Fotos: Fer Der Meguerditchian

El partido que definió al campeón del mundo acaba de terminar, pero los pibes están jugando. Sobre el mismo césped en el que hasta recién se terminaba de escribir el tango en una suerte de versión contemporánea del sufrir, amar y compartir, los hijos de los jugadores corren detrás de la pelota improvisada con una botella plástica. Funciona como una postal de lo que fue el Mundial en el que ganaron los niños que querían jugar a la pelota. Esos niños que seguramente empezaron pateando botellas, crecieron y pudieron alcanzar la gloria máxima porque lo hicieron en equipo, porque tuvieron un cuerpo técnico que logró armar y rearmar el rompecabezas tantas veces como fueron necesarias.

Un cuerpo técnico que habló del disfrute, del juego, del ser niños. Scaloni les habla a todos los pibes que quieran jugar en la selección. En una suerte de invitación, dice que todos quienes quieran jugar, deberán hacer lo mismo que lo que acaban de hacer sus muchachos. El reconocimiento a una campaña irrefutable, con un equipo que ganó todo lo que le pusieron adelante y que hasta ahora incluye un invicto histórico, una Copa América, una Finalísima y una Copa del Mundo. Y el Ratón Ayala habló del disfrute. Y habló el Payaso Aimar del juego en su estado más puro que va mucho más allá y más acá de la máquina, de lo medible, de lo tangible, de lo cronometrado.

Difícil discernir cuando la emoción desborda. El plantel lo logró a partir de una idea de juego, de la mística, del empuje. Con una preparación física y mental capaz de sortear cada uno de los obstáculos hasta llegar a levantar nuevamente una copa del mundo, hasta llegar a levantar a un país. Varios jugadores declararon en distintos momentos que no desconocían el momento complicado que viven las personas de a pie en Argentina, refiriéndose al contexto nacional y a la situación social, a los avatares, a los sopapos económicos.

Fue de la mano de Messi porque no podía ser de otra manera. Fue de la mano de Di María. Batalladores seriales que finalmente lograron la recompensa. Pero que previamente fueron una y otra vez, y se pelaron la frente. Pero fueron, y fueron. Insistieron. Y llegaron rodeados de aquellos pibes que veían en Messi al ídolo inalcanzable. Y gritaron con él los goles, las jugadas preparadas, las apiladas y las gambetas improvisadas.

Tuvieron que gambetear cada una de las adversidades que proponía el partido cuando de la mano de Mbappé Francia empataba una y otra vez, empecinada en estirar ese hilo delgado, aquel en el que se juntaban la angustia, la tensión, la desesperación, la garra, la táctica, el cansancio, los alargues y los penales. La épica.

La alegría colectiva estaba al caer: la victoria era necesaria, imperiosa, impostergable. Así lo entendieron los 26 jugadores y todo el cuerpo técnico que encendió la mecha de un país. O tal vez de varios, porque llegaban desde múltiples rincones del globo los festejos post partido en un ritual globalizado. Bangladesh tal vez como el caso más emblemático de la argentinidad relocalizada, transfronteriza. Messi, el jugador fuera del tiempo, como el ícono, signo, bandera, referencia ineludible en la historia del fútbol.

Foto: Fer Der Meguerditchian

Aparentemente la final no podía ser de otra manera. Al menos en esa línea declararon los protagonistas después del penal de Montiel: nacimos para sufrir, así somos, de esto estamos hechos. Terminó el Mundial y con él las cábalas de todo tipo que circularon durante un mes en las casas, los bares, las charlas cotidianas, las previas. Y ya no importaba si pertenecías al mundo del fútbol o no, si te gustaba mirar partidos, si estabas en contra del negocio millonario, la FIFA y etcétera. Porque un plantel de fútbol había enamorado a un país. Porque lo hacía con un Messi maduro que empezó y terminó el Mundial riendo, disfrutando: con los compañeros, los amigos, con la familia, pero sobre todo, con la pelota. La palabra Messi abre puertas, destraba situaciones y jugadas, unifica, amplifica, traspasa, desterritorializa. Pero Messi también es qué-mira-bobo, anda p´ayá y el gesto que vuelve humano al jugador Dios, como la sonrisa o la guiñada de ojo con cada pibx en el túnel antes de entrar al campo de juego, como el momento en el que le saca una foto a Antonela besando la Copa, como el amor por sus hijos.

Y el pueblo desbordó las calles, las colmó. Y gritó. Y cantó. Y lloró. Como lloraron los jugadores, como lloró Aimar y Scaloni. A moco tendido lloraron, mostrando el amor de los hombres sensibles. La palmada, el abrazo, el te quiero, el te amo.

Y bajo esa necesidad de salar las heridas, quedaron chicos todos los monumentos. Y las calles fueron angostas. Y las plazas parecieron maquetas.

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