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Vivir (y morir) en el país de los morosos

  • 13/09/2026
  • Martín Paoltroni
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Mientras el gobierno niega el problema del endeudamiento familiar, casi 6 millones de argentinos no pueden hacer frente a sus obligaciones y se impone una nueva modalidad: pedir préstamos para comprar comida y pagar los servicios. Además, crece la preocupación por los problemas de salud mental asociados a las dificultades económicas.

Fotos: Shock Argentina

En la televisión, el presidente Javier Milei vocifera; dice cosas incomprensibles sobre la economía, critica a quienes cuestionan los números de la inflación, insulta a periodistas y políticos opositores, habla de Donald Trump, de Argentina y del rosario de oportunidades que se le abren al país ahora que volvimos al mundo. Karina, que no es su hermana, lo escucha de fondo mientras termina de perfumar la ropa de cama recién lavada. Ella, que dice no entender de política, ahora le presta más atención. El periodista, que se parece más bien a un agente de prensa, le pregunta sobre los altos niveles de morosidad que se registran en Argentina. El presidente responde: ¿Les pusieron una pistola en la cabeza para hacerlo?

La frase la deja pensando. La última vez que pidió un préstamo fue el lunes de esa misma semana, a través de una billetera virtual. Lo hizo para pagar las compras de la semana en el mercadito. Nadie la amenazó para hacerlo, pero tampoco nadie le ofreció una alternativa para poner algo de comida en la mesa cuando no tiene dinero. Por eso aprendió a bicicletear las deudas de una manera ingeniosa: cuando debe pagar un vencimiento en una de las cuentas, solicita dinero en otra entidad crediticia para cancelarlo. Mientras tanto, se las arregla haciendo trabajos de peluquería en su casa, vende productos cosméticos y, en los últimos meses, empezó a trabajar como cajera de un pequeño boliche.

Esa entrada de dinero, que no alcanza para cubrir las necesidades de la canasta básica, le sirve ocasionalmente para cubrir tal o cual bache. “Yo me limito en un montón de cosas. Por ejemplo, hoy estoy pensando que tengo que pagar esos préstamos, sino estaría más relajada, pero lo mío es el día a día”, dice. En su experiencia, el crédito funciona como una puerta giratoria: le permite salir de un apuro para entrar en el siguiente. Y cada vuelta deja una nueva deuda: “Es un círculo que va de préstamo a comida y así”, resume. Cuando le pregunto cómo se siente con esta situación, me responde con algo que le dijo un amigo que también está en la misma: “Quedate tranquila que hoy los argentinos estamos viviendo de préstamos”.

Karina lo entendió como un signo de época. Dice que lo ve entre sus amigas, que algunas utilizan las asignaciones sociales para cancelar deudas y que luego tienen que volver a pedir plata para pagar las compras de supermercado. “Después hay que devolverlo, y para eso tenemos que volver a pedir”. Parece que lo tiene asimilado, pero hay en su voz un dejo de cansancio por la situación, especialmente porque en el último año le costó encontrar un trabajo con sueldo estable. “A principios de año lo empecé a usar más (los créditos rápidos) porque hasta diciembre estuve trabajando fijo. Pero después necesitaba comer y dije bueno, pido eso, total en la semana trabajo y lo cubro”.

¿Sentís que a principios de 2026 todo se hizo más cuesta arriba? Sí, responde de manera contundente y me cuenta sobre su mamá, que es trabajadora de casas particulares y, al igual que ella, desde el verano vio cómo la demanda de trabajo mermó de forma notable. “Mi mamá es empleada doméstica y hoy no tiene mucho trabajo porque no quieren pagar la hora lo que corresponde. La hora de laburo está entre 12 o 15 mil ponele y le ofrecen 8 mil como mucho, imaginate”. También habla de su tío, un jubilado que ni siquiera llega a los 500 mil por mes. “Trabajó toda la vida como camionero y ahora tiene que salir a trabajar como remis porque tampoco le alcanza”.

La escena familiar que describe Karina es apenas un botón de muestra de las consecuencias del experimento libertario, cuyo recetario básico incluye medidas que ya se aplicaron en Argentina durante la dictadura y en los años 90: salarios bajos, informalidad laboral, paritarias por debajo de la inflación, destrucción de la industria nacional, apertura indiscriminada de las importaciones y la lista sigue. En esa secuencia, los altos niveles de morosidad aparecen como un síntoma del descalabro económico que el presidente y sus ministros se esfuerzan por maquillar con incomprensibles piruetas discursivas.

***

Según un informe del Centro de Economía Política Argentina (CEPA), el endeudamiento de los argentinos alcanzó niveles excepcionalmente altos, especialmente desde fines de 2024. En junio de 2026, la mora con bancos llegó al 12,8%, frente al 2,5% de octubre de 2024. Si se incorporan las deudas con billeteras virtuales y otros proveedores no financieros de crédito, la irregularidad alcanza aproximadamente el 15,5%. El deterioro está concentrado principalmente en préstamos personales y tarjetas de crédito, que representan el 64,3% del endeudamiento familiar y explican el 73% de la deuda morosa.

En términos de personas afectadas, existen 20,96 millones de deudores, de los cuales 5,91 millones están en situación de mora. Las billeteras virtuales concentran 2,90 millones de morosos exclusivos, casi la mitad del total. Desde febrero de 2024 se incorporaron 2,60 millones de nuevos deudores. Además, los jóvenes son el grupo más vulnerable. Los menores de 35 años representan el 38,7% y el 72,6% de ellos tiene deudas incumplidas con billeteras virtuales. Las tasas más elevadas se registran entre los 18 y 24 años: llegan al 32,7% entre quienes tienen 18-19 años y al 33,6% entre los de 20-24 años.

El documento, elaborado sobre la base de datos del Banco Central de la República Argentina (BCRA) —ese que Milei quería demoler cuando todavía era candidato— y de la Central de Deudores (CENDEU), que depende de la misma entidad, le da cuerpo a los miles de relatos que se multiplican con el paso de los meses. Pese a que el oficialismo descartó dar algún tipo de alivio en esta materia, a principios de septiembre el Banco Nación anunció una baja en la tasa de interés, del 35% al 29%, para refinanciar deudas. Un reconocimiento implícito del problema y un intento desesperado por bajar el porcentaje de morosos que empañan la ficción económica y social en la que vive el presidente.

***

“Una chica de 23 años, una vida, proyectos y sueños que acabaron en noviembre del 2025. Como cualquier chica de su edad, Camila buscaba su independencia y bienestar. Quería trabajar, estudiar, y salir a comerse el mundo dentro de sus posibilidades. Criada en una familia de clase media baja, no contaba con las herramientas para dedicarse solamente a estudiar, quería trabajar y poder afrontar sus gastos mínimos. La historia de Camila no comienza con su desenlace, comienza mucho antes cuando una persona deja de ser tratada como persona y pasa a ser tratada exclusivamente como una deuda”.

“Ser tratada exclusivamente como una deuda”. La frase se repite una y otra vez en un reel de Instagram y queda resonando en la cabeza de Marcos, un empleado público que acumula deudas con tarjetas de crédito. La que habla es Erica, la hermana de Camila, una joven que decidió quitarse la vida a raíz del hostigamiento que sufrió durante meses por parte de una agencia dedicada al cobro de deudas. El caso se expuso en el marco de una jornada que promovió el diputado Leandro Santoro en la Legislatura porteña y su irrupción en el debate público marca la intersección con otro de los grandes temas de la época: los problemas de salud mental asociados a las dificultades económicas.

Marcos no pensó en quitarse la vida. Pero por primera vez en muchos años sintió que los problemas económicos comenzaron a ocupar más tiempo en su cabeza. “¿Y si este mes no puedo pagar el alquiler? A mi vieja no le puedo pedir porque es jubilada, ¿me entendés?” Después, cuenta que a mitad de año le retuvieron el magro sueldo que cobra en la administración pública porque había dejado de pagar una de las tarjetas de crédito. Fue la forma que encontró el banco, de capitales públicos, para forzar un arreglo. “No me dieron muchas opciones, tuve que pagar lo que debía en dos cuotas y después comí arroz todo el mes, como cuando era estudiante”.

Aunque el nexo entre los problemas de salud mental y el endeudamiento es materia de debate, un relevamiento realizado por el Observatorio de Psicología Social de la Universidad de Buenos Aires (UBA) aporta algunos números testimoniales que sirven para entender la magnitud del problema. El informe señala que el 55,91% de las personas que participaron de la encuesta y admitieron estar atravesando una crisis vital la relacionan directamente con los problemas económicos. El documento expone otros datos clave: a menor edad y menor ingreso económico, mayores son los niveles de ansiedad y depresión. También señala que los jóvenes de entre 18 y 29 años tienen niveles de riesgo suicida muy por encima del promedio en comparación con otros grupos etarios.

“Me parece una locura lo que está pasando, yo nunca pensé en suicidarme, pero si te puedo decir que estoy más angustiado en general, te repito, desde que empecé a trabajar siempre pude pagar todas mis cuentas, es la primera vez en mucho que me siento muy al límite”, dice Marcos. Para afrontar los gastos cotidianos, en los últimos meses se embarcó en un proyecto gastronómico junto con su pareja, aunque admite que eso tampoco le generó grandes ingresos. “Ahora todo el mundo vende pizzas, alfajores, que se yo, estuvimos pensando en salir a trabajar como repartidores algunos días a la semana”.

***

La historia de Marcos, al igual que la de Karina, se integra al mosaico de morosos que parecen haber perdido la categoría de personas para convertirse simplemente en deudores, despojados de toda consideración humana. La narrativa oficial, empeñada en calificarlos como malos administradores de sus recursos, busca transformar este fenómeno colectivo en un problema individual. De esta manera, se evita hablar del problema de fondo que afecta de manera transversal a asalariados y cuentapropistas: la caída estrepitosa de los ingresos.

Un informe del Mirador de la Actualidad del Trabajo y la Economía (MATE), titulado “No es la gente, es la economía”, pone el acento en esta cuestión. “Si uno mira solamente la ventana en la que el BCRA publica el panel de deudores, la caída del salario ya ocurrió: se ve una línea plana, un piso, y al lado una mora que sube. La conclusión fácil sería que no tienen nada que ver. Corriendo la serie hacia atrás, la secuencia aparece”, consigna el documento y agrega que, entre noviembre de 2023 y marzo de 2024, el salario privado registrado perdió 14 puntos y las jubilaciones, casi 40. Algunos meses después, se produjo una recuperación parcial que nunca llegó a completar la totalidad de lo perdido.

La secuencia que describe MATE es clara: primero se gastó el ahorro y luego se pidió prestado. “Cuando el sueldo no alcanza, primero se usa lo guardado. Las personas con un plazo fijo pasaron de 4,8 millones a 2,6 millones: casi la mitad de los ahorristas se quedó sin colchón. Recién cuando se termina el ahorro empieza el endeudamiento”. En esa lógica, se encadena el tercer eslabón: el crecimiento de los préstamos a través de billeteras virtuales. Aunque aclaran que “la expansión del crédito no bancario no empieza con este gobierno”, sí sostienen que la curva se acelera cuando caen los ingresos y el ahorro ya se gastó.

En Santa Fe, la cantidad de morosos con tarjetas de crédito y billeteras virtuales asciende a 400 mil personas, aunque la provincia no está entre los distritos más afectados en el mapa nacional. Sin embargo, un dato complementario evidencia la gravedad del asunto: el 64% de los deudores está calificado en situación 5, que, de acuerdo con la escala del Banco Central, significa que son irrecuperables. La información, difundida a través de un nuevo informe del CEPA sobre el tema, contrasta con los pronósticos optimistas del gobierno santafesino en su programa de asistencia a los morosos.“El Gobierno de Santa Fe celebra haber recaudado 13 mil millones con el Plan Especial de Pagos. Pero la realidad es que no hay nada para festejar: es la prueba de que miles de familias ya no pueden sostener sus obligaciones”, expresó la concejala rosarina Norma López.

Con los números sobre la mesa, la pregunta no es por qué millones de argentinos decidieron endeudarse, sino qué pasó con sus ingresos para que pedir prestado se convirtiera en una condición necesaria para llegar a fin de mes. Karina, Marcos y los casi seis millones de morosos no forman una colección de malos administradores. Son parte de una misma secuencia: primero cayó el salario, después se gastaron los ahorros y finalmente llegó el crédito. Pero cuando la deuda se convierte en la forma de pagar la comida, el alquiler o los servicios, este asunto deja de ser una decisión individual y se convierte en el síntoma de una economía que convirtió el endeudamiento en una herramienta para sobrevivir y no en una opción para progresar.

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Martín Paoltroni

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