Lo que dice una canción tanto en su letra como en su música no es menor. En un ámbito históricamente dominado por varones y donde son recurrentes los mensajes que cosifican o sexualizan a la mujer, el feminismo fue ganando terreno en el trabajo compositivo. A siete años de la primera marcha del “Ni una menos”, ¿qué rol juega la música a la hora de exponer y combatir las desigualdades de género? ¿Cómo se gestó y evolucionó esta transformación artística? La creación musical como herramienta para visibilizar las violencias y combatirlas.

Fotos: Colectivo de Mujeres Músicas

“Cantamos sin miedo, pedimos Justicia, gritamos por cada desaparecida, que resuene fuerte: ¡Nos queremos vivas!”.

Vivir Quintana

El 3 de junio de 2015, ante el alto número de femicidios registrados en Argentina, miles de mujeres marcharon por las calles del país para exigir políticas que apunten a reducir la violencia de género. Esta movilización, que se repite todos los años bajo la consiga “Ni una menos”, caló hondo en muchas actividades y expresiones de la sociedad, entre ellas, la música.

El reclamo, nacido del dolor, el miedo, la unión y el empoderamiento, también invita a  cuestionar lo aprendido y heredado de generaciones pasadas para repensar el rol que la mujer ocupa dentro de la sociedad. Ante esta marea violeta que pide a viva voz por la vida de mujeres, travestis, trans, lesbianas, bisexuales, no binaries, los movimientos artísticos –nunca ajenos a las problemáticas o cambios sociales- se vieron ante la necesidad de replantear las formas de trabajar y sumarse a la lucha por la igualdad y la equidad.

Poner nombre y exponer las distintas violencias que las mujeres y disidencias sexuales sufren día a día interpeló a las músicas de la ciudad: ¿cómo podían, entonces, contribuir a la causa desde su trabajo artístico? Las artistas rosarinas Ro Waisfem y Ayelén Prado –ambas integrantes del Colectivo de Mujeres Músicas de la ciudad– hablan sobre el impacto de las movilizaciones del “Ni una menos” en sus formas de crear, componer y desarrollarse sobre el escenario.

“La primera manifestación del 3 de junio tuvo un impacto muy profundo en mí, me cambió sustancialmente porque gracias a esa movilización pude ver que yo también estaba naturalizando situaciones de violencia en mi propia vida, y tomé una serie de decisiones bastante drásticas que me llevaron a, por ejemplo, terminar una relación, salirme de un partido político o cambiar de ciudad”, cuenta Ro Waisfem.

Ayelén Prado, por su parte, vivió la primera marcha bailando: en ese entonces formaba parte de un grupo de danzas afro y, junto a otras compañeras, decidieron expresarse con su cuerpo y homenajear a dos deidades que representaban la fortaleza de las mujeres. En su caso, reconoce la artista, la incorporación de la lucha feminista en su rol de música se dio de manera “progresiva”.

Luchar con la palabra

Lo que dice una canción, tanto con su letra como con su música, no es menor. En un ámbito que históricamente estuvo dominado por varones y en donde son recurrentes los mensajes que cosifican o sexualizan a la mujer, el avance del feminismo en el trabajo compositivo era imperioso. El panorama ideal sería un universo sonoro en donde no se escuchen contenidos violentos, misóginos o sexistas y, aunque aún falta para llegar a ese momento, hay músicas que toman la posta y luchan con su pluma y con su voz.

En esa acción de componer siento que estoy atravesada por un sentir colectivo, algo que me trasciende, es decir que de alguna manera mi voz se transforma en la voz de montones de mujeres

“Siento que siempre escribo desde el lugar de mujer que soy, pero a veces lo hago desde una bandera y a veces no, lo hago más desde lo cotidiano y para hablar de los lugares que nos toca atravesar”, destaca Prado. “Sí me ha pasado que de golpe alguna de mis letras me empezaron a hacer un poco de ruido y les cambié algunas cositas”, agrega.

Waisfem se siente atravesada por la perspectiva de género y la militancia a la hora de componer una letra o una melodía. “En esa acción de componer siento que estoy atravesada por un sentir colectivo, algo que me trasciende, es decir que de alguna manera mi voz se transforma en la voz de montones de mujeres y me baso en esa emoción para poder escribir o que surja una melodía”, dice la artista.

La cantante aclara que son diversas las emociones encontradas a la hora de componer: desde el juego, la liberación y la burla para dejar atrás estereotipos y mandatos; hasta una tristeza y enojo por las situaciones de violencia, opresión y desigualdad que viven las mujeres.

“Fui víctima de violencia de género y no quiero que me tengan lástima ni mostrarme triste, enojada o seria… ¿Por qué? Me duele que se mueran cientos de mujeres, ver que los pibes no tengan para comer, ver cómo está normalizada la violencia verbal y sexual, pero también necesito que las personas que pasaron por esas situaciones puedan aliviarse, jugar, divertirse y abrazar la vida para poder continuar y resistir. Es ahí donde siento que las mujeres podemos darnos fuerza y valor”, completa la artista.

La música es una herramienta súper poderosa para que las mujeres podamos expresarnos, liberarnos, decir lo que sentimos y también para encontrarnos y darnos fuerzas

En este sentido, ambas intérpretes destacan el rol del arte como fuente de expresión y como ventana para que la sociedad reciba a través de la música mensajes que presenten a una mujer libre, empoderada y sin miedo.

“La música es una herramienta súper poderosa para que las mujeres podamos expresarnos, liberarnos, decir lo que sentimos y también para encontrarnos y darnos fuerzas, valor e impulsarnos para reivindicar nuestros derechos, para decir basta. Cada vez que cantamos y se unen nuestras voces sentimos una fuerza súper poderosa y liberadora, creo que eso es lo más potente que tiene la música”, dice Waisfem.

Para Ayelén Prado “el arte siempre acompañó los movimientos sociales e históricos que se dieron, sería muy raro si no manifestara lo que sucede en la realidad. También me parece que es una manera de tocar otras sensibilidades, creo que es muy importante”.

Desigualdades y futuro

Hay diferentes grados de violencia y estereotipos machistas que quedaron evidenciados en los relatos de las artistas: por un lado, las intérpretes mencionan que es usual que se den situaciones de abuso dentro de una banda o grupo; por el otro dan cuenta de que hasta hace un tiempo atrás era visto como algo extraño que una mujer se apodere del escenario y, además de cantar, toque algún instrumento.

“Antes de conocer al Colectivo de Mujeres Músicas casi siempre eran varones los que se acercaban para cantar o tocar y eso también fue de alguna manera complejo, a casi todas nos pasó en algún momento que los pibes te encaran, se abusan, dicen cosas que no corresponden o te hacen sentir incómoda”, analiza Waisfem.

Prado se refiere a la necesidad de romper lugares de participación dentro de los propios espacios artísticos y roles históricamente asignados: “Era más esperable de mí que esté en un plan de cantante y no que sea una mujer que agarre una guitarra y se haga cargo de ese instrumento y se pueda parar sola a hacerlo. Ahora está lleno de chicas que tocan, pero al principio me miraban como a un bicho raro. También hay compañeras que fueron encaradas por integrantes de sus bandas o tuvieron problemas con algunos”.

En relación a la actualidad musical de la ciudad, las artistas destacan el crecimiento de la actividad pero reconocen que la violencia machista en este ambiente no se erradicó, más allá de la existencia de más espacios que reúnen a mujeres haciendo música.

Para Ayelen Prado el movimiento artístico femenino está “cada vez más completo, intergeneracional y abordando a distintos sectores sociales”. Y celebra que cada vez haya más músicas abocadas a distinto géneros. “Cada generación tiene sus propias interpretaciones de lo que es el feminismo, y más si este está atravesado por la cultura”, aclara.

Ro Waisfem concluye: “Tienen que existir protocolos para abordar ciertas situaciones y tiene que haber mayor conciencia de cuáles son las situaciones de violencia, no es solamente empujar y gritar, sino que también es menospreciar, desvalorizar, burlarse, o encubrir a su amiguito machirulo. También, y si bien está legislada con la ordenanza, la paridad de género no se cumple muchas veces”.

 

 

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