En este contexto de pandemia y cuarentena, gran parte de la población de mujeres trabajadoras se encuentran en un estado de precarización laboral alarmante. Esta situación se suma y pone de manifiesto la crisis económica, herencia de las políticas neoliberales de los últimos cuatro años, como así también la desigualdad de género. 

Por Berenice Bruno (Nota publicada en www.reveladas.com.ar)

Foto AP / Felipe Danan en Amnistía Internacional

Ante un escenario mundial signado por el avance y propagación del virus COVID-19 o coronavirus, gran parte de la población de mujeres trabajadoras se encuentran en un estado de precarización laboral alarmante. Esta situación se suma y pone de manifiesto la crisis económica, herencia de las políticas neoliberales de los últimos cuatro años, como así también las desigualdades laborales, ejercidas por el sistema económico capitalista, que se refuerzan y reproducen diariamente.

El 19 de marzo el presidente de la Nación Alberto Fernández, estableció a través de un decreto de necesidad y urgencia (DNU), la cuarentena obligatoria. Esta medida implica el aislamiento social, preventivo y obligatorio para todo el territorio argentino. Si bien son medidas necesarias para la prevención y control del coronavirus a nivel poblacional, también dejan al descubierto la situación de distintas mujeres que no tienen trabajo registrado, dependiendo para su subsistencia de empleos informales y precarizados.

“Se cortó todo”

Gladys Zoane tiene 57 años y un emprendimiento autogestionado con su familia. En la actualidad, sus hijas María Celina, Belén y María del Rosario forman parte de este proyecto mancomunado que llevan adelante con la venta de verduras procesadas. “Vamos a comprar las verduras orgánicas a las quintas. Producimos todo lo que son verduras de hoja como rúcula, acelga, entre otras y también hacemos ensaladas, vegetales para saltear, chop suey, wok, pucherito y otro tipo de preparaciones. Compramos la cantidad de verdura que necesitamos, las traemos, las elegimos, las lavamos, las cortamos, las secamos, las envasamos y preparamos en las bandejas para después venderlas”, relató Gladys en diálogo con Reveladas.

La familia Chaparro-Zoane produce y vende sus productos frescos en distintos puntos de la ciudad de Rosario tales como el Parque Hipólito Irigoyen, Hospital de Emergencia Clemente Álvarez y distintas ferias organizadas por la Confederación de Trabajadores de la Economía Popular (CTEP), lo que les permitió seguir adelante y resistir ante las medidas económicas y sociales del gobierno de Mauricio Macri. Una de sus hijas, María Celina, estudiante del profesorado de nivel primario, expresó lo que significa para la familia: “La CTEP es una organización que reúne a los trabajadores de la economía popular, funciona como gremio y espacio de lucha para la reivindicación de sus derechos”.

En relación a la coyuntura actual, Gladys manifestó que siente mucha angustia “más que por lo económico, me siento muy abatida por lo moral, por lo afectivo. Nunca me imaginé que estaríamos pasando por esto”. Y explicó que en este momento la producción se encuentra parada, y por ende no tienen trabajo.

Mariana Andrea Sánchez tiene 25 años. Finalizó sus estudios secundarios con el título de Técnica en Reparación e Instalación de Equipos Electromecánicos. Con esa acreditación empezó a hacer reemplazos a partir del 2017 en distintas escuelas públicas y privadas. No obstante, como es sabido en el entorno docente, los reemplazos no son una garantía de trabajo permanente.

Mariana trabajó desde muy joven, sobre todo en el rubro gastronómico. Actualmente se encontraba desarrollando tareas como moza los viernes, sábados y domingos para destinar los días de semana a la espera de ser convocada para posibles reemplazos. Con esfuerzo y dedicación en diciembre del año pasado se recibió también de Profesora en Ciencias de la Educación en el Instituto Olga Cossettini. “Este año empecé a dar clases particulares a estudiantes de profesorado de nivel primario, y al mismo tiempo estaba trabajando los fines de semana como moza. Luego arrancó la cuarentena y se cortó todo. Incluyendo los planes de llevar mi currículum a escuelas privadas con las materias que me habilita el nuevo título”, comentó.

La experiencia de Mariana expone la situación de muchxs educadorxs reemplazantes que se inician en la docencia con todas las dificultades que genera el ingreso al sistema educativo, por ejemplo, la necesidad de tener tiempo disponible “por si” son convocadxs por alguna institución educativa. En el “mientras tanto”, muchxs de ellxs tienen trabajos informales como medio de subsistencia. La espera se hace eterna para lxs profesorxs que, ante la ausencia de trabajo, no tienen garantizados ninguno de los derechos laborales.

Profesionales y monotributo

Magali Claros Garay tiene 31, es psicóloga y actualmente ejerce esa profesión para distintas obras sociales. Además es acompañante terapéutica y brinda su servicio para la provincia desde el año 2013. Ambos trabajos los realiza en calidad de monotributista, situación que presenta distintas dificultades que no garantizan los beneficios sociales a los que acceden lxs trabajadorxs que se encuentran registradxs.

“Como monotributista no tenemos vacaciones pagas, ni licencia por enfermedad. Si no trabajo, no cobro. Excepto algunos acuerdos que se pueden establecer con los equipos de trabajo. Pero generalmente es así, lo único que una factura es lo que efectivamente trabaja. Entonces cuando llevas muchos años trabajando como monotributista lo que una tiene con el empleador es una relación laboral encubierta”, advirtió Garay.

Por otra parte, otro de las problemáticas complejas que presenta este tipo de formas contractuales se vincula al desfasaje en el cobro de los pagos. La demora puede llegar a ser mayor a tres meses después de haber prestado el servicio. “La rueda de cobro con las obras sociales son de aproximadamente tres meses o más, eso varía en cada obra social.  La prestación puede variar, pero son muy pocas las obras sociales que pagan a mes vencido. La mayoría tiene un tiempo de demora de tres meses en adelante”, explicó la profesional de la salud.

Asimismo, ante la situación de alerta sanitaria y cuarentena obligatoria, Magalí aclaró que en materia de salud mental se están gestionando otro tipo de ofertas. “En este contexto es imprescindible poder ofrecer a los pacientes la continuidad de sus tratamientos. Con algunas obras sociales se pudo establecer un convenio para hacer videollamadas”, pero asegura que esta situación no se traslada a todos lxs prestadorxs, por lo tanto no se les garantiza la continuidad de los tratamientos y en consecuencia no percibe sus honorarios.

Al notable cese de actividades, se le añade el pago de la matrícula para ejercer la profesión, los gastos de consultorio y el aporte a la Caja del Arte de Curar. En este sentido, Garay explicó que existe “una conflicto grande porque son aportes elevados que no tienen relación a lo que una trabaja y factura sino con la edad que tengas, por lo tanto viene siendo muy dificultoso sostener el trabajo con todo lo que eso implica a nivel económico. En ese punto, hay una disminución laboral concreta que vamos a empezar a percibir con el tiempo”.

Además resalta la importancia de llevar adelante las prácticas profesionales y brindar asistencia en estos momentos, sobre todo a grupos poblacionales que se encuentran en situaciones de vulnerabilidad, “como son algunos usuarios de salud mental de las zonas más periféricas de Rosario. En este sentido, nos parece que ahí hay una paradoja entre lo que una está ofertando o se está brindando como trabajador y las condiciones contractuales que se tiene. Hay una consigna que yo recupero que me parece muy gráfica en ese sentido:  No hay condiciones dignas de asistencia sin condiciones dignas de trabajo”, manifestó Garay quien manifiesta que pese a las condiciones precarias de lxs empleadorxs, no renuncia a su compromiso con su profesión.

Los cuidados invisibilizados 

Gisela Vanesa Pereyra tiene 39, vive en la zona oeste de la ciudad. En diálogo con Reveladas contó que trabaja haciendo changas y cuidando personas mayores. “Trabajo con distintos abuelos, a veces tres o cuatro horas por día, depende lo que tenga que hacer. En algunas oportunidades les hago los mandados y tareas de higiene personal. Hay días que no voy, por ejemplo, cuando llueve o si estoy enferma, cuando eso sucede no tengo el ingreso. Al no tener un trabajo fijo y en blanco no tengo derecho ni a enfermarme, no tengo derecho a medicamentos, ni a mis vacaciones, ni aguinaldo. Como no estoy inscripta en el sistema, en ningún lado dice que soy una trabajadora”, comentó.

Gisela trabaja desde los 17 años, la situación económica de su familia la obligó a patear la calle desde chica. En estos momentos, debido a la cuarentena obligatoria, ella y su familia están pasando muchas necesidades. “Honestamente al no poder salir a trabajar no tengo ingresos. No tengo para comer, para comprar cosas para la higiene personal y de la casa. El papá del nene también trabaja por su cuenta así que por ese lado tampoco ingresa nada”, relató.

La escritora y activista feminista Silvia Federici denuncia en su libro “El patriarcado del salario” (2018), los reiterados abusos de los patrones ante las necesidades de muchas mujeres para la adquisición de un empleo. La autora es clara y precisa: “Los empresarios saben que estamos acostumbradas a trabajar por nada y que estamos tan desesperadas por lograr un poco de dinero para nosotras que pueden obtener nuestro trabajo a bajo precio”.

Sin embargo la desigualdad económica y sus beneficios no es lo único que lo que motoriza a los especuladores y abusadores. El poder que ejercen sobre las mujeres víctimas de situaciones de explotación laboral los lleva a aprovechar de la coyuntura exigiendo un “intercambio de favores” a cambio de dar trabajo. En este sentido, Gisela narra que fue víctima de esta situación: “Nunca falta el que tiene unos pesos de más y se quiere hacer el vivo porque somos mujeres y porque necesitamos conseguir un puesto de trabajo ante la necesidad de llevar adelante una familia. En mi caso un tipo se quiso abusar de mí a cambio de darme un puesto de trabajo”, comentó.

El relato de Gisela desenmascara una problemática que no se circunscribe únicamente a su vida sino que por el contrario forma parte de las distintas violencias y abusos que se reiteran diariamente y que se extienden a mujeres y a identidades feminizadas y disidentes, como parte del control normativo y disciplinador del heteropatriarcado.

“Nunca falta el que tiene unos pesos de más y se quiere hacer el vivo porque somos mujeres y porque necesitamos conseguir un puesto de trabajo ante la necesidad de llevar adelante una familia. En mi caso un tipo se quiso abusar de mí a cambio de darme un puesto de trabajo”

Por otro lado, si bien las medidas recientes llevadas a cabo por el ejecutivo nacional -como el pago del Ingreso Familiar de Emergencia que contempla a trabajadorxs informales, de casas particulares, monotributistas sociales y de clases A y B, a través de la Administración Nacional de Seguridad Social (Anses)- son un paliativo ante la problemática actual, no resuelven el daño provocado por la desigualdad económica estructural internacional y  nacional, legada a los gobiernos neoliberales.

La selección de estos relatos tiene como propósito recuperar y hacer visible las voces de mujeres que trabajan en diferentes rubros pero que se encuentran en un mismo denominador común: la informalidad y la precarización laboral en su cotidianeidad, que pone de relieve las injusticias que atraviesan muchas de ellas en el mercado de trabajo frente la imposibilidad de generar ingresos ante la cuarentena obligatoria.

Por último, la identificación como mujeres trabajadoras para dar pelea en conjunto por la defensa de los derechos laborales, es parte integrante de las batallas diarias y de las reivindicaciones de los feminismos de Latinoamérica. Al decir de Silvia Federici: “Nuestra lucha por los servicios sociales, es decir, por mejores condiciones laborales, siempre se verá frustrada hasta que no se establezca en primer lugar que nuestro trabajo es trabajo. Hasta que no luchemos contra ello, nunca lograremos victoria alguna en ningún momento” (2013).

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