El funeral de Diego Armando Maradona fue un triste despertar. El pueblo se unió en la calle como en las grandes causas de la historia argentina. Una crónica de los días menos deseados para las y los futboleros. 

Fotos: Martín Stoianovich

Murió el Diego. Pero cómo puede ser, qué desgracia indigerible. Aun así, cómo puede uno ponerse tan mal, tan triste. Si tantos ya aprendimos a convivir con la muerte de los queridos cercanos, de los de sangre. Es un sentimiento que de seguro tiene su sentido, pero prefiero dejarlo en el lugar de lo inexplicable. Me pongo la camiseta del 94 -su nombre, su 10- y me voy a la cancha de Newell´s. Es temprano, recién pasó un rato de la noticia pésima y no tengo idea qué pasa ahí, pero seguro va a haber gente y voy a sentir cierta compañía. Y es así: todavía no hay niños y niñas con camisetas de Central como sucederá un día después y será una de las fotos más lindas. Predominan, obvio, los leprosos que ya colgaron sus banderas y lucen los colores que el Diego vistió alguna vez.

No me siento ajeno, al menos por un rato hasta que los cantos por el ídolo se mezclan con los cantos por el club. Entonces hago unos pasos hacia afuera, como quien no quiere la cosa, y me voy del otro lado. Me prendo al tejido y miro la práctica de la escuelita de fútbol. Pibes muy chiquitos, sus profes y los trabajos de técnica. Toques con cara interna del pie, rotaciones, y concentración en la pelota: la cocina del tiki tiki que tal vez años más tarde nos entusiasmará en la cancha. Más allá la gente alienta, hay cerveza y vino, olor a porro y amor por el Diego. Más acá el profe se suma a los aplausos sin dejar de mirar a sus pibes. Cada cual vive la tristeza, y la canaliza, a su manera.

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Pocas horas en esta vida Después de Diego y ya sabemos que aun muerto el tipo genera sentimientos: el amor inexplicable de sus seguidores, la simpatía de los tibios amadores post mórtem, el desprecio más berreta e irrespetuoso de los fiscales morales, el relleno de los replicadores del amarillismo mediático, los análisis de los sesudos con contradicciones, el dinero de quienes lo usaron y usan como a un cajero automático, y así. Diego genera muerto tanto, o más, como generó vivo.

Pero lo que generó vivo -lo bueno, hablemos de eso al menos ahora- fue espléndido para quienes elegimos amarlo futbolística y humanamente. Cuando lo tuve cerca por primera vez, década del 90 en la cancha de Boca, el tipo, ya retirado del fútbol, estaba en su palco del medio exacto del estadio. Se asomó, levantó los brazos como un permiso para el estallido: los cantos que la hinchada había inmortalizado en el primer paso del Diego por el club y el inigualable maradó, maradó, maradó. Para que yo pueda llegar a ver eso el tipo había generado que un chapista de acceso económico inestable, mi viejo, pagara cuatro entradas en plena caída económica de los noventas. Íbamos a ver a Boca, al campeón ese año, pero ver al Diego era el mejor de los pluses.

Otra ocasión que pude verlo cerca -lo que es cerca para las mayorías, desde la tribuna- fue en la cancha de Rosario Central, año 2009, cuando era técnico de la selección y jugamos contra Brasil por las eliminatorias. Estaba Messi, que aunque perdimos nos emocionó con una habilidad imposible. Pero el plus otra vez fue el Diego. Antes de verlo cantar el himno y alentar a cada uno de sus jugadores, antes de que el Gigante coreara su nombre aunque con cierta timidez en los sectores canallas, el tipo había generado el movimiento: hicimos acampe dos noches para conseguir entradas. En mi caso, y me arriesgo que en el de muchos, fue por ver esa maravillosa confluencia de Maradona y Messi: el dueño del cielo y la más brillosa de sus estrellas. En una llovió, nos re cagamos de frío pero sí que lo valió. Brasil nos bailó, pero esa noche la alegría fue nuestra.

Después pude verlo con la misma distancia en otras ocasiones, siempre en La Bombonera. Mis experiencias con el Diego cerca fueron comunes, porque yo soy una persona común y en esos momentos había miles como yo a mi alrededor. Pero lo que el tipo generaba era descomunal. Abundan, y estarán por siempre, anécdotas mejores e increíbles de muchos otros tipos y tipas comunes a quienes Maradona, el Diego, los atravesó. La maravilla detrás de lo que para otros pueda ser insignificante.

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Son las dos y media de la mañana del jueves 26 de noviembre de 2020: las primeras horas de la vida Después de Diego. Estoy sentado en la butaca 34 del vagón 402 de uno de los Trenes Argentinos que por suerte volvieron a circular hace apenas unos días. Me tuve que ir a San Nicolás, porque hasta diciembre no llegan a Rosario. En uno de los asientos de atrás está uno de mis hermanos. En otro asiento se sienta un señor de unos sesenta y pico, al instante se para y vuelve un minuto después con su celular en la mano.

– Me lo olvidé en otro vagón, decí que nadie lo vio y se lo metió en el bolsillo.

Dice él, para todos. Y para todos después se pone a escuchar audios. Es un amigo, se ve, el que le manda un mensaje continuando una conversación. Lo escucha con el volumen alto, lo escuchamos todos: es así como vos decís, después de tener todo uno se pone viejo y quiere hacer las mismas cosas que de joven, pero no puede y se bajonea. Hablan del Diego, y el amigo le dice que entre ellos que son futboleros pueden entender el sentimiento. El tipo se baja en una de las ciudades anteriores a Retiro, pero tiene la cabeza a donde vamos nosotros.

Nos tomamos el 152 en la esquina de la estación, el mismo que nos ha llevado a La Bombonera en alguna otra ocasión. Vamos por Libertador, agarramos Alem y son apenas unas cuadras hasta que nos bajamos en Corrientes: hasta ahí llega el colectivo antes de desviarse y retomar su camino. Es que ya hay una multitud alrededor de la Casa Rosada, donde están velando al Diego. Rodeamos el cordón policial y el andar de tanta gente como nosotros nos lleva al final de la fila. No podemos calcular con precisión la distancia que hay hasta el ingreso a Casa Rosada, son las ocho de la mañana y suponemos unas cuatro horas de cola.

Hace calor cuando pega el sol, que está fuertísimo, pero en la sombra corre una buena brisa. Ya hay algunos bastante borrachos, un tipo de rulos con una guitarra en la espalda no puede más, grita sus propias canciones, algunas apenas las balbucea, pide adhesión, se cae, lo levantan, tira una valla y lo ayudan a juntarla, se ríe con los demás de él mismo y es feliz. Pero es temprano, son pocos los que andan en esa por ahora. Predominan grupos de pibes y pibas, algunas señoras y señores, y tantísimos clubes del país en sus remeras, gorros, banderas y pantalones. Y el Diego, presente en lo que sea: desde estampitas hasta una pintada que un tipo hace al costado de la fila, sobre el pavimento. La cara del Diego y su 10, por favor qué belleza, nos atestará todo el día.

Suena la canción de Rodrigo y la gente se prende al olé olé Diego Diego y el tono del típico canto de cancha se mezcla con el del cuartetero cordobés que alarga un poco más la o del final. Hay un clima de fiesta que avanza y avanza rápido: nuestro pronóstico de cuatro horas de cola se cae cuando una hora y media después estamos siendo cacheados por la policía para ingresar a Casa Rosada. Tengo la piel de pollo, de gallina nunca. Entramos, y el ruido de afuera se apaga en un segundo. Esto sí es un velorio, y nuestro paso por ahí es fugaz. Apenas alcanzo a mirar el cajón, repleto de camisetas y flores y gorros. Un poco más allá están los familiares y amigos del Diego que nos dieron la chance de estar ahí aunque sean tres segundos cortísimos. Diego, pienso, es lo mínimo que pude hacer para sentirme tranquilo.

Cuando salimos el clima es otro. El silencio copa ese camino de salida, repleto de lágrimas y gente sentada en los cordones que moquea y me recuerda a aquel pibe del 94 que lloró en televisión cuando nos cortaron las piernas. La espera había sido una fiesta y la salida fue la sensación de caer, otra vez, en la certeza de que el Diego había muerto. Que estaba dentro de ese cajón cerrado y la puta madre que nos parió cómo puede ser. La salida fue el camino a la realidad, a la más triste de las y los futboleros. La habíamos imaginado, casi la vivimos en varias ocasiones y de una maldita vez había ocurrido.

Las horas pasan y el clima se tensa. La fila para entrar a Casa Rosada había sido para nosotros un placer: distanciamiento, la mayoría de gente en su clima de fiesta pero tranquila, el calor fuerte pero no tanto, el Movimiento Evita con 500 militantes regalándonos agua. Ahora se aprieta, hay más borrachos que hacen todo más tosco, más apretado, más se mueve para acá se mueve para allá. Y así sigue y seguirá hasta que la fila llegue hasta la 9 de julio y más, y la policía de la Ciudad de Buenos Aires reprime, y tira gas pimienta y hace sufrir a la gente un poco más.

Cuando la represión para, al menos por un rato, la gente ya copa la Plaza de Mayo, que había estado vallada. Impresiona ver a nuestra gente con las patas en la fuente. La conclusión cliché no se evita: mirá lo que genera el Diego. Y es cierto: más allá otros tantos se cuelgan de las rejas, se pasan para el otro lado y es el pueblo en la Casa Rosada, y más acá la gente de Boca, de River, de San Lorenzo, de Independiente, Racing, Central y Newell´s se abraza y posa para la foto. Otra vez: mirá lo que genera el Diego. Un hacedor de lo imposible.

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Dicen que escapó de un sueño, en casi su mejor gambeta. La intro de Los Piojos a su tema dedicado al Diego se repite en parlantes, camiseta, banderas y posters. Es tan atinada, pienso.

Diego Armando Maradona señoras y señores. Villero, argentino, dios terrenal. Su magia con la pelota, hermosa e incomparable. Al Diego le pusieron una cámara en frente cuando era ese pibito de Fiorito con las ambiciones y sueños de cualquiera. Desde entonces los medios de comunicación no lo dejaron en paz, y tan coherentes lo siguieron hasta el entierro con su invasión mutada en drones. Se podrá analizar, incluso ya se ha hecho, cómo eso afectó al Diego y cómo en parte condicionó su vida. Pero, si nos sirve de consuelo, en esos registros quedará inmortalizado el mejor jugador de todos los tiempos. Ahora que murió y ya es leyenda no habrá comparación que valga: perdieron Pelé, Messi y todos los que se metan.

Es realmente infinito el registro de Maradona, aparecen cada tanto imágenes nuevas de partidos y entrenamientos. Jugadas nuevas, goles nuevos o los mismos desde otro ángulo. Es como ver el capítulo estreno de la serie que nos desvela, es una película sin fin y por suerte es la mejor, y hasta repetirla al infinito no aburre. Futboleras, futboleros: hay oro del que nos gusta y podemos tenerlo, lo fabricó Maradona con sus pies.

Y con su jeta, porque si hay algo que distinguió a Maradona es que además de romperla toda en la cancha lo hizo la mayoría de veces cuando habló. Más allá de sus peores versiones, que también analizarán para justificar eso que se perdieron quienes eligieron no amarlo o quienes lo aman con natural contradicción. Con cualquier futbolista se trata de haberlo visto jugar, si no es como si no contara. Pero con Diego es y será distinto, algunos tenemos la suerte de recordar su último año como jugador de Boca con destellos de una memoria que se desvanece en el paso de la vida. Pero recordamos tan fuerte el Diego de después, porque cada una de sus apariciones fue como verlo jugar. A ver en qué anda el Diego, a ver qué dice, mirá cómo bailó, mirá qué cagada se mandó. Muy poco probable con algún otro deportista.

Cuando el Diego metió el gol tramposo a los ingleses dijo, como si lo hubiera premeditado, que había sido la mano de Dios. Después en comunicación con su madre transmitida por la televisión le dijo la frase más hermosa que salió de su boca: «Yo juego para vos mamá». Otra joya que nos anuda la garganta tanto como el despliegue danzarín del segundo gol para la infinidad. Y todo lo que vino después, por decir algunas imágenes: el programa de tele, sus tangos preferidos, su impronta de técnico de la selección tirándose de palomita en el diluvio del Monumental, o en el mundial de Sudáfrica parando pelotas de taquito, sus visitas con Fidel, Néstor, Chávez, Maduro, Cristina, y esa habilidad tan suya para decir este soy yo y acá estoy parado. “Que te quede claro fierita”.

Dicen que escapó de un sueño. Ese sueño fue el nuestro,  y ahora terminó: estamos desvelados en una noche soleada. Rodeamos la Casa Rosada, cantamos y amamos a Maradona. Pero sabemos que ya nada es igual.

 

 

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