¿Cómo describir la sororidad, lo que significa encontrarnos? Algo que se crea y se construye todos los días, en donde las mujeres elegimos SER a través de nuestros cuerpos, armados con la empatía de leernos los pensamientos a través del contacto de nuestros abrazos. Es entender un “evento” que el nombre no necesita explicación, porque la primer palabra con la que empieza es encuentro. No es jornada, no es convención, es encuentro.

Por Agustina Verano

Foto: Agencia Sin Cerco

Nosotras como mujeres resistimos, es un momento en que no se puede hablar livianamente. Acá el límite es la muerte, entonces yo digo: resistir es transformar”

En el aula del primer piso de la Facultad de Humanidades en la ciudad de Rosario, la palabra resistir es la más nombrada entre las tantas mujeres que eligieron encontrarse para compartir experiencias de organización barrial.

La lista de oradoras se expande minuto a minuto, ninguna mujer quiere quedarse en silencio, las voces, todas, quieren hablar.

Los aplausos se hacen encuentros cuando la mujer que interrumpe en el taller pide un aplauso para las mujeres jóvenes que construyen hoy lo que ellas empezaron hace 31 años. La mirada se repite en cada una de las otras mujeres que llevan varios abrazos organizados en sus ojos: el poder se transmite desde quienes empezaron a caminar los primeros encuentros hacia quienes aprenden y re construyen ese camino en un nuevo lenguaje.

Una de las “chicas jóvenes” que le tocaba hablar se para y mira a su alrededor, lanzando una pregunta que parece simple: ¿Qué es el territorio? El aula, entonces, se convierte en un universo de sentidos que sobrevuelan el aire expectante. La pregunta fue un puntapié para generar una red de mensajes de contención hacia quienes las lágrimas les asoman, hacia quienes esa pregunta les interpela la vida. Las miradas de las mujeres atravesadas por años de organización en donde la olla era el símbolo de lucha se definen en gestos, y esos gestos se convierten en empatía. A veces es necesario definir desde la solidaridad lo que los desinformadores de opinión tildan con el color amarillo del morbo.

“El territorio es la calle, y en la calle se crean las redes”

Por primera vez se rompe el orden de oradoras y la mujer que denunció la violencia organizada que se ve en los ojos de nuestros pibes (generada por la droga planificada) se para y mira a dos de las chicas que hablan. La mirada la mantiene fija en los ojos de sus compañeras sedientas de revolucionar con sus experiencias, entonces es cuando esa mirada se convierte en agradecimiento. “Tenemos un solo enemigo y es el neoliberalismo”

Los silencios se tornan abrazos políticos cuando los ojos de quien comenta despacio la muerte de 14 adolescentes en su barrio se humedecen: “En mi barrio se suicidaron 14 pibes, de 12 a 18 años”.

La mujer se hace grande entre quienes la rodeábamos. La voz ronca se alza en alto cuando el aire que respira lo siente fuerte: no hay una mujer en la sala que no cuestione con ella las voces del capitalismo feroz.

“En los barrios se concentran todos los problemas de la sociedad. Nosotras estamos haciendo una cooperativa de trabajo. Nos quisieron tomar la esquina como punto de venta de drogas y entonces nosotras sacamos la feria a la calle. A la calle la toman los barrios, porque los barrios la trabajamos”

Vuelven los aplausos y la lista de oradoras se pierde. Ganan las ganas contenidas de expresarse, de preguntarse, responderse y encontrarse. De mirarse y conocerse, y volverse a reconocer en cada expresión que se siente propia.

Entonces, se conforma la red, idea de quien tímidamente levantó la mano para interrumpir la lista. La red de teléfonos y mails se va llenando y pasa de mano en mano, cual si fuera una posta que desde ese día las mujeres construiremos para vernos las caras, y volver a reconocernos en los Octubres venideros.

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¿Cómo describir con palabras de la cotidianidad las calles en las que se borran las señalizaciones impuestas, mientras nuestros cuerpos las caminamos, las bailamos, las cruzamos?

¿Cómo contar los relatos en primerísima persona que emanaron de nuestras bocas cargadas de ganas contenidas de llegar/ llegarnos a nosotras mismas y abrazar el cielo desde una red que se teje en las calles, en las plazas, de la mano, entre abrazos?

¿Cómo transmitir las risas contagiosas que nos hacían ponernos rojas en ese preciso instante, el justo instante que fueron esos tres días que se hacen años , minutos y segundos, dejando el tiempo en otro plano que no sea nuestra construcción permanente de sonrisas?

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“Porque necesitamos reparar todo lo que nos han quitado, todo lo que hemos perdido, y todo lo que vamos a ganar. Porque necesitamos nuestros derechos. Sin lucha no se gana. Tenemos que aprender que la diversidad es el camino del futuro. Porque la furia travesti está presente y la furia torta se siente”

La noche en la plaza San Martín se viste de colores diversos. La plaza que de día la decoraban las rondas de mujeres encontrándose, de noche se viste Queer. El escenario se siente cerca, nosotras nos sentimos cerca.

Las luces no son altas, no las necesitamos, nos alumbramos con la euforia de las palabras que nos hacen saltar.

“Justicia por Diana Sacayán. Diana Sacayán: presente! Diana Sacayán: Presente! Ahora! Y siempre! Por nuestra Lohana Berkins, la madre de todas las travas”

El silencio se transforma en gritos organizados que al unísono sostienen el presente de las compañeras que lucharon por lo que hoy seguimos construyendo. Se las hace presentes, a Diana y Lohana: desde la revolución diversa y colorida, a partir del combate armado desde el amor como motor de cambio. Nos mantenemos en pie ante la hipocresía de quienes creen engañarnos y les decimos que acá estamos, que somos, y que seguiremos. Que acá están todavía.

“Macri no es puto, es liberal, hacete cargo él es heterosexual”

Se arma pogo. Kumbia Queers hace mover los cuerpos mientras miramos al cielo. Cantamos y resignificamos las letras de las canciones que como pata de este sistema que combatimos con encuentros, pretenden hacernos objeto, carne vendible. A la basura. Las bailamos y las volvemos a escribir.

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La calle se pinta de verde, inundada de pañuelos de la campaña por el aborto legal, seguro y gratuito. Nos encontramos en las esquinas, en los quioscos, en las estaciones de servicio. Nos identificamos y nos miramos entre risas cómplices: estamos juntas.

Caminamos con la seguridad de que la que tenemos al lado nos cuida. Nos damos vuelta y coincidimos en el camino de quien elige el mismo taller, entonces la caminata se siente compartida, las calles se van a haciendo chicas a medida que nos acercamos a los talleres.

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“Ole olé, olé ola, para Milagro, la libertad, para Morales el repudio popular”

El río se siente cerca en la plaza que alberga las banderas y fotos de Milagro Salas. La radio abierta presta el micrófono a quien quiera sumar al reclamo, y mientras, las mujeres de la Tupac Amaru recorren las rondas de mujeres para entregar una foto de su compañera que todavía la tienen presa quienes utilizan la palabra alegría sin entenderla.

En la plaza se encuentran las organizaciones que acompañan el reclamo, pero las rondas de mujeres van más allá. Porque el encuentro de mujeres redobla la apuesta y transforma el mensaje en un reclamo que combate lo que los medios te cuentan como grieta: en la plaza también estamos las mujeres que nos duele el atropello contra una mujer de Jujuy que rompió con los estereotipos que quisieron imponerle.

Nos encontramos muchas, en ronda, mirándonos a los ojos, escuchando y pensando como nuestros cuerpos quieren ser callados, desde una metodología que nos recuerda los años oscuros, pero que sabemos que hoy no nos calla.

El micrófono reproduce la voz de una de las mujeres que integra el Comité por la liberación de Milagro Sala, y utiliza en sus palabras una que las mujeres nos apropiamos en los encuentros: solidaridad – como arma increbrantable-

“Vemos que la solidaridad florece, se expresa en al creación de comités en distintos lugares del mundo, se expresa en múltiples adhesiones, se expresa en miles de firmas que se están recogiendo en todo el mundo. Este encuentro nacional de mujeres en Rosario nos encuentra en una situación política distinta, hemos venido a denunciar las políticas de Macri, el ensañamiento con que se persigue a lxs luchadores sociales en la provincia de Jujuy, pero no solamente allí, en Jujuy hay un ensañamiento particular contra una agrupación, la Tupac Amaru, que logró movilizar y organiza a los sectores más humildes de la población, y que logró empoderar a muchas mujeres. Y, además, decirles que en este encuentro redoblamos la apuesta”

La plaza se camina, se baila entre murgas, se relaja entre el sol que quema fuerte. Mientras, la foto de Milagro recorre las mochilas, los pines, las banderas. Milagro atraviesa el encuentro en los discursos de apertura, en los talleres, en las miradas de quienes la indignación no nos hace quedar en la queja: Las mujeres exigimos por su liberación desde la acción, desde el encuentro.

El silencio de las tantas que estamos va tomando forma cuando las palabras de Milagro hablan en el micrófono:

«No me perdonan que las mujeres nos hayamos empoderado, que hayamos estado de igual a igual con los hombres en las obras, que nos hayamos convertido en dirigentes».

«Morales y los jueces que nos tienen detenidas ilegalmente no soportaron que una mujer, además negra y también india, haya logrado construir miles de hogares».

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El domingo se hace corto cuando las cinco de la tarde ya marcan los latidos previos al momento en que todas las mujeres caminemos para un mismo lado. La Plaza San Martín otra vez muta: ahora se encuentra chica, sin espacio para caminar, decorada con los pañuelos verdes de la rebeldía organizada, intervenciones artísticas, puestos que ofrecen libros, remeras, fotos, hay perros, niñxs, música.

Caminar no es fácil, si encontrarse. Todas sabemos dónde queremos estar antes de comenzar la caravana de canciones.

Se empiezan a escuchar los tambores, los redoblantes. Las esquinas se llenan de grupos de mujeres que practican las canciones y los discursos.

Los corazones siguen latiendo, el reloj avanza. Las sonrisas decoran las miradas.

Ya empieza, nos alistamos entre multitudes, sacamos los cancioneros de las canciones que re – escribimos y nos agarramos de los brazos para avanzar.

Y avanzamos.

Seguimos avanzando todavía, sin soltarnos.

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¿Cómo describir la sororidad, lo que significa encontrarnos? Algo que se crea y se construye todos los días, en donde las mujeres elegimos SER a través de nuestros cuerpos, armados con la empatía de leernos los pensamientos a través del contacto de nuestros abrazos. Es entender un “evento” que el nombre no necesita explicación, porque la primer palabra con la que empieza es encuentro. No es jornada, no es convención, es encuentro. Son tres días que las mujeres elegimos encontrarnos para escucharnos. En este mundo de gusanos capitalistas, como decía y dice Lohana, elegimos encontrarnos entre tantas miles, ¿Para qué? Para escucharnos. Sí, nos encontramos desde los puntos más diversos del país para sentarnos en ronda y escucharnos. Porque lo que le pasa a la mujer cartonera de un pueblito de Santa Fe, también le pasa a la mujer piquetera que corta las calles en capital para reclamar el pan, y lo siente en la piel erizada la mujer que ya tiene sus años encima y nos comparte las experiencias de las asambleas del 2001, y lo entiende la mujer que viene del norte a exigir que aparezca su hija que hace siete años no está porque los mismos gusanos que se quejan de una pared pintada la desaparecen con su silencio. También le pasa por la sangre a la mujer que exige justicia porque su hermana ya no está, víctima de femicidio, lo vive la mujer trans que se anima por primera vez a estar frente a 50 mujeres diciendo que ella se reivindica como mujer y sus nervios se acaban cuando siente los aplausos de quienes la escuchan. Lo vive exigiendo justicia la mujer trava que recuerda a sus compañeras que murieron antes de los 40. Le hace sentir un nudo en la garganta a la chica de 20 años que por primera vez asiste y las palabras de sus compañeras la llenan de ese placer que significa escucharse, escucharnos.

Las tantas miles que fuimos, que estamos y que somos, nos apropiamos de lo que una vez Rodolfo Walsh nos dijo: “Las paredes son la imprenta de los pueblos”.

Entonces, construimos. Entre miles que somos, entre diversas que somos. Nos encontramos, nos escuchamos, cantamos y nos abrazamos. Nos atravesamos con el cuerpo como signo de construcción. Nos sororamos. Y esa es nuestra arma, por eso molesta: porque quienes se esconden detrás de una catedral, de los tribunales, de los municipios, de los medios amarillos, de la queja de un graffiti, ellxs saben que nuestros abrazos destruyen el sistema que los apaña, que los tiene en ese lugar de comodidad. Destruimos con nuestros cuerpos armados de rabia organizada. Por eso las balas.

Entonces, el problema no es el graffiti, sino el mensaje que la pared muestra: “Somos muchas y no tenemos miedo”.

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