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Aldebarán, resurreción y después

La editorial autogestiva Ultimo Recurso acaba de publicar la última novela del escritor y docente Roberto Retamoso, “Prosopopeyas”. Una entrevista con su autor que invita a conocer el entramado de un libro cuya trama está plagada de “alusiones” locales. La presentación será este viernes 24 de agosto en el Almacén de las Tres Ecologías

Por Norman Petrich

Prosopopeya: figura retórica de pensamiento que consiste en atribuir a los seres inanimados o abstractos características y cualidades propias de los seres animados, o a los seres irracionales actitudes propias de los seres racionales o en hacer hablar a personas muertas o ausentes.

En la novela de Roberto Retamoso (doctor en Humanidades y Artes con mención en Literatura por la Universidad Nacional de Rosario. Autor, entre otros, de la novela Las aguas cárdenas y el poemario El diecisiete) parecen confluir dos mundos opuestos: el del claustro educativo y el de la delincuencia en la Rosario actual. Existe un nexo entre ambos mundos: el periodista Breguet, quien comienza a guiar a un grupo de estudiantes de la UNR que quieren conocer la vida y obra de Aldo Oliva (su antiguo camarada) al mismo tiempo que realiza una investigación periodística sobre ese mundo de narcotraficantes y políticos corruptos. Pero es la figura del poeta Aldo Oliva, traída por la voz del periodista, quien va a subvertir las diferencias entre estos mundos hasta no poder saber donde comienzan y terminan cada uno.

El libro editado por Último Recurso, fue presentado el jueves 8 de agosto en el CCC de CABA por Horacio González y Guillermo Saavedra y será presentado este viernes 24 de agosto a las 18:30 hrs en las Tres Ecologías, Paseo Ribereño entre Roca y Paraguay.

Una de las preguntas que propone el libro es si el claustro es un ambiente propicio para acceder al mundo poético. Siendo que vos participaste en ese ámbito ¿significa poner en duda el lugar habitado? ¿Cómo queda ese lugar, luego de esa acción?

Efectivamente, tengo grandes dudas acerca de si la universidad representa un ámbito propicio para acceder al universo de lo poético. La universidad es -y ha sido- una institución conservadora, atravesada por factores y relaciones de poder, que tienden al sometimiento de los actores que la pueblan, especialmente (pero no sólo) los estudiantes. El saber universitario (académico) es reproductivista, y tributa a fuentes veneradas situadas generalmente en Europa. La enseñanza es “bancarizada”, al decir de la pedagogía crítica, y supone que se trata de dotar a los alumnos de aquello de lo que carecen. En ese contexto, la poesía no es -no puede ser- un fenómeno vivo, actuante, sino una cosa muerta, a la que se trata de “conocer” por medio de sofisticados métodos y paradigmas teóricos, que soslayan todo lo que tenga que ver con una real experiencia.

Mi novela es, como alguien dijo, un “ajuste de cuentas” con esa institución, pero además una verdadera autocrítica, dado que tampoco pude escapar a sus dispositivos de saber/poder, como los llamaría Foucault (en realidad, sería imposible hacerlo, de ahí que formar parte de ese mundo académico supone la contradicción y la paradoja de cuestionarlo sin poder, por otra parte, sustraerse de su dominio).

Breguet es el personaje que actúa como nexo entre los dos mundos, el universitario y el de los vericuetos del narcotráfico pero es en realidad el fantasma de Oliva el que realiza esa conexión ¿Es un fantasma freudiano esa figura? ¿Es por eso que parece elevada tanto por el periodista como por los olivanos al paroxismo?

No sé si Oliva es un fantasma en el sentido freudiano, sobre todo si ese fantasma opera en el plano de lo inconciente. En la novela Oliva es un fantasma, o un espectro, pero no situado exclusivamente en el nivel de lo inconciente, más bien supone todo lo contrario. Si se me permite otra analogía, y disculpándome por la petulancia no deseada pero seguramente provocada, diría que es un fantasma shakespeareano. Un fantasma que funciona casi como un personaje más en la trama de un devenir trágico, aunque en la novela no haya tragedia en un sentido canónico sino más bien comedia, o sátira.

Horacio González, en la presentación, dijo que era un libro explosivo ¿está de acuerdo, creés que es así?

Lo que dijo Horacio González, al igual  que lo que escribió Beatriz Vignoli, diciendo que mi libro dispara balas no de goma sino de plomo, me hace pensar que puede ser leído como un artefacto ciertamente letal. Descuento que se trata de metáforas, de figuras que buscan dar cuenta de un sentido beligerante del libro, pero convengamos que se trata de figuras excesivamente fuertes. Y bien: las cosas deben medirse por sus efectos, no por sus propósitos. Y si dos calificados lectores como González y Vignoli coinciden en eso, es para tomarlo muy en cuenta, por más que a uno no le guste protagonizar situaciones bélicas

Al adentrarse en la lectura de la novela, las líneas que separan esos mundos se difuminan y uno ya no puede asegurar qué es lo que pertenece a cada mundo ¿ese es el mayor secreto de esta novela?

No sé si es el mayor secreto, pero me gusta la idea de que la trama pueda ser leída como una cinta de Moebius, en la cual el anverso y el reverso se confundan o se unifiquen en la misma cosa.

¿Con qué se va a encontrar el lector que no es rosarino al enfrentarse a Prosopopeyas?

Con un universo plagado de alusiones, menciones o designaciones que sólo puede comprender cabalmente un lector rosarino. No pretendo que el libro goce de una suerte de “universalidad” que permitiría que cualquier lector de cualquier lugar pueda interpretarlo satisfactoriamente. La historia es local, situada, bien rosarina, y requiere, para realizarse a nivel de su recepción, no sólo de un lector rosarino sino además de alguien que conozca, mínimamente, el mundillo universitario. Pero supongo que podría leerla cualquier lector de cualquier lugar, lo que significaría, para ese lector hipotético, una experiencia extraña, que podría resultarle atractiva o decepcionante, sin que podamos prever nunca el resultado de dicha experiencia.

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