Texto: Martín Stoianovich

Foto: Juliana Faggi

Elsa se apareció una tarde en la plaza Pocho Lepratti de barrio Ludueña con un papel en la mano cuando estábamos en una marcha por otro pibe asesinado. Tenía una foto de su hijo Franco con los datos y una única certeza: había estado detenido en la Comisaría 7ma. Después se difundió la búsqueda en los medios de comunicación, luego apareció Franco en el río Paraná asesinado por la policía, y después un pedido de justicia enmarcado en un lento y doloroso proceso. “Yo no quiero ser referente”, me dijo Elsa un día de diciembre cuando le pregunté sobre la experiencia en su primer año de lucha. Elsa simplemente quería seguir con su vida como era antes de que mataran a Franco. Una vida que no era fácil pero que sabía que podía afrontar. Elsa cargaba con el Mal de Chagas, murió después de tener un preinfarto hace algunas semanas y no poder conseguir un turno para cardiología. La ciencia podrá explicar las causas de su muerte, pero los que la conocimos en este tiempo también.

Primero la policía desapareció y mató a Franco. Mientras tanto la Fiscalía de Rosario no investigaba y funcionarios del gobierno provincial hablaban boludeces para despistar. Después los medios de comunicación vomitaban la estigmatización de clase cagándose en el dolor de Elsa y reproduciendo los despistes de los que, vistiendo traje con corbata, esconden la impunidad en esas miradas débiles que nunca se posan sobre nuestros ojos. Los ojos de los que sabemos que están mintiendo y siendo cómplices aunque la Justicia – su Justicia – nunca lo dictamine en un fallo.

Después el Estado provincial abandonando a la familia Casco en el dolor y la incertidumbre, profundizando la desidia en el olvido histórico al que someten a los familiares de las víctimas del Estado. Ese diciembre Elsa tenía una meta: juntar unos pesos para pasar la navidad con los hijos que quedaban en Buenos Aires. “Paso mucho tiempo sola”, me dijo ese día. Mientras, un grupo de organizaciones sociales y políticas se ocupaban de conseguir esos mangos y algún pan dulce para que la familia Casco pudiera compartir. “Me gustaría trabajar de algo”, dijo también. Ni la más precarizadora oferta llegó, y Elsa se volvió a Buenos Aires.

Había dicho que se quedaría en Rosario hasta que se hiciera justicia por su hijo, por eso y por la gente que la acompañaba también. Pero entendió que podía irse con su familia y recuperar las fuerzas que le estaban quitando el dolor por la pérdida de Franco y sus problemas de salud.

Ese día Elsa habló todo el tiempo de Franco. Que lo veía desde el colectivo cuando pasaba por la zona de la Comisaría 7ma. Que veía su rostro en la cara de otros pibes como Franco: que son los pibes morochitos y con visera que la cana también castiga y que la Justicia también excluye de sus expedientes. Ese día Elsa me dijo que quería soñar con Franco y hacía rato no podía. Suponía que era porque estaba más tranquila, por estar buscando justicia. Habló mucho del dolor que sentía como madre.

Ese día Elsa lloró. Y me dijo que siempre pensaba en no llorar cuando hablaba de su hijo, pero que no podía. Y que cuando estaba sola era peor.

Después de ese día los encuentros siguientes fueron con vino y fernet de por medio y repitiendo siempre una deuda que ya será para siempre: la visita a sus pagos de Florencio Varela. Elsa supo seguir riendo, con una picardía tan cómica como tierna. Pero siempre terminaba hablando del dolor, sabiendo que se iría el día que se hiciera justicia.

Estas expresiones son un puñado de desahogos pero también un intento de dejar en claro que a Elsa la mató el dolor, la desidia del Estado y una realidad que caló tan hondo en ella que no pudo soportarla. La misma desidia estatal que no permitió que Elsa viera la cara de los asesinos de sus hijos y que somete al mismo dolor a cada madre de los pibes que mata la policía. Hay dolores que no sanan ni con las más grandes de las esperanzas.

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