Por Martín Stoianovich

Foto: Juliana Faggi

Dejaron de retumbar con fuerza las patadas que le dieron en la cabeza a David Moreira el 22 de marzo del 2014, luego de un intento de robo que lo dejó a merced de un grupo de vecinos de barrio Azcuénaga. Murió tres días después por las consecuencias del linchamiento e inmediatamente quedó instalado en la sociedad el debate sobre el apoyo o el repudio a la justicia por mano propia. Pero ya dejaron de retumbar las patadas a David: en los medios de comunicación, en los pasillos de tribunales, en los sectores más conservadores de la sociedad pero también en las organizaciones políticas y de derechos humanos que levantan las banderas reclamando justicia por el brutal asesinato del pibe de 18 años. “Al caso David Moreira se lo tragó la realidad”, dice a más de dos años del hecho Norberto Olivares, abogado querellante de la familia del chico. La causa, sin demasiadas novedades, está en condiciones de avanzar a un juicio oral y público aunque también pueda existir un acuerdo por juicio abreviado. Además, hay posibilidad de implicar a un tercer sospechoso.

El único registro del linchamiento de David que hay hasta el momento es un video de nueve segundos publicado en YouTube en donde se ve a dos personas dándole patadas al joven incluso a pesar del grito de una señora que pide que paren la agresión. En septiembre de 2014 la investigación del fiscal Florentino Malaponte llevó a la detención de dos jóvenes, sospechados de ser los agresores. Nahuel P. y Gerardo G. quedaron imputados por el delito de homicidio agravado pero al poco tiempo fueron beneficiados con prisión domiciliaria para que luego la Cámara Penal les concediera la libertad. De todos modos los dos imputados siguen vinculados a la causa, aunque –a pesar de la resistencia de la familia Moreira y su representante – Malaponte pretende cambiar la imputación a homicidio en riña. La explicación es que en la autopsia se detectaron politraumatismos y que no se puede definir si alguno de ellos fue mortal y en ese caso quién lo propinó.

El relato de los vecinos en los primeros días después del hecho coincide en la participación de decenas de personas en el linchamiento. Pero sólo hay dos imputados y un nuevo sospechoso. A raíz de una conversación de Facebook se dio con otro probable implicado que en el día posterior al hecho admite su participación. Todo esto no es novedad porque es materia de investigación desde hace meses, pero sí es un pequeño avance en contra de cualquier pronóstico. Olivares habla de un pacto de silencio entre los vecinos de Azcuénaga que resultó efectivo para el resto de los participantes. Nada más se supo de los usuarios de Facebook y sus comentarios en el grupo de vecinos del barrio festejando el hecho y criticando a quienes aquella tarde llamaron a la ambulancia. Nada más se supo del conductor del vehículo que embistió a la moto en la que circulaba David con su compañero. El pacto de silencio fue certero, como también lo fue el grito de los vecinos del barrio que salieron a pedir la libertad de los únicos dos implicados el mismo día en que fueron detenidos.

El futuro de la causa es una incógnita. Según cuenta Olivares en las próximas semanas debería realizarse una audiencia ante el fiscal regional Jorge Baclini, en la que Malaponte y la querella expondrán cada uno sus fundamentos para las imputaciones pretendidas. “El fiscal regional no le dará la razón a ninguna de las partes y lo deberá resolver un juez antes de la audiencia preliminar”, adelanta Olivares, quien además asegura que Lorena, la mamá de David, quiere ir a juicio oral para que se continúe investigando el hecho. En esta línea, el abogado señala: “La defensa busca impunidad, la Fiscalía un abreviado y nosotros el juicio oral”.

La mamá, el papá y los hermanos de David se tuvieron que mudar a Uruguay para poder rearmar una vida lastimada por la pérdida del chico pero también por el estigma que cayó sobre ellos. Sin embargo, el contacto con el abogado es frecuente y la vuelta de Lorena ante la primera necesidad es prácticamente una certeza. “Soy optimista pero por la firmeza de Lorena. Si ella sigue en su posición podremos tener un proceso que puede llegar a lograr que el crimen no quede impune”, dice Olivares. Pero además habla de otra apuesta: “Que se vuelva a instalar el debate alrededor de este tema, porque ha habido otros casos en el país. Si hay una pizca para que no se vuelva a cometer lo que se hizo con David, es porque el impacto de la denuncia y el repudio al linchamiento hizo carne en algún sector social, que no es la solución de fondo pero sirve para que no se valide tan fácilmente que agarren a una persona en la calle y la maten a golpes”.

Olivares habla por un lado del rol judicial y la necesidad de una investigación seria, profunda y con una condena que conforme, para que no sólo calme la necesidad de justicia de la familia, sino para que también sirva de ejemplo para terminar con la estirpe linchadora de los sectores de la sociedad autocalificados como “gente de bien”, que son civilización y a la vez barbarie. La justicia puede ser ejemplificadora. Pero la impunidad también, y los linchamientos que continuaron al crimen de David son prueba de esto.

Pero por otro lado, además del rol judicial en la causa, Olivares menciona otro aspecto necesario e influyente. Es la participación de las organizaciones sociales, políticas y de derechos humanos que en los primeros meses de 2014 acompañaron a la familia Moreira y fueron parte de los avances en la causa. Es cierto que el alejamiento de los familiares de David repercutió en las movilizaciones algo masivas que se hicieron en distintas oportunidades. Pero hay otra realidad, que duele por cierta. “En muchas iniciativas y movilizaciones se dice presentes por muchos nombres, pero David Moreira no aparece. Ya no está conceptualizado como un tema de relevancia”, dice Olivares para resumir. Y admite que para los próximos pasos en la causa será fundamental la vuelta a las calles. No sólo por David, sino por el debate -que puede menguar pero siempre está- sobre la legitimación de los linchamientos.

“Ningún pibe nace chorro”, dicen las organizaciones que, contra la marea de la opinión pública más conservadora, defienden los derechos humanos más allá de cada condición social. ¿Pero vale preguntarse qué pasa cuando el pibe muere chorro? Entonces se vuelve difícil hablar de un “joven trabajador” aunque haya dejado la escuela para ser peón de albañil. Es difícil salir a la calle en épocas de campaña a pedir justicia por un chico que intentó robar la cartera de una madre embarazada. Es difícil humanizar a un pibe chorro hasta el punto en que su vida, sea cual fuere, importe más que una cartera, un voto o la tarifa de un servicio en aumento. Es difícil también ver en las lágrimas de Lorena la misma transparencia que en la de cualquier madre que llora por un hijo arrebatado. Es tan difícil, que a veces pareciera más sencillo no acordarse de David Moreira.

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