«Estoy seguro que su voto, otra vez, será el de la minoría, pero esta vez, espero que salga a decir públicamente sus diferencias», asegura el autor de la columna, que se reconoce lector apasionado del ahora juez de la Corte.

Foto: Agencia Paco Urondo

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Por Santiago Gómez / Agencia Paco Urondo

Lo conocí en la escuela secundaria, Profesor, no creo que usted lo recuerde. Fue al Normal 7 a participar de una charla, el viernes anterior a una elección porteña, no recuerdo si la del ´95 o la del ´96. Usted nos vino a hablar como representante del FREPASO. Por el radicalismo fue Terragno, al que la profesora de historia le hacía prensa, no me acuerdo por quién fue Enrique Martínez. Levanté la mano y le pregunté cómo podía ser que la representante de su partido que tenía un hijo desaparecido no quisiera discutir sobre las leyes de impunidad. Yo no sabía quién era usted, para mí era un político, y usted me sorprendió diciéndome que no todos pensaban igual adentro del FREPASO.

La segunda vez que lo vi fue en la Facultad de Psicología en la Cátedra de Criminología, aunque lo seguí durante todo ese tiempo. Cuando nos preguntaron por qué nos habíamos inscripto, yo respondí que por como usted pensaba. Varios respondieron para saber sobre los asesinos seriales. El entretenimiento yankee o “que baja del Norte”, como diría Zaffaroni, nos está destruyendo. Y digo Zaffaroni, porque nos encontramos en la Facultad de Psicología y sabemos que uno no elige que lo tomen como representante, eso sucede o no sucede, no se pueden construir los líderes. Lo que se construyen son productos, que es otra cosa.

Lo tuve siendo Juez de la Corte, supe después que fue su última cursada. Se sorprendían quienes iban desde la Facultad de Derecho, al verlo en jeans, zapatillas y remera. A mí me parecía increíble lo que escuchaba, me preguntaban por qué no hacían tapa del diario la mitad de lo que decía, no podía creer estar escuchando a un Juez de la Corte Suprema de Justicia de la Nación, así de largo y pesado, decir que el código penal era un mamarracho, entre un código administrativo y un código civil. Usted describía el poder de un modo maravilloso, sus engranajes, lo conoce por dentro. Usted decidió siempre surfear la contradicción, como podría decirnos nuestro compañero Álvaro García Linera, «navegarla». También lo dice Zannini. Hizo política, pero nunca fue más orgánico que en el FREPASO, al menos públicamente, desde donde fue elegido Constituyente. Fue legislador también por la ciudad. Usted no juega suelto, se dio tiempo para estudiar.

Llegamos a un punto en el recordamos que la Corte Suprema, en el fallo que consagró el 7D, sentenció que el Grupo no había presentado una sola prueba que diera cuenta de que la Ley atentaba contra la libertad de expresarse. ¿Qué es esto de una audiencia pública? Les dan más tiempo ¿Por qué? Nos gustaría saber si todos los miembros están de acuerdo con esta convocatoria. Y si usted cree que no corremos riesgo dándoles más tiempo para que se desarmen y que no se vuelvan a armar.  Dijeron ustedes “el Máximo Tribunal de la Nación y los tribunales inferiores podrán -en el marco de su jurisdicción- declarar desde hoy la inconstitucionalidad de leyes federales, nacionales o locales, decretos de necesidad y urgencia, decretos delegados, reglamentarios y autónomos, así como de resoluciones administrativas y actos jurídicos aunque no existiera petición de las partes.”

Es decir, la Corte estableció que tiene la potestad para declarar la inconstitucional de una ley de oficio y no lo hizo con la Ley de Medios, sino que ordenó la aplicación de la misma “con todos sus efectos.” ¿Va a ordenar la aplicación de una ley que considera anticonstitucional? Para qué demoraría, esperando la resolución sobre la constitucionalidad de un juez, cuando la Corte podría haberlo hecho. Era un trámite sencillo, valía con el error de forma, como hicieron con el fallo de la Rural.

Sabemos que el poder judicial es el abogado público de pobres y ausentes del sector privado. No hay mejor abogado de un privado que un juez. Sino de qué estamos hablando. Estoy seguro que su voto, otra vez, será el de la minoría, pero esta vez, espero que salga a decir públicamente sus diferencias con los otros votantes, y que se sume a Justicia Legitima, si es que aún no es miembro. El poder judicial se partió porque el interés privado se impuso sobre el interés público. El grado de tensión del conflicto ha llegado a su punto más alto, en tanto están en juego las herramientas con las que las partes sostienen su poder, un aparato capilar de comunicación, de un alcance territorial completo, contra  la herramienta más fuerte a la que puede acceder la militancia política que es el Estado. Dentro del Estado, la tensión se llevó al punto más alto en el que se le pregunta a los jueces supremos: ¿Son abogado del privado o juez de lo público? No dudo de su voto. Usted lo sabe, por la investigación que me agradeció, cuando quisieron poner en duda su integridad.

Compañero Profesor, así como nos enseñó a poder identificar qué es qué, qué es el poder, qué es el discurso, cuáles son los intereses que se representan, le pido por favor, que de ser contrario el fallo al interés de las mayorías, eso es, que beneficie en algo al Grupo Clarín, que sabemos muy bien quiénes son, estamos confrontando contra esos que describió en su libro “La palabra de los muertos. Conferencias de criminología cautelar”. Le tocó confrontar contra ellos, los que no pudieron impedir que se oigan las palabras de los muertos. En la Revista Desafíos para un proyecto nacional, en homenaje a Néstor Kirchner, usted publicó un artículo titulado “Desde 2003 hubo cambios profundos en la justicia”, el cual cerró afirmando “El cierre de la vida de un político nos ofrece la libertad de expresar lo que no podemos decir mientras está activo y vigente, pues se lo entendería como partidismo. Se trata de una limitación institucional que, en definitiva, se traduce en una injusticia. En verdad, aunque reconocemos la importancia y razón de la regla, sentimos no haberla transgredido”.

Una justicia que limita la expresión, no es justicia. No tiene por qué tener que sentir otra vez no haber transgredido la regla de silencio de las instituciones. Por una justicia legítima, una vez que fallen, no se calle. Es preciso decirlo mientras está activo y vigente el proyecto nacional y popular al que usted nutre y pertenece. La muchachada dice ¡Dígalo, Profesor, dígalo!

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