Los resultados de las últimas elecciones dejaron un escenario político que tiene varias aristas por donde pensar un análisis. Todos los espacios políticos en disputa intentaron encontrar algún motivo para transformar la cantidad de votos obtenidos en una razón de celebración. En términos estrictamente numéricos, el gobierno nacional sufrió una derrota en los principales distritos del país. Derrota que se aminoró por la cantidad de sufragios logrados en comparación con las PASO. El termino “remontada” del oficialismo generó un clima de incomodidad en los festejos de la oposición, sumado a la aparición de fenómenos puntuales como la obtención de bancas por parte de fuerzas políticas vinculada a la ultraderecha y la buena elección del Frente de Izquierda en Capital Federal, provincia de Buenos Aires y Jujuy. La consistencia del Frente de Todos en el Ejecutivo nacional, el acuerdo con el FMI y los desafíos que se le presentan tanto al gobernador santafesino, Omar Perotti, como al intendente Pablo Javkin fueron algunos de los aspectos que Enredando abordó en esta charla con el Doctor en Ciencias Sociales, investigador del Conicet y uno de los editores de la revista Crisis, el rosarino Juan Pablo Hudson.         

Fotos: Télam

Al momento de comunicarnos con Juan Pablo Hudson, la Plaza 25 de Mayo en Capital Federal se colmaba con miles de militantes que decidieron dar una muestra de apoyo al presidente Alberto Fernández, luego del resultado de las elecciones legislativas del último domingo. Una imagen solo comparable con el día de la asunción del nuevo gobierno, aquel 10 de diciembre de 2019, y que no pudo repetirse por la llegada de la pandemia de coronavirus que asoló al mundo entero en los últimos casi dos años.

La fecha elegida tuvo que ver con la conmemoración del regreso del General Juan Domingo Perón al país, un 17 de noviembre de 1972, luego de 17 años en el exilio. La cercanía con los resultados del último domingo, dieron a la convocatoria un tinte particular. “Estaba más pensada para un escenario catastrófico eleccionario que para lo que finalmente resultó”, sostiene Hudson. “La línea más cercana a Alberto Fernández, tanto de la CGT como de los movimientos de la Economía Popular, querían dar una muestra de apoyo en caso de que el gobierno quedara en una posición de fragilidad muy grande si se repetían los números de las PASO en la provincia de Buenos Aires”, explica el Doctor en Ciencias Sociales que sigue de cerca el devenir de la política argentina, tanto desde sus trabajos académicos como en sus publicaciones en la Revista Crisis.

Para Hudson, el domingo electoral tuvo la aparición de “dos Albertos”. Por un lado, se pudo ver a un Presidente leyendo, en un mensaje grabado, el anuncio de un programa económico vinculado al pago de la deuda con el Fondo Monetario Internacional (FMI) y, por otro lado, hubo un Alberto Fernández en el bunker oficialista celebrando un triunfo en algunas provincias y la recuperación de votos en Buenos Aires. “Luego de una dura derrota, pero donde por lo menos el gobierno logró empardar la situación en Buenos Aires, creo que quedó extraña la movilización”, analiza Hudson. “Como fuera de contexto y, más aún, después de que Alberto Fernández la presentara como una marcha para festejar el triunfo cuando, en realidad, habían perdido”, agrega.

 

¿La aparición de ese mensaje grabado tuvo la intención de contrarrestar consecuencias negativas, desde un punto de vista económico, al lunes siguiente?

— Creo que el domingo hubo dos Alberto Fernández. Uno es el que irrumpió en ese video grabado y muy pensado, de hecho, se lo veía muy rígido leyendo en el telepronter. Hablándole ya no a los militantes del Frente de Todos sino a la comunidad de negocios y sobre todo al FMI. Pensando, por un lado, en un lunes catastrófico con los mercados desatados, luego de quince días previos con subidas del dólar paralelo, pero también sabiendo que los tiempos de la negociación con el FMI se acortaron y llega el momento de un acuerdo. Por lo tanto, salió a ocupar el centro de la escena de ese domingo y fue muy impresionante porque cuando sale el video, al mismo tiempo, estaba hablando Rodríguez Larreta y el resto de Juntos por el Cambio, lo cual tomó por sorpresa a todos. Quizás sea lo más importante de la jornada electoral porque ese anuncio del envío de un plan de gobierno, que en definitiva es un intento por mostrar un plan al FMI, es el parteaguas que va a tener de acá en más la política argentina. Donde quizás el Frente de Todos tenga que empezar a arrear algunas de sus banderas y volcar un ajuste sobre la economía, según cuáles sean los pedidos que vaya a realizar el FMI. Y la oposición va a tener que tomar una postura; le suelta la mano y deja que el peronismo haga el ajuste o llega a una especie de gran acuerdo nacional y participan también de ese ajuste. No porque Larreta y Juntos por el Cambio quieran fortalecer al Presidente, sino más bien porque están pensando en un eventual gobierno propio en el 2023, si logran ganar las elecciones.

Foto: Télam

Hablas de un posible ajuste sobre la economía, como parte de los pedidos que puede llegar a realizar el FMI, ¿crees que esas medidas ya están consensuadas dentro del Frente de Todos? Por otro lado, ¿es posible, en este momento de la oposición, lograr esa mesa de concertación para un gran acuerdo nacional?

— Sobre la primera pregunta, el gobierno filtró en la prensa, y en algunos casos directamente lo dijo, que el acuerdo dentro del Frente es total y cuenta con el apoyo de Cristina Fernández, la Cámpora y del kirchnerismo más duro. A mí me quedan mis serias dudas y creo que es muy frágil la situación dentro del Frente de Todos. No haber perdido las elecciones por la cantidad que se preveía, logró contener un poco, o por lo menos ralentizar, la crisis interna. Pero si el FMI pide a cambio lo que suele pedir; devaluación, ajuste de las tarifas, modificación del precio de los combustibles, etc., y esto genera el impacto que va a generar en una sociedad muy desgastada a nivel económico y anímico, tranquilamente Cristina Fernández puede decir: «yo llego hasta acá. No voy a avalar un ajuste de esta magnitud». Dependerá mucho de lo que el gobierno tenga que entregar en pos de un acuerdo, pero que haya homogeneidad de criterios me parece que es un cartel para el domingo pasado, en el contexto del cierre de las elecciones. Sobre lo segundo, el ala de los halcones de Juntos por el Cambio, que pueden ser Patricia Bullrich, Pichetto, Macri o Fernando Iglesias, es una línea que no va a colaborar en nada, salvo que el FMI también interceda con ellos, en todo caso pueden pedir más ajuste. En el caso del ala más moderada, por llamarla de algún modo, Larreta o Vidal, lo que puede primar es que están pensando en la gobernabilidad del 2023. Si Argentina no logra un acuerdo más o menos razonable, quienes van a tener que tomar las riendas políticas a nivel institucional son ellos y ahí la cuestión va a estar muy peliaguda. Si asumís en un país completamente en default, o con compromisos muy regresivos, después tenés que hacerte cargo durante cuatro años y ellos ya saben cómo es gobernar una Argentina destrozada, como fue la segunda parte del mandato de Mauricio Macri. Habrá que ver qué se impone al interior de Juntos por el Cambio donde tampoco existe una homogeneidad.

La movilización a Plaza de Mayo por el día de la militancia, luego de un tiempo donde la pandemia no permitía ese tipo de aglomeraciones, estuvo en línea con un sector del Frente de Todos que viene apelando al pedido de este tipo de actos como parte de la recuperación de una cierta épica o relato, en un contexto donde emergieron sectores más de derecha que han podido cooptar de alguna manera la calle. ¿La movilización popular es una variable a tener en cuenta de cara a las negociaciones con el FMI?

— Me parece que ese es el gran problema y el punto es que, como decís, quienes han logrado mostrar mayor capacidad de rebeldía y movilización en las calles han sido sectores de derecha. Como cuando se opusieron al encierro por la pandemia, en ese caso una derecha representada por Juntos por el Cambio, y fundamentalmente estas minorías intensas que representan a la ultraderecha. Veo que la movilización ha venido por ahí y no por la izquierda en ninguna de sus versiones, trotskista o de otro tipo, y mucho menos por el lado del gobierno. Ni los sindicatos o los movimientos sociales, que en su mayoría están encuadrados en el gobierno, han salido a la calle a marcar la cancha o a dar su apoyo cuando, por ejemplo, se trató tibiamente de tomar algún tipo de medida como fue la situación con Vicentin. No hubo una Plaza de Mayo con los sindicatos y los movimientos de la Economía Popular bancando la medida, al contrario. Y el gobierno no ha hecho otra cosa más que obstaculizar cualquier tipo de movilización posible. Tanto Alberto Fernández como Axel Kicillof, durante sus casi dos años de mandato, se ocuparon de mandar a la gente a la casa y eso después se paga. Se pagó con una derrota muy dura en las elecciones y porque no se construyen consensos posibles en torno a medidas necesarias a nivel económico y social que beneficien a las mayorías. Me preocupa, por un lado, la actitud del gobierno, pero también que no haya una imaginación política y una audacia desde abajo. Porque atribuirle solamente la falta de movilización a un gobierno como el de Alberto Fernandez es olvidarse que la Argentina tiene una tradición de lucha que va más allá de lo institucional y de lo que el poder ejecutivo dictamina. Y esto, a veinte años del 2001, no aparece. Esa falta de rebeldía, audacia e imaginación por abajo, sumado un gobierno que se ha dedicado a la austeridad fiscal, cuando digo austeridad fiscal hablo de ajuste, que solamente se quebró a partir del resultado de las PASO, deriva en lo que estamos viviendo.

Relacionado con lo que decís, creo que a partir de ahora la izquierda va a tener un rol definido oponiéndose a cualquier tipo de acuerdo que realice el gobierno con el FMI. Sin embargo, ¿no existe una falta de actualización en cuanto a lo que la izquierda argentina propone? Teniendo en cuenta que la derecha terminó mutando en esta ultraderecha, que tal vez no es novedosa porque viene importada de experiencias como en España o EE.UU.

— Absolutamente, porque en las elecciones creció la izquierda trotskista, sobre todo en Jujuy, Buenos Aires y Capital Federal, pero creo que obedece más a un desencanto vinculado con las opciones que organizan la grieta en Argentina, que son Juntos por el Cambio y el Frente de Todos. Ahora, la izquierda más trotskista se enoja con el gobierno, y con razón, por su política de austeridad, también se enoja con los sindicatos y los movimientos sociales más cercanos al oficialismo, pero a la vez no es capaz de sentar agenda. Porque si depositas solamente en el Estado, los movimientos de la Economía Popular y los sindicatos, la responsabilidad de fijar nuevas agendas es porque evidentemente tenés una debilidad. Cuando surja este envío de proyecto de acuerdo con el FMI y el programa del gobierno, la izquierda va a tomar una posición más dura y me parece bien, porque debe asumir esa posición. Pero distinto es cuando sos capaz de generar un programa propio que tenga algún tipo de verosimilitud. Porque podés tener algún programa propio que contemple la estatización de todo o el fin de la propiedad privada, algo que yo apruebo, pero después ese programa debe tener algún tipo de realidad política. Una cosa es la realpolitik en la que cae el gobierno y, por lo tanto, no va a hacer nada porque supuestamente no hay consensos sociales o porque la relación de fuerzas con el empresariado y el FMI son más que frágiles. Y otra cuestión es cuando se pierde de vista completamente la realidad política de un país y tus proclamas se distancian demasiado. En definitiva, termina siendo un relato, o un tipo de proclama, para una minoría muy politizada pero que no interpela a otros sectores sociales.

Da la sensación que la militancia se modificó, en tanto cómo nos vinculamos con la tecnología, ya que pasamos más tiempo frente a pantallas o en redes sociales, y montar un relato desde lo colectivo imagino que debe ser arduo. Sin embargo, los espacios de ultraderecha han logrado aglutinar en torno a discurso cargados de odio o rechazo a la clase política. ¿Estas opciones capitalizaron mejor el clima de época en la forma que comunican sus proclamas?     

— Es un relato que logra conectar con una determinada sensibilidad social. Escribí hace unos meses atrás una nota sobre Milei, donde hablé mucho con él y con militantes libertarios que me hicieron hincapié en que el vínculo con las ideas políticas propias del pensamiento anarco liberal arranca con algo muy empático a partir de la figura de Javier. Sus posiciones tan extremas, sus gritos, su modo de expresar el descontento generan una empatía. De hecho, eso lo diferencia generacionalmente con otros economistas que tienen las mismas ideas, y que también pululan en los medios, incluso el mismo Espert que forma parte de Avanza Libertad, pero que no logran lo mismo. En cambio, cuando los militantes lo ven a Javier Milei con ese histrionismo tan mediático, muy de redes sociales, realmente se sienten interpelados. Arranca por ahí, con una conexión más desde lo corporal y anímico, y después con la lectura de algún texto o artículo de algún libro. Eso me parece que es un mérito que tiene Milei. Los libertarios son una minoría muy intensa en las redes sociales. No sé cuanta durabilidad tendrá, pero no veo que esté ocurriendo con otra fuerza política. Como sí ocurrió masivamente en su momento, y estamos hablando de otra magnitud, con el kirchnerismo donde había una cuestión no solo de coincidencias porque la situación económica mejoró, sino porque había un tipo de relato que interpelaba también emocionalmente a las mayorías. Esto de alguna manera continua, pero con una cantidad de la población mucho menor. El kirchnerismo era un Estado creciente con muchas mejoras económicas y sociales, y con un relato capaz de conectar emocionalmente con la gente. Me acuerdo de Cristina Fernández hablando en la Plaza de Mayo con la gente escuchándola y llorando. Eso con Alberto Fernández no ocurrió y Cristina es una figura que todavía lo genera, pero tiene el desgaste propio de alguien que ya pasó por dos presidencias y una vicepresidencia. En la medida que no se traduzca esa relación empática con mejoras económicas se cae o por lo menos se fisura.

Foto: Télam

¿No hay una sobre dimensión del fenómeno Milei? Algunas cosas que dice, sobre todo quien le sigue en la lista, Victoria Villarruel, como negar la dictadura militar, son discursos que sabemos que existieron siempre en la sociedad solo que ahora tienen representatividad política.

— Si bien las derechas y las extremas derechas existieron siempre en la Argentina, no relativizaría la novedad que traen los libertarios. Y lo digo en un sentido muy preciso, creo que han logrado correr los límites de lo que se puede decir como pocas veces ocurrió, y eso no me parece menor. Aún si Javier Milei hubiera sacado una muy baja cantidad de votos, previo a la elección, considerábamos que ya había ganado porque había sido capaz de decir, e instalar, algunas ideas que antes tenían un consenso que impedía decirlas. Haber colocado como segunda en la lista a Victoria Villarruel es una muestra muy clara de eso. Que la segunda candidata no trate de disimular en nada su discurso me parece preocupante. Nuestra idea es que quizás lo de Javier Milei tenga vida corta, en el sentido de que no sea capaz por razones personales de construir una fuerza orgánica perdurable en el tiempo, pero sí nos parece que hay un segmento de la población que puede conectar con este tipo de propuestas y ahí el riesgo es cuando aparezca un cuadro político más experimentado. No me parece algo meramente retórico o discursivo. Que alguien como Espert sea capaz de decir lo de cagar a balazos a los que roban o Milei pidiendo la privatización de todo, el cierre del Banco Central, el fin de la Asignación Universal por Hijo y que, así y todo, saque el 17% en una de las ciudades más importante de la Argentina, como es Capital Federal, me parece que hay que tener cuidado. Nunca hay que subestimar a este tipo de experiencias, y no por eso construir un fantasma inmediatamente, pero no hay que subestimarlo. Primero por lo que sucede a nivel global, y después porque en la medida que la grieta empieza a agotarse, en el sentido que las dos fuerzas que la componen ya no atraen como lo hacían antes perdiendo millones de votos desde el 2019 para acá; o viene algo por izquierda, que decíamos antes que no aparece, o lo que surgen son este tipo de opciones de ultraderecha que en alianza con un sector como el de Patricia Bullrich, con una militancia orgánica y con cuadros políticos de fuste, pueden armar una opción electoral de cara al 2023. Cuando un país como Argentina, a 20 años del 2001, en lugar de explotar, implosiona internamente, tanto a nivel individual como institucional, no se sabe lo que puede venir. Por eso no hay que subestimar ni ubicar a los libertarios como algo que siempre estuvo dando vueltas.

“Preocupa la actitud del gobierno pero también que no haya una imaginación política desde abajo”

Mencionás un desgaste de la grieta y a punto de cumplirse dos décadas del estallido de diciembre del 2001, ¿no existe un resurgimiento del radicalismo, tanto a nivel nacional como en Santa Fe?

— Sí, lo hay. Más que un resurgimiento es una especia de resiliencia que al radicalismo le demandó veinte años. Me parece que en la figura de Manes en la provincia de Buenos Aires tienen una oferta posible para el 2023, ya sea en la gobernación o incluso a nivel nacional. Lousteau por su parte en Capital Federal ya se viene instalando hace muchos años y después está el caso en la provincia de Santa Fe donde el radicalismo, en sus distintas alas, copa el escenario institucional y electoral.

Con fenómenos particulares, como la foto después de la elección entre el intendente de Rosario, Pablo Javkin, y el senador electo de Juntos por el Cambio, Dionisio Scarpin.

— En ese caso pienso en dos cuestiones. Por un lado, a Juntos por el Cambio le vuelve a pasar esto de colocar figuras mediáticas, como Carolina Losada o en su momento Miguel del Sel, que tienen una relación con el electorado inmediata porque son figuras muy conocidas a las que no hace falta instalar, pero que después a la hora de los bifes, cuando llegan las elecciones generales, hacen agua. Del Sel estuvo a un paso de ser gobernador y nunca se supo si en realidad prefirió no serlo. Lo otro es que existe una relación de fuerzas en el radicalismo que me genera muchas dudas. Porque está el ala más moderada y progresista, que vendría a representar Javkin, pero que en un escenario de crisis profunda no sé las alianzas posibles que puede llegar a realizar. Ya lo hizo en su momento con Elisa Carrio, y ahora se saca esta foto con este personaje mucho más conservador. Pero en Rosario veo otro fenómeno que es importante mencionar y es que los porcentajes que sacaron las fuerzas en el Concejo hablan de una crisis de representatividad gigante. Los analistas locales trataron de traducir esto como una especie de mejora en la democracia interna de la ciudad y para mí sucede lo contrario. Me remitió a la elección nacional del 2003 donde Menem, Kirchner y López Murphy obtuvieron cerca del 22% cada uno. Es decir, más que una redistribución equitativa y mayor calidad democrática lo que hay es una crisis de representatividad enorme. La foto de Pablo Javkin no es casual, debe tener sus temores acerca de cómo sostener la gobernabilidad de acá al 2023 con un Concejo Municipal tan fragmentado y con tan poco atractivo que generó su opción electoral en alianza con un socialismo en crisis.

Se puede agregar también al análisis que de las cinco listas que fueron a la elección para el Concejo, cuatro fueron encabezadas por comunicadores con un pasado televisivo. Y en el caso de Tessandori, fue elegido como concejal sin el apoyo de la estructura de un partido tradicional.   

— Creo que es parte de la crisis de representatividad y la necesidad de incorporar actores que ya estén instalados en el conocimiento social mediático. No hay tiempo y existe mucho temor a instalar figuras más militantes. Le pasó a Mónica Fein en el 2019 cuando instaló a Verónica Irizar, pero le costó muchísimo que tuviera conocimiento público y era una dirigente política partidaria fuerte. Es una pena, si bien hizo una buena elección, que Ciudad Futura no pudiera crecer más. En este contexto de crecimiento de las izquierdas por el descontento con los partidos tradicionales pensé que podía dar un paso más. De todos modos, van a tener cinco concejales propios.

Y se podría pensar que será uno de los bloques más sólidos dentro del Concejo.

—Totalmente. Son una izquierda con un proyecto a largo plazo. Si analizamos la buena performance de las izquierdas trotskistas, se puede pensar que es bien coyuntural como consecuencia del descontento que se ha venido dando. En cambio, Ciudad Futura lleva años de solides política y eso lo diferencia. Uno no podría decir que su elección es solo como consecuencia de un descontento con las fuerzas mayoritarias, sino que hay algo más, ya están instalados. A su vez, eso les jugó en contra, porque creo que Ciudad Futura no está identificada como una fuerza antisistema, como sí puede ser la izquierda trotskista. Entonces, aquel votante que quería ir por los márgenes, creo que no vio eso en Ciudad Futura, porque son una fuerza que tiene una traducción institucional desde el 2015, con una participación muy activa.

«La necesidad de incorporar actores que ya estén instalados en el conocimiento social mediático. No hay tiempo y existe mucho temor a instalar figuras más militantes»

¿Cómo analizas la situación del gobernador Perotti a partir del resultado del domingo? En una provincia que sigue atravesada por la violencia y la problemática narco.

— Le quedan dos años durísimos a Perotti y está padeciendo la gobernación. Primero porque Santa Fe, como cualquier provincia de la Argentina, sufre cuando la situación nacional es tan frágil a nivel económico y financiero. Luego por esta crisis de la seguridad en la ciudad de Rosario que no tiene freno ni piso y que no ha sabido abordar. Creo que nos sorprendió a todos, para bien, en su momento cuando ubicó a Marcelo Sain en el Ministerio de Seguridad pero después salió como salió, es decir mal. Se podría hacer un análisis de porqué, pero salió mal. La ciudad más importante de la provincia está en llamas y a eso se le suma el malestar por la economía y los efectos de la pandemia. Y no me refiero únicamente a la cantidad de muertos, que es un fenómeno trágico pero muy situado en las periferias y en ciertas economías ilegales, sino al micro delito o delito predatorio de baja escala pero muy denso y agobiante que sí afecta a la ciudad entera y a la posibilidad de hacer algo con la policía. Por lo tanto, me parece que Perotti padece por distintos lados. Hubo cierto crecimiento en la ciudad con algunas industrias, pero todavía es demasiado leve a nivel macroeconómico y no tiene traducción en el bolsillo. Además, y en esto lo voy a exceptuar a Perotti, el esquema institucional que impide la reelección del gobernador es delirante, una iniciativa justamente de Pablo Javkin en su momento. No poder reelegir hace que, a mitad de mandato, un gobierno provincial quede con esta figura del pato rengo. Sabés que te tenés que ir y entonces es muy difícil entablar negociaciones políticas e institucionales. Creo que no se esperaba otra cosa, hubo una mala elección que ya venía de un estado de fragilidad, así que lo que le queda va a ser muy difícil. Ahora hay que ver qué decisión toma y tiene dos opciones; una es mantener la alianza con el gobierno nacional, sobre todo con el kirchnerismo, algo que siempre para Perotti es difícil de bancar; o armar un bloque de gobernadores peronistas más conservadores junto  a Schiaretti en Córdoba, Uñac en San Juan y Bordet que quedó en una situación de extrema debilidad en Entre Ríos.

 

 

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