El arte ataca

La pantalla incendiada

“Las hijas del fuego” es una película sobre el goce que provoca el afecto y sobre la potencia de los cuerpos que se encuentran. Un retrato sobre distintas formas de amar y de estar. Una película porno que corre el eje de los parámetros establecidos por el porno hecho por y para varones, donde además de las actrices, el equipo técnico está casi íntegramente compuesto por mujeres. La idea del viaje –físico, simbólico y emocional- funciona como hilo narrativo. Albertina Carri, directora de la película ganadora de la Competencia Argentina del último BAFICI, estuvo en Rosario y charló con enREDando. El tema no es ver cómo representar a los cuerpos sino como esos cuerpos devienen territorio y paisaje ante la cámara.

Por Tomás Viú

Albertina Carri es una de las referencias ineludibles al hablar de cine argentino contemporáneo. Con su película “Los rubios”, vigente hoy después de quince años, trazó una forma de hacer cine y de hacer memoria. Albertina tenía tres años cuando sus padres –el sociólogo Roberto Carri y la licenciada en letras Ana María Caruso, militantes de la organización Montoneros– fueron secuestrados por un grupo de tareas. La película es una exploración personalísima de esas huellas que calan hondo, donde el vacío, el hueco y el recuerdo son a la vez individuales y colectivos; históricos y políticos. “Es una película que construí a partir del no, a partir de todo lo que no quería volver a ver sobre el gran tema que es la dictadura y los desaparecidos”, dice Albertina en la charla previa a la proyección de “Las hijas del fuego” que tuvo lugar en la Muestra Nº 16º del BAFICI Rosario. “Es una película sobre la memoria personal y la memoria histórica, pero a la vez hace un camino inverso respecto al cine político que se venía haciendo porque parte de lo macro y va a lo micro. Ahí hay cierta universalidad de la historia, algo que nos incumbe a todos y todas”.

Entre varios otros largometrajes Albertina dirigió Cuatreros (2016), la otra película en donde trabaja algo de su historia personal. En la charla cuenta que esa película hace una operación totalmente diferente a la de “Los rubios” porque hay un solo plano filmado por ella y el resto es material de archivo. “El archivo es puesto en escena como imaginario de época recreando todas esas voces. A veces parece que vinieron unos militares malos y nos hicieron cosas terribles y en realidad fue una sociedad civil que pidió, apoyó y acompañó ese proceso”. Para hacer “Cuatreros” la directora estuvo diez años yendo a revisar archivos fílmicos. Dice que para salir de ese nivel de tedio necesitaba “hacer una película en color, porno, con chicas contentas”.

Albertina hizo una incursión en el género porno en 2001, cuando filmó un cortometraje con muñecas y material de archivo. En ese momento no podía imaginar la posibilidad de hacer una película porno con personas porque no encontraba quiénes podrían estar dispuestas. Más de quince años después las hijas del fuego incendian la pantalla. En la película el porno dialoga con lo erótico, la poesía y el amor. La película está filmada en clave road movie donde el viaje -que inicia en Ushuaia con dos mujeres que filmarán una película porno a la que se van sumando otras mujeres en el camino- es el hilo narrativo. El viaje es al mismo tiempo físico, simbólico y emocional. Es un porno poético-filosófico-político donde “el goce que provoca el afecto” habilita la celebración lésbica.

Se ha logrado instalar a nivel social el debate acerca del derecho a la libertad para decidir sobre los cuerpos. La película, ¿va en esa búsqueda?

Albertina Carri – En 2006 hice un telefilm para la tv pública. Habían convocado a un director de cine y a otro de teatro para que co-dirijan un telefilm por el bicentenario. Hicimos un trabajo con Cristina Banegas, ella como directora de teatro y yo como directora de cine. Al trabajo le llamamos “Urgente” y era sobre el aborto. Una niña había sido violada, estaba embarazada y aparecían las opiniones del seno familiar sobre qué hacer con ese embarazo. La niña no hablaba, estaba muda. El aborto es una problemática que me atraviesa desde siempre. Más allá de mi propio trabajo, me atraviesa como mujer, como lesbiana. En el caso de “Las hijas del fuego” la premisa era la visibilidad de ciertos goces, de ciertos cuerpos y de ciertas formas de vida, de amar, de estar. Con esa impronta hicimos la película.

Por supuesto se inscribe dentro de estos debates sobre el derecho a decidir. Ayer cuando salí a la calle en Buenos Aires (donde se debatía en el Senado la legalización de la Interrupción Voluntaria del Embarazo) era temprano y había un montón de gente vestida de verde. Me pareció muy emotivo ese acto pero por otro lado totalmente distópico, como una irrealidad. Pensaba, ¿estamos discutiendo esto?, ¿de verdad esto es una discusión? Es muy fuerte. Cuando fuimos al debate en Diputados, mi hijo de nueve años me decía que no podía creer que hubiera gente en contra. ¿Yo puedo estar en contra de que vos te saques una muela? ¿Puedo tomar la decisión de que vos te operes o no? ¿Puedo tomar decisiones sobre tu cuerpo? En realidad es eso. Me acuerdo que cuando hice el trabajo “Urgente”, muchas veces me preguntaban si estaba a favor del aborto. Y la verdad es que no estoy ni a favor ni en contra del aborto, estoy a favor de que sea una decisión personal. Más allá de que Las hijas del fuego no tiene que ver con ese tema específico, sí creo que es una película que trata sobre la autonomía y el goce de los cuerpos.

Muchas veces, por imposiciones, mediaciones o tabú no conocemos nuestros cuerpos. En la película está presente el goce y el puro placer en términos de exploración…

A.C. – Sí, y no sólo en los términos exploratorios más comunes en los que se piensa, que son genitales y sexuales. También es una película sobre el goce que provoca el afecto. En ese punto la película es subversiva porque también es sobre la mirada, sobre el estar, sobre el relato y la palabra. Me parecía una película necesaria. Me pregunto por qué hacer una película, para qué movilizar toda esa energía, gastar todo ese dinero, invertir todo ese tiempo. En general es porque hay un tema que me atraviesa, pero no sólo me atraviesa a mí sino que siento que puede atravesar a los demás y hacer cierto aporte. Nuestros cuerpos también son cuerpos sociales, históricos, culturales. Por eso también es muy difícil conocernos, porque es un recorrido más amplio.

Una de las cuestiones que planteás es que el tema no es cómo representar los cuerpos sino cómo esos cuerpos devienen territorio y paisaje ante la cámara…    

A.C. – En general, los cuerpos de las mujeres han sido históricamente mostrados como paisajes. Pero,  ¿qué pasa si ese cuerpo es un territorio, cartografiado o no, explorado o no? Alguien me dijo sobre la película que lo más revolucionario que tiene es la diversidad de cuerpos que hay. Más allá del sexo explícito y de las relaciones poli-amorosas que sostienen las protagonistas, hay una no jerarquización de los cuerpos. Eso no es algo que busqué sino que fue parte natural del texto.

El feminismo dice “lo personal es político”. ¿Creés que hay algo de eso en la película?

 A.C. – Creo que lo tiene. Por otro lado, es una película no sólo actuada por mujeres sino que además fue realizada casi íntegramente por mujeres. Era uno de los desafíos. En el comienzo de la película presentamos todos los nombres que tampoco tienen jerarquía. Era la búsqueda, tanto lo cinematográfico como lo extra cinematográfico, lo que está adentro de la pantalla y lo que se derrama afuera. Y lo que significa realizar una película de esta manera, por fuera del INCAA, producida por nosotras y con el apoyo de gente que le interesó. En ese sentido creo que toda la película dice “lo personal es político”. Todas las chicas que actúan son por sobre todas las cosas militantes. Algunas además de actrices son abogadas o antropólogas.

En algunas escenas de la película están presentes las resistencias machistas y patriarcales, pero también y sobre todo está la hermandad entre las mujeres. ¿Qué lugar ocupa la alegría?

A.C.- Es una película extremadamente celebratoria. En mi caso personal está directamente relacionada a mi experiencia con Asterisco, un festival de cine LGBTIQ que dirigí durante algunos años y que ahora programo con Diego Trerotola y Fernando Martín Peña. Una de las cosas que me resultó impactante y hasta me provocó cierta tristeza al ver los materiales del mundo, es que todos los textos sobre lesbianas eran dramas. Siempre había que resolver algún problema. Hay muy pocas películas o cortos sobre el encuentro, el afecto, la celebración, la fiesta, la libertad, y me refiero a la libertad puesta en la pantalla y no a la lucha por la libertad. Lo entiendo porque de hecho es lo que hablábamos sobre esta cuestión distópica y anacrónica de todavía tener que discutir lo que puedo hacer sobre mi cuerpo. Es una cosa totalmente medieval. Lo que resulta medieval es el hecho de que eso sea discutible. Por eso entiendo que la celebración lésbica tiene cierto retraso. Las mujeres hemos dado y tenemos que seguir dando batallas. Estamos en eso. Lo bueno es que cada vez más esa batalla está ganada. Por eso decimos que ya es ley. Habrá que ver cómo eso se articula con un estilo de hacer política todavía caudillista, patriarcal y machista. Pero bueno, serán juzgados.

¿Se va a caer el patriarcado?

A.C. – Se va a caer. Ya se cayó. Tengo cuarenta y cinco años y soy lesbiana desde épocas inmemoriales. Lo que ha sucedido en los últimos cinco años es un cambio brutal. En 2001 hice una película porno con muñecas, con la colección Barbie. Claramente era antipatriarcal y también celebratoria. Hace poco me preguntaron si se me había ocurrido hacer porno con personas. Y la verdad es que siempre que lo pensé nunca me imaginé quiénes podrían estar dispuestas a hacer este tipo de películas. No existían estas chicas y hoy sí existen. Lo que hacemos se puede llamar porno porque la película tiene sexo explícito pero es otro tipo de mirada.     

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