Por Marcelo Vazquez
El oficio docente está atravesado por un contexto profundamente hostil. En este artículo, el maestro Marcelo Vázquez se pregunta ¿cómo tramitar el creciente deterioro de las condiciones de vida de las infancias y sus familias? ¿Qué puede la escuela? ¿Cómo resignificar nuestra tarea pedagógica todos los días sin caer en el derrotismo y el abatimiento? Trabajo docente, salud mental, y la posibilidad de la ternura.
El trabajo docente –al que muchos/as nos gusta nombrar como oficio, por cierto un viejo oficio de la humanidad- está atravesado por un contexto de época hostil y adverso. El ataque sistemático de gobiernos de diferentes identificaciones partidarias –pero que comparten un sesgo común hacia quienes ejercemos la tarea docente- viene horadando la autoridad pedagógica de maestras y profesores, con propuestas de formación cuestionables, recorte en recursos didácticos (libros, tecnologías, etc) y una profundización de las condiciones precarias de la mayoría de la docencia, con pauperización salarial, sobrecarga horaria, pérdida de concursos de ingreso y de estabilidad laboral, entre otras muchas.
Este cuadro de situación está afectando nuestro trabajo, con padecimientos devenidos de malestares cotidianos en una sociedad que acude y recurre a la escuela como lugar de escucha y acompañamiento, ante el declive de espacios comunitarios y otros lugares e instituciones.
Esta situación de presencia en primera línea afecta la salud mental de quienes trabajamos/habitamos la escuela, a partir de preguntarnos por este aquí y ahora: ¿cómo tramitar el creciente deterioro de las condiciones de vida de las infancias y sus familias?¿Qué puede la escuela? ¿Cómo resignificar nuestra tarea pedagógica todos los días sin caer en el derrotismo y el abatimiento?
No hay respuestas a mano, simples y lineales, porque quizás como nunca antes en la experiencia democrática argentina desde 1983 hasta hoy, están amenazados y en jaque los principios de convivencia, respeto y de cuidado del otro/a, especialmente las infancias y adolescencias. Una política de la crueldad del gobierno nacional de Javier Milei que le soltó la mano a los débiles -muchos de ellos de vínculos estrechos con la docencia, como discapacitados-, pero que además los estragos económicos de su plan de ajuste, desempleo y transferencias de recursos hacia los sectores más enriquecidos está dejando un páramo social en el cual muchos pibes/as y sus familias apenas sobreviven al hambre y la pobreza extrema.
Quienes trabajamos en las aulas escuchamos y observamos con mucho pesar este derrumbe social: la docencia hace un esfuerzo comprometido para sostener la escolaridad de alumos/as en barriadas y territorios, en los comedores escolares, garantizando útiles y materiales de estudio, haciendo el seguimiento de las trayectorias escolares, escuchando a infancias, madres, abuelas, etc. Además, no se puede desconocer que en Rosario hay otro factor que interviene sobre esta dura realidad: el narcotráfico. Estas estructuras delictivas impactan en la vida de muchos pibes/as, ya que están muy cerca de esos circuitos de violencia e ilegalidad –e incluso pueden llegar a ser parte-, en un escenario cada vez mas difícil.

Hace unos meses un alumno y su hermano dejaron de venir por unas semanas a la escuela en la que trabajo; al averiguar que estaba sucediendo, nos enteremos que luego de una intervención policial los adultos de su familia estaban detenidos y ellos fueron alojados por una tía en otro barrio. A las semanas siguientes regresaron –siempre motivo de alegría la vuelta-pero sin dudas son marcas subjetivas que van quedando en nuestras infancias. Nuestro trabajo también repara esos dolores y angustias de tantos alumnos y alumnas, desde el cuidado y la perseverancia para que la dureza de estas realidades no nos arrebaten la ternura.
Por eso hoy este viejo oficio de enseñar es vital para este momento social y político: como un ejercicio de resistencia, a contracorriente, desde una contracultura del diálogo y el reconocimiento del otro/a en tiempos de griterío y descalificaciones, alzamos la mirada -y la voz- por esas infancias maltratadas y descuidadas por los gobiernos insensibles, con el compromiso y la dedicación en los aprendizajes, en el juego, el cariño cotidiano, en la mejor manera posible de estar en la escuela. La posibilidad de la ternura como horizonte de humanidad, ni más ni menos en estos tiempos de crueldad.
