Una balacera, un mensaje amenazante y un disparador. Cómo crecieron los pibes y las pibas en estos años de violencia. Qué se les ofrece para consumir y hacer en el ámbito cultural y cómo eso repercute en sus vidas. Cuánto pueden aguantar, tan solos, los movimientos sociales como una de las pocas alternativas en la construcción de identidad.

Las formas de la violencia se reinventan, o se reciclan, y nutren a la trama de la criminalidad con detalles que pueden pasar desapercibidos en el agite diario, cuando lo que alarma son las consecuencias: los muertos, los heridos, las casas agujereadas por balaceras. Pero los detalles quedan, y dicen. En los últimos años se afianzó una costumbre que suele acompañar a cierto tipo de ataques a viviendas, sobre todo los que se realizan con el fin de intimidar o acercar una última advertencia. Antes de concretar el ataque alguien escribe una hoja y de alguna manera se ocupa que el objetivo la lea, como para que no queden dudas acerca del destinatario del mensaje.

El 13 de octubre pasado, en las primeras horas de la madrugada, los estruendos de un par de balazos despabilaron al vecindario de Pueyrredón al 4200. En la puerta de chapa de una de las casas de la cuadra quedaron las marcas de cuatro impactos de bala, y sobre el piso un cartel. Escrito a mano la leyenda: “Acordate que los pibitos crecen”.

Qué mensaje, en esta Rosario de los últimos años en la que tantos pibitos y pibitas han crecido conociendo el ruido de los disparos, que de cerca se sienten tan distintos a la ficción televisada. Que han crecido en picaditos en la cancha barrial suspendidos por corridas y cuerpos a tierra como escape improvisado a los tiros repentinos. Que han presenciado velorios, con suerte uno solo, de familiares o amigos asesinados. Que se han acostumbrado a ver caras que no envejecen, ni maduran, porque fueron inmortalizadas tan jóvenes en las paredes del barrio. “Acordate que los pibitos crecen” fue un mensaje casual, una amenaza con algún destinatario específico. Pero dice tanto que cualquiera podría sentirse receptor. Y a partir de ahí las preguntas.

¿Cómo crecen los pibitos?

“Para los pibitos y las pibitas del barrio era un entretenimiento juntar las vainas tiradas. Las compañeras plantearon esta urgencia, de que esa no podía ser la vida de los pibes acá”, dice una de las mujeres de Territorios Saludables, un espacio de militancia de barrio Moreno. Se refiere al año 2012, cuando integraban el Movimiento 26 de Junio y vivían días intensos después del triple crimen de aquel 1° de enero en el que un ataque erróneo terminó con la vida de Jeremías Trasante, Claudio Suárez y Adrián Rodríguez. Jere, Mono y Patom, de 17, 19 y 21 años, pibes que se convirtieron en la cara de un proceso de justicia y visibilización de la violencia en Rosario. Proceso mediante el cual se pudo ampliar la discusión sobre lo que acontecía en la ciudad respecto de la violencia y el narcotráfico, para comprender que más allá de los diagnósticos oficiales había tramas ocultas y corrupción institucional.

Es un martes de diciembre, y las chicas de Territorios Saludables se reunieron para hablar con enREDando. Al lado de la salita hay un potrero rodeado de casas, y sobre ellas un mural con la cara de Jere, Mono y Patom. “En ese tiempo era pintar rostros de vecinos asesinados. De esa época me quedó grabado el llanto joven en los velorios”, recuerda una de ellas. En la charla son todas mujeres, algunas de Moreno y otras no. A lo largo de la conversación surge cierto dilema: el barrio no es tierra de nadie, no cae bien la lectura estigmatizante sobre este ni ningún barrio, pero a su vez pasan cosas realmente complicadas y hay que decirlas. Los movimientos sociales son una voz autorizada para hablar de estos años recorridos en la violencia, y pretenden ser una referencia no solo para el vecindario sino también para el Estado, cuya presencia es tan relativa. “No dejamos de estar en riesgo, uno pone todo acá pero quién nos cuida. No es algo abstracto, es literal: los tiros están en la puerta”, dice una de las mujeres. Las demás asienten, es que la declaración surge de un recuerdo cercano.

Desde los tiempos del triple crimen a esta parte la violencia urbana tuvo sus picos y sus caídas, y en el barrio las cifras se reflejan en la vida cotidiana. Aunque los números por sí solos no dicen todo, porque en cualquier momento la tranquilidad relativa se puede derrumbar con un nuevo tiroteo. Y eso siempre afecta: desde el temor constante hasta el lamento por una víctima más. Las cifras, es decir, se desmenuzan en cada número, porque cada número conlleva una historia. En ese andar constante las organizaciones sociales vieron crecer a los pibes y las pibas del barrio. En muchas ocasiones los vínculos se mantuvieron y se afianzaron desde la militancia, y en otras se ha ido erosionando.

En Territorios Saludables reconocen algunos puntos importantes en este proceso: “En 2012 había esquinas que no podíamos cruzar, pero después de todo el laburo ganamos territorio. Con la etapa del macrismo, y ahora con la pandemia, sentimos que otros empezaron a avanzar”. Vuelve a asomarse aquello de que ante la escasez de propuestas para ganarse la vida comienzan a aparecer alternativas por fue de lo legal. Y en la urgencia el balance de la necesidad de comer suele ganarle al balance de riesgos. “Las economías delictivas también se empiezan a meter, y ahí tenés a la pibada que elige estar en el proyecto, y otra pibada que no sabés si elige o no, si no le queda otra y va por otros caminos. Y es pibada que hemos conocido, que han estado con nosotros”, cuentan.

¿Dónde crecen los pibitos?

Mirando hacia atrás las vecinas registran un punto de inflexión que determinó cierto cambio en la vida diaria del barrio en relación a un descenso de la violencia. No fue ninguno de los megaoperativos de fuerzas federales, no fueron las distintas divisiones policiales que se estrenaron en estos años. Fue “cuando se abrieron las calles”, como dicen ellas. Se refiere al resultado del Plan Abre, iniciado por el gobierno provincial en diciembre de 2013 para invertir en la infraestructura de los barrios. “Cuando se abrieron las calles se calmó, porque antes pasaba todo dentro de los pasillos, que vendían, que se peleaban, que se mataban”, cuentan. Pero aun así, quizás por la ausencia de políticas públicas realmente integrales, esos buenos resultados quedaron sujetos al contexto. “Hará tres años empezó a crecer de vuelta, si antes había un búnker ahora no hay más, pero hay pibitos caminando en la calle que venden”, dicen.

En los últimos años se hizo habitual escuchar el término “búnker histórico” para hacer referencia a puntos de venta de drogas que resisten al paso del tiempo. Lugares que incluso en algunas ocasiones fueron derribados y al poco tiempo volvieron a construirse, o se trasladaron unos metros. Entonces se habla de búnker histórico como una referencia para contextualizar, por ejemplo, ciertos crímenes que no están relacionados estrechamente pero sí tienen puntos en común.

En agosto de 2011 un chico de 17 años que había sido detenido en un búnker del barrio Empalme Graneros declaró ante un fiscal federal y contó las condiciones en las que había sido obligado a vender en turnos de 12, 24 y 48 horas bajo amenaza. En un momento de su declaración mencionó una serie de direcciones donde había búnkeres de droga, y contó que eran propiedades de Esteban Alvarado y Luis Medina. Uno de esos búnkeres fue el del Felipe Moré y French, donde dos meses después otro chico de 17 años, Elías Bravo, fue asesinado con treinta disparos en la puerta. Casi 9 años más tarde, en septiembre de 2020, esa misma esquina fue el escenario donde Franco Graceano, de 22 años, fue asesinado mientras tomaba una gaseosa con amigos. Un auto pasó y arremetieron a tiros, la escena fue captada por una cámara. En el barrio, según registró el periodista Leo Gracierena para La Capital, dijeron que los tiros no tenían un destinatario específico. Que en todo caso se había tratado de dejar un muerto, cualquiera que sea, en la zona. Como si el objetivo hubiera sido marcar y exponer ese lugar que evidentemente nunca dejó de ser conflictivo más allá de que el búnker en cuestión ya no esté referenciado públicamente.

Este caso es un ejemplo que también puede aplicar para otras partes de la ciudad, como en Tablada la zona conocida como “Cordón Ayacucho” y sus alrededores. Las calles Ayacucho desde Uriburu hasta Presidente Quintana, y todas sus intersecciones hacia el lado del río, aunque también para el otro lado por calle Alem o más al sur por Lola Mora y Santa Rosa de Lima, fueron en los últimos años escenarios repetidos de balaceras y homicidios. Una zona también intervenida por el Plan Abre pero que aun así no pudo encontrar una tranquilidad definitiva. Selerpe, Ungaro, Funes y Caminos son apellidos que se asomaron detrás de tanta muerte ligada a disputas territoriales en esas calles y pasillos que han ido demarcando sus límites entre bandas como las de Centeno o Ameghino.

El académico colombiano Jorge Adriano Moreno Ponce escribió el texto “Territorialización de la inseguridad ciudadana en Bogotá”, en el que explica que “un escenario territorializado por la inseguridad y la criminalidad exhibe un pasaje urbano donde no existen controles estatales, ni mucho menos de la comunidad”. Eso lleva a dos situaciones: “La primera tocante a la libertad para delinquir sin problema alguno, y la segunda relacionada con el temor que genera el sector, no solo para quienes lo habitan o frecuentan, sino también para aquellas personas ajenas al mismo pero que indirectamente conocen de él a través de los medios masivos de comunicación, conllevando esta situación a su estigmatización y a un incremento en el proceso de marginalización social”.

Bajo ese diagnóstico el autor identifica a uno de los fenómenos más efectivos para la territorialización de la criminalidad: el narcomenudeo. “En la mayoría de los casos quienes terminan siendo víctimas de las estructuras criminales y los intermediarios son los habitantes del sector territorializado y por supuesto los consumidores”, dice el autor. En esa línea identifica al narcomenudeo como un problema de mercado: “Si ello no fuese así no existiría interés alguno por parte de las estructuras criminales por apoderarse de ciertos sectores que facilitan el desarrollo de su economía ilegal”.

La cuestión es cómo interviene el Estado. “Es claro que estrategias de lucha únicamente represivas solo van a ahondar los problemas de seguridad, criminalidad y sobre todo de impunidad”, dice el autor. En la provincia de Santa Fe, por ejemplo, antes de terminar su mandato el gobierno socialista había emprendido el objetivo de que la provincia se adhiera a la ley nacional 26.052 para desfederalizar parcialmente la competencia penal en materia de estupefacientes. La idea generó el rechazo de especialistas, fundamentado principalmente en los resultados de las cinco provincias del país que se habían adherido: pura estadística rellenada por causas de poca monta contra los eslabones más pequeños de una cadena enorme. Eslabones que suelen ser fácilmente reemplazables para que la maquinaria continúe en marcha. Moreno Ponce, en su análisis sobre el caso Bogotá que bien podría aplicar a lo local, dice: “La criminalización del microtráfico facilita la consolidación de las estructuras criminales y su poder económico, como quiera que aumenta la demanda del producto”.

Números y balances

“El 85 por ciento de los homicidios registrados en septiembre tuvo que ver con el narcomenudeo. Rosario tiene más de 200 búnkeres de drogas, además del sistema de delivery. Y la plata de la cocaína no va a los pobres, sino a las clases media y alta. Días atrás encontramos en un búnker cocaína por valor de un millón y medio de pesos, un dinero que no va a los barrios populares, de seguro”, dijo a comienzos de octubre el ministro de Seguridad de la provincia, Marcelo Sain, en diálogo con radio LT8.

A fines de octubre el Observatorio de Seguridad Pública del Ministerio de Seguridad provincial y la Dirección de Política Criminal del Ministerio Público de la Acusación publicaron la última actualización hasta el momento del informe sobre personas heridas con armas de fuego en 2020. En los registros que comprenden el período enero – octubre la ciudad de Rosario reunió 604 casos, el 84,5 por ciento del total de los heridos en el departamento Rosario que registró 715. En la ciudad, según describe el informe, “se puede observar una cierta dispersión entre los territorios, a excepción del distrito centro”. En el mapa se ve cómo los puntitos rojos que marcan cada hecho se desparraman por toda la ciudad y en el centro y macrocentro solo se ven unos pocos casos.

El informe menciona principalmente a los barrios Godoy, Bella Vista, Billa Banana, Alvear, Triángulo y Moderno del oeste rosarino. Y en el sur el sector que comprende desde barrio Tablada, los FoNaVi de Grandoli y Gutiérrez, Villa Manuelita, Moreno y Las Flores. Mientras que hacia el norte aparecen Empalme Graneros, Ludueña y Nuevo Alberdi. Lo más cercano al centro es República de la Sexta, donde a lo largo del año se registraron unos seis casos de heridos, además de los homicidios. Más de la mitad de los heridos por armas de fuego fueron atacados a menos de 500 metros de sus domicilios, un dato que puede aproximar a la idea de que incluso el lugar propio puede resultar peligroso. Otro dato que ayuda a dimensionar es la referencia etaria y de género: poco menos de nueve de cada diez víctimas son varones, y dos terceras partes son menores de 30 años. Las cifras confirman una tendencia ya histórica: quienes ponen la sangre son los pibes de los barrios periféricos.

¿Qué imaginan los pibitos?

“Ya estoy podrido de estar a los tiros, de vivir al límite, cansa. Yo desde los 13 años que tiro tiros, imagínate”. “Tengo 17, voy a cumplir 18. No me copa las cosas que pagan. ¿Entendés? Los otros van por chirolitas, van por dos pesitos, a mí no me copa. A mí me copa la guita, que paguen bien”. Las declaraciones pertenecen al material probatorio con el que los fiscales Matías Edery y David Carizza, de la Agencia de Criminalidad Organizada, imputaron en abril pasado una serie de delitos a Lucas Espinoza. El muchacho, de 18 años, fue acusado por un crimen en contexto de balacera a una vivienda, y por integrar una banda dedicada a la extorsión con vínculo con Los Monos, desde donde habría participado de otros ataques.

En las escuchas mencionadas luce cierta altanería, se adjudica cinco años de experiencia en el rol de gatillero y se diferencia de otros que parecen conformarse con trabajar por menos dinero. Lucas Espinoza se habrá considerado un sicario con trayectoria y poder en alza, pero terminó preso tan pronto como cumplió la mayoría de edad. Y a los pocos meses, en junio pasado, alguien tocó la puerta de la casa de su madre, que cuando se asomó recibió una ráfaga de disparos que apenas le permitieron llegar al hospital para morir ahí.

Lucas Espinoza se hacía llamar Berraco, un apodo no casual. Un derivado de “verraco”, un término tradicionalmente utilizado en Colombia pero que se popularizó en los últimos años por su constante referencia en las producciones audiovisuales de temática narco. Las series y películas sobre la vida de Pablo Escobar han globalizado un nuevo cliché aceptado sin chistido. Lo mismo ocurrió con otra frase hecha y difundida desde la industria cultural, que en Rosario se ha replicado en los ya típicos carteles con amenazas escritas en las escenas de las balaceras: “Plata o Plomo”.

Una aproximación a este fenómeno de consumo lo comparte con sus experiencias Mauro Testa, gestor cultural del Centro Especializado de Responsabilidad Penal Juvenil de Rosario, el ex IRAR. “Los pibes antes pedían ver El Polaquito, ahora piden ver las series de Pablo Escobar. Se las vieron todas, aunque yo no se las doy se las llevan desde afuera. Después se empezaban a llamar así, a repetir frases”, cuenta. Es algo que se ha dado en distintos sectores sociales, si tan solo basta con revisar el archivo digital propio para ver entre grupos de WhatsApp los sticker o memes con frases de Pablo Escobar. “La clase media por ahí tiene otra forma de asimilarlo, pero los pibes veían eso y después querían hacerlo. Esas son cien por cien imposiciones de los medios”, explica Testa.

“Están en una edad y en una condición en la que la escuela ya no hace grupo, la familia menos, el club no existe. Eso lo reemplazan con sus bandas, donde obviamente hay necesidad económica y de subsistencia, o para consumir lo que sea, pero después más allá está el grupo”, dice Testa. Pero a su vez identifica que en los últimos años muchos chicos ingresan al ex IRAR y toda la cuestión identitaria queda afuera. Incluso en vez de alardear sus vivencias suelen negarlas. Tal vez porque puede traer problemas hacia adentro, tal vez porque una vez que cayeron son reemplazados.

Pero afuera es otro cantar. El mundo del narcotráfico ofrece identidad, aunque sea volátil. Y al funcionar con estructura de mercado sus lógicas se reproducen, como ocurre en muchas otras actividades incluso legales. El narcotráfico se afirma no solo por la impunidad y la corrupción institucional que garantiza su viabilidad, sino que también se afianza por los comportamientos y modos de vincularse que propone y necesita. Así lo explican Claudia Esthela Espinoza y Guillermo Núñez Noriega en su estudio “El narcotráfico como dispositivo de poder sexo-genérico”: “El narcotráfico es un dispositivo de poder sexo-genérico que produce sexualidad y género en los sujetos: ideas, valores, actitudes, percepciones, prácticas, relaciones, subjetividades, identidades sexuales y de género; por supuesto, con arreglo a parámetros heteronormativos y androcéntricos”. Es una actividad principalmente masculina, y aunque en los últimos años se ha notado un incremento en la participación de mujeres continúan primando los parámetros androcéntricos. En este sentido los autores analizan: “El narcotráfico es un dispositivo integrado en una economía política de producción de sujetos hetero/patriarcales, tanto hetero/masculino/patriarcales, como hetero/femenino/patriarcales”.

Los casos de Rosario

El texto citado hace fuerte hincapié en la llamada “narcocultura”. Y, si bien hace referencia a México, podrían encontrarse semejanzas con ciertos fenómenos que se fueron dando en Rosario en los últimos años. Según los autores la narcocultura tiene “un universo simbólico propio, un sistema de valores específico, cuya premisa básica es el honor, a tono con algunas características de las mafias mediterráneas (valentía, lealtad familiar y grupal, protección, venganza, generosidad, hospitalidad, nobleza, prestigio)”. En el ámbito de la producción cultural también se pone en juego la cuestión de género: “El narcotráfico es un negocio que produce ganancias multimillonarias, pero en cuyo corazón ideológico reposa una propuesta organizativa de las identidades/subjetividades de sexo-género de los hombres. El narcotráfico posee un brazo ideológico de género y sexualidad que se extiende hacia la industria cultural. Mediante ese brazo ideológico el tráfico de drogas coadyuva en la construcción de sujetos, desde su interioridad, con la finalidad de que sean útiles a su lógica económica y de intereses”.

“Cómo poder vivir sin él, el pilar de la familia, el hombre al que todos en casa respetan y quien era un ejemplo para todos por su fortaleza, su sencillez, sensible al dolor ajeno, siempre ayudando a quien lo necesitaba sin esperar nada a cambio, creo que si me dieran la oportunidad de volver el tiempo atrás sin pensarlo lo volvería a elegir”. La leyenda está escrita sobre un muro en barrio La Granada, en calle Khantuta entre los pasajes 514 y 516, y a su lado tiene el rostro del Pájaro Cantero, ex líder de Los Monos asesinado en mayo de 2013. Ahí mismo hay una canchita de fútbol de césped, que en alguna ocasión los vecinos del barrio aseguraron que fue una iniciativa del Pájaro para los pibes. El mural homenaje se hizo en 2013, pero en noviembre de 2019 fue renovado en el marco de lo que hubiera sido su cumpleaños 36. Ese gesto puede dar la idea de que el muerto no se ha olvidado, y que el homenaje en lo que fue su barrio se renueva de forma permanente. En varios informes televisivos de medios nacionales los vecinos de La Granada hablaron del Pájaro con respeto y mencionaron aquello de la solidaridad con los suyos.

El homenaje es sincero, y cada quien homenajea a quien quiere. La cuestión pasa por cómo, y cómo ese homenaje puede desdibujarse cuando surge de los pibitos que pueden terminar expuestos. Cuando sucede aquello que Mauro Testa identificó en el ex IRAR con los pibes que pedían ver una y otra vez las series sobre Pablo Escobar y después se imaginaban vidas como esas tan romantizadas por la industria cultural. La historia de Berraco, mencionada más arriba, tiene un par de componentes llamativos y puede representar la de muchos otros pibes. Al momento de ser imputado se lo vinculó a una banda con banca de Los Monos, y valdrá preguntarse cómo fue que llegó a formar parte. En las escuchas mencionadas dijo que tiraba tiros desde los 13 años, más o menos la edad que tenía cuando ocurrió el asesinato del Pájaro Cantero y se precipitó el desmadre en la ciudad. Fueron siete años que habrán sido muy intensos, en los que el chico pudo zafar de la ley hasta hoy. Después de que cayó algo parece haber comenzado a desmoronarse, como ocurrió con el asesinato de su madre con todos los tintes de un crimen por encargo.

Berraco en prisión con 18 años y tantos pibes de su edad asesinados en los últimos años son la demostración de que es una certeza aquella premisa que sugiere que en ese eslabón del negocio de las drogas, el más expuesto, el que no termina preso termina tras las rejas. Mauro Testa cita una experiencia puntual en su trabajo que corrobora esta idea: cuando se le ocurrió hacer un ejercicio en el que los pibes tenían que escribir cómo se imaginaban en cinco años las respuestas no se corrieron de esas dos opciones: muertos o presos. “Ellos saben que para la sociedad sus vidas no valen. Es vivir el hoy y a la mierda. No pueden planificar nada, ni económicamente, ni el estudio, ni la familia. Yo creo que no lo eligen, en absoluto”. Lo que ven y consumen en los medios de comunicación, o lo que ven y escuchan en sus entornos, parece configurar en los pibes una proyección. Tal vez intensa, pero probablemente limitada.

También en el ambiente musical se han dado expresiones que realzan el modo de vida narco. Un caso puntual traza una parábola con caída trágica: la vida y muerte del trapero Mujikha, Diego Fabio Mujica, de 24 años. En el videoclip de su tema “Atrevido”, publicado en diciembre de 2019, el muchacho canta con un arma de fuego en la mano, encañona a uno, le canta a otro que su puta lo ama a él, y así. En su cuenta de Instagram Mujikha alardeó revólveres, ametralladoras, y un estilo de vida que tal vez fue el que lo precipitó a su muerte. Una tarde del último junio estaba en su auto, estacionado en Cerrito al 2800, cuando dos tipos lo sorprendieron a los tiros. Él apenas pudo atinar a defenderse con un disparo del  arma que fue encontrada entre sus piernas. En su foto de perfil el chico lucía una personificación del personaje Tony Montana, otro cliché que ganó lugar en la identidad de los pibes y que en el caso Mujikha solo se adecuó a su final.

Espinoza y Núñez Noriega analizaron lo siguiente en “El narcotráfico como dispositivo de poder sexo-genérico”: “Algunos elementos de la cultura del narcotráfico que se nutren y nutren a la sociedad en su conjunto, enfatizan esta dimensión ideológica de género y su promesa identitaria. Entre estos elementos pueden mencionarse la vestimenta, el lenguaje, las poses, las performatividades, los objetivos que nos hablan de poder y valentía, las frases que se multiplican en demostraciones de fuerza, valentía, temeridad y nihilismo”. En el ejemplo del trapero Mujikha se ve también el rol al cual limitan a la mujer en sus videos. Los autores, sobre esto, encuentran una generalidad y la explican: “Las mujeres desempeñan el papel de acompañantes indispensables para proveer de veracidad al proyecto identitario masculino y heterosexual, de acuerdo a los cánones patriarcales del hombre. Las joyas (auténticas o falsas) dan el toque de glamour a una estética atravesada por el hiperconsumo y el descarte”.

Hay un caso muy particular: durante 2019 una chica menor de edad había publicado un par de temas de trap en los que hablaba de amores y desamores. La mitad del 2020 la encontró con otro nombre artístico e integrando un grupo de raperos que filmó un videoclip (de donde sale la imagen que ilustra esta nota) también con armas en la mano y hablando de “atracos”, y con un tema individual en el que dice traficar marihuana. Una transformación tan repentina que sugiere un pasado borrado para ser reemplazado por un presente acorde a demandas o expectativas.

En noviembre pasado otro grupo de rap estrenó una canción en homenaje al Pájaro Cantero. Lo hizo en el marco de su cumpleaños 37, y el video clip muestra a varios pibes y pibas en la canchita donde está el mural. En este caso no hay alarde de violencia, ni armas, ni drogas. Es solo un homenaje sentido a un referente del barrio, y a los pibes parece no importarles lo que se dice de Cantero por fuera de La Granada.

Ninguna de las referencias a la cultura del narcotráfico y la violencia detectadas en estas producciones opaca el talento de estos pibes y pibas. Ahí hay otra gran cuestión de fondo: la decisión, la potencia, el talento y la perseverancia de quienes quieren vivir del arte. Y qué hace con ellos y ellas la industria, que una vez que un tipo de producto fue exitoso obliga al artista a repetir y repetirse aunque no represente su identidad. El mercado no repara -o sí, a su manera- en los contextos en que se produce, ni en el impacto que tendrá, ni en la exposición a la que someterá a los artistas. El mercado, legal o ilegal, no repara en las vidas si no es para aprovecharse de ellas.

Volver al movimiento social

“¿Cómo puede haber un nene de 14 años disputando el territorio con otro que es más grande o que tiene su misma edad?  ¿Quién se beneficia, si a los pibes los cambian como si fueran una cosa? ¿A quién le molesta que las organizaciones tratemos de que los chicos sean alguien en la vida?”.

Las preguntas son unos de los motores de la transformación. En este caso las formulan las mujeres de Territorios Saludables, motivadas por lo que ven que sucede en el barrio y lo que se dice que sucede. Porque aquello de la disputa de territorio suele ser un enunciado cierto pero se queda ahí, en el hecho puntual, sin más preguntas. En este colectivo en particular, pero en muchos otros movimientos sociales, crece la idea de que el protagonismo de los pibes y las pibas en la criminalidad puede transformarse con el protagonismo de los pibes y las pibas en otros procesos.

Cuando el Estado no termina de hacerse presente de manera integral, esto es con una pata más fuerte que la represiva, comienza una disputa. Al principio puede ser imperceptible, pero está ahí produciéndose todo el tiempo. Este año, con la particularidad de la pandemia y el aislamiento obligatorio, se hizo más visible. “La pandemia nos dio un sacudón, y el pibe que elegía estar en alguna organización tuvo que elegir otro camino porque el padre salía a cartonear y en ese momento no se podía, la madre trabajaba de limpieza y no podía. Muchas veces no se tiene opción de elegir, es ayudar a la familia para que puedan comer papá y hermanos. La pandemia hizo que las organizaciones vayan para atrás y avancen otros”, dicen en Territorios Saludables.

Así, tan gráfico: cuando retroceden las organizaciones sociales avanzan otros. Lo mismo con el Estado, que a veces ni llega a estar. Por eso desde este colectivo proponen un trabajo en conjunto que le pueda garantizar el protagonismo a la juventud y a la militancia barrial. El ejemplo lo pone la historia del Centro de Acceso a la Justicia de Moreno -iniciativa del Ministerio de Justicia de la Nación- que cerró durante el gobierno de Macri. “El barrio sostuvo una lucha de seis meses y no nos escuchó nadie. No podíamos seguir sosteniendo esa lucha pero tampoco podíamos claudicar porque había costado mucho. Las compañeras dijeron que no podíamos dejar este vacío, que teníamos que formarnos y aprender lo que sea”, dicen las mujeres de Territorios Saludables. De esa experiencia surgió el espacio que hoy es la Oficina de Empoderamiento Comunitario: “Pero ya no con la centralidad que tiene la política pública del profesional que viene de afuera, sino con la centralidad de las compañeras y a partir de ahí acudimos a profesionales”. Explican que no es lo mismo un espacio estatal en el cual el empleado a las cinco de la tarde no aparece más por el barrio, que la presencia de vecinas que “se las encuentran en el almacén, en la calle y si no le golpean la puerta de la casa”.

Territorios Saludables cuenta con la Oficina de Empoderamiento Comunitario, con un espacio de jóvenes y una colonia para niñas y niños. Todos proyectos pensados en base a lo que el Estado no pudo afirmar: el ejemplo es que el Centro de Convivencia Barrial más cercano está a diez cuadras, del otro lado de Oroño, y es una referencia para otra población de la zona. “Construimos todo esto respondiendo a lo que sucedía en el territorio. Acá pasaba que estaban los grupitos de Moreno, los de Dorrego, los de Balcarce, esas fronteras de cien metros. Y con la colonia uno de los objetivos fue que los niños tengan una crianza compartida y se junten más allá de sus familias y a qué estuvieran vinculadas”, cuentan.

“Antes los pibes que vivían cerca entre ellos no se saludaban, y después de pasar por acá se hacen grupos de amigos, y si no se llega a la amistad se sabe que nos tenemos. Ahí es cuando el territorio nos cuida, y eso es transformador”, dicen las mujeres. Hoy, cuentan, en la organización los pibes y las pibas acompañan el recuerdo y el pedido de justicia por los que ya no están, pero también insisten con el ahora: «Qué pasa con nosotros que estamos acá, que estamos vivos y nos pasan un montón de cosas». Es entonces cuando vuelve aquel disparador que surgió como amenaza en uno de los tantos casos que han escrito la historia reciente de la ciudad. “Acordate que los pibitos crecen”: un mensaje que tomará quien se pueda hacer cargo de semejante certeza.

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