Viaje a la Escuelita Zapatista

En otra entrega que nos regala Guille John, compartimos su paso por la Escuelita Zapatista. Su mirada y experiencia nos invita a conocer ese otro mundo, esa otra escuela posible,  «una escuela de pedagogía activa donde la forma de aprender es haciendo y errando».

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Por Guille John

San Sebastián es un pequeño ejido a media hora a pie desde el caracol de Morelia. Una región montañosa y húmeda, donde pequeños valles naturales son dominados por espesos bosques pinos, ocotes y espinillos. Una zona alta y fría de abundantes lluvias y desbordantes arroyos que rápidamente se transforman en ríos y dan color a mil tonalidades de verdes. Fundado solo hace 6 meses, es un gran campo que fue ocupado por dos familias zapatistas con el apoyo de las comunidades de la zona y así pasó a formar parte del caracol.

Este paraje sería uno de los tantos donde, durante una semana  (entre los días 12 y 16 de agosto ),los y las zapatistas se dieron la tarea de reinventar la palabra escuela oficiando de “profesores”, ante la comunidad civil nacional e internacional, del 1er Nivel de la Escuela Zapatista del curso titulado “La libertad según l@s zapatistas”. Durante 5 días, en un inmenso esfuerzo organizativo, los zapatistas recibieron en todo el territorio rebelde a 1700 personas de los 5 continentes y de todas las edades para contarles “cómo ha sido su pensamiento y su acción en la libertad según el zapatismo, sus aciertos, sus errores, sus problemas, su soluciones, lo que han avanzado, lo que está atorado y lo que falta, porque siempre falta lo que falta.”

 Eduardo (20) y Mayber (17) dos jóvenes votanes que, como dijo el Sup en los comunicados previos “ algo así como ‘guardián y corazón del pueblo’, o ‘guardián y corazón de la tierra’, o ‘guardián y corazón del mundo´” acompañaron con marca personal durante los días que duró la escuelita a los estudiantes asignados a San Sebastián. Ocupándose de su bienestar físico y anímico, buscando incansablemente generar un clima amoroso que permitiera un aprendizaje sin traumas. Y, no menos importante, oficiar de traductor e intérprete del tzeltal al castellano para abrir el intercambio con saberes ancestrales solo posibles de transmitir a través del sentir y la palabra.

“Les pedimos que saquen fotos” dijo Eduardo, entre maices de más de dos metros que cubrían,  completamente su chaparrita contextura “vos nos avisas, nosotros nos ponemos el paliacate y toman todas las imágenes que quieran” agregó desorientando una vez más a los estudiantes que saben de lo celosos que son los zapatistas ante las cámaras. “Para nosotros es importante mostrar los trabajos colectivos” agregó, mientras, machete en mano, limpiaba junto a los 5 hombres de la comunidad la milpa con que las familias de San Sebastián desde lo individual aportan al colectivo. Así, como entendían los abuelos, “los trabajos se hacen en común para mantener una convivencia comunitaria” la importancia de los trabajos comunitarios además fortalecer la economía de todos, generan encuentros donde se comparten las experiencias y  ayudan a tener más ideas de como organizarse.

Entre machetazo que va y machetazo que viene aprovechó la oportunidad para explicar con toda naturalidad lo que lo hace zapatista “Para nosotros el paliacate es importante, no solo para cubrirnos la cara y que no nos reconozcan”, hizo un gesto, se puso la mano sobre la boca como si fuera un paliacate y continuó[“sin él somos cualquier persona, un indio más, con el paliacate somos zapatistas”. El paliacate que una vez sirviera para invisibilizarlos hoy los visibiliza, les da identidad. Son indígenas. No cualquier indígena, uno orgullosamente zapatista.

Al asomar el alba, mucho antes que las nubes abandonaran la montaña, las mujeres de la familia amanecen. Preparan frijol ensopado, tortilla, (si las gallinas quisieron) tal vez algún huevito duro y el infaltable “compacafe” caliente. Una variedad de frijol de origen mayense (también  conocido como nescafe que nada tiene que ver con Nestlé)  que los hombres desayunan hambreados antes de emprender camino hacia los trabajos de las milpa colectivas. A machetazos se quitan la hojas secas y la maleza rastrera del maíz colectivo como alternativa humana al glifosato, un palo puntiagudo o el mismo machete es la herramienta justa para abrir huequitos y desde el morral caer semillitas naturales de frijol al pie de los maices que, ya crecidos, servirán de tutores.

Por la tarde, si el día lo permitía, baños en algún río revitalizaban los cuerpos y despabilaban las amodorradas mentes. Sentados en alguna mesa o bajo la sombra de un árbol los estudiantes repasaban los libros donde los zapatistas sistematizaron las experiencias cotidianas recolectadas durante 19 años. Oportunamente narrados y presentados en formato de anécdotas, los zapatistas  se contaron y le contaron al mundo cómo vienen haciendo desde aquel, no tan lejano, 1 de enero del 94. Detallaron cuestiones de salud (sus yerberas, hueseras y parteras), educación, soberanía territorial y económica, organización y participación de las mujeres en el gobierno autónomo, resistencia política, cultural e ideológica.

 Así, entre trabajos de milpa, cortando leña, moliendo maíz, amasando tortillas o cocinando sopes los zapatistas hicieron del cotidiano de sus vidas una escuela teórico práctica, donde compartir un mismo idioma no es imprescindible para aprender de otros, pues los métodos de aprendizaje son sensoriales y el conocimiento se recibe en mil modos.

 Una escuela de pedagogía activa donde la forma de aprender es haciendo y errando. Los saberes de todos se intercambian para enseñar al colectivo, el error no se reprime, se entiende como instancia de aprendizaje y se aborda con humor y alegría. Los materiales de estudio son tanto el machete y la moledora de maíz como el libro. La sala de estudio es el potrero, la cocina o el corral de los pollos y el momento de aprender no es solo en el aula, sino también la asamblea o el paseo por el campo. Por Chiapas, la libreta de calificaciones es cosa de otros tiempos.

 La forma de mirar el mundo nunca será la misma para los estudiantes que asistieron a la escuelita y mucho menos para las familias que en un tremendo esfuerzo organizativo hicieron de sus vidas el primero de una serie de “cursos” con que los  zapatistas, desde la humildad, intentan aportar en primera persona a los procesos libertarios revolucionarios que día a día andan efervesciendo por el mundo. Así dijera el Subcomandante Moisés desde las montañas del sureste mexicano “lo que esté en su cabeza como llegó y como se va, pues eso sí no podemos hacer nada, o sea que va en su cuenta del compañero o compañera lo que haga con lo que mire,  escuche y aprenda.  O sea que se les va a enseñar la teoría, y la práctica pues ahí lo van a ver en sus rincones de cada quien”  .

Estudiantes y zapatistas reafirman su andar transformándose, transformando.

 

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