Siguiendo la huella de las últimas flores, Santiago Beretta caminó la zona del cementerio El Salvador y charló con las vendedoras de claveles, rosas, lirios y gladiolas. Una inmersión hacia las historias profundas que habitan y desbordan este rincón de la ciudad donde se cruzan los vivos con los muertos.

Fotos: Mariana Terrile

— Estamos todos los días, de las siete de la mañana a las seis de la tarde, de lunes a lunes, inclusive en los feriados. Fiestas, 25 de diciembre, primero de año… No te olvides que todos los días muere gente. Y no hay horario. Viene el que fallece en el hospital o en un accidente de tránsito, viene el ahorcado y el apuñalado, viene el que cayó en un tiroteo… Nosotras estamos siempre.

Entre mate y mate, Nélida Griselda Butiérrez se presenta como una de las últimas pioneras de los viejos puestos de flores de las afueras del cementerio El Salvador. Se la ve tranquila, nutrida de una contagiosa vitalidad que el sacrificio le ha enseñado. Es castaña y sus ojos miel, de a momentos, se pierden en un paisaje inadvertido, como si mirara hacia adentro. Tiene el negocio por Francia, un par de metros al norte del ingreso, y por lo visto no sufre competencia. Los puestos vecinos están vacíos y el sol de la tarde del lunes ilumina de reojo estructuras de hierro venidas a menos.

—Algunos puesteros murieron, otros vienen de vez en cuando, y así está la cosa. El 90 % de los puestos ha cerrado —señala.

Los que estaban por Ovidio Lagos, atrás del Cristo y frente a la entrada principal del camposanto, fueron caducando en el último tiempo; y la realización de los Juegos Suramericanos de la Juventud les dio el golpe final. Vaya uno a saber por qué, “nuestros representantes” entendieron que si venían visitantes del exterior lo correcto era borrar de la calle a la gente y a sus labores, a sus rebusques y costumbres.

Foto: Mariana Terrile

—La flor es algo caro y cuesta mantener un puesto tan cargado como el nuestro. Tantas flores llaman la atención y por eso vendemos —agrega Paola, que trabaja con Griselda hace veinte años.

—Acordate siempre estas palabras: la flor es un lujo, un par de claveles son un kilo de pan —cierra Griselda.

A la vera de la avenida…

—Hace 44 años que estoy acá. Mi mamá se separó de mi papá y hubo que salir a laburar. Y con 12 años, ¿quién te iba a tomar? Del puesto caminaba cuatro cuadras y me iba a la escuela, la República de Bolivia, que antes era la Zona Parque. Año 77, 78, 79… Se trabajaba de las 7 de la mañana a 7 de la tarde, y el ambiente era bueno. Eran todas mujeres de lucha, me acuerdo una que venía del Swift —rememora Griselda.

«Viene el que fallece en el hospital o en un accidente de tránsito, viene el ahorcado y el apuñalado, viene el que cayó en un tiroteo…Nosotras estamos siempre»

Al lado del termo y del paquete de galletitas, una vieja radio portátil yace apagada.

—Yo fui pasando de puesto en puesto; fueron falleciendo los dueños… Pero vos tenés tu concepto yo tengo el mío. Para mí el ambiente no era bueno. Mi primera jefa era malísima. En ese tiempo compraba la comida a la vuelta, por Presidente Perón, compraba fideos con salsa y albóndigas, ponele, y se comía toda la salsa y las albóndigas, y a las pibas nos daba los fideos pegados de abajo, yo tenía unas ganas de… Vieja de…

Foto: Mariana Terrile

Paola lleva un elegante pañuelo negro que cubre su cabeza y corona su imagen morena. Tiene chispa: habla y sacude las palabras que pronuncia. Ante su relato, Griselda ríe y me mira divertida. Le pasa el mate y ríen a la par. Hace veinte años trabajan juntas, hablan intercaladamente y la complicidad que las une se hace evidente.

—De acá me iba caminando al liceo Bernardino Rivadavia —sigue Paola—. Tenía 13 años, ahora tengo 37… No, tengo 47. Trabajé en muchos puestos y en este me quedé.

— Llega a quejarse y le doy un sillazo —dice Griselda y ríe.

—Con ella tenemos una amistad, es distinto —aclara Paola, divertida.

Foto: Mariana Terrile

De los años vividos a la vera de la avenida Francia, de espalda al alto muro que recubre la necrópolis y trepidando en el silencio que espejaba sus caras, sus flores y sus charlas; de las horas tranquilas y de las horas tumultuosas, ambas guardan sus recuerdos:

—Había personajes que fueron desapareciendo. Esto era un desfile de locos, “El Soldado” era el más famoso. Salía del loquero y venía caminando por Francia, por el medio, pero de costado caminaba. ¿Entendés? Iba pasito a pasito, haciendo la venia, pero de costado. Daba un paso, hacía la venia, otro paso, y la venia… —evoca Paola con cierta nostalgia.

—En la zona era legendaria una mujer que tenía más de setenta años, cuando la prostitución estaba a flor de piel en la calle—narra Griselda—. La Doctora Puzzio, jueza de faltas de aquel entonces, había ordenado que no se la metiera más presa porque estaba excedida de años. Una mañana estábamos sentadas, ella se me aparece y levantando la mano derecha me dice: “Jjjuuuuuhhhhh”; “Eeeehhh”; “Iiiihhh”. “¿Qué le pasa?”, pensé. Yo había llegado tarde ese día, y las que estaban desde temprano me dijeron que la deje pasar. Claro, ellas sí sabían qué pasaba. La señora se había sacado los dientes y los había dejado en una mesita, y una de las chicas, limpiando, se los había tirado a la basura. Así que la dejé entrar al puesto, ella los buscó en el tacho, los lavó, se los puso y me dijo: “¡Venía a buscar los dientes, che!”. “¡Está bien!”, le dije…

—Era re legendaria —comenta Paola—, le decían La Pucherito. Viejita, chiquitita, flaquita. Paraba en Presidente Perón y avenida Francia. La conocía medio mundo. Algunos colectiveros por ahí cuentan que ella sigue estando… ¡Paren un poco che, ya tiene como 100 años pobre mujer!

No te digo que me veían los muertos pero…

—Te pagan una plata mensual para que vos le mantengas el nicho con flores y se lo limpies, y en invierno a las siete de la mañana está oscuro. Nosotras arrancamos ahí para después venir al puesto, entonces la recorrida la hacemos a oscuras —explica Paola—. Yo te puedo decir dónde hay una inscripción, dónde está el panteón de los maestros, que nichos tienen tercer subsuelo; de adolescente entraba a algunos que no tenían ni luz, y me daba cuenta que los cajones estaban abiertos.

Foto: Mariana Terrile

No estoy diciendo que me veían los muertos pero… Pero sí. Me veían todos los días y yo les tenía confianza. Hasta le ponía flores a la gente que nadie le ponía flores. Le ponía florcitas y me sentía cuidada.

— Estábamos más locos nosotras que los muertos —larga Griselda.

—Me parece que sí —acuerda Paola y vuelven a reír juntas.

—Capaz entrar a La Piedad nos da rechazo, pero El Salvador, al que venimos todos los días, es como la casa de nosotras.

Cuando van a pasar las cosas…

Durante la pandemia vinimos igual —recalca Griselda—. Primero porque esto es la fuente de ingresos de todas nosotras. Segundo porque hay algo que es muy cierto: en la cochería más de 10 no podían ingresar, lo mismo en el cementerio, así que los deudos esperaban al coche fúnebre en la entrada, y cuando bajaban al muerto le dejaban los ramos de flores sobre el cajón. En nuestro trabajo había un respeto al muerto: le dábamos a las familias la posibilidad de despedirse al menos con flores.

—¿Viste en esos días más entierros que en otras épocas? —pregunto.

—Ni hablar. Olvidate.

—¿Cómo viviste esos meses desde un punto de vista… existencial?

—Mira hijo, cuando van a pasar las cosas… pasan. Te dicen: deportista, nunca fumo, y acá está. Muerte súbita. Infarto. O escuchás: 17 años, la choco una moto y murió en el acto. Nosotras vemos llegar bebés que nacieron y murieron. Cuando van a pasar las cosas… Mi hijo estaba vendiendo, se arma un tiroteo y la liga de rebote —confiesa—. Uno va con la muerte todo el tiempo. Excusas quiere la muerte para llevarte, hijo.

Papeles en regla y flores rojinegras

Antes de comenzar la charla, Griselda me había mostrado unos papeles que guarda con recelo. Se trata de una carta que les envío a la Municipalidad de Rosario y de la respuesta que obtuvo. En su escrito cuenta que es madre de 9 hijos y sostén económico de los que, en minoría de edad, aún viven con ella. Que asiste a su madre y a su marido —que hoy sufre una discapacidad motriz—, que vive en el barrio Santa Lucía y concurre diariamente al puesto de flores, “sustento de vida para mi familia durante casi 40 años”, que el lugar “tiene una vida histórica en la ciudad”, que pueden obtenerse las mejores referencias de las miles de personas que han pasado por ahí, y que el comercio es considerado técnicamente como un puesto ambulante, “cuando en realidad es un puesto físico y fijo en la venta de flores”.

Foto: Mariana Terrile

Su inquietud era concreta: solicitaba que regularicen su situación, que la habiliten como “Kiosco para venta de flores”. “Mi humilde pedido es que se me permite seguir funcionando en el lugar, ahora con una regulación administrativa y legal del puesto”, escribió.

El permiso fue otorgado. Y aún sin electricidad y sin baño, encerradas en la intemperie callejera, las chicas dan el presente día tras día. En el húmedo y caluroso verano rosarino, y en las más frías jornadas invernales, incluso las de lluvia, el puesto y sus flores le guiñan a la ciudad un ojo multicolor:

—¿Vos imaginás un cementerio y que se te aparece? Flores blancas y amarillas, lo clásico. Fijate lo que vendemos: flores verdes, celestes, violetas… Es más, adornos florales tenemos — interpela Paola.

— Tenemos claveles, crisantemos, montoneras, gladiolas, rosas, gipsófila, lirios —enumera Griselda—. Esta variedad no la vas a encontrar en ninguna florería, te puedo jugar tu sueldo y el mío. En La Piedad los puestos están mejor ubicados y son más grandes, pero trabajan con sepulturas gratuitas, tienen una clientela más humilde, y entonces la mercadería es otra.

«No estoy diciendo que me veían los muertos pero… Pero sí. Me veían todos los días y yo les tenía confianza. Hasta le ponía flores a la gente que nadie le ponía flores. Le ponía florcitas y me sentía cuidada»

En el transcurso de la charla la venta es tranquila pero continua. Un hombre y su hijo bajan del auto, compran flores y saludan. Se suben al auto y se pierden en la ciudad. Un matrimonio mayor, que avanza despacio por la vereda, elige unas rosas y se mete en el cementerio, sin apuro. Tres hermanitos junto a su padre compran varios ramos de claveles y cuando Griselda les avisa que no agarraron el vuelto, le responden: “Ah, lo pensábamos dejar a cuenta para mañana”.

Foto: Mariana Terrile

Las chicas son amables, cálidas, pacientes, y los años de trabajo le han enseñado a ver lo que tienen enfrente. El producto que ofrecen, más allá de la variedad específica de las flores, no se logra sin creatividad:

— Cuando mataron al Pimpi Camino hasta vendimos flores rojas y negras — se enorgullece Griselda.

—No entendíamos nada, después nos enteramos —añade Paola.

—Vimos una caravana roja y negra, caía gente por todos lados; venían en moto, en auto, en camión, en colectivo…

—Pintamos los claveles blancos con aerosol negro [especial para flores], los juntamos con los rojos e hicimos los claveles de Newell´s.

—Ese fue un funeral grande, otro así no vimos. No te olvides que el Pimpi era querido por la gente. Incluso había vecinos que no era de Newell´s y lo quería por que los ayudaba.

Cuestión de clase

—Lo que se nota en este cementerio es un nivel social alto. Vienen a enterrar a un ser querido, bajan del auto todos pitucos y hablan: “Ay sí, vi el programa anoche”. O se cuentan: “Ayer me compré un celular nuevo…”. Cero sentimiento. En La Piedad se desggggarran del dolor. Hay casos y casos, seguro, pero… ¡como tiene asumida al muerte la gente de plata, eh! —dispara Paola.

Griselda asiente:

—La mayoría de la gente que viene no demuestra ese dolor que vemos en La Piedad….

Poner la oreja

—Lo más lindo que viví es el contacto con la gente. Gente que podría parar en señoras florerías, grandes florerías, y nos compra a nosotras y nos trata como familia —siente Griselda.

—Somos un poco psicólogas. Todos los días escuchamos a la gente con su dolor…—interviene Paola.

— Te volvés loca; salís medio loca de trabajar.

—Lloran, te hablan… Vos los tenés que consolar, y hay casos que son terribles. Hay una que viene todos los días a ver al hijo, y se volvió una persona ida. ¿Hace cuánto que viene ya?

—Hace siete años. Iba con el hijo en bicicleta y los aplastó un camión. Ella se salvó pero el nene murió.

—Igual que esa mamá que compraba un montón de flores… La hija pasó mojada por atrás del ventilador, tenía quince años, y el ventilador la chupó y quedó pegada.

—Uh, esa compraba flores…

—Como la vimos deteriorarse. Al final ya al traían en sillas de ruedas…

La amiga

—Venía una señora re pituca a comprar. Pollera, saquito, muy dada —cuenta Paola.

— “Chicas, lo de siempre”. Nos traía caramelos, turrones, era un amor.

—Venía todos los domingos después de la misa, porque era muy religiosa, y se terminó haciendo amiga nuestra. “Negra, qué hacés”, me decía cuando me veía. Nos dábamos un abrazo y charlábamos.

—Un día estaba lleno de gente y le pedimos que nos espere, estaba Mónica Fein y bueno, la queríamos atender primero para sacarnos de encima, como quien dice, el alto cargo. La señora nos contestó que no había problema.

— Terminamos de atender a Fein y la señora la llama: “Chicas, les presento a mi hija”. Era la mamá de la intendenta, y nosotras nunca lo supimos. Para nosotros era una señora normal, común, que se instalaba media hora, una hora, a hablar.

—Cuando murió nos dio mucha tristeza, me enteré por la tele yo, me dolió un montón.

—El día que la trajeron al cementerio vino Fein y nos dijo: “Chicas, se fue su amiga…”.

Fin de jornada

Ya por cerrar, cuando la tardecita entra a los tropezones por avenida Francia y el tránsito se hace más espeso, las chicas hablan y se despiden. De mí, de la rutina, del muro que se alza como queriendo incomodar al cielo, del sol que se incendia en el oeste y nos regala su última luz, de los muertos que aún esperan algo de los vivos y de los muertos que ya no esperan nada.

Foto: Mariana Terrile

—Antes llegaba el domingo y había que traer a la abuela, que venía con los nietos. Entraban a las ocho de la mañana y salían al mediodía. Iban a ver al primo, al cuñado, al sobrino… —dice Griselda.

—Hoy veo mucho abandono, muchos se olvidan. Pero como se van renovando, lamentablemente, siempre viene gente —asume Paola.

—Si un día se cierran todo esto, los que aún están vivos perderían lo único que le llevan a sus seres queridos. Música no se puede poner en el Cementerio. Está el que te cuenta: “Mi vieja se llamaba Rosa”, y viene todos los días a llevarle una rosa. O te explican: “Mi hijo era de Newell’s, quiero flores rojas y negras”. Por eso adentro hay plazas, espacios públicos, para que se pueda tomar mate y hacerle compañía a los difuntos.

—A mí esto me enseño algo. Mi hija de adolescente queda embarazada, y yo por stress tuve una alopecia, me querían medicar y no quise; quería salir por mí sola, tenía mucha depresión. Y esto me ayudó a darme cuenta de que me estaba quejando en vano. A mí me lastimaba que mi hija siendo adolescente dé vida, y acá vienen a ver a sus hijos muertos. ¿Entendés lo que te digo? No hay que quejarse en vano.

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