Allí, donde otro mundo es posible

Una crónica desde el corazón del zapatismo. Un relato vivencial de lo que fue la celebración por el 10° Aniversario del nacimiento de los Caracoles Zapatistas y las Juntas del Buen Gobierno, durante el mes de agosto del año pasado. Con la experiencia de haber estado en la Escuelita Zapatista, Guille John nos lleva hasta Chiapas y nos cuenta cómo fueron los festejos en esa tierra donde otro mundo es posible. (Primera Entrega)

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Por Guille John

Desde tempranas horas, bajo un sol de sombrero y mangas de camisa, compañeras y compañeros se fueron arrimando. Los bases de apoyo zapatistas desandaron la montaña para estar presentes y son los primeros en llegar. Jóvenes que crecen con las historias de los abuelos y abuelos que relatan sufrimientos/miserias/dolores de no hace tanto, alegrías en resistencia de apenas 20 años que parecen eternidades. Compañeros de la sociedad civil nacional e internacional llegan con las primeras horas de la tarde del 8 de Agosto.

Por encontrase a escasa hora y media, en carro o camión, de San Cristóbal de las Casas y por su facilidad de acceso, “Resistencia y Rebeldía por la Humanidad”, es históricamente el caracol que más visitas nacionales e internacionales recibe. A nadie asombró, entonces,  que en el marco de los festejos del 10° Aniversario del nacimiento de los Caracoles Zapatistas y la formación de las Juntas del Buen Gobierno recibiera durante los días 8, 9 y 10 de agosto a unas 3000 personas, contando entre estas a las bases de apoyo zapatistas y a la sociedad civil.

Sentados sobre sus mochilas, bajo la sombra de un árbol, varios grupos de civiles esperan que el equipo zapatista que controla la entrada permita el paso. Planilla en mano, toman datos de cada una de las personas que pretenden entrar, los presentan a la junta, debaten, algunos de los visitantes aguardan expectantes encontrarse con un zapatista de paliacate por primera vez aunque se muestran tranquilos, confiados, alegres.

Los zapatistas tienen sus condiciones y permiten que los visitantes también. Solo se puede sacar fotos a los murales y al evento cuando expresamente se los habilite. Se conversa y si hay acuerdo la pequeña cadenita que mantiene cerrado el portón se abre y un compa zapatista acompaña al visitante para que se acomode. Desde temprano los salones comunes están completos.

El sol calienta y el clima es de fiesta. Se encuentran, saludan. Con la palabra a viva voz y el acto en el cuerpo, se abrazan. Se miran a los ojos, muchos sin haberse visto nunca, se reconocen en el otro. En las luchas del otro. No son ajenas, no son distantes. Indistintas lenguas maternas son hermanadas en las mismas resistencias. Responden todos sin importar sexo, edad o color al mismo nombre: Compa.

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Los últimos rayitos de sol se filtran entre nubes amarillas y rojas. Un bosque de álamos se hamaca seducido por las caricias de una fresca brisa de tarde que anuncia la llegada de una habitual fría noche de los Altos. Invisibilizados por espesos bosques de confieras y encinos, los campos de experimentación en los que los alumnos de la primer escuela secundaria producen experiencias que, luego de trascurrir cuerpos/mentes, se transformarán en conocimientos para acercar a sus comunidades. “Ahí se hicieron los experimentos con maíz transgénico” cuenta Eduardo Nach, un maestro argentino que desde hace años decidió cambiar las comodidades de Buenos Aires para ejercer la docencia a las selvas Chiapanecas.   Con emoción en la mirada, señala sobre el cerro: “detrás de esos álamos están los campos de experimentación. Mas allá, en la montañas están las casas de seguridad de la comandancia”, agrega con precisión. “Sí, los zapatistas sembramos maíz transgénicos.” afirma con sonrisa burlesca y a la vez paternal.

“Los resultados fueron buenos”, dijo. Parece que el maíz resistía condiciones climáticas adversas, aguantaba la falta o exceso de agua o de sol, no lo atacaban las pestes ni las enfermedades. No obstante, los zapatistas decidieron no utilizarlo sustentando su decisión en principio porque las semillas no son buenas para las generaciones futuras (pierden poder germinativo) pero principalmente lo hicieron en el simple sentido de equidad. “Es bueno el maicito, aguanta bueno, pero no lo vamos a sembrar por solidaridad con los otros maíces” sentenciaron. Resulta que “esos otros maíces eran plantas nacidas de “semillas naturales” y eran los que recibían todas las pestes que repelían los transgénicos», explica Eduardo ante la mirada sorprendida de quienes lo acompañan en esta suerte de visita guiada por el caracol.

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La mañana del 9 de agosto despunta despejada, un cielo claro de nubes perdidas no ayuda a imaginar el aguacero que acompañaría el resto de la fiesta.

El impacto de los martillos suena contra los postes y el blandir de los machetes (herramienta primordial y cotidiana por tierras chiapanecas)   no cesaría en toda la noche.

Hablan poco. Nunca se escucha un grito, ni un si, ni un no, mucho menos una discusión. No existe excusa para que alguien levante la voz. Algunos muy serios, seriedad que infunde serenidad. Todos hacen. Los años de lucha que hoy se festejan les enseñaron que se aprende haciendo.

Van y vienen, lentos. Seguros, como los caracoles. Con pasos firmes y constantes en una lucha cotidiana que saben larga y difícil. Llevan y traen, siempre tranquilos. En silencio. Pareciera que estuvieran marchando, reflejos corporales de los tiempos donde la tensión armada estaba más cerca. Con la sonrisa en la  boca, no exagerada de quien ríe a carcajadas tras el final de un chiste sino con la alegría de estar festejando y compartiendo en comunidad, con la familia de sangre y la familia elegida al calor de la resistencia.

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Al despertar de la sociedad civil, que en su gran mayoría pasó la noche en tiendas de campaña, el caracol ha vuelto a cambiar. “La gente esta déle llegar y llegar” comenta Govinda, presagiando buenas ventas mientras acomoda sus aretes y collares Otomíes sobre su pequeño paño. Todo hace pensar que la fiesta “va a estar en grande”.

Las tiendas lo ocupan todo, duplicando o triplicando las construcciones que naturalmente tiene el caracol. Los emprendimientos colectivos son el medio fundamental con que las comunidades sostienen económicamente a las juntas, comisariados y promotores de salud o educación y de esta manera a su autonomía. Así aprovechan la oportunidad para ofrecer artesanías: (Oventic por tener poca tierra tiene la mayoría de sus trabajos colectivos en artesanias, comidas, etc) borceguíes, morrales, bolsos y bolsitas, chamarras y playeras impresas con motivos zapatistas de variados tipos se exhiben junto con calcomanías, posters, libros, muñecas de la comandanta Ramona.

Por la tarde, la lluvia, que desde días se hacía esquiva, se hizo presente para acompañar la fiesta. Por altoparlante se invita a “no despreciar la lluvia” y a recibirla con alegría y en equilibrio, conscientes  que la lluvia no es más que una de las manifestaciones naturales de los dioses presentes, cuyos humores determinan si regalar vida a las tierras o generar destrucción y tempestad.   Los más tímidos,que no ríen, aplauden; todos festejan la intención. Los niños aprovechan los charcos para saltar sobre ellos, una niña de huaraches empapada con ambos pies en un charco sacude su larga cabellera morena y enseña toda su infantil sonrisa mientras salpica a unos cuantos visitantes que se refugian bajo el techo de lona del escenario principal.

Resbalones y caídas hacen peligrosos los deportes que son suspendidos. Sobre la ladera del cerro, la cancha de fútbol que tiene una inclinación de medio metro entre las bandas lateral ya no muestra su pedregal y se transformó en un delta surcado por arroyitos.

Se comulga cordialidad, la fiesta invade el aire. La lluvia hizo del caracol un inmenso lodazal y arruga de frío los pies de unos cuantos.

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Bajo un chipi chipi que a nadie daría tregua, la tarde se transformó en noche y con ella llegaron los festejos principales. A la primera y única llamada, las bases de apoyo y los visitantes, bajo plásticos y paraguas de mil colores,  se acercan. Se reúnen alrededor de la cancha de básquet en circularidad con las autoridades, que desde un escenario que se eleva escasos 30 centímetros, muestran y se demuestran que no hay diferencias ni privilegios, “los de arriba” no son más que los de abajo y viceversa.

Una de las representantes de la junta toma el micrófono. Desde los altoparlantes la palabra huele a humildad, se oye suave, lenta, difícil por momentos a los oídos weros tan acostumbrados a la velocidad del “desarrollo”. Agradece, denuncia, sostiene y fundamenta pensar y visión. Primero en castellano y luego en tsotsil y tzeltal, el discurso destaca escuetamente el motivo de los festejos, remontando la memoria a 10 años atrás cuando decidieron transformar los Aguascalientes en Caracoles “en ese año los mismos pueblos y el mismo proceso de nuestra lucha de liberación se vio en la necesidad de dar otro paso en nuestra lucha para seguir resistiendo y ejerciendo nuestros derechos como pueblos originarios de estas tierras” y agrega: “10 años de la construcción de su propia autonomía es decir nuestra propia forma de vivir, de pensar, de organizarnos, y de gobernarnos.”

La palabra responsabiliza directamente   a los 3 niveles de gobierno repudiando al gobierno federal y la Campaña Nacional contra el Hambre “no es mas que un plan mas de contra insurgencia con el objetivo de dividir, provocar enfrentamiento en las comunidades y destruir la resistencia de los pueblos zapatistas.” “Es un ataque económico,  político, ideológico, social y cultural contra la construcción de la autonomía de los pueblos originarios en nuestro país.”

Con la voz sincera, disculpándose, identifican dificultades, complicaciones y errores, conscientes y convencidos de los procesos dinámicos de aprender a autogobernarse.

Después del agradecimiento a los asistentes y una invitación a resistir en las luchas, reconociendo al mismo enemigo,  independientemente del lugar de procedencia, se retiran la bandera de México y del EZLN en manos de los abanderados y sus escoltas.

Los calderos tiznados recuerdan innumerables fuegos, se cocinan tamales, arroces con leche, atoles de arroz y café que mantendrían calientes los cuerpos, que húmedos y sin importar si su tienda o saco de dormir se inundó, se encontraban de ánimo para festejar hasta el amanecer. Los ritmos tropicales, quebraditas y banda se alternaban con pistas electrónicas, el dub, el rap, el rock o el reggae al igual que los públicos que los disfrutaban. Algunos más afines a unos o a otros, entre todos hacen de la pista de baile “un mundo donde caben todos los mundos  ”

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