Trabajar la tierra, hacer los patios, plantar las flores y producir los alimentos. Aquella copa de leche, éste parque huerta y el lenguaje común: la organización comunitaria como método. Una historia que huele a soberanía alimentaria, que respira el aire del monte chaqueño y el smog de la ciudad. Una historia hecha de historias.
Celia Tomasa Ramos vino a Rosario en 1990. Hasta llegar recorrió 887 kilómetros desde el paraje El quemado grande, lote 1, Tres Isletas, norte de Chaco. La única referencia que tenía en la ciudad era que estaba el sobrino de su papá con su familia. Por lo demás, no conocía a nadie y no sabía nada, al menos ese es su recuerdo de los primeros días. “Como había una copa de leche dando vuelta, mi tía me acompañó. Empecé a colaborar porque no estábamos acostumbrados a recibir algo sin nada a cambio”.
Ese primer acercamiento sería el germen de algo más grande: en 2001, once años después de su llegada, armaron un centro comunitario al que le pusieron el nombre ´17 de agosto´ porque entre todos acordaban la historia de San Martín. Ese mismo año, socialmente tan convulso, fundaron una huerta en Olavarría al fondo, a la que nombraron como ´Fuerza de la unión´.
Pero antes de todo eso faltarían muchos capítulos de esta historia llenas de historias. Apenas tres semanas después de haber llegado a Rosario, Tomasa empezó a hacer jardinería en casas de familia. La primera casa fue la de María, una vecina de Empalme, barrio donde se instaló Tomasa y donde vive hasta el día de hoy. Empezó arreglando su jardín, plantando plantas y abonando la tierra. Como María conocía mucha gente, fue recomendando el trabajo de Tomasa y la fue conectando con amigos, vecinos y conocidos. Así llegó hasta Funes y luego a Roldán. Ese trabajo lo sostuvo a lo largo de los años. Para Tomasa, que nació en el monte chaqueño, hacer los patios y los jardines es la posibilidad de reconectar con su vida en el campo. “Nací y me crie en el campo, imagínate si tengo que estar encerrada en un rinconcito. Para mí es el monte, el aire, la agroecología, la biodiversidad, la soberanía alimentaria. No podemos hablar de agroecología si no tenemos biodiversidad. No son cosas sueltas, es lo que fui aprendiendo”.
Cuando Tomasa viajó a Tres Isletas en 1992, empezó a ver las cosas distintas. Y pensó: “Qué grande es allá y qué chiquito es acá”. Siente que al volver a Rosario lo hizo “con una fuerza que quizás” le dio “la propia naturaleza”.
-Hija, una a donde va no tiene que esperar nada sentada-, le decía su madre cuando era chica.
– Tampoco tiene que ser arrebatada-, le agregó un día.
– ¿Qué significa ser arrebatada?-, le preguntó entonces.
– Hay que preguntar bien, si el otro está mal y te contesta mal, vos tenés que contestar bien igual. Y si vos estás mal, no hablés. Porque entonces no te sale la ira de adentro-.
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Además de poner flores en el jardín, Tomasa fue sembrando verduras. Los saberes se transmiten de generación en generación. Su mamá trabajaba con yuyos, usaban muchos baños de la medicina e iban resolviendo cómo alimentarse. Su mamá era partera natural –los hospitales les quedaban demasiado lejos- y ese conocimiento también lo heredó Tomasa: a los trece años tuvo su primer parto atendiendo a su último hermanito. “Así me fue ayudando y enseñando para poder subsistir en el medio del monte”, reconstruye a la distancia.
Cuando habla, Tomasa va entrelazando los dedos de ambas manos haciendo una suerte de trenza que funciona como tejido. Urdimbre y trama. Una de sus preocupaciones es cómo enredar. “Siempre hablan de redes pero si las redes no están enredadas no se sostiene en el tiempo. ¿Cómo se sostienen las arañas? Haciendo su tela tejida. Por ahí se rompe un pedacito pero después lo vuelven a juntar. La fuerza está en ese tramado”. Tomasa empezó a enredarse al poco tiempo de haber llegado a Rosario. “Cuando llegás a la ciudad cómo hacer para no quedarte avergonzado y deprimido. Cómo podés desarrollarte y ver que otra gente también llegó igual y pudo pensar”.
Tomasa se fue juntando con personas que venían del norte de Santa Fe y de otros lugares del país. Intercambiaban saberes mientras iban identificando que había cosas que los demás desconocían, por ejemplo, qué hacer con las legumbres. “Nosotros las molíamos en el mortero y hacíamos harinas y un montón de cosas. Y acá la legumbre se tiraba porque no se sabía hacer”. El comedor comunitario fue tejiendo un vínculo entre vecinos que empezaban a organizar charlas, que iban plantando flores y verduras para hacer los alimentos. En 1994 se encontraron con la hermana Jordán, cuando buscaban a un sacerdote que pudiera bautizar a los niños. “Trabajamos mucho tiempo con la hermanita. Caminamos todos juntos, con ella seguíamos visitando a las familias. No había agua en las casas, y como ella tenía hábitos podía entrar con una nota en cualquier lado porque no le cerraban la puerta”.
Otra persona que marcó el camino de Tomasa fue Antonio Lattuca, ingeniero agrónomo que fue pionero y promotor de la agricultura urbana en Rosario. Lo conoció cuando Antonio iba por distintos lugares repartiendo las semillas que le daba el INTA. “Nos encuentra en cada uno de los patios donde iba golpeando, ya con plantas plantadas”. Tomasa recuerda que los niños jugaban arriba de las batatas –explica que no pasa nada que se machaquen las hojas porque la batata está debajo de la tierra-. “Nos hizo fortalecer porque alguien nos traía la semilla. Para nosotros era como germinar nuestros hijos en nuestra panza. Con esa semilla que germinaba afuera nos alimentábamos y dábamos el sabor”.
Tomasa le planteaba a Lattuca su intención de no limitar el centro comunitario a dar comida sino utilizarlo para que las personas se formaran, que aprendieran a coser, a tejer, a bordar, a hacer un plato de cerámica. “Cómo no olvidar de hacer carbón, dónde ir a ver, aprender y que decidamos nosotros si queríamos hacer eso o no. Pero que conozcamos. Visitar las granjas donde están las gallinas porque había niños y señoras grandes que no sabían de dónde salía el huevo”. La propuesta de Tomasa era aprender para poder trabajar. “Si hay otros humanos que necesitan que alguien haga alguna tarea, nosotros tenemos que saber hacerla”.
Una constante en el relato de Tomasa es el hecho de aprender haciendo y también de pelear por las cosas de manera colectiva. “Nunca salía solita. Siempre invitaba al otro para que también se pueda formar a medida que yo me iba formando”. Con este método colectivo empezaron a trabajar en la huerta que está Sorrento y Cullen, en el Bosque de los Constituyentes, que luego se transformaría en uno de los parques huerta de Rosario. En 1999 empezaron a trabajar pero como no tenían agua, no podían regar cuando las lluvias escaseaban. Tuvieron que suspender el trabajo hasta que lograron que hicieran una perforación de la cual todos se sirvieron una vez que la llevaron a analizar los médicos que visitaban el barrio. “El tiempo pasa rápido pero si queda algo instalado en el barrio eso no va a pasar nunca”, dice Tomasa. Otro tanto ocurrió hasta que consiguieron que instalaran el centro de salud Juana Azurduy.
Muchas cosas fueron cambiando en la vida del barrio y en la vida de Tomasa con el discurrir del tiempo. Pero algo no cambió y es que ella siempre siguió trabajando la tierra. En 1997 viajó a Chile y a Holanda para ver con los campesinos cómo trabajaban. En 2003 la nombraron acompañante para que ayude al Estado con las huertas. En 2005 volvió a viajar a Holanda y en ese momento ganó el proyecto de los parques huerta que estaba armado desde 1998. Tomasa hoy sigue trabajando en el parque huerta El Bosque pero cuando le tocaba ser coordinadora por segunda vez dijo que no porque prefería ser promotora, técnica, acompañante. “Como una psicóloga social”, explica. El argumento es que ella quería seguir en contacto con los vecinos. Eso es lo que ella hace actualmente dentro del parque en el que trabajan alrededor de treinta personas.
Desde niña Tomasa sabe que cada dos metros el suelo es diferente, que en algunos lugares hay más nutrientes y en otros menos. Cuando hicieron estudios del suelo con el ingeniero Lattuca y la facultad, confirmaron este conocimiento que Tomasa traía desde el monte. Antonio le preguntó cómo lo sabía. Y ella respondió que simplemente lo sabía, que no podía explicarlo. “Sé que aquí se va a criar una planta que no necesita tanto nitrógeno y allá se va a criar la otra que da nitrógeno al suelo”.
A Tomasa le gusta dar vuelta la tierra, un procedimiento que explica de la siguiente manera: “Hacer como unas puntas que entren al suelo para ir moviendo, eso mismo lo vas tironeando y sacando los pastitos de arriba y lo vas limpiando. Dejás que se sequen esos pastos, plantás la planta o la semilla, cuando eso nace lo volvés a cubrir con esos pastitos o con esas hojas, entonces eso se descompone y le da alimento al suelo, le hace sombrita, y no estás haciendo una depredación con un suelo desnudo que se seca todo”.
Desde el 2021 Tomasa va todos los fines de semana a Diamante, Entre Ríos, donde tienen un proyecto de trabajo con la tierra que se convirtió en una cooperativa de trabajo que se llama ´La creciente agroecología´ en la que participan alrededor de veinte personas. Hacen aromáticas y medicinales “para aromatizar nuestra comida pero también para alimentar nuestro cuerpo, para tener calcio, hierro en nuestros huesos”, cuenta. Ya trabajaron con tres escuelas de barrio, fueron plantando comestibles para que haya fruta, tienen un pequeño vivero y hacen un condimento en base a plantas nativas. “A ese condimento le ponemos seis o siete variedades de plantas, lo molemos como la pimienta y con eso fortalecemos nuestra comida. Tenemos nutricionistas y técnicas en alimentos que se sumaron. Y bienvenidos todos”.
Otra de las claves de ese proyecto en Diamante es resembrar y regenerar el suelo con todos los árboles que faltan. “Si se termina el algarrobo o el chañar, si no los multiplicamos nos quedamos sin nada. Mi mamá siempre me decía que los ricos también mueren y que no llevan nada cuando mueren. Y que nosotros morimos pobres queriendo tener algo que tienen los ricos, pero que si alcanzamos la comida y un techito donde estar es suficiente”. Celia Tomasa Ramos termina con una idea que es siempre un nuevo comienzo: “Todos somos semilla, pero para poder producir algo esa semilla debe brotar en cada rincón”.