Observar, tomar muestras, analizar. Buscar respuestas. ¿Qué queda de un humedal después del fuego? “No estamos encontrando la regeneración de la vegetación que esperábamos. Encontramos algo que, muy probablemente, va a terminar en una fisonomía diferente” señala con preocupación Graciela Klekailo, licenciada en Genética y Dra. en Ciencias Agrarias. ¿Qué impacto tuvieron los incendios del 2020 en la Isla de los Mástiles?. Suelo, flora y un humedal que está dejando de existir: el paisaje del campo ganadero, cambio climático y sequía extrema. La repetición del fuego sobre tierra hecha ceniza.

Foto principal: Edu Bodiño

Graciela observa la flora, o lo que queda de ella, mientras camina sobre un suelo hecho ceniza, completamente calcinado. Uno de los docentes que integra el equipo estima que la temperatura del fuego podría haber alcanzado entre los 500 y 700 grados centígrados. La tierra ya no es ni húmeda ni fresca como lo era antes. La diferencia entre ese antes y el después la marcará el fuego; los incendios arrasadores del 2020. Ahora el suelo es un pedazo de ladrillo compactado.

“Toda la materia orgánica estaba quemada”, dirá Graciela al recordar lo que vio aquellos días en que comenzaban a instalar las veinte parcelas sobre terreno diezmado: en el año 2020 el fuego afectó a un sector de la Isla de los Mástiles, ubicada frente a la localidad de Granadero Baigorria, juridiscción de la provincia de Santa Fe. Los focos devoraron lo que había sido un bosque de sauzal.

Dos años después Graciela vuelve a mirar a su alrededor: los cadáveres de los troncos siguen prácticamente intactos. Casi no hubo rebrote y es probable que ya no vuelva a renacer aquel sauzal arrasado entre el 27 y el 29 de julio del 2020: debido a la intensidad del fuego, en esta zona de Los Mástiles, los árboles murieron de pie.

Un equipo de docentes e investigadores convocado por la Plataforma de Estudios Ambientales y Sostenibilidad de la Universidad Nacional de Rosario, se dedicó a visitar periódicamente la isla para tomar muestras, analizar y comparar las zonas quemadas con el territorio todavía intacto por los focos. Se dividieron en distintos grupos de acuerdo a cada especialidad: aves, artrópodos, suelo, agua y vegetación. “Cada grupo diseñó un muestreo para evaluar qué pasaba en los sitios quemados y en aquellos sin quemar y fue muy interesante porque en ese entonces, lo que conocíamos de lo que ocurría con la vegetación después de los incendios, era lo que había relevado e investigado la Universidad Nacional de San Martín luego del 2008. Acá, la UNR no había generado respuestas en ese momento. Esta es una primera mirada acerca de qué ocurre después del fuego”.

¿Y qué ocurrió después del fuego? le pregunto a Graciela Klekailo, licenciada en Génetica, Doctora en Ciencias Agrarias e integrante de la Cátedra de Ecología de la Facultad de Ciencias Agrarias de la UNR, a dos años de iniciado el monitoreo.

“Con respecto a la vegetación, lo que estamos observando es que no sucede lo que esperábamos que ocurra. Es decir, en ese mismo lugar, lo que empieza haber hoy es un paisaje que se parece más a un campo ganadero abandonado tierra adentro que a un territorio del humedal propiamente dicho. Es un lugar transformado. Ahora tenemos que analizar el porqué” responde.

Foto: Almudena Munera

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Graciela Klekailo nació en Misiones hace cuarenta años atrás. Allí estudió la licenciatura en Genética hasta que en el 2009, decidida a iniciar un doctorado en Ciencias Agrarias, viajó a Rosario con el objetivo de continuar su carrera de postgrado en la Universidad Nacional de Rosario. Aquí se dedicó a estudiar la regeneración de comunidades de bosques en el norte santafesino, siendo parte del equipo docente de la Cátedra de Ecología Vegetal de la facultad de Ciencias Agrarias.

“Me dedico a la vegetación. Siempre me interesó saber que pasa en la naturaleza, nuestra licenciatura en Genética siempre fue muy abierta en la formación, nos enseñaron a mirar todos los procesos detrás de los patrones que observamos en la naturaleza. Y cuando vine acá eso es lo que hacía Ignacio Barberis en la Catedra de Ecología. Y la verdad es que nos enseñó a mirar todo lo que pasa detrás de cada cosa que vemos”.

Buscar respuestas a fenómenos complejos de la naturaleza: a esa tarea, minuciosa y metódica se dedica Graciela Klekailo. “Estudiar qué pasa con la vegetación, cómo cambia en el tiempo y a su vez cómo todos estos procesos se ven afectados por el cambio climático y por las distintas acciones de manejo es un trabajo complejo”, resume.

Los territorios son diferentes: no es lo mismo analizar patrones y comportamientos de la vegetación en la zona misionera, en el bosque chaqueño de la cuña boscosa o en el humedal del Delta. “El bosque en Misiones no pincha. Es suave, tranquilo. En el norte de Santa Fe todas las especies tienen espinas”, describe para graficar diferencias mientras explica con precisión en qué consiste su trabajo: ¿qué implica investigar la regeneración de un bosque o un humedal?.

En las Gemas, departamento Vera, la Cátedra de Ecología lleva adelante desde la década del ochenta un trabajo experimental con parcelas instaladas en un predio de bosque que pertenece al Ministerio de la Producción de la provincia de Santa Fe. “Son jornadas largas donde tratamos de optimizar el tiempo. Viajamos toda una semana para estar en el territorio, arrancamos apenas sale el sol y regresamos a la noche. Después, volvemos a Rosario con todas las muestras para ser analizadas, y son meses de trabajo de análisis y conteo”.

Lo que se analiza es qué ocurre con los propágulos (semillas, plantas germinadas) que caen de los árboles. A través de trampas especialmente diseñadas para recogerlos, lo que observan es si hay o no germinación y en caso que sí la haya, cómo interfieren las bromeliáceas presentes en el suelo en esa regeneración. “Juntábamos lo que había en las trampas, traíamos y hacíamos recuento en sitios con y sin bromeliáceas, comparábamos los procesos, y también tenemos parcelas experimentales instaladas desde el 2005 y censamos periódicamente, contamos todo lo que hay: árboles adultos, plántulas, juveniles, bromeliáceas, caracterizamos la luz y el suelo y evaluamos qué pasa con la regeneración en el tiempo”.

¿Para qué sirve investigar? La respuesta es sencilla. Sirve para entender. “Hay un montón de respuestas  que se pueden obtener de un mismo sistema cuando uno va y lo conoce”.

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La tierra pincha. Una enorme cantidad de material orgánico cruje al pisarlo. El paisaje tiene pocas tonalidades: lo que predomina o lo que invade por sobre el verde, es el marrón de una vegetación que clama auxilio ante la falta de agua. En esta zona del Paraná Viejo no se han registrado incendios pero la sequía es abrumadora. En algunos sectores, la flora tarda en reverdecer y las lagunas, las que aún sobreviven, agonizan a la espera de un poco de lluvia. A veces solo queda aferrarse a la esperanza, invocar a la pacha y preguntarse si algún día, si alguna vez, volverá el caudal de agua al humedal.

Graciela Klekailo se dedica a buscar respuestas. Hay dos factores a tener en cuenta, dice: por un lado, el cambio climático; por el otro, el manejo, o desmanejo, del fuego. “En el humedal lo que maneja la dinámica de la vegetación es el agua que sube o que baja porque es la característica propia del sistema, no el fuego. Y acá el agua no está presente desde hace años. Luego de las quemas del 2008 hubo una crecida fuerte del río pero lo que tenemos hoy son incendios desde hace tres años y un río que no volvió a superar, salvo excepciones, su nivel de altura desde el 2020. Además, no estamos teniendo en cuenta el cambio climático y seguimos pensando las mismas pautas de manejo de fuego en un contexto donde ya no es posible seguir utilizándolo. Se podría utilizar, por ejemplo el corte de los pastos, o hacer un pastoreo rotativo en vez de usar las quemas como un elemento para que rebrote la vegetación”.

Humedal adentro casi no quedan cortafuegos naturales: riachos, arroyos, lagunas, madrejones. Todo está prácticamente seco. Y sin agua la vida se extingue. “Eso hace que el sistema no se pueda recuperar” dice Graciela.

¿Qué impacto genera la ausencia de humedad en el humedal?

Pablo Cantador es fotógrafo y su mirada es la indicada para describir el territorio que tanto camina y tanto habita, antes y después del fuego. Dice que la flora acuática desapareció por completo en las zonas secas y que la palustre a simple vista también se vio reducida. Que la fauna ictícola que no salió a tiempo de los bañados y lagunas menores murió y que solo quedaron peces en lagunas donde los pescadores comerciales de los frigoríficos se encargaron de depredarlos. Dice Pablo que hay una gran mortandad de coipos y que los pocos que sobreviven están hacinados en algunos espejos de agua que se van secando lentamente. Que los carpinchos se vieron empujados a los cauces principales quedando expuestos a la caza furtiva que diezmó su población. Y que muchas especies de aves vinculadas a las lagunas, desaparecieron.

Predecir una crecida del Paraná es difícil. “Se habla de una Niña sostenida por lo menos hasta fin de año y tampoco hay lluvia” suma Graciela. Algunas de las causas en la transformación del patrón de precipitaciones, estima la docente e investigadora de la UNR, pueden encontrarse en el impacto que provoca el cambio climático. “Estamos viendo menos precipitaciones sostenidas en el tiempo y esto modificó el patrón aguas arriba, que es lo que alimenta el Paraná y termina alimentando al humedal. Además, hay que sumar la deforestación en la alta cuenca del Amazonas y ahí lo que se midió es que en la zonas donde hay grandes áreas deforestadas por el cambio de uso de suelo para sembrar soja, hay menos precipitaciones porque cuando vienen las nubes cargadas de humedad, como no hay una masa de agua que este transpirando desde el suelo, esas nubes terminan cayendo prácticamente sin agua o se mueven hacia otras regiones. Entonces no hay agua en la zona de la cuenca alta del Paraná”.

El antecedente más cercano y más grave en materia de incendios data del año 2008. Los fuegos, en aquel entonces, abarcaron un 11% de la superficie del Delta del Paraná. Los estudios realizados en ese momento mostraron que los incendios afectaron de forma significativa las capas superficiales de los suelos, con una pérdida sustancial de carbono y nitrógeno. Se estimó que volver a almacenar el carbono emitido por el fuego demoraría aproximadamente 11 años, de no mediar alteraciones, según la investigación llevada adelante por especialistas de la UNSAM. “Estos son datos publicados en 2009 y 2010 cuando el agua ya había vuelto al sistema. Ahora tenemos tres años de quema consecutiva y no tenemos agua. Entonces el panorama es muy desalentador”, dirá Graciela.

Los resultados preliminares del monitoreo que la Plataforma Ambiental de la UNR lleva adelante en la Isla de los Mástiles reveló que en el suelo incinerado por el fuego “se perdió más del 60% del fósforo generando una disminución de la fertilidad y del equilibrio con otros elementos que participan de la nutrición de la vegetación local. Perder nitrógeno y fósforo, significa tener menos recursos para reponerse luego del incendio, ya que estos nutrientes son muy necesarios para las plantas y para el suelo mismo”. Se calcula  una pérdida media de dióxido de carbono equivalente a 16 toneladas por hectárea. “El destino de este gas de efecto invernadero, junto con el liberado por la vegetación quemada, fue a la atmósfera. De esta manera, tanto los suelos como la vegetación del humedal perdieron su rol de sumideros”, indicaron los investigadores del grupo que se ocupó de estudiar y analizar los impactos negativos asociados a la quema. “Se han perdido nutrientes que altera toda la circulación del sistema y eso impacta en cómo se va a regenerar la vegetación” aporta Graciela.

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Más de 200 mil hectáreas de humedal afectadas por el fuego solo en lo que va del año registra el Museo Scasso. Agosto fue un mes crítico con focos de calor duplicando el total acumulado durante los primeros 7 meses del 2022. Además, el seguimiento del fuego a través de los mapas satelitales revela un dato alarmante: se quema lo que ya se quemó hace dos años. Sobre tierra arrasada, más devastación. “Frente a Rosario, misma época, entre junio y julio. Mismos focos gigantes en los mismos lugares. Si dejan de mirar al costado y los quieren agarrar, no hace falta demasiado más. Si patrullan, los agarran. Si cruzan datos, los agarran. Si miran los mapas anteriores, pueden darse una idea dónde van a quemar. Pero son cómplices” denunciaba en sus redes sociales el ambientalista y naturista Cesar Massi en julio de este año. Y mostraba dos imágenes satelitales del 2020 y 2022 respectivamente. No había duda: los focos  se concentraban exactamente en los mismos campos quemados hace dos años atrás. La intencionalidad y sistematicidad de los incendios es tan evidente como la posibilidad de poder prevenir o detectar a tiempo qué zonas podrían quedar afectadas por los focos de calor. Pero el Estado parece solo actuar ante la urgencia de apagar focos que más temprano que tarde, volverán a encenderlos.

“La repetición de los focos llama la atención, hay uno que tiene 15 incidentes en 28 meses. No hay ninguna explicación, excepto que se esté tratando de alterar la morfología, parece una intervención lineal seguramente intentando abrir un camino” declaraba a los medios de prensa el intendente Javkin a mediados del mes de agosto, cuando desde el Municipio detectaron 10 puntos del Delta del Paraná donde se iniciaron incendios hasta 59 veces a lo largo de los últimos 2 años. “En el período comprendido entre los días 9 y 13 de julio de 2022, identificamos ocho focos activos. Tras analizar y entrecruzar los datos del periodo entre el 1 de enero del 2020 y el 30 de junio de 2022, se observa que las superficies afectadas son las mismas en reiteradas ocasiones”

En septiembre los focos persistieron. Según el registro del Museo Scasso, solo durante una semana se detectaron casi 900 puntos de calor.

Hablar de quema es hablar de muerte. Hablar de humo también es hablar de muerte.

La muerte del humedal, dice Cesar. Lo que no está más, lo que probablemente ya no vuelva a existir.

¿Qué desaparece con el fuego?

Dice César Massi:

“Desaparece mucho, pero primero desaparecen los sonidos. El fuego hace mucho ruido pero después viene el silencio. No hay más cantos, no hay ruidos de pisadas. El viento nomás. Ese vacío es lo primero que pega.

Las llamas arrasan los pajonales y en poco tiempo todo es un gran desierto plano, gris y negro. Podes ver a kilómetros de distancia, sin obstáculos.  Y no queda nada. Cenizas, huesos de los que no tuvieron suerte, algún carancho. Con los pajonales se van nidos y refugios. Se van el Ipacaá, las gallinetas, los burritos, los aguateros. Se van las perchas donde muchas aves hacen equilibrio para cazar bichos y las semillas que otras comen. Se van los tordos, los varilleros, el cachilo canela, los capuchinos, el corbatita. Con el pajonal también se van las serpientes, los roedores, los pequeños reptiles. Y la orquídea del humedal, que vive en ellos. Se van los colores, que a veces son marrones y a veces son verdes pero se van igual. Se van las vernonias, las justicias, las salvias. La carqueja, la lippia, la carpinchera. Se van las abejas y las mariposas.

Arden las colmenas, los camoatí. Los hormigueros se cocinan, se hacen ladrillo.

Luego se van las chilcas, ardiendo y haciendo ruido.

El sauce, que se va hirviendo. Primero hierve, como si sufriera. Luego arde. El fuego para el sauce es una sentencia de muerte. Si pudiera correr lo haría, pero está clavado en la arena y nació para estar cerca del agua. Cuando el agua se va sabe que tarde o temprano le toca. Y con el sauce se va el aliso, porque vienen juntos y se van juntos. Con los sauces chamuscados se escuchan poco los pepiteros y el juan chiviro. Y seguramente desde el sauce nos solía mirar un ñacurutú, que también se fué. Con el sauzal se va la sombra que cobija un nuevo bosque. Y ahí ya no habrá timbó colorado ni blanco, ni laureles, ni curupies, ni sangre de drago ni canelón.

Se va un bosque hoy y el bosque de mañana. Queda otra cosa, muchas veces cementerio”.

Foto: Edu Bodiño

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Todavía no amanece y el grupo de aves se prepara para llegar a la Isla de los Mástiles antes de que asome el sol. Junto a los especialistas viajará el equipo que se dedica a tomar muestras de la flora en la zona donde el fuego ardió en julio de 2020.

Lo primero que Graciela observa es la mutación del paisaje.  Donde antes había una enorme laguna en el centro de la isla, ahora hay un denso arbustal que no es propio del humedal. “Esa laguna ahora está repleta de chilca. Es un matorral cerrado por donde es difícil caminar”. En otras zonas, lo que le llama la atención es la presencia abundante de cardos que “pueden estar presentes pero nunca en esa cantidad”, contará Graciela meses después de esa primera visita del año a los Mástiles. Lo que cambió, dice, es la fisonomía de la vegetación.

Graciela es docente y aplica la didáctica para explicar la transformación de la que habla: “Si hago un dibujo de palitos y copas vos me vas a decir eso es un bosque, lo que te permite reconocer la vegetación sin conocer cuáles son las especies que están. Ahora ahí si tuviera que dibujar la isla de los Mástiles previo al incendio haría un dibujo con una isleta de bosque, una laguna en el medio y algo de pajonal por ahí. Ahora dibujo algo que se parece a un campo de la pampa, sin árboles, muy poca zona con bosquecitos, y en vez de la laguna, un matorral de arbustos difícil de atravesar”.

¿Qué se regenera  después del fuego? En una de sus charlas, Graciela explica de qué depende un proceso de regeneración en términos teóricos. Entonces enumera tres factores fundamentales: la existencia de una fuente de propágulos, distancia de esa fuente y condiciones apropiadas en el tiempo para que esos propágulos germinen o broten. En este sentido, “hay que pensar en dos cosas fundamentales: primero el disturbio, en este caso, el fuego, tiene que desaparecer para que la regeneración se pueda dar. Y por otro lado, los herbívoros que se alimenten de esa vegetación que esta rebrotando deberían ser nativos del humedal y no el ganado”. Lo que vienen observando en la Isla de los Mástiles es que la regeneración de la vegetación está más asociada a los propágulos que que las vacas arrastran con sus patas o en el tracto digestivo cuando comen algún tipo de fruto que a la vegetación nativa del humedal. “Si no hay agua, la vegetación que es propia del humedal difícilmente se vaya a regenerar”. Es decir, explica la especialista, se regenera lo que tiene las condiciones para poder hacerlo.  Entonces, “lo que vemos es que no encontramos la regeneración de la vegetación que esperábamos. Encontramos algo que va a terminar en una fisonomía diferente muy probablemente”.

En las zonas donde el fuego no llegó, en cambio, existe presencia de especies nativas y predominio de la flora  propia del humedal. “Hay zonas más tupidas porque encontramos vegetación adaptada al suelo con agua, es decir, suelo con características hidromórficas”.

Al mismo tiempo, habrá que tener en cuenta tres variables del fuego para medir su impacto y, por consecuencia, el nivel de regeneración de esa comunidad: intensidad, duración y frecuencia. “El fuego tiene características que hace que encontremos paisajes distintos en el humedal porque tiene intensidades diferentes, frecuencias diferentes y duración diferente en distintas zonas. En la zona del Iberá, incluso en zona de plantaciones forestales, veía un fuego que en algunos sectores alcanzó el suelo, pero en otros pasó por las copas, o por una franja en medio de una plantación pero quedaron los troncos que después pueden rebrotar, en muchas zonas de Corrientes hubo  incendios que duraron menos y sin la recurrencia que hay aquí, entonces ahí la regeneración es mucho más factible”.

Biología de la conservación es la materia que Graciela se dedica a enseñar desde la cátedra de Ecología. “Una disciplina de crisis” la define. Se trata de generar respuestas a medida que el problema avanza y persiste ante la falta de gestión y prevención del fuego, con un marco teórico que hoy, asegura, es insuficiente. “Esa teoría se estudió en un contexto donde el cambio climático no existía”. Analizar en la urgencia, la regeneración de un humedal al que no paran de quemar desde hace por lo menos tres años en un contexto de sequía y bajante del río ¿Qué expectativa existe de poder recuperar algo de lo que alguna vez fue el Delta? Graciela no pierde la esperanza: “yo confío en que vuelva el agua y ver qué pasa” dice casi a modo de súplica. Aún así, aún aferrada al sueño de ver crecer el caudal el río, Graciela lo sabe: en un contexto de crisis climática, el futuro se vuelve incierto.

Foto: Edu Bodiño

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Al interior del humedal, a veces, el contraste es tan evidente. Corre el mes de agosto de 2022 y las imágenes con las enormes bocas de fuego al costado de la traza vial Rosario-Victoria se viralizan a través de las redes sociales. Llegan brigadistas y bomberos voluntarios de otras provincias y se conforma un comando operativo con presencia del Ejército en Alvear. Otra vez abruman las columnas de un humo que envenena el aire de Rosario y alrededores.

Días después, siguiendo la traza, el paisaje es revelador: en las zonas donde el fuego se propagó, el suelo está plagado de manchones negros. El olor a pasto quemada se cuela por la nariz y casi todo es silencio. Lo único que se percibe, lejano, es el ruido de autos y camiones. En medio de ese paisaje carbonizado, es posible distinguir terraplenes ilegales construidos para uso agro-ganadero; son zonas perfectamente delimitadas con vacas y pasturas verdes, rodeadas de la espesura gris. “Hay muchísimos endicamientos que transforman el sistema. Modifican el curso de agua porque hace que exista vegetación controlada en un lugar, con agua disponible desviando el curso original y dejando seco aguas abajo del endicamiento. Y que por otro lado, cuando empiece a subir el agua, en realidad esa agua no fluye. Cambia el patrón de circulación por completo”, explica Graciela.

“Las quemas de 2008 fueron acompañadas de una marcada proliferación de emprendimientos de endicamiento. Los endicamientos o polders son áreas delimitadas por terraplenes que impiden el libre ingreso de agua por crecientes fluviales o mareas, evitando así que un campo ubicado en un humedal se inunde naturalmente. Este tipo de intervención expandió el proceso de “pampeanización” que ya venía ocurriendo en la región, es decir, el esfuerzo de tratar de desarrollar también en las islas del Paraná actividades productivas con los modos de tierra firme. Hoy, cerca del 13% de la superficie de la región se encuentra endicada” detallan especialistas del Instituto de Investigación e Ingeniería Ambiental de la UNSAM.

El propósito de estos endicamientos es, mayormente, la intención de contar con áreas protegidas de inundaciones para el ganado. Si los fuegos llevan a una pérdida temporal o parcial de las funciones ecológicas de los humedales, dicen las investigadoras, los diques determinan un cambio del humedal hacia un ecosistema terrestre. “Es decir, se pierde superficie de humedal y por ende se pierden las funciones exclusivas de estos ambientes. El sobrepastoreo y el pisoteo por sobrecarga ganadera, la limpieza de los campos mediante el fuego, rolo o agentes químicos, así como la construcción de terraplenes o diques para evitar el ingreso de aguas de las crecientes, son presiones sobre el sistema producto de un modelo que no sólo atenta contra la salud pública y la calidad de vida de argentinos y argentinas, sino que también avasalla el patrimonio natural y cultural de vastas zonas litoraleñas. Los impactos son acumulativos y en algunos casos pueden ser irreversibles”. El documento es contundente: manejo del fuego, ganadería intensiva, endicamientos. Es el modelo agroindustrial impactando de lleno en un macrosistema con múltiples funciones vitales.

“En las 2.3 millones de hectáreas que conforman uno de los humedales más grandes de Argentina, frente a las costas de Entre Ríos, Santa Fe y Buenos Aires , en la que históricamente se habían desarrollado experiencias de ganadería de baja intensidad (se estima en 160.000 cabezas de ganado las existentes hacia 1990), avanzó en pocos años el éxodo ganadero, alcanzando su pico en el año 2007 llegando a las 1.100.000 cabezas. Luego de las inundaciones de ese año fue descendiendo a casi la mitad, con un repunte que se dio en los últimos años alcanzando en el 2020 las 509.000 cabezas” marca el informe de Pablo Payró, miembro del Instituto de Pensamiento Popular Soberanía y del Foro por la recuperación del Paraná. Desde la ciudad de Diamante hasta el sur se han geolocalizado al menos 365 establecimientos ganaderos a los que se accede por dos modalidades: mediante caminos (en muchos casos definidos a partir de la ejecución de terraplenes) y directamente desde el agua, mediante la utilización de barcos de hacienda.

En el año 2012, el grupo ambientalista autogestionado El Paraná No Se Toca denunció públicamente la construcción de un extenso terraplén ilegal por parte del empresario ganadero Enzo Mariani, que es utilizado como acceso terrestre desde la conexión vial a su establecimiento ubicado en la zona en litigio conocida como el Legado Deliot. Esa obra modificó el patrón de escurrimiento de las aguas provocando la sequía del Arroyo de la Cruz y la modificación drástica de todo el ecosistema asociado. Pero paradójicamente Mariani fue reconocido recientemente por la Secretaría de Ambiente de la provincia de Entre Ríos por “su predisposición y activa colaboración facilitando instalaciones de su propiedad, espacio donde se constituyó el Comando Operacional para el Combate de Incendios Forestales”.

El repudio de las organizaciones ambientales fue absoluto. La propiedad de Enzo Mariani, y todo su emprendimiento ganadero, se levanta de manera ilegal sobre 800 hectáreas que fueron previamente donadas a la Municipalidad de Rosario. El proceso judicial donde se dirime la supuesta titularidad del empresario sobre esas tierras cuenta actualmente con dos fallos de la justicia entrerriana a favor del estado municipal.

Foto: Pablo Cantador

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Cortes en el Puente Rosario-Victoria. Movilizaciones, una travesía por agua y tierra hasta Capital Federal. Acciones e intervenciones artísticas. Casi un millón de hectáreas quemadas desde 2020. ¿Cuánto más hay que seguir reclamando para que se apruebe una ley nacional de presupuestos mínimos para los humedales?.

El proyecto de ley consensuado que ya perdió tres veces estado parlamentario será discutido finalmente en plenario de comisiones de la Cámara de Diputados. No es el único. Por eso las organizaciones no aceptan la sanción de cualquier ley.

“El Ministerio de Ambiente presentó junto al COFEMA (que integran las provincias) un proyecto que modifica sustancialmente la definición de lo que se entiende por un humedal. Parece una zoncera pero es clave. El proyecto de ley consensuado dice que los humedales son sistemas con características particulares de suelo con presencia de hidromorfismo y/o biota adaptada a esas condiciones. El proyecto nuevo, en cambio, señala que para que se considere un humedal el lugar tiene que tener suelo con hidromorfismo y sí o sí biota adaptada. Pero, por ejemplo, en una laguna con más de 3 años de sequía, con el agua baja, puede que no exista biota adaptada porque sin agua se muere, entonces eso -para el proyecto del Cofema- dejaría de ser un humedal”.

Una diferencia sutil que lo cambia todo, aclara Graciela. Por otro lado, la ley nacional lo que permitirá es inventariar y ordenar el territorio. “Existen diferentes tipos de humedales. El Iberá, las Salinas, el Delta, o las turberas del sur que tienen un montón de materia orgánica y son sistemas muy frágiles porque debido a las bajas temperaturas esa materia orgánica se descompone muy lentamente. Contar con una ley nacional sirve para ordenar el territorio y para decidir qué superficie del humedal se protege, con qué características, qué tipo de humedales queremos proteger, qué tipo de producción hacemos en los humedales. Los humedales brindan un montón de contribuciones de la naturaleza que son fundamentales para la vida de toda la sociedad humana y si no los protegemos no las tenemos más. Hay que dejar de pensar a estos espacios como lugares de propiedad privada porque son bienes comunes”.

Foto: Edu Bodiño

En el año 2018, la Cátedra de Ecología que integra Graciela junto a otros docentes e investigadores se suma -convocada por la Municipalidad- a integrar la Comisión Multisectorial de la Reserva Municipal Los tres Cerros, conocida como el Legado Deliot, con el objetivo de comenzar a diseñar interdisciplinariamente un Plan de Manejo sobre las tierras donadas por Carlos Deliot al municipio rosarino. Se tratan de 376 hectáreas de las 1754 que hay en total.

“Nosotros participamos de los talleres para decidir colaborativamente qué se iba a hacer con la reserva. Nos pusimos de acuerdo en cuál va a ser el objeto de conservación, cómo se va a realizar la conservación en la reserva, cómo se va a trabajar con los planes educativos, se pensaron áreas intangibles, áreas de uso extensivo y de uso intensivo y todo se decidió en conjunto con las organizaciones. Es la planificación de lo que se va a hacer” explica Graciela. Entre las tareas del equipo técnico estuvo la de relevar la vegetación existente y realizar un diagnóstico de las comunidades de animales presentes. Aún queda pendiente el muestreo de aves y la redacción final del documento del Plan de Manejo, dice  mientras espera que el río crezca para regresar a la isla.

El trabajo que desde años se viene realizando en la Reserva Municipal sirva, tal vez, a modo de ejemplo: ¿cómo se puede ordenar y preservar un territorio? Una clave: la participación colaborativa entre los distintos actores: gobiernos, universidad y organizaciones de la sociedad civil. En este caso y a diferencia de lo que sucede con el PIECAS, sí se puso en marcha.

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Dedicar parte de su vida a la investigación y a la docencia es una manera de devolver todo lo que la universidad pública le dio, siente Graciela Klekailo. Ciencia digna al servicio de un humedal devastado, de un territorio que está dejando de ser lo que era. Su identidad, su fisonomía, su flora. El paisaje. Graciela observa, camina, recoge muestras. Analiza, estudia, registra datos. Se lamenta y se quiebra. ¿Qué perdemos con el fuego?

-Yo pienso en la vida. En todo lo que muere con el fuego. Caminar por un lugar que se quemó es sumamente triste. Pequeños mamíferos escapando del fuego, esqueletos de coipos, aves, restos de lo que fue un reptil. Si pensamos solo desde una mirada antropocéntrica, estamos perdiendo nuestra fuente de agua dulce, el filtrado de aire, la depuración de contaminantes. Pero además, esta cambiando el paisaje y eso es preocupante porque ese paisaje debería seguir existiendo, es el derecho intrínsico de las especies a existir.

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