Desde hace más de 5 meses, la referente de la Tupac Amaru se encuentra presa en el penal de Mujeres del Alto Comedero, en Jujuy. María José Gerez, activista feminista de Mala Junta en Patria Grande la visitó en la cárcel. Un relato intenso de su experiencia y un mensaje de puño y letra escrito por Milagro Sala para todas las mujeres del país. 

Por Majo Gerez

Domingo 12 de junio en Jujuy.

Cae la llovizna y el cielo se mantiene abroquelado de nubes grises hace días. En la entrada del penal de Mujeres del Alto Comedero nos encontramos militantes de todo el país a la espera de las indicaciones de Caro de la TUPAC, ella tan tranquila como demandada, administra la lista de visitas durante ese fin de semana. Hoy somos menos personas en lista que el día anterior, entonces nos autorizan a esperar rejas adentro mientras que lxs familiares, en su mayoría mujeres y niñxs, de las demás presas van pasando sus datos a la policía e ingresando a las requisas. El protocolo es estricto y abusivo en muchos sentidos. Cuando lo leí días atrás entendí por qué desalienta a muchxs a la hora de visitarlas. También entendí por qué siempre son más las mujeres que se someten al mismo a diferencia de los varones. Cuidar y acompañar a otrxs es nuestra tarea, es LA tarea que tenemos asignada por excelencia en el marco del patriarcado, incluso en contextos de encierro.

Después de una hora de espera le toca a mi grupo, somos cuatro desconocidxs entre sí pero ansiosxs por igual. Dejamos nuestro DNI a modo de garantía y vamos casi trotando hacia el pabellón de requisa. Cuanto más rápido lleguemos, más tiempo ahorramos para que lxs que nos siguen puedan aprovechar. Da nervios, sabemos que es el territorio privilegiado de la yuta y lo explotan al máximo. Pero nos ven cara de “extranjerxs”. “¿Vienen a visitarla a Milagro?”, me dice la mujer policía que me empieza a tomar los datos. “Si” respondo. Paso a uno de los bastidores, soy beneficiaria de un cacheo fugaz. Saben que somos militantes políticos, referentes de organizaciones en la mayoría de los casos. Excepción inteligente y en mi caso aliviador, aunque me sepa una excepción a diferencia de las otras mujeres que esperan en la fila.

Caminamos hacia el patio del pabellón, pero ella no se aguanta el trecho hasta la mesa y nos viene a recibir con una sonrisa. Un abrazo, esos que dan ganas de sostener más allá de los minutos, que sabemos contados. “Gracias”, fue de las palabras que más circuló durante la media hora que duró el encuentro. “Que ustedes estén acá le da fuerzas a mis compañerxs para seguir la lucha”, nos decía Milagro Sala al respecto de la participación de delegaciones de todo el país en el Congreso Nacional de la Tupac y el Encuentro de Comités por su libertad que se desarrollaron el día anterior.

El sábado una caravana recorrió la ciudad para terminar con una misa a cargo de un cura tercemundista en las afueras del penal mientras ella era visitada. Dicen que escuchaba atenta y frenaba las conversaciones cada vez que se escuchaba cantar a sus compañerxs tupaquerxs. Un mantel blanco en la mesa del patio del penal con termos de café y facturas era el espacio construido para ese domingo en familia. Porque ese domingo, como todos, estaba en compañía de sus hijxs, nietxs, suegra, su compañero de vida y de militancia.

Entonces múltiples charlas transcurrian en simultáneo, pero sin perder la atención cada vez que hablaba de sus anécdotas desde que está presa. También charlamos del mundo que transcurre por fuera de las paredes del penal, ese mundo del que está muy pendiente. “Por eso veo C5N y TN todos los días, así escucho las dos campanas”, remata y nos reímos. “Acá las presas están muy mal, encima a muchas no las visitan hace tiempo”, dice al pasar mientras relata la lucha que llevan adelante para que no se las lleve al “chancho” a modo de castigo.

Milagro está presa, pero no derrotada. Como toda militante encuentra en ese transcurrir en el pabellón un espacio de organización más. Se muestra fuerte e inquieta, sabe que ese fin de semana no es uno más. Entiende que después de los eventos realizados ese fin de semana se abre una posibilidad de redoblar la apuesta, que su libertad y la de lxs otrxs compañerxs de la TUPAC encarceladxs es tan posible como necesaria. Por eso no se cansa de agradecer, aunque unx le diga todo el tiempo que no tiene nada por agradecer.

Se pasa el tiempo rápido, afuera hay otrxs compañerxs que tienen que entrar. Cuesta, pero hay que irse. Nos saludamos, le cuento que este año en Rosario se hace el Encuentro Nacional de Mujeres y que el 3 de junio en todo el país las mujeres pedimos por su libertad. “Antes de que me vaya, decime algo para transmitirle a las mujeres luchadoras, yo me lo voy a acordar”, le digo. Me mira sonriente, le pide a sus familiares lapicera y papel, y me dice: “no, voy a darte una carta”. Las tres acciones fueron simultáneas. Consciente de que ahí el tiempo vale, de que cobra otras dimensiones, escribe rapido: «Mujeres argentinas les pido con todo cariño que resistamos a estos vendepatria, nos quieren arrebatar lo que conquistamos en estos 12 años. A organizarse, unirse y a luchar con mucha fuerza por nuestro país.»

Nos damos otro beso de despedida y con carta en mano salgo de su pabellón. Llevar un mensaje de Milagro a las mujeres luchadoras es un tesoro que guardo rápido en mi bolsillo mientras voy en busca de mi DNI. Se camina bastante hasta la salida del penal. Mientras lo hago, recuerdo el protocolo que elaboraron lxs compañerxs que la visitan desde el principio y pienso de que por suerte zafé de la “peor parte” de la requisa carcelaria. También recuerdo que en la primera leída, me había resultado extraño como terminaba ese protocolo. Decía que “Al salir, se recoge el DNI con el cartoncito y las pertenencias que quedaron en consigna. Se camina hasta la salida, con el corazón encogido”. La metáfora se vuelve palpable. Salir con el corazón encogido, porque salir significa saber que Milagro se queda ahí. Presa política de Morales, presa del revanchismo en los tiempos de “cambio”.

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