El jueves 26 y el viernes 27 habrá actividades por la edición rosarina de la Marcha de la Gorra, en esta ocasión de forma virtual. Un repaso por esta experiencia militante nacida en Córdoba en el año 2007, sostenida cada año desde entonces y replicada en otras provincias del país.

Fotos: Juliana Faggi

“¿Por qué tu gorra sí, la mía no?”. La pregunta se hizo en el año 2007 como consigna para invitar a una juntada en la plaza San Martín, pleno microcentro y casco histórico de la ciudad de Córdoba. Las y los protagonistas fueron pibas y pibes de los barrios cordobeses junto a organizaciones sociales, políticas y de derechos humanos. El motivo fue el repudio, principalmente, al artículo 98 del Código de Faltas que bajo el concepto de “merodeo” había permitido una profundización del control y abuso policial focalizado en la pibada. La sorpresa, que tal vez no se imaginaron los protagonistas, vendría con el tiempo: la segunda, la tercera, y así cada año hasta llegar en 2020 a la 14° Marcha de la Gorra. A eso se le sumó que otras ciudades de la provincia de Córdoba y otras provincias del país replicaron la experiencia. El resultado de una ecuación simple: los mismos motivos, o similares, y los mismos protagonistas.

Como si fueran los síntomas de una tendencia. “Varias organizaciones con mucho trabajo territorial empiezan a ver que el discurso de los pibes, especialmente de los varones adolescentes, era que la policía los detenía, los verdugueaba, los revisaba contra el patrullero”, recuerda Rocío, integrante de la mesa organizativa de la Marcha de la Gorra. Con el artículo que habilitaba al procedimiento policial bajo el argumento del “merodeo” todo se hizo más explícito: “Podían detener a una persona porque podría estar próxima a hacer algo, pero como no estaba especificado terminaba siendo una definición de la policía sobre los que suponían que tenían pinta de que iban a robar”. Aquello de la estigmatización, y de ahí esa primer consigna tan directa: por qué una gorra sí y otra no.

En aquel primer encuentro hubo muchos participantes. Unos cuatrocientos dice Rocío, y explica que eran tiempos de mucha presencia de organizaciones en los barrios populares. Eso con el tiempo fue cambiando y en los años siguientes algunas marchas tuvieron más convocatorias que otras. Lo que reflejaba cada Marcha de la Gorra en la calle era el fruto de ese laburo territorial, y acaso una aproximación a qué estaba sucediendo en esos márgenes cordobeses. “Los pibes no podían venir al centro, literalmente, si no la policía los detenía”, dice Rocío. Hasta ese punto había llegado el Código de Faltas: “Una práctica policial que era política, para lograr que los jóvenes de los sectores populares estuviesen en sus barrios y no en el centro”. Otra escena que se adecuó a aquella línea ricotera de mediados de los ochenta: atrapados en libertad.

En el año 2015 se modificó el Código de Faltas con un intento de limitar y controlar la arbitrariedad que durante tantos años había permitido la figura del merodeo. Pero para entonces hubo un contexto que ya había afianzado la mirada estigmatizadora hacia los pibes de los barrios: la violencia en las calles, las narrativas mediáticas, las explicaciones y respuestas oficiales habían encontrado un chivo expiatorio fácil de señalar y acorralar con o sin leyes. “Se modificó el Código, las violencias también se modificaron”, explica Rocío. Y agrega: “Ya no hubo tantas detenciones arbitrarias, pero sí se dieron situaciones del estilo de encerrar a los pibes en los móviles y pasearlos, a hostigarlos dentro de sus barrios, o ponérsele a la par e ir a paso de hombre en el móvil mientras los pibes iban camino a la escuela”. Imágenes de la cotidianidad de algunos rincones de las grandes ciudades que las organizaciones eligieron no naturalizar.

La Marcha de la Gorra tiene una característica que la emparenta a otras experiencias de manifestaciones callejeras históricas: su capacidad para afirmarse en el tiempo, sostenerse y replicarse en otros puntos del país. Un motivo pudo ser el ya mencionado: el sostenimiento, a pesar de sus mutaciones, de las problemáticas que generaron la primera marcha en 2007. Pero así también hay otros factores -los propositivos- como las expresiones barriales y la insistencia militante. Y, además, el vínculo sostenido entre las organizaciones y el piberío; algo necesario para romper la invisibilización. Como lo explica Rocío: “Muchas personas hemos tenido la posibilidad de decir y que se nos escuche, por ser profesionales o de clase media, y así encausar esa voz, y estar en los barrios”.

Otro factor que influyó para el crecimiento de esta experiencia fue la representación que logró en distintos ámbitos populares, tal vez un aspecto imprescindible para cualquier activismo que se propone trascender. En este caso el movimiento antirrepresivo que había gestado a la Marcha de la Gorra entró en sintonía con otras luchas: la marcha nacional contra el gatillo fácil, el activismo de consumidores de cannabis, las trabajadoras sexuales, los carreros, los y las docentes. Poblaciones que utilizaron la calle como escenario para visibilizar demandas, y que en esa misma calle padecieron la misma respuesta por parte del Estado: policías, y su abanico tan amplio para hostigar, presionar, extorsionar y reprimir. “La Marcha de la Gorra termina siendo un espacio que aloja ese atravesamiento que tienen todas las presencias en las calles que es la posible represión, o la represión”, dice Rocío.

Conectividad colectiva

Rosario se sumará por tercer año consecutivo a la Marcha de la Gorra. En esta ocasión se dará de manera virtual, un poco adaptándose a las recomendaciones sanitarias por la pandemia del Covid 19 y otro poco porque la propia distancia durante el año complicó el encuentro. “Pensamos organizarnos mediante la conectividad, y tiene un doble sentido porque una herramienta básica como un celular, una computadora o una red de WiFi no todes las tenemos. Eso hizo que muchos pibes y pibas que participaron en marchas anteriores no pudieran participar, y eso nos dejó un vacío”, dice Luciana Escobar, integrante de la organización de la edición local. “Pero llegamos a la conclusión de que había que activar, que de alguna manera teníamos que mostrar que Rosario se une a esta gran cadena como lo es la Marcha de la Gorra y los años y la historia que lleva”, agrega.

La falta de conectividad no impidió el desarrollo de esta edición virtual, pero fue una complicación, como lo fue durante todo el año para las organizaciones sociales el hecho de mantener el vínculo con las pibas y los pibes. La dinámica propia y tradicional del encuentro barrial pasó por todas las fases de la pandemia: el aislamiento estricto, los primeros encuentros con protocolos, y de repente el año ya pasó por encima. Así se llegó a esta propuesta, con lo que se pudo. “Decidimos darle para adelante, con dos días de actividades, se mostrarán en las redes los videos armados por pibes y pibas y se hará un proyectazo en distintos lugares”, explica Luciana. Las actividades serán este jueves 26 y viernes 27 de noviembre.

Desde el comienzo del Aislamiento Social Preventivo y Obligatorio, y sobre todo en esos primeros días de incertidumbre y cotidianidad alterada, se dieron a conocer varios casos de violencia policial. Como si el decreto del ASPO los hubiera habilitado a potenciar sus costumbres: amenazas con disparos, detenciones violentas, comisarías periféricas atestadas de infractores a la cuarentena. Para fines de mayo un informe de la Agencia de Control Policial de la provincia de Santa Fe había registrado al menos 201 irregularidades policiales en toda la provincia, de las cuales 101 correspondieron a la Unidad Regional II, del departamento Rosario.

“La pibada de los barrios ha sufrido hostigamiento, han sufrido represión, han sido detenidos, no bajó nunca el nivel de palos ante las fuerzas de seguridad. Quizás el vecino se sentía más seguro mandando en cana a pibes que pasaban con el carro. Pibes que no se podían quedar en su casa esperando. Muy desigual ciertas cosas que sucedieron en esta pandemia, y queremos salir a denunciarlo. Eso nos sigue manteniendo en organización”, cuenta Luciana Escobar.

Se expande la violencia, se expande la resistencia

Córdoba es una referencia por haber sido la primera ciudad en activar la Marcha de la Gorra, pero desde la mesa organizadora abren la cancha. Así lo explica Rocío: “Esto no es algo sectorizado. Nosotros denunciamos políticas de Estado, una presencia estatal que va de esa forma. Se encarna de forma distinta en cada provincia, cada ciudad, cada barrio, pero es algo que nos atraviesa como sociedad. Por eso empieza a replicarse la marcha”.

La Marcha de la Gorra llegó a replicarse en 15 ocasiones simultáneas, pero cada una con su dinámica, sus demandas y sus participantes. “Apostamos a los procesos de lucha en cada lugar, de quienes están en los territorios”, dice Rocío. Este año en Córdoba sí hubo marcha, fue el pasado 20 de noviembre y la consigna estuvo referida a la memoria presente, al hecho de construirla de manera permanente y sobre todo colectiva: “Es un proceso de construcción política desde el cual nos paramos para organizarnos, vamos transmutando y construyendo, nos enriquecemos de las luchas de los procesos anteriores y paralelos, como está ocurriendo en Perú, en Chile, en Bolivia”.

 

 

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