La ruidosa verborragia de la ciudad va quedando lejos al zambullirnos en las ideas de Jeremías Chauque. Jeremías lleva en el cuerpo el lenguaje de la tierra. Desde su cosmovisión mapuche nos ayuda a echar luz alrededor del voraz avance extractivista sobre los territorios y la vida. Nos invita a complejizar la mirada, a sumar las dimensiones identitaria y cultural. Mate amargo, semillas libres y organización social. Conversamos con él, en el marco de la VII Asamblea Regional de Pueblos Fumigados.

 Por Vivi Benito

Jeremías Chauque lleva en el cuerpo el lenguaje de la tierra. Habla pausado, elabora cada idea con tranquilidad, degusta las palabras, que también saben transformarse en imágenes: Un abuelo que recuerda cómo cultivaba frutillas con olor a frutillas, sin agrotóxicos. Una vecina que volvió a cocinar en el horno de barro que estaba abandonado en el fono del patio. Un nene que juega a la pelota con mandarinas en los bolsillos. Una familia que “amadrina” semillas y las cuida hasta el momento de su siembra.

“Tenemos que volver a la agricultura ancestral, que es la cultura de la tierra”, dice con naturalidad desde su cosmovisión mapuche, el hijo del músico y activista Rubén Patagonia.

Jeremías llegó a Desvío Arijón hace 10 años, y se quedó. Vivía en Comodoro Rivadavia, provincia de Chubut, corazón petrolero con puertos de relevancia internacional, por donde salen al mundo petróleo, productos industriales y agrícolas. Dos mil kilómetros al norte de su Patagonia natal, en ese hermoso pueblito que forma parte de la tradicional cuenca frutillera del país, sus razones de lucha siguen siendo las mismas: recuperar la memoria y cultura campesina.

“Nos desconectaron de la tierra, del milagro de cosechar el alimento, de ver brotar una semilla, de entender lo que sucede en el campo luego de una lluvia, o del valor cultural que tiene el alimento sin agrotóxicos. Más allá de lo nutritivo ese alimento tiene historias, identidad, sueños, hubo una familia que la abrazó hasta poder cosecharla. Hay sueños metidos en esa semilla que acaba de brotar, eso es lo que vamos a comer. Hay que volver a conectarse, escuchar, entender”, dice, mientras compartimos unos mates en la feria montada frente al Almacén de las Tres Ecologías, en el marco de la VII Asamblea Regional de Pueblos Fumigados, que tuvo lugar en Rosario el 4 y 5 de junio.

“Nos impusieron que durante todo el año podemos comer naranjas, no hay dimensión de la estacionalidad de los alimentos. La gente no sabe cómo se produce una frutilla, cómo se está produciendo una acelga, la harina, la carne. Eso es parte del vaciamiento, de esta desconexión con la tierra”, analiza, buscando desnaturalizar la falta de conocimiento sobre nuestro propio entorno, sobre los ciclos, las lunas, las lluvias, saberes indispensables que han sido arrasados por el sistema de monocultivo, tendiente a la monocultura, pensamiento único y globalizado.

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Desde una mirada circular, Chauque continúa: “Nosotros somos agricultores, estamos trabajando en recuperar la agricultura ancestral, aquella que sin agrotóxicos nos permite forjar nuevos tiempos desde lo antiguo. Venimos a hablar de cosas viejas, creemos en los saberes ancestrales de los abuelos y abuelas, ya estamos en condiciones de poder plantarnos y de entender qué está pasando en el campo, con nuestros alimentos, qué está pasando con las semillas, cuáles son los verdaderos intereses de estos modelos productivos, porque está en peligro la memoria, la identidad y la cultura”.

“Nos han llevado a que discutamos la agricultura sólo desde la producción, a hablar de agricultura sin agrotóxicos o como la llaman agroecología, a ver si se produce más o menos, si se gasta más o menos en insumos, pero la agricultura es la posibilidad de reconectarnos con la tierra en cualquier situación, uno puede vivir en un ámbito rural, pero el urbano también está conectado con el campo todo el tiempo”, afirma, buscando entrelazar realidades –rural y urbana- que suelen presentarse como escindidas.

Desvío a la raíz

Sin tiempos transcurre la conversación y atrás va quedando la ruidosa verborragia de la ciudad. Entre mates Jeremías me muestra semillas, plantas de lechuga, atados de romero, maples de huevos de “gallinas contentas”. Se queda en silencio, piensa.  Abre signos de pregunta. ¿Qué pasó con toda esa gente que vivía en el campo?, ¿Qué pasó con el lechero que repartía la leche recién ordeñada?

El referente mapuche vino a Rosario con su familia y compañero y compañeras de la “Feria campesina Desvío a la Raíz” para participar de la VII Asamblea Regional de Pueblos Fumigados, que reunió a vecinos y vecinas de más de 20 localidades de la provincia, también de Entre Ríos y el norte de Buenos Aires, en una experiencia de participación que crece desde el pie, suma voluntades y se fortalece desde la horizontalidad y la autogestión “por una vida sin venenos”.

La feria campesina “Desvío a la Raíz” lleva 10 años de lucha, de producción de alimentos sanos y de una escucha y reivindicación de los saberes campesinos. Agrupa a unas 25 familias, que pasito a paso, además de defenderse de las fumigaciones con agrotóxicos, buscan desandar las falacias que el modelo agroindustrial ha instalado hace ya dos décadas.

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“Nosotros en Desvío a la raíz empezamos primero a entender qué nos estaba pasando, porqué el campo ya no era el campo que nosotros creíamos, nos empezamos a preguntar dónde están los abuelos, qué pasó con las huertas, qué con aquella abuela que tenía los hornos de barro funcionando todo el tiempo. El tema es claro, han destrozado la cultura campesina, han fumigado la identidad y la memoria, nosotros hacemos hincapié en eso porque hoy no tenemos esos viejos y viejas agricultoras que nos explicaban con qué luna sembrar y con qué luna cosechar. Esos saberes fueron fumigados, donde ayer hubo montes hoy hay soja, donde en ese monte seguramente generaciones anteriores buscaron alimentos, leyendas, mitos. Eso lo borraron y es el riesgo de llevar esto a lo productivo solamente. A partir de ahí avanza este modelo y nos desheredan de los saberes”, dice Jeremías, ayudándonos a abrir la mirada más allá de los metros de protección de las fumigaciones.

Entre mate y mate, sentados a metros del inmenso río Paraná, vemos pasar tremendos barcos que se llevan fuera del país parte de lo que nos da esta tierra, nuestra tierra, en forma de materias primas, que luego Argentina importa como producto terminado. El mundo del revés.

“¿Cómo se puede llamar recurso natural a la tierra, como si fuese una máquina. Tenemos miedo de llamarle Madre Tierra, eso es lo que hay que reconectar. El proceso es muy lento, nos llevan generaciones de ventaja. Todavía hay gente que piensa que está curando a las plantas y a la tierra cuando la llena de agrotóxicos”, expresa, y vuelve a hacernos una invitación simplemente revolucionaria: Volver a los vínculos. Escucharnos. Bajar el volumen de las artificialidades. Recrear los propios tiempos. Volver al cuadradito de tierra donde late tanta vida que no siempre vemos.

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