en el territorio. Una de las actividades giró en torno a la pregunta ¿qué es para vos la salud mental?.
Entre las respuestas apareció una concepción amplia y multidimensional que excede la ausencia de enfermedad o el abordaje individual. “La salud mental fue asociada al buen vivir, a la dignidad, la participación, los vínculos, el cuidado, la contención, la posibilidad de compartir con otres y de habitar espacios que alojen. También se la vinculó con las condiciones concretas para una vida digna: acceso a la salud, trabajo, la vivienda y la educación; políticas públicas de protección; posibilidad de jugar, crear, disponer de tiempo de ocio, reconocer y afrontar las emociones y construir un proyecto de vida”.
La conversación y la puesta en común permitió recuperar la importancia de contraponer la práctica de la ternura frente a escenarios de extrema crueldad. “La ternura apareció no como un gesto ingenuo o meramente afectivo, sino como una forma de alojar, reconocer al otro, habilitar la palabra y reconstruir lazos allí donde predominan el desamparo, la indiferencia y la fragmentación” expresan desde la Biblioteca.
La salud mental fue asociada al buen vivir, a la dignidad, la participación, los vínculos, el cuidado, la contención, la posibilidad de compartir con otres y de habitar espacios que alojen.
Cuando menciona algunos de los problemas que reconocen las organizaciones en su tarea cotidiana, Majo empieza a enumerar. No se trata de un listado inconexo sino todo lo contrario. Es una cartografía de los padecimientos colectivos, de los malestares sociales de esta época: la dificultad en las infancias para lo lúdico; los consumos problemáticos, el endeudamiento económico y familiar, la violencia de género y la violencia digital, la soledad que padecen adultos mayores, la deserción escolar, la ausencia de un proyecto a futuro y la medicalización como respuesta. Majo Draperi lo resume así: “las múltiples maneras en cómo se rompe el lazo social”.
La construcción colectiva de un “árbol de problemas” permitió visualizar aquellos padecimientos que son comunes y relacionar situaciones cotidianas con problemáticas económicas, sociales o políticas más amplias. Así, por ejemplo, en las raíces identificaron factores estructurales como el sistema capitalista, las políticas neoliberales e individualizadoras, los despojos, la ruptura intergeneracional, la vulnerabilización de la democracia, las políticas de odio y el desmantelamiento o corrimiento del Estado. Y en las ramas ubicaron sus distintas expresiones en la vida cotidiana: precarización, desempleo, aislamiento, violencias, discriminación, debilitamiento de los vínculos y dificultades para imaginar y construir un futuro.
Pero más allá de la catarsis, insiste Carlos, el objetivo fue -durante cada uno de los talleres-, identificar las potencias y los recursos que tienen las organizaciones sociales y fortalecer ese vínculo conflictivo y necesario entre sociedad civil y Estado. ¿De qué manera? En primer lugar, valorando la palabra como construcción indispensable para avanzar en estrategias de solidaridad, resistencia y creatividad. La primera tarea es “volver a lo humano. Escucharnos, reconocer, saber qué hace el otro, entrelazarnos para tener otra potencia”. Como sostienen las organizaciones de base: recuperar la concepción del trabajo de hormiga. Para Carlos Nuñez se trata de construir una política del afecto y una política del hacer. “Generar aprendizajes organizacionales” que impacten en la salud mental comunitaria y en las posibilidades de poder pensar colectivamente una vida en comunidad.

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¿Qué tenemos?. ¿Qué necesitamos?. ¿Qué podemos hacer en común?. A partir de estas preguntas, las organizaciones trabajan sobre un papel afiche anotando las herramientas con las que cuentan, las necesidades con las que lidian todos los días y los sueños o proyectos a futuro. De un lado, aparecen las potencias: talleres, redes, saberes, recurseros, contactos, afectos, medios de comunicación comunitarios. Del otro, todo lo que hace falta: presupuesto, espacios de escucha y acompañamiento, espacio de trabajo para personas mayores, espacios inclusivos para las personas con discapacidad, reuniones con el Estado.
El deseo se traduce en potencialidad: socializar herramientas, sostener los talleres, multiplicar los encuentros en otros lugares, En definitiva, como dice Carlos y Majo, recuperar el lazo social. Romper con la fragmentación y el aislamiento. Saber y sentir que no estamos solos.
Viernes 23 de octubre. Chacabuco al 3000 va cobrando color. Hay mesas distribuidas a lo largo de la calle, juegos, ajedrez, mandalas para pintar, espectáculos, feria. La vida comunitaria se construye en el hacer: las organizaciones que integran la flamante Red Territorial de Salud Mental Comunitaria suman propuestas para vecinos y vecinas de barrio la Sexta y Tablada, jóvenes y niñeces que se acercan a participar de la kermese. La FM comunitaria La Hormiga transmite un programa especial mientras afuera funciona la radio abierta. Todo transcurre al aire libre, en el espacio público, en una calle tomada para fortalecer el encuentro cara a cara; la palabra y el mate que circula.
Cata y Silvia forman parte del Bachillerato Popular Tablada, una de las organizaciones que integran la Red. “Son espacios de resistencia colectiva. Los bachilleratos populares son fundamentales porque son instituciones para construir la comunidad que queremos” dice Cata. Silvia logró terminar en el 2021 sus estudios secundarios gracias al Bachi pero nunca se fue. Hoy es parte del roperito y el espacio de mujeres. Para Cata, poder encontrarse es clave. “Para ser saludables necesitamos estar con otros, y estamos en un momento donde se estigmatiza a cualquier tipo de población, donde prima el individualismo. Entonces, la apuesta es entender que la salud mental es colectiva”.


Por los micrófonos de la radio pasan integrantes de otras organizaciones como la Asociación Nexo Rosario, la Red Cossetini, la Biblioteca Vigil, la Red Puentes. La tarde sin lluvia permite que el encuentro dure más de dos horas. Así se lo pensó durante meses. Gestar un espacio de encuentro colectivo desde abajo, desde los barrios. A eso apunta esta incipiente Red territorial que está naciendo, porque la salud mental no puede abordarse si no es en comunidad. Para Carlos Nuñez se trata de “un proceso multidimensional que tiene que ver con las condiciones de vida, con aquello que hace que nos podamos comunicar con el otro, con lo afectivo”.
Para ser saludables necesitamos estar con otros, y estamos en un momento donde se estigmatiza a cualquier tipo de población, donde prima el individualismo. Entonces, la apuesta es entender que la salud mental es colectiva
Majo Draperi hace hincapié en la palabra como posibilidad de encuentro. Y Carlos vuelve a la experiencia y a los saberes para recuperar lo colectivo. “Para que hubiera una lógica de desmanicomialización hizo falta que existiera una lógica comunitaria que alojara esas experiencias” dice y menciona, tan solo como un ejemplo, el rol de las radios comunitarias como espacios indispensables para fortalecer los lazos sociales. Ejemplos abundan en comunidades rurales, efectores de salud y barrios populares. La kermese tuvo ese primer objetivo nada fácil: encontrarse para poner en el centro el cuidado, los vínculos y la construcción comunitaria.
