El libro de Juan Pablo Hudson relata experiencias con jóvenes de barrio Ludueña y Empalme Graneros desde el 2009 hasta el 2013. Diálogos, vivencias, enseñanzas, aprendizajes, dolores, alegrías. La compleja trama de los sectores populares atravesada por la vitalidad de los pibes.

Por Martín Stoianovich

“La idea de vitalidad es más compleja de lo que parece. La vitalidad es una fuerza, una energía que estos pibes despliegan en sus movimientos cotidianos para construir sus vidas”, dice Juan Pablo Hudson. Su libro “Las partes vitales” relata experiencias con jóvenes de los barrios periféricos de Rosario entre los años 2009 y 2013. El autor, Doctor en Ciencias Sociales de la Universidad de Buenos Aires, destaca que no se trata de un libro “sobre los pibes”, sino más bien de un trabajo construido junto a ellos.  Diálogos, vivencias, enseñanzas, aprendizajes, dolores, alegrías. Del libro se desprende la necesidad de correr a los pibes de los lugares establecidos que se les han impuesto, reconociendo en ellos la capacidad para encarar, con sus vitalidades, otras estrategias para transcurrir los tiempos actuales.

El período en el que se acota el proceso de producción del libro no es casual. Desde el año 2009 hasta el 2013 el contexto de violencia en la ciudad de Rosario fue escalando en formas y números. Las cifras de homicidios dolosos alcanzaron en 2013 el récord de 264 casos y a partir de entonces en los años siguientes no bajó de las doscientas muertes. De ese total, como destacó enredando en un artículo anterior, el mayor porcentaje de homicidios tiene como víctimas a jóvenes menores de 25 años, provenientes de los sectores populares. Pero esta situación se mantiene en escenarios donde se enmarcan otras prácticas y experiencias y es por eso que Hudson intenta ahondar más allá de las economías ilegales y sus consecuencias, o las violencias cotidianas que tienen lugar por otros motivos. Antes que las balas y la muerte, los pibes, en su condición de pibes, son sujetos de amor, de enojos, de inspiraciones, de caprichos, de soledades e infinitas experiencias, todas – incluso las violencias – atravesadas por sus vitalidades.

Hudson habla de “vidas ambivalentes” cuando se refiere a los jóvenes – de entre 13 y 18 años, de los barrios Ludueña y Empalme Graneros – con los que estuvo en contacto como docente de una escuela nocturna de Ludueña y en su relación con organizaciones sociales del mismo barrio como el Bodegón Cultural Casa de Pocho. “Es un tipo de fuerza que puede conectar procesos sociales de mucha creatividad y una construcción autónoma de la vida que logra transgredir lo que se les impone a ellos, pero que también puede conectar con procesos muy destructivos y agresivos”, dice el autor. Se refiere a la vitalidad de los pibes y lo que hacen con ella. Y no son características heterogéneas, es decir que pueden ir de la mano. “Todo en una misma vida, no hay pibes que tienen vitalidad creativa y otros vitalidad ligada a procesos destructivos”, explica Hudson.

 “Se trata de ir detectando cómo van mutando esas energías y esos modos de vidas cotidianamente”, dice. En este sentido, abre el panorama al concepto que se tiene sobre la pibada de los barrios populares. Siempre son sujetos de descripciones. A veces estigmatizantes, repletas de estereotipos, discriminaciones y odios. Pero otras veces también benévolas, aunque nutridas de tibiezas que terminan por quitarle – o al menos restarle – a los pibes la capacidad de ser, cuanto menos, sujetos rebeldes que como tales puedan construir su cotidianidad con autonomía. “Hay que sacar a los pibes de la idea más habitual y fascista en torno a ellos, de que sólo son pibes que roban y no les importa nada. Pero también sacarlos del lugar de pasividad y de puras víctimas en el que los ponemos muchas veces desde la militancia”, explica el autor, incluyéndose desde su lugar como integrante del colectivo Club de Investigaciones Urbanas.

Este último aspecto, que generalmente no es intencional, resulta importante de destacar porque a veces llega a ser contraproducente en la vida de los jóvenes. No hay dudas que los pibes son víctimas: de las ambiciones de un sistema que persiste con la competencia y en el consumo, por vías legales e ilegales, sostenidas muchas veces a fuerza de prácticas violentas que se mantienen con el correr de la sangre joven. Pero los pibes no son víctimas de la vida, sino protagonistas. Y en ese andar está la necesidad de que el protagonismo sea activo. “De lo contrario se pierden todas las capacidades de estos jóvenes de zafar de los destinos que se les imponen, y las capacidades creativas que tienen para vivir y juntarse con otros”, explica Hudson sobre el rol de “puras víctimas” que también se les impone a los pibes. “A la vez es tranquilizador para el que los ubica en el lugar de puras víctimas, porque eso deja en pie a un adulto – ya sea el militante, el docente, el trabajador estatal, o el investigador – que necesariamente los tiene que alumbrar y ayudar a que ellos cambien”, agrega.

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Tanto a nivel de organizaciones sociales, pero también a nivel político, institucional o en el mismo barrio, cuando lo que se visibiliza es la situación alarmante de los jóvenes de los sectores populares, que por definición es la situación del resto de la ciudad, invade el desconcierto por no saber cómo afrontar las problemáticas. Por el contrario, cuando se conocen experiencias de jóvenes que trascienden determinados límites que el resto de la sociedad configura como insuperables, a nivel educativo, artístico, profesional, lo que prevalece es la satisfacción por aquel individuo que “pudo superarse”. Quizás, paradójicamente, la respuesta esté en una pregunta habitual: ¿Qué se hace con los pibes? Y quizás no se trate de pensar qué hacer con ellos desde una perspectiva verticalista como si se tratase de objetos sobre los cuales se experimentan políticas sociales y planes de inclusión. Sino que ese “qué hacer” implique el necesario y natural protagonismo de la pibada, respetando sus procesos y, en todo caso, siendo parte de ellos.

En este terreno es de plena importancia el rol de las organizaciones sociales que trabajan a diario en distintas barriadas, como así también es necesario el análisis de cómo estos movimientos se ven afectados por los mismos escenarios que impactan en la vida de los pibes.  “Siguen siendo imprescindibles, hay un gran nivel de entrega al pasar horas intentando construir alternativas. Pero desde hace un tiempo, por las variaciones en los territorios, es cada vez más difícil la tarea de una organización social”, dice Hudson. En esta línea, el autor insiste en comprender a la violencia desde una “idea de ensamblaje”. Por un lado “los mercados ilegales – como el narcotráfico – en sus intentos de establecer autoridad en ciertas zonas de los barrios en torno a los búnker como pata territorial del negocio”. A esto se le suma “la coordinación con las fuerzas de seguridad que buscan copar el territorio con obsesión particular contra los jóvenes”. Y finalmente “los vecinos que se organizan para combatir ‘la inseguridad’, y que también están obsesionados con los pibes del barrio, y les molesta que estén en una esquina o en la plaza”. En medio de ese terreno se encuentran las organizaciones sociales, integradas por militantes del barrio y otros lugares de la ciudad. En medio de ese terreno, también, se desarrollan las experiencias que Hudson relata en “Las partes vitales”.

“El campo de intervención es cada vez más limitado. Hay procesos de retroceso en la capacidad de incidencia sobre los jóvenes. Cada vez se trabaja con pibes más chicos, y hay una franja etaria cercana a los veinte años con la que se hace muy difícil tener contacto”, dice Hudson. Su libro comprende experiencias en Ludueña, pero las situaciones que describen abarcan a muchos otros barrios periféricos. Y en esos territorios distintas organizaciones trabajan a diario, sobre los vacíos que deja la ausencia estatal o su presencia represiva a través de las fuerzas de seguridad, pero también para generar herramientas de emancipación, poder popular, y protagonismo de los y las de abajo. También a estas organizaciones, ante el cambio de los escenarios políticos y sociales, les llega la hora de replantear el trabajo en el territorio. Y quizás en este panorama la vitalidad de los jóvenes  sea una parte fundamental.

Sobre este aspecto Hudson plantea el interrogante a la adultez: “¿Qué es ser adulto en el trabajo con los pibes de los barrios, cómo se los acompaña, qué hay que dejar de lado como militantes para encontrarse con la vitalidad de estos jóvenes?”.

Sobre el estigma y la vitalidad en la violencia

“A veces mi barrio se parece a un penal, muchos problemas, muchas peleas. Los pibes, algunos enfierrados o con cualquier cosa en la mano, siempre están perseguidos de cualquier loco que aparece o por la cana. Algunos días están a los tiros por bronca entre ellos o porque se ponen a escabiar y de tan locos que están pelean entre ellos. Siempre tenés que estar alerta por cualquier cosa, solamente tenés que cuidarte en cualquier lugar y cada vez que salís siempre con algo en la mano, siempre que salgas tenés que cuidarte de que alguien no te apunte con algo en la cabeza”

Esas líneas pertenecen a uno de los alumnos de la escuela nocturna en la que trabajó Hudson y con quienes realizaban distintas tareas. El pibe tenía que continuar a su manera la frase inicial “A veces mi barrio se parece a…”. Y lo hizo de esa manera.

Se habla de estigmatización cuando los medios de comunicación se empeñan en describir estas problemáticas comunes de los sectores populares. Porque se cuestiona el objetivo con el cual se hacen dichas descripciones y el efecto que tendrán en la opinión pública, sobre todo en sectores más acostumbrados a percibir el mundo desde el consumo mediático que desde la vida misma. Pero qué sucede cuando esa descripción la hace un pibe que vive día a día en el barrio. ¿Hay un límite entre estigmatización y realidad, o también los pibes terminan siendo parte del discurso que construyen y sostienen los medios masivos?

“Cuando los pibes narraban sus barrios de manera muy cruenta hay realismo porque son situaciones que pasan: tiros, asesinatos, agresiones, represión policial y venta de drogas. Pero los pibes son también productos mediáticos, hay un gran consumo y ellos hablan de lo que hablan los medios”, explica Hudson. “Es muy compleja la tarea de aquellos que intentamos mostrar una realidad diferente de los barrios. La pregunta es cómo se hace para romper con los procesos de estigmatización que aplican los medios de comunicación sin por eso dejar de ver que realmente hay procesos muy violentos que incluso encarnan los propios pibes”, agrega.

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Siguiendo este punto, dice: “Muchas veces en el afán de correr a los pibes de esas etiquetas que ponen, no sólo los medios sino las instituciones y los propios vecinos u otros sectores sociales, uno termina no viendo que hoy un pibe en un barrio es una fuente de agresividad muy grande”. Y aquí la realidad se plasma en los jóvenes que mueren, pero también en los que matan. El ejemplo que cita el autor, que también aborda el libro, es el caso de Gabriel Aguirrez, de 13 años, asesinado en Ludueña por otro joven en un cruce de palabras después de un clásico entre Central y Newell’s. “Tenemos que pensar en lo trágico de esa muerte, pero también qué pasa con el pibe que por una cargada tira tres balazos, y esa es una complejidad que hay que asumir”, dice Hudson.

En los pibes que llegaron a apretar el gatillo también hay vitalidad. En eso intenta detenerse el autor. “La violencia es consecuencia de una crisis de identidad. En la sociedad hay una precariedad general, no sólo en lo laboral, sino en lazos afectivos, en las relaciones amorosas, en la posibilidad de construir un relato de sí mismo. Eso fragiliza mucho a los jóvenes y están todo el tiempo en la necesidad de construir un enemigo, aunque sea para ratificarse momentáneamente”, sostiene.

“Hay una energía que los chicos ponen en juego. Hay que poder comprender qué se puede hacer con esa violencia, que no se puede avalar, pero la violencia lleva una carga de energía que está puesta en juego”, argumenta. Y para cerrar agrega: “El mayor desafío es entrar en diálogo con esa vitalidad más violenta. Ver qué se puede hacer para que esa energía avance en otra dirección”.

 

 

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