Las inundaciones de 2003 en Santa Fe no solo se han llevado cosas y cuerpos, sino proyectos y esperanzas que no podrán «secarse» por un largo tiempo. Se cumplen 17 años del crimen hídrico y la fecha es un reclamo de justicia y un emblema de la lucha por la memoria y contra la impunidad de los responsables políticos, el principal, Carlos Alberto Reutemann. Compartimos esta crónica de Cris Martinez, escrita a un mes y días del 29 de abril de 2003. 

Por Cris Martinez (nota publicada en el 2003)

Foto: José Almeida

Muchas veces el exceso de metáforas y frases hechas hace que hechos realmente dramáticos pierdan el peso que realmente tienen. Tal vez este pueda ser el caso  con respecto a lo ocurrido en la capital provincial pero ocurre que cuando un@ entra y recorre  Santa Fe  llega a la conclusión de que las palabras no alcanzan para describir una especie de pared de mosaicos,  donde cada bloque es un tema espeso y complicado de difícil solución: desde el tema crucial de resolver la vida en lo cotidiano hasta la articulación de esfuerzos para organizar las demandas frente a un estado que sigue montando una obra teatral para probar que, como el sol, aunque no lo veamos siempre está ( para bien o para mal).

Intentar contar cómo está Santa Fe a un mes del alegado «desastre natural» supone describir como si fueran fotos puestas una al lado de la otra, ciertas pequeñas escenas que tienen una profundidad conmovedora. Las palabras se adelgazan y pierden toda referencia, nunca parecen ser suficientes…

Foto 1: La marca que deja el agua en las paredes de las casas quedará por mucho tiempo como signo fuerte de hasta dónde afectó en cada hogar el paso de las aguas. Mirando sin ver la marca por fuera, un matrimonio joven intenta abrir la puerta de su casa después de un tiempo (¿un mes?) de no estar en ella. Las caras son indescriptibles. Nos sentimos tentados de sacar «esa buena foto», pero la piedad es más fuerte. Les tiemblan las manos, no pueden embocar la llave en la cerradura, logran abrir la puerta y adentro, el infierno en casa.

Foto 2:  A la escuela Monseñor Zaspe bien podría haberle caído una de esas bombas que destruyen todo rastro de vida y dejan en pie las paredes y techos. Porque solo quedó eso: salones arrasados, charcos de agua aún en los pisos, los murales de los chicos desteñidos por el agua, el portón desvencijado como si le hubiera pasado una multitud por encima, un inútil candado que intenta preservar la nada. En el medio del pasillo,  en el piso, una máquina de escribir solita como resistiéndose a dejarse llevar. En la puerta de la escuela sobre la calle, una montaña de pizarrones, armarios, bancos herrumbrados y destrozado, animales muertos, cortinas, ropa… y el olor a humedad que difícilmente abandonará la escuela aún cuando retome la «normalidad» como supone el ministro Germano, a quien el agua no le llegó… todavía.

Foto 3: La sede  del Partido Justicialista está en pleno centro. Son tres pisos con ciertas comodidades relativas, si se las compara con las carpas al aire libre. Por unos días alojaron a unas cuantas familias evacuadas y un buen día le dijeron que tenían que irse a otro lado. Cuando pasamos el sábado, el edificio inmenso estaba vacío. Y en septiembre parece que va a haber elecciones.

Foto 4: Cualquier techo es un buen lugar para armar un centro de evacuados. Un inmenso galpón sin paredes alberga a varias familias que intentan una privacidad inútil con algunas bolsas de nylon o lonas, similares a las divisiones en los hospitales. Afuera (como si pudiera definirse un adentro y un afuera), miles de sogas tendidas ayudan a que se seque la ropa y los peluches de los chicos en un cuadro fiel de cómo se intenta que la vida cotidiana regrese de algún modo, aunque las condiciones de vida distan mucho de ser las ideales. El sábado todavía no hacía frío en Santa Fe. Cuando escribimos estas líneas, de acuerdo con la radio, hace 8 grados y sopla un fuerte viento del sur: sin paredes, en el galpón , la estarán pasando muy mal.

Foto 5: El ejército y la gendarmería se están yendo de Santa Fe, tan de pronto como llegaron. La distribución ahora está a cargo de vehículos contratados que antes de llegar a los barrios son tomados literalmente por asalto por los punteros partidarios de la zona, quienes se encargan de repartirlos discrecionalmente de acuerdo a los méritos políticos de cada evacuado o evacuada. Son años de mañas aprendidas y hábilmente usadas en beneficio de un@s poc@s, a tono con las políticas neoliberales que han actuado como marco general de generación de corrupción estructural. Tal vez la trama más macabra que ha desnudado como nunca  el paso de las aguas.

Foto 6: Está claro para todos que esto no fue una catástrofe natural, que se podría haber evitado o al menos que podría haber tenido consecuencias menos graves. Todos lo saben pero la mayoría de la gente afectada todavía está en estado de shock, tratando de ver qué va a comer ese día,  dónde va a dormir, si va a tener ropa para ponerse, están inmersos en esas cosas…a nadie se le ocurre todavía organizar una demanda, que es legítima, al estado que evidentemente es responsable de lo que ha pasado. Al menos por omisión o corrupción.

Foto 7: Un gran tema es el saldo de muerte que dejará esta tragedia. El gobierno insiste en que son 23 los muertos,   y no mueve el contador. El ministro Carranza sólo contabiliza a los muertos por ahogamiento, es decir, por la acción directa de las aguas sobre los cuerpos. Nadie incluye en esa cifra los asesinados a tontas y a locas la primera noche del inundación cuando el ejército y la gendarmería tenían que «velar por la seguridad»: esas bajas figuran como muertos en enfrentamientos (que evocan tiempos no tan idos)  o como criminales en actos de pillaje. Nadie incluye tampoco las personas que por no poder enfrentar las consecuencias de haberlo perdido todo decidieron suicidarse. No se contabilizan los muertos que encontraron los familiares en sus casas y que, por respeto, simplemente velaron y enterraron sin hacer denuncia alguna. No se sabe que pasó con los muertos que colmaban  la morgue de Santa Fe y ya no están, ni para qué la municipalidad de Santa Fe hizo una compra de más de cien ataúdes si solo hay veintitrés muertos…»Nadie sabe» significa «no se quiere informar, no se quiere registrar, no se quiere reconocer la responsabilidad»  No hay modo de rotular, desde el microclima de los funcionarios, cómo golpea el agua las almas, los proyectos, las ilusiones, los años de trabajo y esfuerzo, por eso no se anota y no se toma nota de todo esto.

Tal vez en este mosaico de fotos sombrías falta el barniz que hace que a duras penas sea menos oscuro y pesado : las muestras concretas  de solidaridad, el apoyo recibido desde lugares lejanos del país (mientras estábamos en Santa Fe llegaron dos compañeras de Mar del Plata con el auto cargado de ropa, lavandina, frazadas…), la articulación  de redes de información por fuera de los circuitos comerciales que permitieron responder a necesidades más puntuales y difíciles de imaginar estando lejos y ,además,  contar realmente lo que estaba pasando en  Santa Fe …

Decíamos que no hay palabras ciertas para pintar y compartir tanto dolor. Sin embargo, en un intento por enunciar un estado de ánimo necesario, comentaba una  militante social santafesina cuando,  viendo que seguían llegando cosas muy  imprescindibles y poco provistas por el estado ausente decía :»Cuando vemos todo este apoyo, toda esta solidaridad sabemos que vamos a poder empezar de nuevo».

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