Narrativas

Abrazame hasta que sea ley

La calle. El cuerpo. Los abrazos. Miles de fueguitos. Una abrumadora marea feminista. La votación, el grito, los antiderechos. El frío. La plaza. El Congreso, las mujeres. El aborto y su media sanción para que por fin sea legal, seguro y gratuito. 

Por María Cruz Ciarniello

Abrazame.

Hace frío. Son las 3 de la mañana y no puedo dormir. El asfalto calienta con sus cuerpos calientes copando las calles. Se comparten las frazadas, se comparte el mate, el vino, el faso, la risa, el fuego, el chori, la hamburguesa, la bronca y el aplauso. Tu mano y la mía. Tu cuerpo abrigando el mío. Tus ojos con lágrimas iguales a los míos. La Historia se comparte, así con mayúscula.

Abrazame. Quiero que sea ley ese derecho por el que tanto lucharon tantas mujeres luchadoras. Ese derecho que habla de nosotras decidiendo, que habla de nosotras deseando, que habla de nosotras siendo libres, que habla de nosotras. Que habla.

¿Cuánto falta? Mucho.

Son las 11 de la noche y aún no sabemos si están los votos a favor que se precisan o si los de la contra nos superan. No lo sabemos pero especulamos. Que sí, que no. ¿Y si no sale? Lucrecia y Silvia, dos referentes del movimiento de mujeres y de la Campaña Nacional por el Derecho al Aborto Legal, Seguro y Gratuito de Rosario, calman. Con la experiencia en sus cuerpos saben que si no sale hoy saldrá mañana. Ese mañana es futuro: solo así es posible construir una ley parida desde hace tantos años. Solo así, mirando el mañana como si fuese el presente.

Dos de la mañana. Abrazame mientras siento la potencia de la legisladora Vanesa Siley diciendo que el tiempo es hoy. Mientras siento esa misma potencia en las palabras de la legisladora Gabriela Cerruti hablando de nuestros deseos. “Queremos gobernar sobre nuestros cuerpos, sobre nosotras mismas, sobre nuestros deseos, sobre nuestros sueños. Las mujeres sabemos que tenemos el poder y no se lo sacamos a nadie. Relájense. El único palacio de invierno que queremos conquistar es el de nuestra vida”.  La misma potencia que tiene la memoria de la legisladora Alejandra Rodenas cuando recuerda a esa joven de 16 años muerta producto de la clandestinidad del aborto. “La culpa de la muerte de una adolescente es de un Estado que elije penalizar cuando podría legalizar”. La potencia que se replica en el discurso de la legisladora Lucila De Ponti cuando nombra a Ana Maria Acevedo, a Belen, a Malena, a María Campos, a las mujeres de la Campaña a las que se les fue la vida en esta lucha. A las 3030 muertes evitables por abortos inseguros desde el comienzo de la democracia. “El futuro llegó”, dijo. “Que sea ley”. Que sea ley, repito. Que sea ley, gritamos.

Abrazame mientras lloro imaginando este día.

Escucho que hablan de un millón. ¿Un millón? Sí, puede ser. Hace algunas horas quedé atrapada entre cuerpos en algún rincón de alguna esquina de alguna calle. Por momentos, me faltó el aire. Me tranquilicé y pensé: acá nada malo nos puede pasar.

Avenida Callao es un mar de cuerpos. Frazadas y fogatas dispersas. El frío se cuela sin piedad través del abrigo. El pañuelo verde es un refugio.

Abrazame porque siento en mis pies y en mis manos los seis grados que dicen que hacen.

Sobre Callao, el escenario central calienta el ambiente. La música mueve esos cuerpos, bailan, saltan, cantan.  La sangre hierve cuando es Joe Lamonge quien habla. Cuando Marlene Wayar saluda y llora. Cuando Sasha pide justicia por el travesticidio de su hermana Diana. Cuando nombra a Lohana Berkins.

“Más allá de lo que suceda allí dentro, hoy estamos haciendo historia. Hoy está todo un pueblo movilizándose”, dice Sasha. “Por defenderme del ataque transfóbico de tres machos en el 2016, en mayo de este año, la justicia entrerriana me condenó a 5 años y medio de prisión. Pero como aguante todos estos años y porque eso es lo que nos caracteriza, la voluntad de resistir, no me he rendido, no me rindo. Y así llegué a este día. Y me uno no solamente para que me acompañen en mi causa, sino también para yo acompañarlos en todas las causas y en estas, por aborto legal, seguro y gratuito. Las transmasculinidad, los varones trans, también abortamos, y tenemos derecho a decidir sobre nuestro cuerpo. Hoy hagamos historia”, dice Joe.

Marlene llora. Bajan del escenario y se funden, lxs tres, en un abrazo profundo. Un abrazo reparador. Un abrazo poderoso. Un abrazo multiplicado.

Son cerca de las 12 de la noche y faltará, todavía, horas de frío, horas de sueño, horas de desazón y esperanza. Horas de oradores hablando. Monzó dice que son más de 100.  Horas, minutos, segundos. Todo es un conteo. Hasta los grados de temperatura que hay en Buenos Aires. Todo.

Son las 10 de la mañana del tan esperado 13 de junio. En una hora arrancará el debate en la Cámara de Diputados de la Nación. Se sabe, será largo. Intenso. Con intervenciones memorables y muchas otras repudiables. Se escuchará de todo: que cuando las perras quedan embarazadas no las llevamos a abortar, que las mujeres somos como los marsupiales, que el feto también tiene derechos humanos, que el aborto va a alimentar el tráfico de órganos de fetos, que con el aborto legal será necesario construir “cementerios para fetos”.

Avenida Rivadavia empieza a moverse. Tiene ritmo, late. Los vendedores ambulantes ya preparan el fuego para asar hamburguesas y sándwiches de bondiola. No hay revolución sin placer, pienso. Las organizaciones sociales agitan y preparan sus carpas. Grupos de mujeres, todas pibas, le cantan al patriarcado.

¡Y ahora que sí nos ven! La cúpula del Congreso las mira. El Palacio y la calle conversan. En ese diálogo, tenso, la pantalla gigante oficia de interlocutora. Hijos de yuta para los diputadxs que comparan cuerpos de mujeres con animales. Aplausos hasta las lágrimas para quienes dicen que allá y acá, en la calle, hay miles de mujeres haciendo historia, pariendo esta ley, construyendo una vigilia colectiva. Es el movimiento feminista contra el medioevo. Tan claro que estremece.

Se aguarda la llegada de los colectivos que vienen de otros puntos del país. Desde Rosario, en caravana, salieron 35  a las 7 de la mañana. Las compañeras viajan con toda la emoción acumulada de días de marchas y pañuelazos, de años de lucha. Es histórico: nunca antes el debate por el aborto legal llegó al recinto.

La escucho a Victoria Donda, una de las firmantes del proyecto de ley de IVE presentado por la Campaña. Termina su exposición cantando aborto legal para no morir. Segundos antes, dijo: “Queremos una Argentina de iguales, donde las mujeres también podamos ser libres y para ser libres de verdad, tenemos que terminar con esa clandestinidad y dejar de ser hipócritas”.

El canto traspasa la pantalla y en la calle, por Avenida Callao, ese grito se multiplica por mil. ¿Llegará el sonido de las gargantas libres aclamando por esta ley? Debajo del escenario las pibas se abrazan.

Cruzo la plaza. Veo a un hombre con campera negra y bigotes. Con un megáfono en mano habla del castigo divino y de Jesuscristo. “No manipulen a la sociedad con esas sucias leyes que van en contra del Dios Creador”, vocifera con voz ronca y un tono imperativo. Pequeños grupos de mujeres rezan. “Salvemos a las dos vidas” leo, mientras detengo la mirada en una mujer, joven, con una cinta negra, sellando su boca, que dice “No me maten”.

Vuelvo de este otro lado de la plaza para sentir el abrazo. El aroma de la bondiola asándose. El canto de las pibas en ronda. Los tambores, la humareda. Las risas, la música. El griterío, el olor a todo. Necesito el aire que respiro. Necesito abrigo.

Me encuentro con Stella Maris Manzano, médica del sur, pionera en garantizar abortos no punibles en Chubut, una de las históricas de la Campaña por el Derecho al aborto legal, seguro y gratuito.  Sonríe junto a otras mujeres. Está feliz disfrutando este día. Y dice: “Una estrategia del poder para oprimir es silenciar aquello de lo que no se quiere hablar. Las mujeres hemos sido oprimidas, nos han visto como reproductoras forzadas. Entonces del aborto no se podía hablar, de nuestra libertad sexual, de que usáramos anticonceptivos. Que hoy estemos discutiendo aborto es muy fuerte porque tiene que ver con nuestra autonomía, con decir que las mujeres valen más que un embrión”.

Son las tres de la mañana y camino por Callao hasta Corrientes. Miro el celular. En las redes, la batalla arde. En la calle no sabemos si vamos ganando, si vamos perdiendo. Si algún indecisx definió su voto. Pero seguimos a quienes desde el Congreso hacen todo para lograr la media sanción. Allá dentro, la vigilia es otra.

“No abandonen la calle”, es el pedido a gritos desde Twitter. Y la calle jamás se abandona. Ahí está el pulso caliente, agitado, de la sesión de Diputados: en la calle también se hace política. Miles de pibes y pibas, adolescentes, jóvenes, acuerpados, siguiendo el debate, atentos a cada palabra, a cada argumentación. El diálogo es intenso: nadie está allí por simple coincidencia. “La clandestinidad te pasa por el cuerpo”, fueron las palabras de la diputada Donda.

Son las 7 de la mañana y el frío espeso no se tolera. El sol demora en aparecer. No importa demasiado: los cuerpos siguen allí, resguardando el sueño colectivo de hacer un país un poco más justo.

Espero un café caliente en una pizzeria colmada de otras compañeras que esperan lo mismo.  Esperamos. La espera es vigilia. La espera es sororidad. La espera es tensión y cansancio. La espera es soñar. La espera es historia.

– Esto es histórico. Nunca pensé estar acá

– ¿De dónde son?, les pregunto a las cuatro chicas que tienen los ojos caídos por el sueño.

-De Córdoba. Hace dos días que no dormimos, pero no importa. Estamos felices.

Cerca de las 10 será la votación. La Avenida Callao despertó hace horas.

Parece que sí. Parece que juntamos los votos. Llegó el mensaje que dice que el bloque de diputados de la Pampa votara a favor. Abrazame. Falta poco. Minutos, segundos. Creo que sí, que sale nomás. Pero no sé. Preparo la cámara. Quiero, necesito, captar imágenes.

Recuerdo las palabras de Soledad Deza, la mañana del 13, con una sonrisa más verde que la cúpula del Congreso. “Tengo expectativas, tengo esperanzas”, me dijo la abogada de Belén, la joven presa por haber sufrido un aborto espontáneo en Tucumán.

Miro la cara de la piba que llora, que canta, que levanta el pañuelo. Miro a esas dos mujeres abrazadas. Miro a los fotógrafos esperando el grito. Miro la cúpula del Congreso. Escucho apenas lo que transmite el sonido lejano, porque estamos lejos, porque no cabe un alfiler. Porque somos un millón. “Cerrado”, dice Monzó. 131 votos a favor. Después serán 129, pero no importa. Ya está. Abrazame fuerte que explota todo.

10.05 de la mañana.

“Me explota el cuerpo. Siento que podemos todo”, dice Daniela, y ya no puede seguir hablando.

“Hace rato que venimos peleando, día a día. Soy de un profesorado popular de la villa 31 y esto es inolvidable. No me la contaron, la pasé”, dice Araceli, y ya no puede seguir hablando.

“Explicarte con un sentimiento, todo lo que nos costó, vida de compañeras, tener que ocultarlo, o porque te van a criticar es terrible. Pudimos dar esta pelea, no sé cómo explicártelo”, dice Giselle, y ya no puede seguir hablando.

“Mucha emoción, hoy las mujeres hicimos historia. Bancamos toda la noche con la percusión, suspirando, emocionadas”, dice Carolina que al igual que Araceli, Giselle y Daniela, no puede seguir hablando.

A las cuatro, la garganta se le hizo llanto.

“Soy  francesa y hace dos años tuve que abortar en Argentina. También aborte en Francia. Estuve acompañada de dos amigos pero igual una se siente muy sola. Necesitás un médico. Las pastillas son difíciles de conseguir. Es muy fuerte. Aún con amigos hay sensación de soledad porque no lo hacés en las mejores condiciones. Me emociona muchísimo. Hoy es un día increíble”, dice Aurelia y ninguna de las dos puede seguir hablando. Ni ella que me cuenta de su aborto ni yo que la escucho en silencio.

Miro la calle. Avanzan con el sol de frente, las luchadoras de la Campaña Nacional. Reconozco a Mabel y a Silvia, de Rosario. Intento hacer foco, capturar sus miradas. Están lejos. Ellas caminan, ellas ríen.

En una pizzería clásica de Buenos Aires, la veo a Luciana Péker festejar junto a muchas. Ella es la periodista autora de la célebre frase “la revolución de las hijas”. Y pienso en mi sobrina, en pibas de su edad que con orgullo llevan el pañuelo verde como bandera. En esta revolución intergeneracional de la que son protagonistas.

Vuelvo a Rosario, agotada. Todavía me tiembla el cuerpo como a tantas miles, como a todo ese millón. Acá andamos, esperando el Senado. Abrazadas hasta que sea ley.

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