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Una loca llamada Pirucha

  • 04/11/2026
  • Martín Paoltroni
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Puto, loca, excluida del ambiente gay y sobreviviente de una sociedad que no supo qué hacer con ella. La historia de La Pirucha atraviesa cuatro décadas de la comunidad LGTBIQ+ rosarina, los prejuicios sobre la salud mental y las formas de resistencia que encontró para vivir a su manera.

Antes de empezar, me avisa que está cancelada, que algunas no la quieren. «Eso no importa, Pirucha», le respondo. Le cuento que la escuché en la manifestación por el travesticidio de Gaby Banach. La vi llorando a mares, gritando frente a las cámaras de televisión algo sobre la locura. Dijo que muchos la evitaban a Gaby porque estaba loca y que ahora estaban ahí porque había muerto. Creo que todas sabíamos eso, pero ella lo dijo sin filtros. Seguimos conversando. Le cuento que me interesan sus puntos de vista sobre la salud mental, le pregunto por qué le dicen «Pirucha», aunque creo saber la respuesta, y en ese mismo instante me doy cuenta de que no sé su nombre. Aunque eso, realmente, no importa.

A diferencia de sus intervenciones públicas, donde se la ve encendida y contestataria, ahora se muestra con otro semblante, entre pacífica y profunda. Habla sin pausas y sólo interrumpe su relato para sollozar. Su historia es larga y puede dividirse en varios capítulos, como si se tratara de vidas diferentes, aunque hay una constante que se mantiene casi hasta la actualidad: ser puto y estar loca. Dos banderas rojas para una sociedad heteronormativa y capacitista que le valieron años de tratamientos psiquiátricos y la exclusión sistemática de distintos espacios. Primero, de su casa, cuando tenía 18 años; después, del mismísimo ambiente gay de los 80.

«Yo empecé con un brote psicótico y, en vez de bailar, daba tumbas carneras en las pistas y la gente no se me acercaba. No sé si me discriminaban, creo que me tenían un poco de miedo. Decían que estaba loca y me daba bola muy poca gente, a la que recuerdo con mucho afecto». Con la voz quebrada y aferrada a su pocillo de café negro, se toma el tiempo para nombrarlas: Luis Salcedo, dueño de Inizio, mítico bar gay de Rosario; Betiana Tucio, histórica travesti rosarina; la Tatona, un personaje que era una rareza para la época porque tenía el pelo largo, bigotes y usaba pantalones ajustados; y la Jaime y la Juan Carlos, una pareja gay dueña de un bar en el barrio de Pichincha.

De cada una guarda una historia. Luis de Inizio, por ejemplo, la cobijó cuando sus padres la arrojaron a la calle por puto y por loco. También la ayudó a conseguir su primer trabajo en un cabaret de Cruz Alta, en la provincia de Córdoba, donde trabajó durante seis meses. «Llamamos por teléfono y Luis me salió de referencia. Ellos buscaban un barman gay para que no le coja las putas», dice. De la Jaime y la Juan Carlos recuerda que fue la primera pareja del mismo sexo que le presentó a su mamá. Fue toda una novedad porque «en esa época no se usaba, era todo muy escondido». De la Tucio dice que era, y todavía lo es, una diva total: «Era una bohemia, ella estaba seis meses en Europa y seis meses en Argentina y se daba el lujo de sentar al loco en su mesa».

¿Hablar de salud mental a fines de los 80? Imposible, dice La Pirucha. «Era la época en que la gente quedaba manicomializada. Yo tuve suerte por blanca y por rubia». Esa expresión, «por blanca y por rubia», la usará varias veces durante la charla para reconocer los privilegios de clase y de género que más de una vez la salvaron. Como cuando tuvo que dormir algunas noches en la Plaza Cívica, frente a la ex Jefatura de Policía, donde funcionó uno de los centros clandestinos de detención y tortura durante la última dictadura cívico-militar. Aunque ya no había un gobierno de facto, todavía permanecían vigentes los códigos contravencionales que la policía utilizaba para detener a travestis y maricas. Zafó de la cárcel, pero no del estigma.

«La enfermedad mental tiene un espectro y yo respondía al haloperidol, al antipsicótico, entonces seguía siendo autoválida. Pero había gente que no, entonces terminaba manicomializada. Eso significa estar 20 o 25 años internada. Esa gente perdió su vida porque estar en una institución cerrada te anula y te mata la personalidad». Se vuelve a quebrar, pero no llora. Toma impulso y cuenta una idea que le ronda la cabeza desde hace tiempo: ¿por qué no existe una reparación histórica para los locos y las locas que fueron condenados al encierro? «Esto lo digo con todo respeto a las chicas trans reparadas, porque conviví con la persecución que sufrieron, pero por la gente que estuvo manicomializada, anulada, nunca nadie peló por ellas».

Sin que se lo pregunte, me explica que no cobra una pensión por discapacidad y que tuvo la suerte de poder jubilarse después de haber trabajado durante 26 años en distintas empresas. «Yo pude trabajar porque estaba medicado y eso me dio cierta estabilidad, pero me costó mucho, muchísimo. Cuando me retiré me dijeron: “Ah, nosotras ya sabíamos que estabas loco”. Durante esos años, con tratamientos ambulatorios que le dieron resultados más o menos buenos, pudo sostener su actividad profesional. Algunos fines de semana y durante las vacaciones se internaba voluntariamente. Fue la manera que encontró para sobrellevar las exigencias del mundo del trabajo sin descuidar su estabilidad emocional.

Después habla de la Ley de Salud Mental —esa que el gobierno de Javier Milei acaba de reformar para permitir las internaciones involuntarias— y dice que no acuerda del todo con el espíritu de la norma porque «es muy antipsiquiatría». Ella, remarca, le debe su vida a la medicación, que le permitió llevar una vida más o menos estable. De todas maneras, aclara que «hay varias bibliotecas» y que alguna vez se animó a expresar algunas de sus críticas a Alicia Stolkiner, destacada psicóloga argentina y referente de la salud mental, quien trabajó activamente en la sanción y aplicación de la ley. «Ella me dijo que yo tuve buenos psiquiatras, y eso se lo tomo. Sí, tuve buenos psiquiatras y a ellos les debo mi vida», enfatiza.

En la lista aparecen nombres reconocidos en el campo de la psiquiatría local, pero se detiene especialmente en dos: la doctora Christian Lupo y el doctor Valter Castellini. Entre los dos abarcan un período de casi 30 años de tratamientos farmacológicos. Como en un carrusel, y con la experiencia de quien tiene un cuerpo-laboratorio, habla sin pausas sobre pastillas, diagnósticos, efectos secundarios, momentos de plenitud y episodios no tan buenos. Una vez, por ejemplo, perdió el habla como consecuencia de una droga que le recetaron para la esquizofrenia. Una revisión del cuadro clínico reorientó el diagnóstico inicial y le dijeron que era bipolar, una patología todavía poco conocida en 1992.

«Hoy a cualquiera le dicen bipolar. A Cristina (Kirchner) le decían bipolar. Los seres humanos tenemos un ciclo, pero no es lo mismo que ser bipolar». Con paciencia y pedagogía, explica las diferencias entre esta enfermedad y el uso que se popularizó para referirse a los estados de ánimo cambiantes de las personas. También describe con cierta precisión los espectros de la bipolaridad, me indica dónde se encuentra ella y después se interna en otra montaña rusa de fármacos que utilizó a lo largo de su vida.

En el medio, se interrumpe para decirme que le pregunte lo que quiera, que ella habla mucho, pero que eso no me tiene que amedrentar. Por el contrario, le digo que escucho su historia como si estuviera viendo una película y aprovecho el intervalo para pedirle que me cuente más sobre el ambiente gay de los 90. Quiero saber si se enamoró, cómo fue su vida sexoafectiva atravesada por las pastillas, los médicos y el estigma de la locura y la putez. La respuesta, una vez más, me deja boquiabierta.

«Eso es una locura, pero es una linda locura», aclara. «Yo toda la vida fui gay, desde que me acuerdo, pero me enamoré de una mujer. Convivimos cuatro años. Ella era cajera de El Refugio», otro histórico bar gay de Rosario. Se conocieron en la barra. Ella bebía mucho alcohol pese a estar medicada. Su médica, la doctora Lupo, le recomendó abstenerse de otros consumos porque «su cerebro ya estaba lo suficientemente envenenado». Las escenas de amor quedan para la intimidad, pero tras la ruptura sobrevino un largo período en el que la sexualidad pasó a un segundo o tercer plano de su vida. «La medicación me quitó el deseo sexual, estuve casi 10 años sin tener sexo», confiesa.

En esos años llegó a pesar 150 kilos y a fumar dos atados de cigarrillos por día. Con el tiempo, se sometió a una cirugía para bajar de peso. Perdió 70 kilos y su vida dio un vuelco. «Antes de eso estaba muerta en vida», dice con la voz entrecortada. Después se despacha con una breve explicación sobre la grelina, también conocida como la hormona del hambre. Con la manga gástrica le quitaron tres cuartas partes del estómago y eso ayudó a disminuir la producción de esa sustancia. «El estómago genera grelina y hay una parte de la biblioteca que dice que la grelina está relacionada con el cortisol, que es lo que genera estrés. Entonces te cambia el mapa de los neurotransmisores. Créase o no, yo no me volví a deprimir. Igual, eso no significa que estoy curada», aclara.

Con el tiempo volvió al ambiente gay y se enamoró de una travesti. Sus renovadas ganas de vivir también la llevaron a involucrarse en actividades de la comunidad LGTBIQ+, especialmente tras el ascenso de Javier Milei al poder. Allí se encargó de aportar la perspectiva de la salud mental. «Algunas que tienen una visión capacitista me dicen que yo me hago la loca porque me conviene, otras directamente no me dan bola porque dicen que estoy loca. Esto de no tener filtro molesta y mucho, porque la gente en general quiere agradar, y a mí no me importa para nada desagradar. Si me odian, que me odien», dispara.

Esa falta de filtros tiene una relación estrecha con su manera de entender la vida. «Yo me muero en cualquier momento», dice, como si fuera una razón suficiente para no tolerar desplantes, malos tratos ni situaciones que no tiene ganas de soportar. No lo dice con dramatismo. Por el contrario, insiste en que está bien, que no tiene nada pendiente y que vive agradecida. «Yo tampoco estoy agarrada a la vida. Si me muero ahora, estoy lista». La gratitud, explica, es lo que la alimenta.

Tampoco parece interesarle demasiado la idea de dejar una huella. No tiene hijos y hace tiempo empezó a desprenderse de sus pertenencias. Tiró fotografías, recuerdos y buena parte de las cosas que fue acumulando. No quiere dejarle a nadie la tarea de decidir qué hacer con ellas cuando ya no esté. Le pregunto cómo le gustaría que la recuerden y la respuesta es tajante: «No quiero que me recuerden. ¿Para qué?». La idea del legado, tan arraigada en una sociedad que parece exigirnos producir, acumular y trascender, no le despierta ningún entusiasmo.

Quizás por eso también reivindica los viajes en soledad y las conversaciones consigo misma. Es anarquista y desconfía de un mundo que convierte hasta el descanso en una obligación productiva. No necesita una pareja al lado ni estar aferrada a las cosas. Después de tantos años en los que otros decidieron por ella qué era normal, qué estaba bien y qué debía hacer con su cuerpo y su cabeza, La Pirucha parece haber encontrado una forma propia de estar en el mundo: sin pedir permiso, sin demasiadas explicaciones y sin dejar para mañana aquello que todavía tiene ganas de hacer.

Cuando nos despedimos, queda la sensación de que podríamos seguir hablando durante horas. Ella misma lo reconoce: fue una «diarrea verbal». Me voy pensando en esa loca que llora cuando recuerda a quienes la acompañaron, que se enoja frente a las injusticias y que no parece dispuesta a moderar sus palabras para ser más agradable. «Si me muero ahora, estoy lista», había dicho un rato antes. No necesita un legado ni espera que la recuerden. Por ahora, le alcanza con estar bien, agradecer lo vivido y seguir haciendo aquello en lo que cree. Quizás esa sea, después de todo, su manera de estar en el mundo.

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Martín Paoltroni

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