Fernando Gutierrez fue asesinado el 19 de junio pasado, en la zona sudoeste de Rosario. La nota en su versión digital del diario La Capital construyó una versión estigmatizante:  «Ex convicto fue asesinado a balazos» decía el título. Quienes lo conocieron repudian el tratamiento mediático y hablan de sus sueños,  de quién era, qué hacía. Rescatan su historia de vida. El colectivo de talleristas en cárceles que integran la Bemba del Sur grita hasta el hartazgo: «Fernando no era un ex convicto». 

Por María Cruz Ciarniello

El Diario La Capital de Rosario tituló en su versión digital del día lunes 20 de junio:  “un ex convicto fue asesinado a balazos”.

La noticia remarca el rótulo asignado: ex convicto. Nada dice de quién era, qué hacía, cuáles eran sus sueños, su búsqueda. De sus ojos grandes. De su sonrisa de niño. De las 9 balas que le marcaron el cuerpo. De su pasión por el fútbol y del dolor que arrastraba tras la muerte de su hermano. De sus pasos de cumbia, su camisa a cuadros y su enorme compromiso con las tareas que asumía dentro de la cárcel. De sus escritos y su curiosidad propia de un periodista de calle.

La historia de vida de Fernando desaparece. No existe. No está. Es apenas objeto de una noticia policial que deshumaniza, despersonaliza, estereotipa. Y también señala con el dedo inquisidor: su identidad es la que le impuso el sistema penitenciario.  Una noticia que borra huellas; invisibiliza contextos, causas y consecuencias. Que no reflexiona: solo condena sin derecho a ninguna réplica. Fernando está muerto. Fue asesinado de cuatro tiros y la crónica policial solo dice que era un ex presidiario. Que había sido condenado por el delito de robo. Solo eso. Y las hipótesis de su crimen: el ajuste de cuentas. No hay tiempo ni interés en escuchar esas voces que escriben las historias detrás de las cifras. Por eso el grito nunca, pero nunca, es bastante.

“Al Fer no sólo le arrebataron la posibilidad de una vida distinta, le arrebataron un hermano y le arrebataron la vida. Hablemos de identidad, hablemos con propiedad, Fernando era muchas cosas antes de ser un ex convicto, un “preso por robo”. No fue acribillado un “ex convicto”, fue acribillado un ser humano llamado Fernando Gutiérrez. No solo fue acribillado, fue acorralado durante toda su vida por un sistema que excluye y mata. Fernando Gutiérrez no era un ex convicto, Fer era un pibe como yo, como vos.”

Las palabras son de los talleristas que integran la Bemba del Sur. Un grupo de militantes sociales que coordinan espacios de inclusión dentro de las cárceles. Ellxs sí conocieron a Fernando. Y mucho. Su crimen los inundó de un inmenso dolor mezclado con bronca e impotencia tras leer aquella crónica policial del Diario La Capital. Por eso su gritos hoy traspasan los muros: Fernando no era un ex convicto. Hasta el hartazgo lo dirán, hasta que algunas notas de algunos medios indaguen en las historias de los pibes muertos a tiros en las barriadas rosarinas.

“Fernando se murió en un barrio donde el “territorio” se disputa. Otro sentido común construido mediáticamente que refuerza la lógica de amigo-enemigo. Una lógica dominante que cristaliza el sentido: “que se maten entre ellos”.  Ese montaje discursivo que coloca a los pibes de barrios pobres en ese lugar de ellos culpables de todos los males, esos monstruos que hay linchar hasta matar. Esos ellos, que han perdido visibilidad pero son una amenaza para ese nosotros moral”.

Fernando –dicen sus compañeros- pudo habitar también otros territorios. Esos que se construyen por los lazos, por la confianza. “Fernando estaba repleto de vitalidad, potencia productiva, de resistencia”. Ese era Fernando.

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En el diario no hablaban de tí

La construcción mediática de las noticias son variables. Las ediciones digitales de los medios masivos suelen ser las más leídas y replicadas en redes sociales. Son las que –en su inmensa mayoría- solo reproducen las versiones policiales y judiciales. La voz oficial. Y las que contienen, además, los cientos de comentarios de lectores enardecidos promoviendo un discurso que, salvo excepciones, son fascistas.

“Al Fer no lo mató la persona que apretó el gatillo, al Fer lo mató el sistema, la indiferencia y la hipocresía. Indignación por cómo se banalizan determinadas cuestiones, por cómo estamos cegados por el odio y por cómo los medios de comunicación nos roban la capacidad crítica y la conciencia social. Me duele el alma sólo con leer los comentarios de la noticia”, dicen sus compañeros. También sostienen que «el sistema penal, otra vez y como siempre, auspicia como sostén y fundamento de la muerte de decenas de chicas y chicos que quedan enredados en sus modos de ser, sus lógicas y logra, exitosamente, hacerlos desaparecer.»

Lo que sucedió con Fernando no es aislado. Para algunos medios, al principio, David Moreira era el “ladrón” golpeado por “vecinos” del barrio Azcuénaga. Los «buenos vecinos» que salieron en defensa de una joven asaltada. Que en realidad, lo lincharon hasta matarlo.  Así como Franco Casco fue -durante las primeras horas de su desaparición forzada- el pibe morocho y sospechoso que merodeaba en la zona de la Terminal de Ómnibus, cuando la investigación -impulsada por las organizaciones – demostró que Franco fue desaparecido y asesinado por la policía santafesina.

Recordemos: si no hubiese sido por el movimiento social al que pertenecían, Jere, Mono y Patom habrían sido los “soldaditos” asesinados en un supuesto ajuste de cuentas. Y así, la lista de nombres con identidades estigmatizantes, se transforman en apenas cifras que alarman. Nombres de jóvenes varones, pobres y muchos de ellos, atravesados por su tránsito en la cárcel. Nombres que ya no nombran; solo señalan la etiqueta impuesta.

“Ya no son Fernando, ya no son Elías, ya no son David: son menores, son ex convictos, son malvivientes. La noticia que leí en los diarios tuvo la intención de hacer desaparecer a Fernando. La noticia que leí en los diarios es un barrote más que pretende encerrarnos”.

Desde la Bemba del Sur afirman que “la operación discursiva es apelar a los antecedentes penales de la víctima para definir el tándem merecimiento-responsabilidad. Muertes merecidas porque “algo habrán hecho”, y si algo hicieron no es más que el resultado de su propia responsabilidad individual”.

Sus vidas no trascienden, tampoco el derrotero que debieron soportar.

Por ejemplo, el crimen de Rodrigo Udi para muchos y principalmente para el Estado, fue indiferente. “A Pequi ya lo tenían señalado desde hace tiempo, porque era un chico que salía a robar. Pero nunca nadie se interesó en saber que hacía dos meses que había estado rescatado, trabajando con nosotros en el Movimiento Padre Mugica”, decía a enREDando uno de los referentes de esta organización que tiene su trabajo territorial en una zona del barrio Ludueña. La versión policial –publicada en los principales diarios de la ciudad- señaló que Rodrigo murió como consecuencia de un tiroteo con personal del Comando Radioeléctrico, tras un supuesto robo que había protagonizado en una fábrica de la zona. El título de la nota, otra vez del diario La Capital, decía: “Un delincuente murió tras robar una fábrica y enfrentarse con la policía”. Ese “delincuente”, era Rodrigo. 18 años. Había estado preso en el mal llamado “Instituto de Rehabilitación para el Adolescente”. Había intentando salir de su adicción a las drogas. Nunca encontró respuestas por parte del Estado. O sí: una respuesta que le provocó la muerte. Fue la organización social la que salió a denunciar que Rodrigo fue víctima de una ejecución sumaria. Pero no importó demasiado. El pibe había robado.

“La prensa escrita despliega entonces tácticas discursivas que, a diferencia de lo que sucede cuando las víctimas pertenecen a la clase media o media-alta, contribuye y refuerza un proceso de desidentificación y distanciamiento para con la víctima; hecho que, en cierta forma, articula elementos discursivos que terminan por justificar –y merecer– la muerte en suerte”, analizan los talleristas, muchos de ellos, estudiantes y docentes de la UNR.

El dispositivo mediático reproduce el mismo mecanismo para con las mujeres: jóvenes y pobres. ¿Qué sucedió con el femicidio de  Guadalupe Medina en Villa Banana? ¿Qué ocurre con los femicidios de las trabajadoras sexuales?  ¿Cómo operan los discursos mediáticos en la visibilización e información de estos crímenes? «A diferencia de los femicidios de Ángeles Rawson, o de Lola Chomnalez, donde la desaparición fue el primer paso, a Gisela primero le tocó morir, y después ser descubierta. Pero, aunque varíe su secuencia, todos los casos tienen la coincidencia de ser asesinadas dos veces: por el femicida, que no es buscado ni interpelado, y por los dedos acusadores de los medios. Ya sea desde la acusación explícita o desde el silencio», escribió la periodista Agustina en una excelente crónica sobre el asesinato de Gisela Bustamante. 

Son siempre las organizaciones sociales, sus familias y lxs militanes involucrados en los territorios, las voces que dan cuenta de sus historias. Las que denuncian los tratamientos de una cierta prensa masiva -no toda- más preocupada en vender títulos y morbo que en informar con responsabilidad. Una prensa que también es misógina.

Desde la Bemba del Sur cuestionan y repudian el tratamiento mediático en el crimen de Fernando. “Sentimos no sólo un profundo dolor por su pérdida física sino también por el ejercicio de desvalorización humana que el discurso periodístico, ese discurso apegado a las agencias policiales y judiciales y nunca al ejercicio de los Derechos, inclusive el Derecho a informar y ser bien informado, implementa tras cada palabra escrita”, expresan.

Decidieron publicar un documento que habla de él. De Fernando Gutierrez. De su humanidad. De sus sueños.

“Lo que el discurso periodístico no sabe y no se molestará en saber es que Fernando, luego de cumplir su primer condena, intento vincularse con espacios que el Estado ofrecía para capacitarse, y ese intento fue fallido porque el Estado, una vez más y como tantas otras veces, terminó expulsándolo; por no preguntarle de sus deseos, sus trayectorias, sus posibilidades, sus dificultades, por no preguntarle ni siquiera cómo se llamaba, de dónde o porqué venía”, dicen en este escrito de más ocho páginas.

En octubre de 2015, la Bemba del Sur inauguró la sala cultural,  un espacio dentro de la Redonda, la Unidad N° 3 de Rosario. Ese día, Fernando estuvo presente, haciéndo lo que siempre hacía: colaborar, aportar, sonreir, trabajar en conjunto con sus compañeros. Pintó algunos de los muros blancos que separan el adentro con el afuera. El recuerdo está vivo. No hay balas que puedan enterrarlo.

Recuerdo la prolijidad, el interés y el amor con el que decoró cada una de las letras. También recuerdo el hermoso auto colorido que dibujó en el margen izquierdo y la alegría con que lo hacía. Tenía unos ojos bellísimos y unas ganas y potencialidad que, aún a quienes no lo conocíamos en profundidad, nos llamaban la atención. Me duele hasta los huesos su muerte y me indigna la hipocresía de esta sociedad, que no conforme con matar simbólicamente a los pibes, justifica y anhela -escudada bajo el discurso de “nosotros la gente bien, trabajadora y civilizada” que leemos y escuchamos en los periódicos, noticieros, en la puerta de casa o en el almacén del barrio- la barbarie de su asesinato. Fernando no era un ex convicto, Fernando era vida, una vida.

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“A Fernando lo mataron dos veces”

En octubre de 2015 faltaban pocos meses para que Fernando pudiera salir en libertad. Tenía ganas de vivir. De sortear las gigantescas dificultades que encuentran los pibes una vez que salen de la cárcel. Porque en el “afuera” tampoco hay respuestas del Estado. No las hubo previo a su ingreso a un penal. No las hay una vez que salen.

¿Quién era Fernando? Un periodista. Un amigo.  Un compañero alegre y persistente. Un pibe que abrazaba. “Tenía ganas de vivir, de sobrellevar las dificultades, como la de tener 9 balas en el cuerpo y sentir la necesidad de volver a aprender a escribir porque una de sus manos estaba casi inutilizada.”

Era un intelectual. Un crítico. “Un pibe que quería disputarles sentidos a la cárcel y a la sociedad en su conjunto, a esos sentidos que le decían que él no iba a poder ser otra cosa que un convicto, o un ex – convicto como rezan las líneas de La Capital.”

Fernando además era un impulsor del ejercicio de los Derechos Humanos en las cárceles. “Porque militarla es eso, ejercerlos. Fernando no era un ex – convicto, era un amigo con quien nos encontrábamos y abrazábamos en el penal, con quien compartíamos historias, un tipo al que el dolor lo acompañó durante mucho tiempo, el físico pero también el del alma, por haber perdido un hijo cerca de nacer, por haber perdido a su hermano en un accidente de tránsito, por lamentarse de su madre acompañando y visitándolo en prisión”, dicen sus compañeros de cárcel, los talleristas que compartieron sus charlas, sus dolores, sus broncas. Sus amaneceres y sus tardes oscuras en una cárcel que –al igual que todas- es indecible.

 Abrazos, risas, ideales, amor, afecto, miedos. Fernando era todo eso, y todo eso extrañan de él, sus amigos y su familia.

Muchos dicen: “total era un pibe villero”, “esos con gorrita que ves por la calle y te cruzas de vereda”, “seguro lo mataron porque andaba en algo o algún ajuste de cuenta”. Yo a Fer lo conocí, tomé mates! Tenía gorrita!  Y cuando se reía era como un chico!! Me hablo de su familia, de su mamá, de su hermano, de la villa, de la vida, de su vida. En los festivales bailamos cumbia y nos reímos, habitamos ese espacio, creaba y creía. Lo recuerdo sensible, lo recuerdo con cariño, lo vamos a extrañar y ojalá algunas personas que escriben artículos en los diarios comiencen a hacerse preguntas, porque Fernando no era un ex convicto que lo mataron a balazos. Y  hay cosas que los balazos no logran matar.

Fernando no era un ex convicto. El grito se repite, una y otra vez. Será necesario grabarlo a fuego en la memoria. Son muchos, cientos, los Fernandos arrojados al olvido y al anonimato. “Una muerte simbólica”, dice la Bemba del Sur.  En definitiva, “así funciona ese discurso, estableciendo cortes y divisiones para que tengamos a quien señalar como el mal de todos los males, también para tranquilizar a ese sector de la sociedad que festeja la muerte de un pibe que no era un ex – convicto, era Fernando, un amigo al que vamos a extrañar y recordar por siempre.”

Fernando tenía 24 años. Escribía. Sus notas pueden leerse en la Revista Conexiones. Era un comunicador. «Buscando un cambio», «Sobre los jóvenes y la juventud», el cuento «La habitación del dinosaurio» y su escrito en «Fotos que hablan»; con una reflexión política titulada «Sorpresa en Rosario, la llegada de los gendarmes», la sección «Entrevistándonos», el cuento «Después del encierro» y la «Carta a alguien» , son algunas de sus notas. Fernando no era un ex-convicto, era un periodista, «un curioso que se hacía preguntas, esas que tantos otros parecen dejar de hacerse en el ejercicio cotidiano de su profesión.»

A Fernando lo mataron dos veces, denuncia  la Bemba del Sur. Primero con cuatro tiros y luego “con una nota periodística miserable,  hecha a medida del energúmeno de sillón que festeja la muerte de pibes que sobreviven de condenas mayores a las de la cárcel.  Fernando compartió con los talleristas momentos, recuerdos y deseos, como cualquier pibe de 24 años que quiere zafar de las etiquetas ajenas y ponerse una propia. La etiqueta del diario no es una que se borra con dos sesiones de terapia, es la que se convierte en obituario común de una generación de jóvenes en Rosario.”

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Fernando no era un ex convicto. Y ese grito es hoy, una bandera que atraviesa muchas otras vidas.

Una consigna que se resiste a naturalizar  las muertes de pibes que jamás serán anónimas.: “Sentimos la necesidad como colectivo de ponerle rostro y relato a esta noticia tan triste, porque sentimos que perdimos a Fernando pero también que perdimos la forma de comprender lo que está pasando en la calle.”

Documento completo de La Bemba del Sur

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