Ya no existen los casos aislados. En muchos barrios, en las plazas y parques, en bares y radios, en estudios, hay jóvenes que rapean. La cultura Hip Hop se hizo lugar en la ciudad hace más de veinte años y no para de crecer.

Un grupo de chiquitos rapean en la plazoleta de la entrada a la Facultad de Psicología. Intentan seguir la letra sobre una base que les exige algo de velocidad. Hay un grupo no tan numeroso de niñas y niños, de estudiantes y adultos. Es el día de cierre de los talleres culturales de la Secretaría de Extensión Universitaria. Cuando los pibitos terminan de rapear el profe David pide un aplauso. Después agradece a las familias que se acercaron a acompañar.

David Magallán tiene 19 años y creció en La Sexta, el barrio que rodea a la Ciudad Universitaria y desde siempre mantiene con ella una relación cambiante. Algunos años atrás no se llevaba muy bien con el equipo de seguridad privada que custodiaba la facultad. Por entonces él, como muchos otros pibes, entraba a las aulas para pedir unas monedas o para vender biromes. Fue parte, a la fuerza, de los problemas que marcaron aquella relación: quedó del lado de los pibes del barrio que para la Universidad no tenían nada que hacer en las facultades y eran los primeros apuntados cuando faltaba o se rompía algo.

– ¿Cómo entro y me planto de nuevo?

David tuvo esa inquietud. Mientras tanto la institución, hacia adentro entre sus gestiones y movimientos estudiantiles, se debatía entre la idea de ser expulsiva con los pibes del barrio y el deber de abrirse e incluir a la comunidad.

En estos años transcurridos David encontró la respuesta a esa pregunta: terminará el 2019 como su primer año a cargo de uno de los talleres de Extensión Universitaria. David también es Cocucha MC, un rapero que da los primeros pasos en su carrera como artista y como profesor a la vez. Un aprender y enseñar constante en lo que dice que hoy forma gran parte de su vida: el rap.

Cocucha se metió en la movida como la mayoría de los raperos. Vio a otros haciéndolo y entonces el asombro. Dos estudiantes que hoy son sus amigos hacían freestyle, el rap improvisado, y él se prendió. Primero a asombrarse, después a escuchar, y con el impulso a animarse -solo en su casa- a ensayar lo que escuchaba. Unos meses más tarde estaba tirando free en el campito.

Como la mayoría de los que empiezan, Cocucha descargaba las pistas de internet. Practicaba con videos que pasan palabras para que los MC improvisen, como ocurre en las llamadas batallas de gallos en las que dos MC, o más, se baten a duelo.  Así también conoció a raperos de otros países. Al momento de hablar de aquellos referentes menciona a los bestiales Tupac y Dr. Dree. Pero si tiene que elegir una influencia más cercana se queda con Portavoz -un MC chileno de gran potencia y carisma- y uno de sus temas históricos: Escribo Rap con R de Revolución.

“Traje rap para que tomen… para que tomen conciencia.

Hoy dejo en los renglones mis cojones y no hay vuelta.

Me escurro entre las grietas del muro que deja en tu cabeza,

la ideología burguesa con su puta prensa.

Quieren callarme, pero nací gritando,

y una vez que los ojos abres, ya no sabes cerrarlos”.

Fue la influencia de Portavoz –el videoclip de ese track lo muestra rodeado de una comunidad que lo respalda- que Cocucha tomó la decisión que marcó su camino hasta ahora: concebir al rap como una forma para expresar sus ideas. Y lo que se dio cuenta que tenía para expresar, más a flor de piel que cualquier otro aspecto de su individualidad, era la vida del barrio. Lo que puede parecer un lugar común, porque tanto rapero ya lo ha hecho. Pero es, sobre todo, un hilo conductor del rap desde sus orígenes.

Cocucha hizo sus primeras armas del rap en La Sexta, conoce el barrio y lo describe, lo camina tranquilo. Pero admite que un poco le jode el mote de “rapero de barrio”. “Es un bajón esa diferencia social porque ya fue, estamos representados por una misma cultura en diferentes posibilidades económicas que hemos tenido. Pero no dejás de ser artista por eso”, explica. Rapero y ya. Desde dónde no importa. Hacia dónde sí. “Cuando en mi música hablo de esos hechos es porque es la cotidianidad que viví, uno cuenta lo que pasó, lo que sintió y lo que aprendió. Hablo de la violencia porque me toca vivirla de cerca”, dice sin jactarse. También le hace ruido el exceso de letras sobre la violencia, las balas, los narcos y la muerte. “Se plagueó, literalmente. Es una moda, como cuando hablan de la droga, de la plata y de que la tienen re grande”.

Esa imagen de “rapero del barrio” también choca con otra realidad. No es el rapero del barrio. “Acá está lleno de raperos”, aclara. Y la cosa está en crecimiento permanente. Son los frutos de los vínculos y sus transformaciones. El taller de Extensión Universitaria es un ejemplo de esos procesos en un barrio puntual. En este año Cocucha llegó a tener 35 pibes queriendo aprender. “Fue re lindo. Me marcó mucho aprender con ellos, porque enseñan mucho. Además del hecho de compartir, de juntarnos y merendar con una banda de chicos cuando yo nunca tuve una merienda en familia”. El tema de la familia vuelve varias veces en Cocucha. La importancia de su presencia: “Para mí es muy importante, a mí me tocó vivirlo con mi familia. La soledad y ese vacío te hacen pensar en para quién se está haciendo el bien. Si la persona que uno quiere que lo vea o lo escuche no está presente”. Por eso aquel agradecimiento del principio.

Un poco de historia

En Rosario la movida del rap -y el trap como variante- es enorme y está en crecimiento constante. Con los otros elementos de la cultura Hip Hop –grafiti, breakdance y DJ- hay movimiento pero no tanto. El rap y el trap tienen expresiones infinitas. Talleres en los barrios. Grupos que producen discos y videos. Nicki Nicole que se devoró la escena, la productora Cocodrilo que lanzó el primer hit de la artista y también acompaña a otros MC como Masacre. Incluso llegaron al escenario de los medios de comunicación con los podcast de Cypher en radio Wox. Y, además, las plazas y parques que los fines de semana reúnen rondas para las batallas de las cuales han salido varios MC que hoy compiten a nivel nacional e internacional.

Pero para hablar de la movida en Rosario es referencia obligada Purple House. El primer grupo de rap de la ciudad, desde barrio Empalme Graneros al resto del país. Su líder, Pablo Antonelli, conocido en el ambiente como Pabliko, hoy coordina talleres, acompaña a nuevas promesas y promueve eventos. Con Purple House se hicieron lugar cuando lo más conocido eran Sindicato Argentino del Hip Hop, Actitud María Marta, Illia Kuriaki, y cuando todavía no había explotado la cultura. “Acá en el país hubo un quiebre con la llegada de la película 8 Mile de Eminem, que trae todo el fenómeno del freestyle. Ahí los chicos se empiezan a sumergir en la cultura urbana”, explica Pabliko. “Esa rama del Hip Hop es de fácil acceso, porque no se necesita ni de dinero, ni de equipos, ni de muchos conocimientos. Se puede hacer en una esquina, en una plaza”.

Con el tiempo se encontró en el rol de profe. “Son cosas que llegan por decantación, por el paso del tiempo, por el proceso cultural que uno afronta. No fue pensado como algo en mi carrera que tenía que hacer. Se fue dando a medida que fui conociendo artistas y chicos, que se acercaron a preguntar cómo hacemos las cosas”, cuenta. Coordina grupos y lleva adelante encuentros en los barrios La Sexta, La Lata, Latinoamérica, Empalme Graneros. “En cualquier parte del continente es lo más fuerte que hay en cuanto a chicos que se quieren integrar en alguna experiencia musical. El potencial que tiene es de inclusión social, de herramienta para los pibes que menos tienen en los barrios vulnerables. El Hip Hop hoy es una de las herramientas sociales y culturales más grandes que hay”, explica.

Son más de veinte años de experiencia en el ambiente lo que respaldan la postura de Pabliko al momento de decir que es hora de darle a esta cultura un espacio más formal en el ámbito educativo. En estos tiempos en los que se admite que la escuela aburre, que está algo a destiempo de las dinámicas actuales. “Los talleres de música urbana tienen que entrar en los debates, porque hay chicos que hoy en día están más abocados a los talleres. Incluso cuando vemos que en los talleres de Hip Hop les va bien, vemos que tienen cambios en la escuela, en los vínculos con la familia”.

¿Y ellas?

No fue muy fructífera la búsqueda de MC mujeres en la escena rosarina. La ya mencionada Nicki Nicole es un fenómeno, y eso ya explica algo. Las debe haber, de seguro. Que la búsqueda fracase no quiere decir que no existan sino, tal vez, que algo complica su visibilización. Pabliko, como gestor y productor, acompaña hace un tiempo a Azu Music, una trapera de 14 años que va para adelante.

Ella canta desde los seis. Se ríe cuando recuerda que empezó cantando Valeria Lynch. Cuenta que hace algunos años ganó un concurso de canto y fue a participar del programa del movimiento tropical Pasión de Sábado. Aunque le gusta estar en la movida del freestyle en las plazas, no tuvo su origen en el rap. Lo salteó para llegar sin escalas al trap con su primer tema: “Te di confianza”.

A partir de ahí se propuso fluir. Hoy elige escribir de amores, desamores, tristezas y alegrías. “Se siente hermoso”, dice, cuando alguien le cuenta que se identifica con sus letras. “Yo quiero vivir de la música, le pongo mucha dedicación y tiempo. Todos los días hago algo. Es constante, pensar en proyectos, videos, vestimenta”, dice Azu.

La Técnica del Hip Hop

Lisandro Rodríguez Rossi es profesor de música. Tomó contacto con los instrumentos desde muy chico. Primero la guitarra, más tarde el piano y después los estudios que lo llevaron a ser quien es. En su rol de docente en la Escuela Técnica 660 del barrio Empalme Graneros, por el año 2006, empezó a conocer y estudiar en profundidad a la cultura Hip Hop. Un tema sobre el cual conocía sus generalidades pero que le generó mucho interés cuando vio que estaba tan presente en la vida de sus alumnos. “Cuando uno da clases generalmente viene participando de una instancia de conocimiento mutuo. Uno aprende de sus alumnos mucho más de lo que considera que sabe”, cuenta Lisandro.

Barrio Empalme Graneros, años 2006, 2007, 2008. A Rosario todavía no la mencionaban en los medios nacionales e internacionales como “la Medellín argentina”. Pero para entonces ya había empezado a ser la Rosario que se consolidaría con los años: una ciudad clave en el circuito de drogas ilegalizadas para consumo y exportación. Una ciudad que se adaptaría a esa demanda con la instalación de los famosos búnkeres sostenidos por las complicidades policiales. En la propagación de estos movimientos Empalme Graneros no sería la excepción, como tampoco lo sería para convertirse en escenario de la violencia acarreada por estos procesos.

El profesor Lisandro vio que algunos de sus alumnos escribían canciones muy relacionadas a esos contextos. Con la escuela del grupo Fuerte Apache, de Buenos Aires, las letras de estos pibes apuntaban a una problemática de la cual públicamente se hablaba en términos generales pero afectaba, diariamente, a personas. “Era una música que estaba emergiendo en una zona vulnerable, conflictiva, violenta, y que funcionaba bien como un mecanismo de desahogo. Empecé a leer y descubrí que les faltaba un sostén, no solo un soporte musical sino también un sostén para la idea”, cuenta Lisandro sobre los orígenes de aquella experiencia que a partir de entonces comenzó a crecer. Sobre las letras que les acercaban los pibes detectó dos aspectos como puntos en común: la violencia como problema que los tenía a maltraer y a la religión como uno de los pocos caminos hacia algo distinto. Era la notoria influencia de un artista como Vico C.

Con sus conocimientos musicales, y cuando todavía no había una infinidad de bases para descargar en internet, Lisandro compuso las propias para acompañar las letras de los pibes. Y ahí empezaron las grabaciones. En los recreos, en las horas libres. Los pibes le llevaban letras todos los días, y todos los días alguien más se sumaba a la movida. De todos esos chicos hubo cuatro con los que el profesor dio un paso más. Marcelo, Ariel, Oscar y Daniel apenas se conocían pero el rap los unió y los hizo amigos cuando formaron “La Técnica del Hip Hop”. El profesor los apoyó y acompañó en la grabación de un tema en conjunto llamado “Para mi barrio”, con el que en 2009 ganaron el concurso municipal Ceroveinticinco. Después vino un disco. Siempre con esa impronta: la de contar el barrio.

El 14 de febrero de 2014, por la zona de Génova y Campbell, a Ariel Ávila, el Chucki, uno de los integrantes de la banda, lo asesinaron a balazos. Había discutido con uno de los llamados soldaditos del narco, que custodiaba un búnker cerca de la casa de Chucki y de la escuela donde había empezado todo. Se dijo que Ariel había anticipado su muerte, aunque quizás solo había descrito la realidad que, como a tantos otros pibes, terminó por alcanzarlo. “Teníamos ese motor, ese hilo, ese cable a tierra que a él lo mantenía seguro, estimulado, con objetivos y con proyectos”, dice el profesor Lisandro sobre su alumno, que además fue el primero en acercarle sus letras. Lisandro cree que el proyecto musical le dio impacto al crimen. Es difícil ver algo bueno en ese desenlace, pero lo cierto es que tantos asesinatos como este quedaron impunes, pero el de Ariel pudo esclarecerse en poco tiempo.

“Ellos me enseñaron que había esto, y fui viendo que hay un capital muy grande de chicos muy creativos. Pero tiene que haber un guía, un trabajo sistemático, una organización. Porque a pesar de todo el adolescente necesita un orden. Eso da seguridad y contención. Eso da una finalidad y el chico no va a estar disperso”, dice Lisandro. Explica que a veces, por cuestiones económicas, hay chicos que tienen un camino más allanado, o al menos con más facilidades materiales para emprenderlo. Para otros puede resultar más difícil. El combustible está, a veces solo hace falta una llamita. La Técnica del Hip Hop es un buen caso local para poner de ejemplo. A pesar del asesinato de Ariel, sus otros integrantes siguieron en la movida. Como Oscar, ahora Mr. Rap.

 

 

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