Narrativas

Bocas que son ventanas

¿Qué significa la escritura en contextos de encierro? ¿De qué habla la poesía cuando se transforma en una expresión de denuncia? Muros, engome, asfixia, tiempo. Gritar, callar, soñar. Decir basta. Escribir. Un recorrido por experiencias que apelan a la poética para crear nuevos mundos en los infra mundos de las cárceles. La poesía como condición de sobrevivencia. 

Por María Cruz Ciarniello

En el año 2011, Olga Guzman publicó su primer libro de poemas. Lo escribió durante los días y las noches que estuvo presa en el penal de Ezeiza. El escritor, periodista e historiador Oslvado Bayer prologó su libro y allí habló de Olga. De su camino y su horizonte. De cómo Olga buscó y encontró la poesía para poder vivir, cuando ya no tuvo más libertad.  “Sí, para vivir la vida”, afirmaba Bayer. De cómo Olga saltó el precipicio desde la celda hasta una llanura donde pudo sembrar flores y pensamientos, tristezas y alegrías profundas. De cómo Olga supo transformar el “orden” en versos.

Esos versos hoy componen su libro “Ahora decido Yo”, porque Olga, además de buscar un camino, de saltar un precipicio, de escribir para poder vivir, también se hartó de que otros decidan por ella. Y entonces, Olga Guzman le escribe al tiempo adverso y compañero, a la tolerancia que la alivia por las noches, a la angustia que la asfixia. Escribe desde el encierro que a veces, es lo mismo que el olvido. Y dice: Siento que ya no puedo  /  sin embargo la piloteo / enfrentando mi deseo / en este valle del olvido.

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Marta Díaz publicó su libro en el 2010, tras cumplir once años de condena, presa en la cárcel de mujeres de Rosario. Durante ese tiempo no vió a ninguno de sus cinco hijos, pero ella decía que la poesía la salvaba. Cada sábado, Marta esperaba con ansiedad el traslado hasta la Biblioteca Gastón Gori donde era parte de una conjura literaria llamada Los Lanzallamas, el taller de escritura que coordinaba el ya fallecido poeta rosarino, Fabricio Simeoni. Marta amaba a Fabri porque, según decía, él le enseñó a ver la vida de otra manera. También decía que la Biblioteca era su segundo hogar y que para escapar del encierro, anotaba palabras para luego unirlas. Así logró escribir más de 500 poemas. Muchos fueron incluídos en su libro al que decidió llamar “Lejanía necesaria”. Es que Marta también decía que escribía “cuando le pasaban cosas feas”. Esa lejanía era la distancia que tenía con sus hijos desde que cayó presa.

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“Muertas vivas, en eso nos convirtieron”. Una tumba, el olvido. “Una vez me dijeron que para ellas era peor estar presa que estar muerta porque si estabas muerta te llevaban flores y te recordaban, y si estabas presa ni siquiera eso”, recuerda Cecilia Gallino quien, en el año 2016, coordinó el taller de escritura que impulsó la ONG Mujeres tras las rejas, en la Unidad 5 de Rosario. El espacio supo cosechar la potencia del taller que dirigía Fabricio Simeoni, casi a modo de homenaje.

“Muertas Vivas” es el nombre de un poemario colectivo escrito por un grupo de mujeres presas en la vieja Unidad 5 de Rosario.  El anterior se llamó Korazón sin control, y fue editado en el 2015 por Puño y Letra, una editorial totalmente autogestiva.

Muertas vivas lleva la impronta de la escritura polifónica y muestra otros modos de contar el adentro. Los temas son recurrentes: como si escapar del paso del tiempo y los encierros, de las esperas y las noches fuese imposible dentro de una cárcel. Sin embargo, en “Muertas Vivas” aparecen los pájaros y gorriones como metáforas de libertad. “En esta unidad / Todos los días los gorriones / Están presos como nosotras. / Nosotras que tenemos corazón. / Les damos de comer. / Yo si fuera flaca. / Me prendería de sus alas. / Y me iría volando con ellos”.

Dos años después, las chicas de la U5 siguen escribiendo. Y el taller es una selva de leonas y pájaros en medio del cemento. Ya no son las muertas vivas que en su anterior poemario volaban, soñando ser gorriones. “Las Leonas” es el nombre de este nuevo libro que acaba de ser presentado en el último Festival Internacional de Poesía realizado en Rosario. Son escritos paridos entre julio y noviembre de 2017 en el patio de lo que era la ex Unidad 5, en el barrio de Refinería. Andrea y Santiago son los actuales coordinadores de este taller que alguna vez impulsó Fabricio y que continuó Cecilia entre los muros de la cárcel.

“¿Y eso cómo hacemos para expresarlo al mundo?”, se pregunta Carla, detrás de las rejas. La poesía aparece como un refugio intangible que hace posible lo indecible. Que escribe otro mundo al nombrarlo. En su libro Korazón sin control, las chicas dicen que “utilizar la voz, la letra, permite nombrarnos y nombrar el mundo, reconocernos”. Que decir juntas el mundo “es comenzar a cambiarlo”. En Las Leonas, Ana escribe sobre su jardín: lo sueña lleno de las flores que perdió.  Y en ese mundo de jardines con pastos verdes, Ana se permite soñar aunque no sepa si es de día o es de noche. “Solo quiero un jardín para soñar”, escribe.

Elizabeth dice que escribir le permite expresar “las cosas que va viviendo”, su historia de vida. “Es una ventana abierta, es una libertad distinta. Cuando participo del taller estoy en otro lugar”. Con la poesía, Elizabeth encuentra una forma de comunicarse con el afuera. Tiene un propósito: que la sociedad sepa que no son monstruos sino personas. “Personas”, vuelve a repetir Elizabeth. “A pesar de estar privadas de la libertad, no estamos privadas de nuestros sueños. De nuestro futuro”. Elizabeth estudia en el EEMPA y dicta el taller de peluquería dentro de la cárcel.

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“79 poesías” es el libro que reúne los poemas que W.K (Waikiki) escribió durante su encierro en la cárcel de Devoto. W.K nació en Fuerte Apache en 1981. A los 17 años le pegaron dos tiros que casi lo matan. Cayó preso a los 20 y en el 2015, cuando salió a la luz su poemario, ya llevaba 13 años preso.  Waikiki dice que “la necesidad de escribir acompaña a la necesidad de vivir”, que para él, escribir es la solución para este sistema de exclusión y en sus versos sentencia la escritura que lo hacer ser. “Si no escribo, moriría en un segundo, como el minuto que ya pasó. Entre versos y versos se consume. Como me consumo en el infinito yo, en el infinito”.

En el prólogo de “79 poesías”, el coordinador del programa UBA XXII en cárceles, Juan Pablo Parchuc, dice que la poesía no cura heridas ni saca a nadie de la cárcel. “Pero al menos permite inscribir, sobre su espesor como institución total, la experiencia de vida (y de muerte) de quienes la habitan. La escritura en la cárcel da lugar y habilita la palabra de los condenados para hablar de la ley, el delito y las penas”. Porque es en la poesía donde se deposita el sedimento de la violencia, el estigma, el sufrimiento de los cuerpos encerrados: “todo lo que se dice, se calla o se disfraza de la cárcel. Pero ese espacio abierto por la letra permite leer también la risa, la ironía, la astucia, el anhelo”.

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A Carlos Gallegos los pacientes del hospital psiquiátrico le enseñaron que la poesía puede ser una “vertiginosa simplicidad”. La simpleza, en la poesía de Gallegos, es pura metáfora. Para él: “sedimentos de la memoria, sutiles impresiones”. ¿Cómo puede una boca transformarse en una ventana? Cuando el encierro es muro, esa ventana es la boca que grita. “Las ventanas siempre dan a un vacío. A veces con la forma de un parque, o de una cara que llora. Cuando Lena se queda demasiado quieta, repitiendo un nombre hasta gastar su voz, hasta hacer de su boca una ventana”.  

Publicado por Ediciones La Mariposa y la Iguana en el 2010, el libro de Carlos Gallegos nace a partir de su experiencia en intervenciones terapéuticas en el hospital Torcuato de Alvear. Allí escuchó las voces de los y las pacientes del psiquiátrico. Escuchó el miedo y hasta el silencio. El dolor y hasta el deseo. “El libro no tiene otra intención que poner en palabras lo que fue quedando en mi memoria como resonancia”, dice Gallegos en su libro donde también hablan los muros del hospital. Y Carlos va tomando nota, en ese registro que estalla en dolor. “Dios, no me olvides aquí” es la frase que se lee en las paredes de psiquiátrico que no es una cárcel pero se parece, y mucho, a las tumbas y al olvido.

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¿De qué servirá el arte, y la poesía, y la metáfora y las palabras, y los refugios literarios, cuando la muerte otra vez se presenta, impiadosa, para decirnos que el encierro es un lugar invivible?

A Juan Manuel lo encontraron colgado, el 30 de octubre de 2018, con una sábana en su cuello. Hacía días que estaba confinado en una diminuta celda de aislamiento, tras haber protagonizado una pelea en uno de los pabellones de la peor cárcel que hay en Santa Fe, aunque ahora intenten maquillarla con un nuevo nombre. El ex Irar es el Centro Especializado de Responsabilidad Penal Juvenil, pero lo cierto es que sigue siendo una institución total, regida por la lógica punitiva del Servicio Penitenciario, adonde van a parar jóvenes entre 16 y 18 años. Juan Manuel era de Venado Tuerto y por delitos menores fue trasladado a Rosario, a 180 kilómetros de su familia. Cuando lo encontraron en la celda,  no había un médico en el lugar y tuvo que ser traslado de urgencias al Hospital Clemente Alvarez, después de ser reanimado por personal del SIES. Agonizó durante dos días y los primeros datos de la autopsia indican que su muerte fue producto de una “asfixia mecánica producida por ahorcamiento”. La Asesoría de Menores de Tribunales ya presentó un habeas corpus colectivo por todos los jóvenes que están allí detenidos, y para saber si existió “negligencia, imprudencia y no cumplimiento de estándares judiciales”.

La muerte de Juan Manuel en el Irar se suma a una lista de nombres que duele: antes fue Jonatan Retamoso, Néstor Salto y Fabián Lucero. A Joni lo encontraron colgado en circunstancias dudosas y nunca se avanzó en una investigación a fondo en una causa que la justicia quiso archivar bajo la carátula del suicidio.

Nada salva ahí dentro. Ni siquiera la poesía, aunque para respirar sea un deber, una pulsión de vida, refugiarse en ella. “Escribo en las noches del engome. Empezé a escribir sobre mi vida, sobre lo que pasaba en la calle, y lo anotaba en una hoja y salían canciones”, dice Santiago. Tiene 16 años y hace seis meses que está preso en el Irar. Escribe canciones y rapea al igual que Lucas, otro de los pibes que ahí dentro se anima a soñar, aunque todo sea un espanto.

Es que las mismas palabras que dijo Elizabeth, presa en la cárcel de mujeres, las repite Lucas. “Estamos privados de la libertad, pero no de nuestro derecho a soñar”. Lucas, entonces, dice que cuando escribe explora cosas nuevas. Que se emociona. Que canta. Que en el taller de escritura aprendió a decir y a no callar.

A principio de año salió publicado el primer libro de poemas escritos durante el 2017 por un grupo de jóvenes que participaron del taller que coordina el poeta Tomás Boasso. “Los chicos han creado este libro con mucha luz”, dice Tomás en el prólogo de “Sólo soy yo”. Empezó a coordinar el espacio hace más de un año, invitado por el Festival Internacional de Poesía. “Me sumé sin pensarlo”, dice hoy Boasso, amigo de Fabricio Simeoni quien sostuvo ese taller durante más de 4 años. “Hay que escuchar lo que los pibes dicen. Todos tienen ganas de expresarse y la poesía es algo muy simple, en la cabeza ellos están todo el tiempo haciendo poesía. Todos tienen poemas ya hechos, en la música, en las rimas, en las repeticiones, las tienen internalizadas. Y cuando se dan cuenta que eso mismo es la poesía, ya está”.

“Solo soy yo” es un libro que entre las sombras arroja un hilo de luz. Siete chicos escriben sobre el amor, la libertad, el tiempo, las rejas, la noche, la calle, los amigos, la muerte, la injusticia. Un papel, una birome y a veces, nada. Solo la improvisación para configurar rimas y melodías.

Nosotros podemos demostrar / que alto también podemos llegar con sangre, sudor y tinta / esto no es fácil, pero fácil nosotros lo hacemos / con palabras que se meten en tu mente / como si fueran veneno / seguimos escribiendo y soportando / la tortura de este encierro / y día a día nos ponemos a pensar / en las cosas del pasado / pero juntos la superamos. / Y día a día seguimos luchando / Día a día seguimos intentando / De no caer esperando ese llamado / Para ver qué nos dice el juez, escribieron los pibes del Sector 3 del Irar.

La publicación del libro motivó a que otros pibes empezaran a disparar rimas y palabras, cuenta Tomas. Hoy, Lucas y Santiago sienten que a través de la escritura pueden expresar lo que piensan e incluso, decírselo a una jueza. Es que también la escritura, para ellos, es un arma de denuncia.

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“Entra Mandarinas y Tumbas” recopila los poemas escritos por seis internos de la Unidad 6 de Rosario, durante el taller que coordinó Ariana Daniele. Buscar la voz propia, que se escuche con potencia, que los muros griten. Con ese horizonte, trabajaron durante diez meses. El resultado es un libro poderoso que simboliza la esperanza y el encierro, la contraposición entre aquello que está vivo y muerto al mismo tiempo.

“En esta condición fantasmática de estar fuera del mundo el hecho escriturario imprime un camino dentro del camino”, dijo alguna vez la escritora rosarina Susana Valenti, coordinadora del taller Historial de Soledades que se realizó durante años en la Unidad 3 de Rosario. De allí nacieron tres antologías poéticas. Diego fue uno de los pibes que con 20 años pasó por el taller y se animó a recitar sus poemas frente a decenas de poetas extranjeros que visitaron el penal, en el marco del Festival Internacional de Poesía.

Se paró frente a ellos, arrugando las hojas con sus manos, y con la voz temblorosa empezó su lectura. A medida que iba leyendo, cada palabra cobraba peso. Ahí estaba Diego, seguro de sí mismo, diciendo: “Nada impide que mis pensamientos naufraguen hacia lo inevitable…. “Nada impide que mis pensamientos, entre el fuego y el agua, naveguen hacia la libertad”.

Traspasar el muro creando imagen. Nada lo impide cuando es la poesía la que posibilita otro mundo. La que permite habitarlo aún en los infra mundos de las cárceles. Es que todas las experiencias de escrituras en instituciones totales enuncian una misma vitalidad: la pulsión de vida de una poética que no es más que un eco de sobrevivencia.

La poesía intramuros vuelve a crear no ya un mundo de cosas u objetos, sino una forma de estar o poder ser en el mundo. Emerge como condición de la sobrevivencia; como resistencia, denuncia y testimonio. Como voz propia y colectiva. Como potencia y posibilidad. Como un salto a esa llanura de flores, de jardines verdes, de selvas con leonas, de gorriones volando, de lejanías necesarias y de bocas que son ventanas.

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