Un recorrido al modo flaneur. Un barrio con cierta intimidad. Un cronista que va tejiendo los hilos vitales de una cotidianidad posible y una fotógrafa que observa el detalle. El andar y algunos pedazos de la vida en la ciudad.

Fotos: Mariana Terrile

Anoche, por Iriondo entre Ituzaingo y Pasco, hubo una explosión que solo escucharon los noctámbulos y los insomnes, quizás algún desvelado. El resto, que tendremos mala o buena suerte en nuestras vidas, pero que al menos podemos dormir todas las noches sin más sobresaltos que alguna que otra pesadilla, nos enteramos ahora, mientras salimos para el laburo o el almacén. “Fue algo de la EPE (Empresa Provincial de Energía), una cosa de la electricidad que se quemó”, me dice una vecina más madrugadora que yo. 

Dormido aún, le doy las gracias y sigo; tengo un par de cosas por hacer. 

—Cuando sentí la explosión pensé que tenía algún chorro en el techo —me cuenta el hombre que atiende uno de los almacenes del barrio, y se pone a buscar los puchos que le pedí.

El tipo, un flaco de apenas sesenta, simpático y altanero, a veces mal llevado, me explica mientras repasa el monto a cobrar:

—¿Sabés que hice? Agarré la escopeta y salí. Si tenía alguien en el patio le daba. Yo miedo no tengo —afirma y se pone serio. 

No llego a contestarle porque suena su celular interrumpiendo la charla. Así que  pago y lo saludo con la mano, con un gesto frio. Al salir enciendo un tabaco y declaro formalmente el comienzo del sábado. Recuerdo que una vez el buen hombre me contó que el último que le quedó debiendo plata terminó en el hospital de emergencias; y que siempre me dice que lo mejor que puedo hacer es rajar del país.  

En el bar de Pellegrini e Iriondo me siento a tomar café y leer las noticias. A los minutos entra una mujer que rondará los cincuenta y pide una Quatro. Se la ve tranquila, con ganas de hacer una pausa en una mañana que parece haber empezado hace ya varias horas. Veo mi reloj: son las once. De la cocina llega el olor de alguna fritura.

La mujer lleva un saco gris que le da un aire distinguido. Es morocha y de ojos gatunos. 

—Una Quatro, sí, una Quatro —repite ante el mozo, un pibito de unos dieciocho años que de golpe se encuentra perdido.

—No sé qué es —dice el chico dándose vencido. 

—Una gaseosa de pomelo… una Quatro —insiste, más sorprendida que antes.

—Tenemos Paso de los Toros, o agua saborizada de pomelo —ofrece desorientado el mozo.

—Bueno, una Paso de los toros —acepta y por un momento la confundida es ella.

Estoy en la mesa del lado y al cruzarse nuestras miradas me pregunta:

—¿Sabés que es una Quatro? 

Todo en ella parece estar bien. Su ropa, su mirada, su forma de hablar. No hay señales de lo que llamamos “extravío”, por así decirlo.

—Sí, la tomaba de chico —respondo, recordando que en algún momento de los noventa Coca-Cola sacó una gaseosa de pomelo con ese nombre. Estoy por decirle que hace veinte años esa gaseosa no existe, pero no lo hago. Al fin y al cabo: ¿qué importa ese detalle?

—A veces todo es un poco extraño, ¿no? — se dice a sí misma, pero con el volumen suficiente para que yo la escuche, buscando mi opinión, y se toma un trago de la gaseosa que acaban de servirle.  

De afuera la vista del bar es particular. Vidriado, con las columnas pintadas de un verde oscuro y las rejas luciendo un plateado brilloso, recuerda a la moda que prendió en el cambio de milenio y en los años que siguieron. Labura bien en los tres turnos y es lugar de juntada cuando juega alguno de los equipos de la ciudad. A veces veo a su dueña —o a quien yo creo que es su dueña—, una flaca de pelo rubio que tendrá unos sesenta, sentada en una de las mesas de afuera fumando cigarrillo largos. Suele estar por la tarde. Al darse cuenta que la observo me observa también. Hay una mutua curiosidad, un sentimiento de extrañeza que al parecer ambos sentimos por el otro, y que se despierta cada vez que nos cruzamos. No sé quién miró primero a quién.

Voy hasta Caferatta, a paso lento para no cansarme, y encaro hacia el norte, rumbo a la terminal. A medida que avanzo, repaso la gran cantidad edificios que en los últimos años reemplazaron a las casas y a los comercios de antaño. Hay edificios que ya cumplieron una década, otros están recientemente inaugurados y otros aún no terminaron de construirse. La postal me resulta triste, anodina. Algo me dice que esos edificios no tienen alma; pero también algo me dice que las cosas cambian, que si tiran abajo una casa donde se vivió, se amó, se lloró y se fue feliz, donde se sufrió y se vibró conmovido ante la extrañeza de la vida… nada pasa; que antes de esa casa había árboles, o yuyos, y que en ese vértigo horizontal que constituye el suelo pampeano al unirse con el cielo, alguien pudo mirarse por dentro. Lo innegable, me digo, es el mal gusto de la época, y cuando llego a San Luis doy por terminado el parloteo.       

Llego a la terminal y averiguo el precio de unos pasajes, miro llaveros y libros en una mesa de saldos. Siempre hay personajes raros deambulando por acá. Mujeres y hombres que no se ven en otros lugares de la ciudad. Por ejemplo: el viejito de ambo bordó, cuya cara me recuerda Juan Carlos Onetti: ¿quién es, qué hace acá?, ¿acaba de llegar, está de paso o quiere irse?   

Entre los saldos encuentro un libro que me interesa: Sangre en la avenida Callao, de  Carlos Piñeiro Iñiguez. Alguna vez lo leí y aprovecho para atesorarlo. Es una novela que cuenta la historia de un psicópata porteño, un nacionalista que termina enganchado a los servicios de inteligencia en la época del proceso militar, un buscavida oscuro cuyo sueño es vivir, justamente, en la avenida Callao, no salir de sus límites si es posible. Y en sus andanzas encuentra un tesoro que se disputan tanto grupos de tareas ilegales como personalidades de las sombras pertenecientes a una poderosa logia (¿será un palazo al Opus Dei?). 

Decido volver. Compruebo que sacaron el kiosco de diarios de Córdoba y Caferatta, donde mi tía compraba crucigramas cada vez que se iba a dar clases a Las Parejas. El lugar se había convertido en un refugio para la cada vez más grande fauna callejera, que también aguantaba la vida bajo el puentecito peatonal que está por Córdoba, bajo el techo de la parada de colectivos que hay por Caferatta o en la terminal misma.

—Soy albañil, pero trabajo hay poco, la plata no me alcanza. A veces junto algo y nos vamos con mi señora a una pieza, a veces dormimos acá. Antes estábamos en la pensión, pero ya no puedo pagarla —me había explicado un hombre con el que hablé a mediados del 2021, una vez que venció el decreto que prohibía los desalojos y el aumento en los alquileres. Tendría unos cuarenta años; vestía prolijamente y hablaba con tranquilidad, incluso con entusiasmo. A pesar del golpe que la vida le había encajado, su entereza y su vitalidad no habían sido resquebrajadas.

Agarro San Nicolás y encaro la vuelta. El cielo sigue arropado de nubes; hace frío y hay humedad. El mediodía pone sus pies en la ciudad y por un momento, mientras me deslizo hacia el sur bajo los árboles, a la vera de una calle poco transitada, todo parece tranquilo, como si la ansiedad desesperada de la época se hubiese esfumado. A la altura de Mendoza, la actividad comercial de Echesortu me devuelve al mundo. Llegan a mí la música electrónica de un gimnasio y los carteles noventosos de una quiniela —letras rojas en fondos amarillos—; las vidrieras de los locales de ropa, listas para la temporada de invierno, y el resoplido fatigado de los colectivos, de los autos y de las motos. 

Abro el Whatsapp. Tengo un mensaje de una amiga que me invita a almorzar y otro de una concesionaria que me ofrece un auto a pagar en años. Hice una consulta hace dos meses y todavía no me los puedo sacar de encima. Dos o tres veces por semana me mandan ofertas desde distintos teléfonos. Ojalá pudiera comprar un auto. Los días libres viajaría a Santa Fe para tomar un café frente al puente, me iría de Granadero Baigorria al Parque Sur si el impulso me lo ordenara y recorrería las avenidas por las noches escuchando música del siglo XX. Una lástima, aún ando a pata o en colectivo.

En la esquina de Iriondo y Pellegrini me detengo frente a las cuatro torres  de viviendas, que se alzan como un faro sobre las puertas del suroeste de la ciudad. Su vista, desde lo alto, ilumina el barrio Bella Vista —de Pellegrini hacia el sur— y el barrio Echesortu —de Pellegrini hacia el norte—. Las torres 1, 2 y 4 están pintadas de amarillo y en ellas viven los vecinos de toda la vida y los que alquilan. La torre 3, pintada de azul, está destinada a los integrantes de las fuerzas de seguridad de la nación. Al ver sus persianas cerradas en su mayoría, oxidadas y desvencijadas algunas, compruebo que es la torre más fría y oscura del grupo —siempre veo entrar y salir a gendarmes de ahí—.

Sigo caminando y me meto en la plaza que está al costado de los edificios; distingo a una amiga fumando un porro y voy a saludarla. Terminamos juntos la secundaria en el 2008 y cada tanto nos cruzamos, casi siempre de casualidad, y nos contamos nuestras vidas. Ahora somos vecinos y nos vemos más seguidos. Es chiquitita y está llena de energía; nunca supe de dónde saca tanta fuerza para atravesar los días. Sus ojos son dos rayos luminosos; si no brillan delatan que algo en ella no anda bien.

—Ya no trabajo más en el almacén —me dice—. Hace dos meses estoy vendiendo fotos eróticas por internet, hay un mercado enrome, no tenés idea. Vendo fotos de mis pies,  me pagan en euros; a veces hago videos, también con mis pies. 

Va a fumar a la plaza a la mañana y la tardecita. Hay días que no sale de su casa. Divertida me dice:

—¿Viste que no está más la chata negra de Speed?

—Tenés razón —le digo sorprendido.  

Durante meses, una chata de ese apestoso energizante estuvo estacionada de la mano de enfrente, a metros de la estación de servicio, y nunca vimos a nadie entrar y salir de ella. Un día mi amiga dijo: “¿Qué onda esa chata, son ratis que nos espían?”, y a los pocos días —ahora caigo en la cuenta— el vehículo desapareció.

—Tenía razón, nos vigilaban —concluye y sonríe, actuando una paranoia a la que a veces recurre para hablar del mundo. 

Al despedirla me dice que la próxima fume con ella, que no sea ortiva, pero sabe que no lo voy a hacer. Lo mío es el cigarro y el café.  

Desde hace unos días un hombre vende torta asada en Pellegrini y Crespo, llega a la mañana y a la tardecita se vuelve. A su moto le ató un carro y en él se trae una vieja cocina desarmada —solo tiene la estructura exterior— en donde hace el fuego y tira las masas de harina, agua y grasa recién preparadas. Lo dejo atrás,  cruzo la calle y llego al HECA (Hospital de Emergencias Clemente Álvarez). 

Los amigos y los familiares de los internados aguardan en la rampa de ingresos alguna noticia; por el frio, algunos lo hacen adentro, en el hall de recepción. Como el hospital es vidriado, desde afuera puedo ver a una mujer durmiendo en una reposera, cubierta con una manta, y a otra acostada en el suelo, sin siquiera un cartón o unos diarios que la protejan del frío de los mosaicos.  

Cada tanto los evangelistas hacen guardia en esta esquina, no siempre pertenecen a una misma facción y  hoy no se los ve. Viene a mí la imagen de una tarde del invierno pasado, en la que una joven mujer, humilde, comandaba una ronda de oración. Diez personas permanecían en silencio con los ojos cerrados, tomadas de las manos y haciendo un círculo, mientras ella oraba a los gritos en un castellano de tono brasilero. Se notaba a lo lejos que no era brasilera, pero la dicción de sus maestros la había contagiado, tal como a los escritores nos contagia, a veces, incluso una mala traducción de la literatura que nos gusta.

En la vereda de enfrente, y en diagonal, tampoco están los militantes “libertarios” que buscan afianzar la propuesta de Milei, a los que he visto en el ingreso de la Universidad Católica Argentina. Voy hasta Francia y compro un buzo para regalarle a mi hermana, en un pequeño local de ropa que hay en esa esquina. Con eso, finalizo mis actividades del sábado, y pienso en distintas maneras de perder el tiempo: una película, un rato de escritura, una siesta.

Los trabajadores de la EPE ya arreglaron “el coso que se quemó”, me entero cuando vuelvo a la esquina de Pellegrini e Iriondo; y sigo rumbo a mi casa, que está por Pasco. Me siento en un banco de madera que hay en la puerta de una rotisería y enciendo un cigarrillo. El humo me provoca un mareo agradable. Pienso en el barrio: sus clubes, sus cortadas, sus bares escondidos. Hay en estas calles, todavía, cierta intimidad.

Vienen a mí las palabras de la mujer del bar. “A veces todo es un poco extraño”; al menos no es lo que parece a simple vista. “Yuyo” es un hombre curtido por la vida en la calle, así que su edad me resulta un misterio. Dicen que “andaba bien de guita” y que decidió dejarlo todo. Paraba en un portal abandonado frente a casa, y de un momento a otro se me ocurrió llevarle comida. La primera vez me agradeció conmovido; la segunda se puso incómodo, y desde entonces estuve tiempo sin verlo. Descubrí de casualidad que se había mudado a la vuelta. Necesitaba la comida, pero más que lo dejen tranquilo.  

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