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Un lugar no muy lejos de casa

  • 28/10/2026
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La experiencia del Centro Territorial de Salud Mental La Posta Norte “Franco Rotelli” en Rosario, en el marco de la lucha por que los manicomios dejen de existir.

Las historias narradas en este artículo son reales y reflejan el trabajo cotidiano del centro de salud mental, pero algunos nombres han sido modificados a fin de resguardar el derecho a la intimidad. Los testimonios obtenidos cuentan con la autorización de la dirección de la institución y el consentimiento de cada uno de los entrevistados.

Texto: Ezequiel Musaschi

La voz de Florencia Orpinell, directora del Centro Territorial conocido como La Posta, suena calmada:

—En Salud Mental hay que poner el cuerpo. Hay que estar, hay que estar, hay que estar.

Repite las palabras de un modo que va más allá del énfasis, las dice con convicción. Es una psicóloga que ronda los cuarenta años, altísima, el pelo largo, suelto, sin rasgos solemnes ni en su aspecto ni en sus modales.

Hoy la casa donde funciona el Centro está superpoblada, hay entre treinta y cuarenta personas dando vueltas. La mayoría empieza a reunirse en el patio, solo faltan los que están recibiendo atención en la enfermería, o los que están ayudando en la cocina. Es un mediodía de mayo, otoño austral. Se siente el frío en las primeras horas de la mañana, aunque todavía nadie está abrigado con ropa de invierno. Al menos, lo peor del verano ya pasó. Lo peor del verano no es el calor, son las crisis que recrudecen con las fiestas de fin de año y el larguísimo mes de enero, cuando se da la mayor reducción de personal por vacaciones.

Pero ahora hay una tregua que no se debe nomás al cambio de estación. Hay una tregua hecha en cierto modo de alegría: hoy llegaron de visita los italianos. Esa alegría trae la oportunidad de descansar, aunque sea un momento, de la lista de temores que suelen acosar a quienes trabajan aquí. Por ejemplo, lidiar con las autolesiones o el riesgo de que muchos usuarios abandonen la medicación o dejen de ir o sean internados. Usuario es una palabra que se ha vuelto común, especialmente ahora que el mundo digital nos obliga a crear usuarios para todo. Sin embargo, suena rara cuando se la encuentra aplicada al campo de la Salud Mental, donde es muy frecuente como parte de un discurso institucional que define la Salud como un servicio. En ese ámbito, se la utiliza para nombrar, de manera general, a las personas diagnosticadas con depresiones o paranoias agudas, demencias alucinógenas, trastornos delirantes crónicos, esquizofrenias y muchos otros padecimientos psíquicos. Las palabras que deja atrás son otras preferidas por modelos anteriores: paciente, enfermo mental, y más lejos, alienado.

***

El Centro es una antigua casa chorizo que, tras la apertura de la cortada Corvalán, quedó anclada en la intersección con Avellaneda; está ubicado donde empieza la zona norte de Rosario, entre comercios que llevan el nombre del barrio escrito en carteles enormes: Arroyito Maquinarias, Arroyito Limpieza y Jardín, Materiales Arroyito. Su presencia se hace visible mucho antes de llegar, no tanto por las cornisas y las pilastras típicas de la arquitectura europea que estructuran el frente, sino por el mural realista que ocupa por completo la fachada y muestra en primer plano un grupo de personas reunidas tomando mate en un lugar que bien podría ser la ribera del Paraná. La intervención está firmada por dos muralistas locales, China del Río y Marina Aloe, fue hecha por un pedido expreso de la dirección del Centro, con el propósito de embellecer la edificación, y la escena nació de una ronda de mate de la que las artistas participaron en la casa.

A fines del año 2022, un cartel colocado sobre el mismo muro anunciaba la inauguración del Centro Territorial de Salud Mental La Posta Norte “Franco Rotelli”, nombrado así en honor del psiquiatra italiano autor del libro Vivir sin Manicomios. Popularmente, al Centro se lo conoce con un nombre más breve, más cercano: La Posta. Ahora, en 2025, a ese cartel solo se lo puede ver sobre un armario desvencijado apenas se traspasa la puerta de doble hoja del ingreso. Lo sacaron cuando hubo que levantar el muro casi un metro para evitar tanto los escapes como las entradas intempestivas. A falta de esa indicación, las versiones sobre la casa que circulan en el vecindario le suman otros nombres. “Ahí funciona un centro de rehabilitación”, dice el empleado de una tienda de alimentos para mascotas. “Creo que hay una clínica o algo parecido”, duda el trapito de la esquina. “Mi compañera de la mañana me dijo que a ese lugar le dicen El loquerito”, comenta la empleada de una panadería cercana.

Ninguno de los rumores acierta porque lo que se intenta hacer ahí es, justamente, algo distinto. Queda a la vista cuando Orpinell resume así lo que esperan del trabajo que hacen en La Posta: que las personas puedan tener una vida digna. La Posta es un lugar pensado para rearmar el vínculo de los “locos” con su comunidad, según lo idearon Rotelli y su maestro Franco Basaglia y, por lo tanto, la antítesis de la institución psiquiátrica, organizada como un sistema de reclusión y aislamiento.

***

La lucha por que los manicomios dejen de existir es un camino lleno de piedras que bloquean el paso. La palabra que condensa esa lucha es, en cierto modo, una de sus piedras más difíciles de remover: desmanicomialización. El esfuerzo, en Argentina, cuenta con el apoyo de la Ley Nº 26.657, sancionada en el 2010. Antes de ese año, el país, directamente, no contaba con una ley nacional de Salud Mental, y las regulaciones en este terreno dependían de leyes provinciales, cuando las había.

—O sea, todo el mundo habla de “la nueva ley de salud mental”, pero no había nada antes —dice Alicia Stolkiner, Licenciada en Psicología y Profesora titular de la Cátedra II de Salud Pública/Salud Mental de la Facultad de Psicología de la UBA. Stolkiner es cordobesa, pero vive en Buenos Aires desde que volvió del exilio, a comienzos de los ochenta. Estamos conectados por Zoom y la veo sonreír a través de la pantalla como subrayando la ironía, amablemente:

—No existía ningún marco legal en absoluto antes de esta Ley. Por lo tanto, esta no es la nueva, es la única. Primero avanzaron las provincias, Río Negro, Santa Fe, San Luis, Buenos Aires, etc. Era un vacío enorme. Pero más vacío aún, te digo para tu sorpresa, es que no tengamos una ley general de salud hasta la fecha.

Un artículo clave de esta primera Ley Nacional es el que prohíbe expresamente la creación de nuevos manicomios o instituciones similares y prevé la adaptación o sustitución de los existentes. Mientras tanto, su decreto reglamentario, de 2013, le impuso al Estado argentino el año 2020 como término para reemplazarlos, de manera definitiva, por dispositivos que permitieran la vida en comunidad. Los debates y las resistencias que despertó este aspecto de la ley configuran un capítulo aparte que sigue abierto hasta hoy.

Según el único censo de relevamiento psiquiátrico, realizado en 2019, en el territorio nacional todavía existían, para ese momento, 162 manicomios en los que permanecían internadas más de 12.000 personas por un tiempo promedio de ocho años. No es que no haya quienes pasan internados gran parte de su vida, es que muchos mueren en el camino. Pero si se da el caso de que sobrevivan al encierro, la diferencia con el promedio puede resultar abismal: hay hombres y mujeres que llegan a pasar entre una y varias décadas internados. Para ellos existen, cuando se hacen mayores, los pabellones geriátricos. La cuestión es que, en 2025, aunque las cifras son menos precisas, este requisito fundamental, sancionado en el Art. 27, y al que se debe en gran parte la creación de La Posta, sigue lejos de concretarse.

Sin embargo, como ya advertía Franco Basaglia, en 1979, ese no es el punto, porque el hecho de que “una acción logre generalizarse” tampoco significa “que se haya vencido». El punto importante es otro, es que ahora se sabe qué se puede hacer”. Y eso que se puede hacer, para decirlo también con sus palabras, es “asistir a la persona loca de otra manera”, porque el manicomio, “en nuestro sistema social, por más lindo que sea, va a ser siempre un lugar de violencia”, ya que su “única finalidad […] es la de reajustar a la persona a las normas en las que vivimos”.

***

En La Posta los días arrancan siempre del mismo modo, los trabajadores de la noche hacen el cambio de turno con el equipo de la mañana. Para eso, se reúnen todos en la Dirección y recién después se abren las puertas de la casa. Los que viven en la calle son los primeros en llegar y armar el desayuno. A esa altura, el equipo ya organizó la jornada: quiénes se van a ocupar de las entrevistas, quiénes de los traslados, quiénes de llamar a los hospitales para ver si hay alguien ingresado por una crisis. Son infinitos los cuidados.

Este martes de mayo la luz del sol va y viene filtrada entre las hojas del enorme palo borracho, son las tres de la tarde y la temperatura es agradable. Los enfermeros italianos Roberto Colapietro y Alessandro Norbedo llegaron a mediodía, cuando recién empezaban los preparativos. Vienen de Trieste, una franja estrecha de territorio ubicada en el noreste de Italia, allá es primavera, acá el clima les permite un abrigo liviano. La picada dispuesta sobre la mesa que se armó en el patio es sencilla: unos panes para preparar sándwiches con carne de ternera desmenuzada, aceitunas, algunas cosas dulces, agua, gaseosas.

Colapietro, jubilado hace muy poco, hoy dedica el tiempo a la formación internacional de trabajadores en salud mental. Norbedo, más joven –debe rondar los cincuenta años– trabaja en el Departamento de Salud Mental de Trieste, donde supo funcionar el Hospital Psiquiátrico San Giovanni.

—Ahora te los presento —me dice Orpinell, que no deja de ir y venir por la casa pendiente de todos los detalles. 

No alcanzo a explicarle que no hace falta, ellos mismos se presentaron con un apretón firme de manos. Además, no son ningunos extraños. Ya conocen a muchas de las personas que están aquí hoy. Los dos son miembros de la Copersamm, la Conferencia Permanente sobre Salud Mental en el Mundo Franco Basaglia, y en 2022 pasaron un par de meses en Rosario brindando una capacitación y ayudando con la organización inicial del espacio, que sigue la línea de los Centros ideados por Basaglia para el sistema italiano de Salud Mental. Esos Centros operaron como una especie de bisagra con el modelo de comunidad terapéutica recomendado por la OMS en 1953 con el fin de desarmar las instituciones psiquiátricas. Llegada la década del setenta, Basaglia y Rotelli impulsaron la ley que reformó el sistema psiquiátrico de su país y condujo al cierre de los manicomios.

Hace un rato, Norbedo conversaba con un hombre casi de su misma edad que tenía las manos en los bolsillos del abrigo, una sonrisa a media asta, y se veía levemente encorvado. El italiano le hacía preguntas sencillas en un español peninsular con un ritmo pausado: si se sentía mejor, dónde vivía, si había pasado la noche ahí. Con algún esfuerzo, Daniel logró contarle que estaba desde hacía un mes en una de las tres viviendas asistidas de la zona norte de Rosario, alojamientos permanentes o transitorios para personas en condiciones de vulnerabilidad externadas del sistema de Salud Mental. Igual pasa muchas noches en La Posta porque, como me explicó Orpinell, “todavía está en peligro”.

Un rato antes, Daniel había llegado con alucinaciones. Los italianos, que tocaron el timbre detrás de él, lo habían encontrado a pasos de la puerta principal. “Me pincharon adentro, me duele el corazón, me estoy muriendo”, repetía sentado frente a Melani Novel, una de las dos psiquiatras de La Posta. Las percepciones sensoriales con las cuales llegó Daniel se llaman alucinaciones cenestésicas, comunes en la esquizofrenia; se pueden ver, oír, oler, hasta pueden tocar a quien alucina. Las primeras las tuvo a los dieciocho años, luego de la muerte del padre, pero apenas si llamaron la atención de la familia. En La Posta pudieron reconstruir algo con la hermana, muy poco con él, casi nada con la madre, ya muy anciana.

Eso de llevar las manos en los bolsillos es un gesto habitual en Daniel y, como supe después, tiene mucho que ver con su historia. Fue a fines de los noventa, en Miami, cuando empezó a escuchar voces que le pedían cosas. Había llegado allí con su hermana buscando otra vida. Un día, en plena jornada de trabajo —se había empleado como albañil—, se tiró parado desde el segundo piso de una obra en construcción. Quedó internado varios meses por fracturas en los dos tobillos. Luego de recibir el alta médica, las voces seguían ahí, pidiendo cosas (él todavía sostiene que una de ellas era la voz del padre). Primero le pidieron el dedo meñique, después el anular. La hermana decidió armar las valijas y cambiar de rumbo, fueron a vivir a España, pero las voces lo perseguían con sus exigencias adondequiera que fuese. Volvieron a internarlo, la situación se tornó insostenible. Regresaron a la Argentina, a Rosario. Las cosas empeoraron con los consumos problemáticos, uno de los riesgos que implica la misma medicación. Tras recibir atención en un Centro de Salud, lo referenciaron a La Posta, desde donde no han dejado de acompañarlo, a pesar de las dificultades.

Ahora, un grupo de tres o cuatro se acerca a la mesa para levantar los restos de la picada. Todavía falta el postre. La luz del sol se va difuminando a medida que avanza la tarde, pero sigue estando agradable y la mayoría prefiere quedarse en el patio.

***

El de los consumos problemáticos es otro de los desafíos que se enfrentan a diario en el universo de la salud mental. Para dar una idea de la amplitud del tema, el psicólogo Franco Ingrassia habla de las múltiples dimensiones que abarca:

—Tiene una dimensión clínica: qué se hace con una persona con problemas de consumo. Una dimensión institucional: qué tipo de instituciones existen y cuáles podrían existir. Una dimensión política: con qué políticas públicas cuenta el Estado para abordar estos problemas. Y una dimensión jurídica: cuáles son las sustancias legales, cuáles las ilegales.

Ingrassia, que es Instructor de la Residencia en Salud Mental del Hospital Escuela Eva Perón de Granadero Baigorria –una pequeña ciudad ubicada al norte de Rosario–, deja para el final lo que llama “la dimensión desconocida” de los consumos, que es la dimensión cultural:

—Hay una cultura en torno al tema de las drogas, de los consumos —explica—. Pocas cosas salen en la televisión, y son sobre todo de impacto: los búnkers, los soldaditos, los ajustes de cuentas, los procedimientos, cuántos kilos entraron o salieron. Pero muy poca gente habla de la salud mental en relación con los consumos, y si alguien habla, suele ser un psiquiatra, un psicoanalista, un psicólogo. Sin embargo, nuestro principal motivo de consulta en el Servicio de Salud Mental es por episodios de consumo. Una persona consumió tanto que ella misma decide “me tengo que ir al hospital”, o algún familiar le pide que vaya o lo lleva.

Luego, ilustra el argumento con una historia:

—Hay un paciente que va, más o menos, dos veces por semana a la guardia del hospital. La cosa empieza así: el tipo tiene un trabajo, es muy buen repostero, uno de esos oficios que no abundan, los dueños de las panaderías se lo disputan. Siempre tiene trabajo, entonces cobra. Además, tiene muchos amigos. Se juntan casi todos los días. A las siete de la tarde arrancan a tomar cerveza. Unas horas después, alguien aparece con una bolsa, ahí entra la cocaína. Cerca de las once de la noche, uno dice: “Yo me tengo que ir porque entro a laburar a las seis”. Los demás siguen. A la una, otro dice: “Me voy a dormir, mañana tengo que llevar a la nena al jardín, ya me tendría que haber ido”. Se van de a poco. A las dos, tres de la madrugada, ya no queda nadie. Pero él sigue, y antes del amanecer, empieza con el dolor precordial, el dolor en el pecho. En ese momento dice: “yo me muero”, y va directo al hospital. Dos o tres veces por semana pasa esto. Tiene ese circuito hiperarmado. El tema es que después no tiene ningún otro. Así que lo repite, una y otra y otra vez.

Con la sanción de la Ley Nacional de Salud Mental, el “uso problemático de drogas” dejó de ser en Argentina exclusivamente un delito penal, o una cuestión de seguridad, porque según el art. 4º “las adicciones deben ser abordadas como parte integrante de las políticas de salud mental”. En el año 2014, con la sanción de otra Ley, la N° 26.934, se dispuso la creación del Plan integral para el abordaje de los consumos problemáticos, que tiene entre sus objetivos el de “integrar y amparar socialmente a los sujetos de algún consumo problemático”. Según Ingrassia el Plan, que se conoce poco y se aplica menos, podría compararse con “una llave inglesa que nadie sabe usar”.

***

Ya son las cinco de la tarde. El sol casi no calienta, baja despacio y encamina la jornada hacia el final del día. Después del postre, hubo café, rondas de mates y una reunión en la biblioteca entre el personal de La Posta y los italianos. Ahora, las sombras se alargan, solo queda un charco de luz en un rincón del patio donde están Colapietro y Norbedo junto a Verónica Almeida, a punto de despedirse. Almeida es psicóloga y otra de las iniciadoras del proyecto La Posta. Tras el encuentro, hay muchas cosas que los italianos todavía no terminan de comprender: que siempre haya tanta gente en la casa, que los usuarios pasen tanto tiempo ahí.

Almeida escucha con atención cada palabra, se acomoda el cabello ondulado detrás de las orejas, es un gesto que repite como si formara parte inseparable de esa atención. Sabe que ellos aspiran a un centro modelo que se encuentre vacío la mayor parte del día, con las personas viviendo en sus barrios, o pasando tiempo en los clubes, o colaborando en las cooperativas de trabajo, o asistiendo a los centros culturales. Tiene ganas de contarles, una vez más, que los barrios están tan atravesados por la violencia que, al miedo ancestral a la locura, se suman el rechazo y la intolerancia como fenómenos generalizados. Es una situación extrema, que les hace imposible acceder tanto a un trabajo como a un momento de ocio en un bar. Al final, opta por plantearlo de otra manera, les dice: 

—Vienen acá porque reciben un trato amable, cuidados, tienen a su equipo que los aloja y los escucha. Porque, por ejemplo, pueden desayunar… Porque la pasan bien.

El otro cuestionamiento al que se enfrenta es acerca del trabajo en el territorio, fuera de esa casa. Entonces ella les explica que absolutamente todos los días salen desde el Centro hacia algún barrio, a pesar de no tener movilidad asignada por el Estado. Incluso, muchas veces, utilizan el auto propio para ir a hacer una visita a la casa de alguien que necesita atención. Los recursos no son los mismos con los que cuentan en Italia, pero se esfuerzan para que eso no sea un obstáculo. Cuando se encuentran ante esta realidad, ellos dicen: “¿¡Cómo puede ser!?”. Y ella, que querría responder algo del tipo: “¡Bienvenidos a Sudamérica!”, vuelve a optar por el otro camino. Quiere que estén seguros de algo:

—Nuestra intención no es quedarnos en una mera experiencia testimonial.

***

Mientras revisaba la definición de los términos locura y loco en un diccionario sobre los usos del español, encontré que, al parecer, en nuestro idioma, hay pocas palabras tan enigmáticas como la palabra loco. Sebastián de Covarrubias Orozco, autor de El Tesoro de la Lengua Castellana y de la Lengua Española –el primer diccionario general monolingüe del español, compuesto en el año 1611–, advertía al llegar a la voz loco: “La etimología deste vocablo tornará loco a qualquier hombre cuerdo, porque no se halla cosa que hincha su vacío”. En efecto, apenas se intenta profundizar, las conjeturas sobre su origen se multiplican, incluso llegan a ser tantas que cuesta quedarse con cualquiera de ellas. La última edición del Diccionario de la Real Academia Española tampoco resuelve el enigma: dice que quizás loco provenga “del árabe hispánico *láwqa, y este del árabe clásico lawqā”, que significan, literalmente: tonto, estúpido. De esta manera, descarta las hipótesis de versiones anteriores del mismo Diccionario que asociaban su génesis a los términos latinos luscus, “que tuerce la vista”, o lucus, con el significado de “tener colmado de tinieblas el entendimiento”, por oposición a luce, luz. Es decir, aunque las pistas son muchas, el origen de la palabra permanece incierto.

Pero tampoco hay certezas desde el punto de vista clínico ni respuestas concluyentes. Nadie puede decir a ciencia cierta qué es la locura, qué es estar loco. Pedro, uno de los primeros en llegar a La Posta cuando se abrió el Centro fue internado por el padre contra su voluntad cuando tenía dieciocho años en la Colonia Psiquiátrica de Oliveros. Desde entonces, pasó por largos períodos de internación en manicomios de la provincia de Santa Fe y de la provincia de Buenos Aires. Si no está internado, vive en la calle. Durante una conversación me explica:

—A veces, la gente se cree que porque sos de salud mental estás loco, y no es así, no estás loco.

***

Es junio, ya pasaron varias semanas desde la visita de los italianos. El invierno está llegando y hubo que encender las pocas estufas de la casa. A pesar del frío, Rita está sentada en una silla de plástico en un rincón de la galería, de espaldas al ventanal que da al patio. Es una zona de paso por la que transita mucha gente. Pero ella está ahí, sentada, manos en las rodillas, en silencio, la campera de lana abrochada hasta el cuello, atrapando un poco del pelo encanecido que lleva suelto. Tiene cincuenta y siete años, espera a su hija de treinta, que está participando de un taller de música en La Posta. Se preparan para ir a tocar y cantar en un bar, todavía falta un mes.  

—Te digo la verdad, si vos me preguntas qué pasó, no tengo una respuesta, no sé qué pasó. Ella terminó toda la secundaria, se recibió en sistemas de computación, podía manejar una computadora. Trabajaba en La esquina de la oportunidad antes de empezar con estos problemas, estudiaba Historia, salía con los amigos. Y de un día para el otro, empezó con esto. Hace diez años ya. Primero fueron los ataques de epilepsia. Ahora, en Salud Mental, está registrada por la enfermedad esta que se llama esquizofrenia, esa enfermedad que escuchan voces, que ven cosas. Tuvo varias internaciones, pero nunca en un hospital psiquiátrico. Nunca la voy a llevar ahí, siempre estuvo en el Hospital Centenario. Ahí me recomendaron La Posta. Cuando ella se está sintiendo mal, manda un mensaje a La Posta y enseguida la llaman por teléfono y la tratan de contener y de calmar. Ahora ella está haciendo muchos talleres, venimos acá y vamos a otros lugares también para que haga talleres, para que no esté encerrada, porque cuando se encierra, esas voces se apoderan de ella. Yo trato de decirle: “Vos no le creas a esa voz. Todo lo que te está diciendo es mentira. La voz no sabe nada, no sabe nada esa”. Mi marido, cualquier cosita siempre está muy atento y me dice: “Rita, fijate la nena, fijate que está llorando”. He estado con ella en momentos de crisis mal, la abrazo, la contengo. Yo no le tengo miedo a nada. A mí ya me dijeron que para esta enfermedad que ella tiene no hay una cura. Entonces, habrá días que ella estará bien o días que ella estará más o menos, o días de crisis, y hasta puede que necesite otra internación. Pero yo la voy a acompañar, mi marido y los hermanos la van a acompañar. Y el equipo de La Posta también. Nosotros estamos tranquilos porque contamos con ellos.

***

A diferencia de Rita, que nunca llevaría a su hija a un psiquiátrico –lo que la Ley llama también “institución de internación monovalente”–, algunos familiares de personas con padecimientos psíquicos llegan a La Posta y lo primero que dicen es: “Queremos internarlo”. Ese mismo pedido, con alguna ligera variante, suele escucharse cuando las familias son convocadas para iniciar la transición entre el manicomio y la calle: “No, no –dicen–. Ya lo interné, no lo quiero de nuevo en casa”. Para Almeida, estos son ejemplos claros de una lógica según la cual “llevarlo al manicomio” es llevarlo a un lugar donde “alguien va a cuidarlo”, aunque lo que persiste tenazmente detrás es la idea de “asilar”, de que la institución funcione como un “depósito”, “para siempre”; es, en definitiva, la idea del “encierro, que la ley de salud mental vino a desterrar”.

Justamente, uno de los capítulos de la Ley Nacional de Salud Mental que más resistencia despertó en múltiples sectores de la sociedad es el que regula lo relativo a las internaciones. En su Capítulo VII, la Ley establece que toda internación debe ser “considerada como un recurso terapéutico de carácter restrictivo” y ordenada por el plazo “más breve posible”. Además, para efectivizarla, es preciso contar con el “consentimiento informado de la persona o del representante legal”. En caso de solicitarse la internación involuntaria, esta debe entenderse como un “recurso terapéutico excepcional”, aplicable a condición de que “no sean posibles los abordajes ambulatorios, y sólo podrá realizarse cuando a criterio del equipo de salud mediare situación de riesgo cierto e inminente para sí o para terceros”. Por lo demás, es justamente este último apartado el que mayores discusiones continúa generando.

De hecho, los reclamos por la actualización del texto legal convergen, con frecuencia, en un mismo punto: la modificación de los criterios para las internaciones involuntarias, en especial, el referido como “riesgo cierto e inminente”. En una jornada de debate sobre la Ley realizada en el Congreso de la Nación durante el mes de abril de 2025, gran parte de los argumentos giró en torno a esta cuestión. Los oradores provenían de ámbitos muy variados; hubo representantes de varias agrupaciones de profesionales, de jueces y de familiares de pacientes, junto con figuras de cierta popularidad o visibilidad, como el actor Gastón Pauls y la madre del músico Chano, Marina Charpentier. Uno de los alegatos más polémicos por su manifiesta defensa del sistema manicomial fue el de Silvana Natale, de la Asociación de Ayuda a Familiares de Personas con Esquizofrenia (AAFE). En una parte de su discurso, dijo: “[El texto de la ley] habla del manicomio como la mazmorra medieval. Los hospitales monovalentes, de especialidad, adaptados son el mejor lugar para las personas con enfermedades mentales que requieren internación para su tratamiento o durante una crisis”.

***

Para Alicia Stolkiner, este tipo de argumentos tienen como trasfondo el deseo de volver atrás, y por eso propone cambiar el eje de la discusión:

—Lo que es necesario con la Ley es implementarla, no actualizarla. La mayor parte de la discusión que aparece todo el tiempo es por qué no se permite internar involuntariamente. Y yo te voy a decir lo que le digo a todo el mundo: la Ley de Salud Mental es esta —agita frente a la cámara un librito muy delgado que contiene su texto—. Son treinta páginas, ¿entendés? Busquen los artículos 20, 21, 22, 23 y 24. Ahí se reglamenta la internación involuntaria. De hecho, acabo de participar hace quince días en una. Ahora, ¿por qué no la leen? No es que no sepan leer. Pero es así, los  profesionales no conocen la ley. Te pongo un ejemplo. Uno de ellos me dijo: “Yo estudié medicina, no tengo por qué leer las leyes”. Le puse un ejemplo de la vida cotidiana. Si vos estacionás el auto en un lugar prohibido y te lo llevan, andá a decirles que no leíste el cartel. Si vos decís que no internás porque la persona no quiere y la persona incendia la casa con sus padres adentro, sos responsable. Así de simple.

Desde su perspectiva, sin embargo, esto no quita que haya cosas por discutir, que implican, en parte, volver a poner sobre el tapete la cuestión de los consumos problemáticos.

—Lo que sí podríamos discutir es cómo conceptualizar el “riesgo cierto e inminente”, porque es muy fácil cuando es un episodio delirante, psicótico, y la persona cree que están viniendo extraterrestres y se tiene que tirar por la ventana. Pero cuando es una persona que tiene un consumo problemático, entonces tenemos otro tipo de problemas. Porque en el momento que la entrevistás está ordenada temporo-espacialmente, ni siquiera se ve agitada, pero 24 horas después se va a jugar la vida para conseguir una sustancia o se va a meter una sobredosis de algo. Entonces hay que hablar de otra manera cuando hablamos específicamente de las adicciones. Pero a la ley hay que implementarla, no actualizarla.

***

Aunque la tarde de este jueves es soleada y luminosa hace frío. La Posta tiene el ritmo de todos los días, un movimiento como de oleaje que se compone de quienes entran y salen o simplemente pasan su tiempo en la casa. Un grupo comparte tereré en el patio sin decirse una palabra, en la enfermería entregan los sobres con la medicación, cuatro o cinco entran al comedor donde se dan las clases de primaria para adultos, en la biblioteca ya empezó el taller de cocina. Hoy están preparando bizcochuelo casero; el secreto es batir la masa para lograr una consistencia sin grumos, el punto letra que luego de la cocción deja la miga esponjosa y húmeda.

Cuando vuelvo al patio, me encuentro con algunas caras nuevas.  

—Hola –dice una chica que no llega a los treinta años, mientras corta unos tallos de la planta de cedrón–, ¿vos trabajás acá?

Le respondo que no y mi primer impulso es preguntarle si ella sí. Pero rápidamente me saca de la confusión. Se llama Paulina y es la segunda vez que está en la casa después de haber hecho lo que se define como una demanda espontánea. Está esperando a otra de las psiquiatras de La Posta, vino a verla para buscar la medicación. Enseguida señala la planta, sonríe con timidez, y como disculpándose explica:

—Me dieron permiso…

Hace menos de un mes, Paulina regresó a Rosario desde Brasil con ayuda de familiares y amigos. Mientras estaba allá recorrió Río Grande do Sul, Santa Catarina, Paraná, Espíritu Santo. Hasta que llegó a Río de Janeiro, donde decidió quedarse a vivir. Alquiló una casa en la favela Vidigal, en la base del Morro Dois Irmãos; un lugar conocido por sus imponentes vistas, que incluyen las playas de Ipanema y Leblon y el Cristo Redentor. Vendía artesanías, hacía hula –tenía mucha destreza con el aro–, tocaba la melódica, no le faltaba el dinero para vivir. Tenía la vida que siempre había querido.

—Me tuve que volver porque me pasó algo refeo allá. Me pasó que enloquecí, por decirlo así —y vuelve a sonreír con cierta incomodidad—. Empecé a escuchar una voz y esa voz me dijo muchas cosas y yo hice muchas cosas. Si uno tiene algo hablándole en la cabeza, en la oreja, te aseguro que… —Se detiene, como si estuviera tanteando las palabras—. En realidad, no es algo, es nuestra mente la que nos juega las pasadas estas.

Ahora vive con la madre en el noroeste de Rosario. Es hija única. El Centro de Salud General que corresponde a su domicilio está cerrado por refacción. Por eso llegó a La Posta. A la primera consulta asistió con su madre, hoy ya vino sola en colectivo. Le propusieron un esquema de medicación y le ofrecieron el sistema de apoyo necesario hasta que pueda continuar con la atención más cerca de su domicilio. 

***

En los casi veinte días que pasaron del mes de junio, en la casa ya se recibieron doce demandas espontáneas de atención. Las personas llegaron solas o acompañadas por familiares; entre ellas estaban Paulina y su madre. Pero no se pudo admitir a todos, algunos fueron derivados a los centros de salud de sus barrios. Cuando en Santa Fe se diseñó el Plan de Salud Mental 2022-2028, definido como “un instrumento estratégico para la ejecución de las transformaciones pendientes en materia de salud mental”, se proyectaron seis centros territoriales para Rosario, uno por cada Distrito. Pero los fondos aportados por la provincia y por Copersamm alcanzaron únicamente para abrir La Posta del Distrito Norte, que así se convirtió en el primer Centro Territorial de Salud Mental basado en el modelo de Italia con la incorporación de algunas características de los Centros de Atención Psicosocial del Brasil (CAPS).

En Italia, los centros están abiertos las 24 horas los siete días de la semana. Cuentan, en promedio, con tres psiquiatras, veintiocho enfermeros, un asistente social y ocho camas, y se encuentran preparados para abarcar territorios de 40.000 habitantes. Estos son algunos aspectos básicos. Pero la particularidad más notable de esta experiencia es su capacidad de alojar a las personas que necesitan tomar distancia de su entorno por ciertos periodos de tiempo. Además, no se establecen distinciones con respecto a la clase social de quienes realizan la demanda.

En Rosario, el intento por replicar ese modelo, iniciado hace al menos tres años, ha mostrado resultados alentadores, solo que aquí los números cambian. Por ejemplo, con la mitad de camas, cuatro, hay que responder ante un territorio que abarca el 19.6% de la superficie de la ciudad, aproximadamente, unos 35 km2 de los 178 km2 totales que, a su vez, equivaldrían casi al 60% del territorio italiano. El Distrito está compuesto por treinta y ocho barrios y veinte vecinales, y habitado por casi 150.000 personas; es decir, con cuatro camas, hay que atender a una población que cuadruplica el número previsto en el formato utilizado en Italia. Otra diferencia es que en Rosario la selección de demanda por clases sociales es inevitable, y en La Posta solo se aloja a las personas más desamparadas de la zona norte.

—Acá se nos juntan la locura y la pobreza, lo que hace un combo explosivo —explica Almeida—. No vamos a decir que la pobreza genera la locura, pero ¡cuánto colabora!

Almeida y Orpinell están sentadas una a cada lado del escritorio de Dirección. Se dejaron puestas las camperas, y las tienen cerradas hasta el cuello. Los techos de la casa son tan altos que la estufa eléctrica no alcanza a templar el ambiente. La habitación, que es la única con ventana a la calle, es de un tamaño medio, y el mobiliario, austero, se reduce a una pequeña mesa con una computadora, dos archivadores metálicos para las historias clínicas, un pizarrón donde se registran cuestiones organizativas y un mapa de la ciudad con los hospitales y centros de salud de cada distrito. Orpinell señala el Distrito Norte en el mapa y dice:   

—La población que tenemos a cargo es gigante, mirá todo lo que es. Cada persona que enloquece en alguna de esas callecitas tiene la posibilidad de venir para acá y recibir  cuidados, o también puede ocurrir que parte del equipo se traslade a esa callecita para armar alguna estrategia. Eso ya es muchísimo, pero así y todo, falta.

***

La población es gigante, y a la fecha, La Posta cuenta en promedio con unas ciento cincuenta personas que reciben cuidados a diario. Pero entre quienes se acercan suele haber más hombres que mujeres. Temo que solamente sea una impresión mía y pregunto:

—Hay pocas mujeres, sí. Serán, exagerando, cerca de diez —me dice Melani Novel, una de las dos psiquiatras con las que cuenta la institución—. Las que vienen a diario son menos, unas tres o cuatro, las demás vienen con intermitencias, a hacer cosas puntuales.

—¿Saben a qué se debe?

—Es una pregunta muy buena. Lo estamos pensando —dice, y se toma un momento más del habitual para continuar con la respuesta—. En general, yo creo que tiene un poco que ver con que la mujer siempre está más abocada al cuidado de otros. Entonces se permite menos ser usuaria del sistema, no se trata de que no tenga problemas de salud mental. Puede tener que ver con algo de eso, no lo sé. Pero habría que hacer investigaciones más profundas en el país.

En Argentina no hay censos detallados, la última investigación de signos y síntomas psiquiátricos de personas, un estudio epidemiológico global, fue hecho en el año 1983 por Fernando Pagés Larraya y María Martina Casullo. En la actualidad, solo hay cálculos estadísticos e inferencias realizados a partir de las consultas que llegan al sistema de salud mental. Hay una distinción que plantea Alicia Stolkiner entre los conceptos de demanda y de prevalencia que quizás ayude a vislumbrar la complejidad del panorama para determinar las diferencias de número por géneros que algunos observan. Dice que prevalencia es un término de la epidemiología, es el número de casos que hay en una sociedad. Demanda, en cambio, como su nombre lo indica, es lo que se puede registrar en el sistema de salud porque llega en forma de consulta. No siempre una baja demanda permite inferir una menor prevalencia de casos. Un ejemplo de esta situación en relación con la salud mental, el género y los consumos lo daba Ingrassia. 

—En los varones el motivo de consulta por consumo problemático es del 46%, en las mujeres del 11% y no es el principal motivo. Nosotros pensamos que la posibilidad de una internación no es para quien tenga tareas de cuidado a cargo. Un varón cuyo aporte familiar viene de las changas, trabaja un tiempo, otro tiempo está desempleado… Ese es el tipo de población con la que trabajamos en el hospital público, y en ese marco una internación es posible, no es disruptiva para la estrategia familiar. Pero cuando le proponés una internación a una mujer, te dice: “¿Esta noche quién le prepara la comida a mis chicos?”. ¿Se entiende? No es que exista una menor prevalencia de problemáticas de consumo en las mujeres con relación a varones. Se trata más bien de que hay una menor demanda por parte de ellas, porque no se puede ir a pedir a un hospital algo que uno después no va a poder continuar por el lugar de sostén que ocupa en la trama de cuidados de una familia. Y esto hace que uno diga, “bueno, tenemos que estar más preocupados todavía por los consumos problemáticos de las mujeres”, porque ni siquiera están pudiendo llegar a las instancias donde se les ofrece ayuda, ya que resultan incompatibles con su dinámica de vida.

Efectivizar el acceso al sistema de salud mental parece ser, muy a menudo, también una cuestión de género, aunque no hay suficientes elementos para verificarlo: hace por lo menos cuarenta y dos años que el Estado Argentino se muestra incapaz de crear un registro eficiente de los padecimientos mentales de sus ciudadanos.

***

Las muchas dificultades que de por sí ha debido enfrentar la Ley de Salud Mental empeoraron con la pandemia. Tras dictarse el aislamiento social preventivo y obligatorio, declarado por el Ministerio de Salud de la Nación en marzo de ese año, todos los esfuerzos estuvieron casi exclusivamente dirigidos a paliar la emergencia sanitaria. En la práctica, esto significó postergar la implementación de la Ley nacional de Salud Mental por tiempo indefinido. Mientras tanto, las crisis subjetivas se multiplicaban o se profundizaban a causa de las traumáticas circunstancias que atravesaba el conjunto de la sociedad. A fines de 2021, con las vacunas puestas y después las dosis de refuerzo, los hospitales seguían tomados por la inercia de la pandemia y la lógica de atención predominante se mantuvo atada a la agenda impuesta por la crisis del Covid-19.

En ese contexto tan complejo, en Santa Fe se empezó a diseñar el Plan de Salud Mental 2022-2028, que buscaba transformar la estructura sanitaria en ese terreno y que dio lugar a la apertura del Centro Territorial La Posta Norte en Rosario. Pero el problema, para Orpinell, además de esas estructuras, tiene vertientes más complejas, y por eso considera que “falta un montón”:

—La adecuación de las cabezas, de la disponibilidad horaria, del equipo. Hay que pensar qué tipo de cuidados se puede ofrecer en un hospital a una persona a la que no le duele el cuerpo pero que, aún así, está en riesgo. A veces pasa esto: una persona va a la guardia de un hospital general, le rechazan el ingreso y lo llevan a la casa de nuevo. ¿Hacen lo mismo con alguien que tuvo un preinfarto? No, cuando pasa algo en el cuerpo no lo hacen, pero con el usuario de salud mental sí. Aunque la persona diga que quiere matar a la madre el servicio de emergencia no lo toma y lo manda a la casa. ¡No, no lo dejes solo! ¡No tiene que ir a la casa, hay que ayudarlo! Eso es muy difícil de ver para los mismos profesionales. No hemos logrado construir una cultura que deje de pedir manicomio. “Esta persona tiene criterio de monovalente”, te dicen cuando lo rechazan. Con eso quieren decir: “Tiene que ir al manicomio, para toda la vida”.

—De ahí que sea fundamental pensar a la par o más allá de la intervención médica que se necesite –dice Almeida–. Es fundamental que alguien esté pensando cuál es la situación social de la persona, cuál es la relación con las condiciones materiales de existencia, cuál es la relación con la trama comunitaria que la sostiene o la ausencia de trama comunitaria, etc., etc.

***

La mayoría de las personas que acuden a La Posta han atravesado o están atravesando lo que los sociólogos argentinos Leandro Barttolotta e Ignacio Gago, en su libro Implosión, llaman “los dramas constantes de la precariedad”, que implican, entre muchas otras problemáticas, seguidas de un largo etcétera, “inseguridad, violencias difusas, tragedias económicas familiares, trastornos de salud mental y enfermedades crónicas en cuerpos cada vez más ajustados y endeudados, consumos problemáticos de nuevas y malas drogas”. Barttolotta y Gago integran el espacio de investigación social y política del conurbano bonaerense llamado Juguetes Perdidos. A partir del trabajo de observación y entrevistas en el territorio, elaboraron la hipótesis sociológica de la implosión: “Si el estallido puede pasar como ‘excepción’ (‘estaba todo más o menos igual que siempre, y de repente: pum’) –dicen– la implosión es [lo que se da] en la normalidad precaria. Las implosiones sociales son la regla y no lo ocasional de la precariedad”. Y advierten que “las implosiones no se vienen: se viven, sin alerta roja”, que están ocurriendo siempre. En pocas palabras, para ellos, este es un momento en la historia en el que la sociedad implota barrio adentro, familia adentro, cuerpo adentro. Cuando me encuentro con su hipótesis en el libro, recuerdo las palabras de Almeida: “No vamos a decir que la pobreza genera la locura, pero ¡cuánto colabora!”.

***

Los ruidos de la noche en la casa, como en cualquier otra casa, son muy distintos a los del día, y anuncian, aquí también, el final de la jornada, la hora del descanso. Es jueves. El mes de junio terminó con temperaturas bajo cero, julio es igual de cruel. Hoy se quedan a dormir Daniel, Marco, Rafael y Joaquín. Los cuatro están tomando tereré bajo el palo borracho. Hace un rato participaron de la reunión con Irina, Florencia y Leilen, las tres trabajadoras que quedaron a cargo de sus cuidados. Fue un intercambio breve para dar inicio a lo que aquí llaman nocturnidad, otra de las palabras raras que se usan a diario; con ella engloban la atención que se brinda durante la noche a personas en períodos de crisis o en transición desde el hospital psiquiátrico a su barrio. Durante la conversación dividieron tareas; Marco y Joaquín optaron por cocinar albóndigas con fideos, Rafael y Daniel por lavar los platos y limpiar la cocina, cada uno se encargará de armar su propia cama.

Leilen es enfermera del turno noche. Hace dos años, antes de llegar a La Posta, trabajó en la Colonia psiquiátrica de Oliveros. Tiene una campera de plush completamente cerrada y usa un peinado tirante, liso, pulido, que le da cierto aire de severidad a sus rasgos. De fondo, suena la canción Me matan Limón. Daniel dejó encendido el televisor en el que se reproduce un recital de Los Redondos en Youtube. Leilen cuenta que estuvo en casi todos los pabellones de La Colonia. Los enumera: el de tránsito, los mixtos, el de presidiarios, el geriátrico. Aquello era “otro mundo, más heavy todo” y por eso pidió el traslado.

—Pero acá no pasan las cosas hasta que pasan, ese es el gran tema —dice—. Por ejemplo, que tiren ladrillos y rompan todos los vidrios, o se quieran lastimar ellos mismos. También hay usuarios que vienen a golpear la puerta a las doce de la noche, se enojaron con alguien y vienen acá. Tendrías que estar en una crisis conmigo para ver cómo es. Algunos tienen miedo y yo los entiendo, no es fácil, pero hace mucho que trabajo en esto. A mí lo que más me sirve es crear una confianza con el usuario. A las crisis te tenés que enfrentar. Como te digo, es una situación difícil, pero estoy acostumbrada a manejarlo.

***

La importancia de “crear una confianza con el usuario” parece ser una pieza fundamental para enfrentar las crisis, pero también va más allá, se conecta con lo que Orpinell llama “la política del lazo”. No viene dada, sino que se construye en el proceso mismo de cuidado y atención y tiene muchas facetas. Es algo que se va haciendo colectivamente –lo muestran las asambleas de usuarios en las que se conversan cuestiones de convivencia cotidiana–, y se asocia con lo que Almeida llama “ir más allá de la intervención médica”. Porque demanda  pensar en “la situación social de la persona”, su relación con “las condiciones materiales de existencia, con la trama comunitaria que la sostiene o la ausencia de trama comunitaria”. Es decir, se trata de no dejar de acompañar a pesar de las dificultades. Jorge, un enfermero residente, lo expresa con estas palabras:

—El vínculo se establece para mí dándole un lugar a ellos, de la forma que sea, aún aguantando sus berrinches o quejas, o mostrándole que los cuidás y les ofrecés algo diferente a lo que les ofrecen afuera.

Las preguntas que nacen de esa visión resultan muy distintas: “¿Qué hacemos para que vos vivas? ¿Qué tipo de apoyo necesitás?”, porque son preguntas orientadas a construir desde lo que “cada persona necesita”, justamente, para vivir. Y también son maneras de transformar la concepción que hace de la locura “un problema de otro”, dice Orpinell, y añade: “Porque es de unos cuantos, si no de todos”.

***

Lunes, arranca la semana otra vez. Es un mediodía de julio, invierno austral. El sol cae directo, pero no logra mitigar el frío. Es la época en que las ramas del enorme palo borracho solo muestran su esqueleto y los parches de pasto en la tierra van mudando del verde al amarillo. En el patio, se forman grupos dispersos que siguen los manchones de luz envueltos en abrigos pesados y bufandas anchas. No están todos pero son muchos. La tercera asamblea de usuarios de este año, que reunió a más de treinta personas, contando a los equipos de trabajo, terminó hace apenas unos minutos.

En La Posta estas asambleas se celebran cada dos meses. Hoy se pusieron en discusión, sobre todo, varias cuestiones de convivencia que vienen causando tropiezos en el día a día y desgastan ese lazo invisible de la vida en común. Enumerados arman una serie de detalles que pueden parecer sin importancia: una discusión por el uso del control remoto, diferencias en los criterios de limpieza, exabruptos en el trato cotidiano. Pero estos detalles, en un mundo de vínculos precarios que todo el tiempo amenaza con desmoronarse, suman su golpe casi por goteo. Los juegos preparados o improvisados que suelen formar parte de esos encuentros no son un mero pasatiempo.

Cuando el ambiente empezó a cargarse con los primeros roces –se habían producido varias grescas por el uso del televisor, por ejemplo– hubo juegos que lograron involucrar a todos, como el de la caja con la que apareció la psiquiatra Natalia de las Navas. Era una caja de zapatos forrada con un papel grueso de revista y la tapa con bisagra al estilo de un cofre. Pasó de mano en mano y cada uno nombraba algo importante para depositar imaginariamente allí y cuidarlo.

—La guitarra –dijo uno.

—No entra —le respondieron a coro.

Se rieron, se aflojaron, se reconocieron.

Tras una hora y algo de estar reunidos, puede que un observador casual considerase que nada había cambiado mucho. Sin embargo, en La Posta insisten. La palabra de la persona con padecimientos psíquicos, cuya negación es el elemento esencial del manicomio, resuena en la asamblea de una manera pública, se airea en el clima frío de julio. Ese encuentro le restituye a cada uno un lugar en la sociedad que esta amenaza con sustraerles una y otra vez. “Es obvio que un esquizofrénico es un esquizofrénico –decía Basaglia–, pero sobre todo es un hombre que necesita afecto, dinero, trabajo; es un ser humano total, y nosotros debemos dar una respuesta no a su esquizofrenia, sino a su ser social y político.”

Mientras avanza la desconcentración, la vida de la casa se reorganiza. De una forma u otra, seguirán construyendo el día de hoy, este lunes de julio. Algunos se dividen las tareas de cocinar y preparar la mesa, otros se quedan tomando tereré en el patio. Los que vinieron al taller de música ya están en la biblioteca. Los que necesitan medicación esperan el llamado desde enfermería. Pero la actividad no tiene fin, mañana comienza todo de nuevo, mañana construirán el martes, luego vendrá el miércoles. También volverán los momentos difíciles, es algo que todos saben, pero ahora sonríen.

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