A Nancy Godoy el estado la dejó sola. Horas a caballo para llegar a su escuela, en medio de la nada, en el territorio de una estancia, que tenía dentro una escuela para sus peones. Llegó por primera vez y era una ruina. Lo denunció con detalles. La ignoraron. No llegó a cobrar un sueldo desde agosto. Apareció asesinada. Toda su lucha debió conocerse antes.
Por Silvana Melo / Agencia Pelota de Trapo
Nancy Godoy tenía ocho alumnos en una escuela pública dentro de una estancia. Es decir, en un territorio privado. Para llegar tenía que recorrer decenas de kilómetros de caminos rurales correntinos hasta ese punto de poder donde la alcanzaban hasta el paraje en el que un caballo la trasladaría durante tres horas para llegar a la escuela. Cruzando bañados, riachos y soledades escampadas que se volvían de una hostilidad imprevisible en caso de lluvias.
Tenía 52 años cuando ese 15 de agosto llegó a la escuela N° 626 del paraje El Malezal, en Esquina, Corrientes, para hacerse cargo de una suplencia. Era una casita desgastada, destruida, como si por ella hubiera pasado no sólo el tiempo, sino la desidia estatal y el desprecio privado.
Después de hacerse un panorama general de aquello a lo que se enfrentaba –suciedad extrema, ausencia de años de cualquier autoridad, falta de registros de todo tipo, situación sanitaria peligrosa, imposibilidad de habitar para ella, que debía quedarse la semana entera- el 15 de agosto escribió una carta manuscrita para enviar al ministerio de Educación de Corrientes. Y denunció cada detalle. Envió un expediente y sostuvo que la escuela estaba totalmente abandonada, sin agua, con inodoros llenos de tierra y ratas, que tuvo que acudir a una madre y a la baqueana que la acompañaba en el último tramo de su trayecto, María Rosa Leguizamón. En su casa tuvo que dormir las tres primeras noches porque la escuela era inhabitable. Esa misma mujer quedó involucrada después en la investigación por el crimen.
Decía que el techo se le caería encima, que las ventanas estaban rotas, que la humedad se comía el edificio, que las ratas y los murciélagos se habían apropiado de la casa, que el olor de sus heces era insoportable, que no había muebles suficientes, que los libros se habían mojado. Ella era docente, cocinera, portera y directora. Y era la responsable del edificio.
Y la dejaron sola.
El estado la dejó sola. En medio de la nada, dentro de una estancia, en las manos de un propietario que hacía y deshacía, que tenía dentro de su propiedad una escuela para sus peones. Y ella debería comportarse como su maestra, directora, portera y cocinera. Con un sueldo pagado por el estado que la dejaba a la buena de dios. Sola de toda soledad.
Su denuncia fue ignorada por las autoridades educativas, sólo sostenida después de su desaparición por la comunidad de Esquina, sus docentes y su familia.
Pero esta lucha de ella debió conocerse antes de la tragedia.
No después. Cuando alguien la asesinó por el motivo que sea. Por ser mujer. Por ser maestra rural. Por tener coraje. Por denunciar.
Nancy se pasaba los días en esa escuela que tuvo que rehacer con sus manos y el fin de semana volvía con su familia. Sin señal de celular, sin comunicación de ningún tipo, su familia sabía que seguía viva cuando regresaba su sonrisa destruida por el cansancio. Pero aquel fin de semana no volvió. Y todo comenzó a volverse sombrío.
La dejaron sola. Tres horas a caballo y sin señal.
Apareció asesinada.
A metros del aula que había sabido reparar con sus manos, en la tapera del capataz, había ropa quemada.
Hay un estado que manda una trabajadora sola. A educar. Precarizada. A caballo. Sin señal de ningún tipo. Sin procurarle un transporte oficial. A que llegue como pueda. A una escuela en ruinas. Dentro de una propiedad de un estanciero. Ese estado cajonea su denuncia. Investiga su desaparición. Y la encuentra cuando fue asesinada.
En el territorio de la estancia El Curupí. En una escuela pública dentro de una zona privada.
El espacio Docentes Autoconvocados Corrientes – Sector 2019 aseguró que Nancy Godoy fue asesinada sin llegar a cobrar un solo sueldo a pesar de trabajar desde agosto.
A pesar del sacrificio para llegar. A pesar del desastre que encontró y del que nadie se hizo cargo. A pesar de que el docente que hacía años que no iba a la escuela seguía cobrando su salario.
Y ella fue asesinada por ser maestra en una escuela pública y tener que afrontar una realidad tremenda e inadmisible, fruto de una complicidad entre el estado y una propiedad patronal. Y los silencios perpetuos de los gremios docentes, siempre más preocupados por la cercanía y no por aquellas que en tanta distancia y desamparo dejan de ser visibles.
Los imputados tienen que ver con el poder: Ireneo Antonio Zarza y Felipe Dionisio Sandoval, capataces, acusados como autores materiales. Sergio Nahuel Rojas, peón, coautor. Rosa Leguizamón, su pareja, imputada por homicidio simple.
Haya sido o no asesinada por una agresión sexual, fue un femicidio: porque el trabajo de Nancy es casi exclusivamente de mujeres. Por un salario miserable y en las mismas condiciones.
Tal vez el martirio de Nancy sacuda conciencias. Por ella y por cada una de las Nancys que se juegan la vida en bote, a caballo, cruzando las montañas, para encontrarse con un grupito de niños a los que siempre, también, se olvida. Sistémicamente.
Es hora.