El torneo de fútbol ATR, que se juega en Villa Banana, reúne a pibes y pibas de distintos barrios de la ciudad. Desde las organizaciones que lo llevan adelante destacan la potencia del deporte como herramienta de vinculación y participación.

 

El terreno es una cancha de once. Pero hay dos canchas a lo ancho. Marcadas con líneas de cal: laterales, líneas de fondo, áreas, círculo central. Hay como cien pibes y pibas, entre quienes juegan y quienes esperan su partido armando un loco. Rueda la pelota.

Un cinco hábil recibe un pase, la duerme abajo del pie, hace una pausa, busca un hueco, ve desbordar a su compañero cual wing derecho, le desliza un toque a quien lo recibe quitándoselo de encima con un centro de primera, y en el área sin tantas vueltas un cabezazo manda la pelota al fondo, a enredarse con la red en el reencuentro eterno. Una, en la otra cancha, se desmarca, la pide, no se la dan, la pide y la pelota rebota por otros lados. La pide hasta que le queda -de sorpresa- boyando ante su contemplación fija que entre ansiedad y nervios resuelve un derechazo de volea que se cruza al ángulo. Ella señala a alguien que mira desde afuera. Le dedica un gol y un guiño.

Eduardo Galeano, futbolero antes que Galeano, se preguntaba en qué se parece el fútbol a Dios. En la devoción que le tienen muchos creyentes -se respondía- y en la desconfianza que le tienen muchos intelectuales.

Serán, para los desconfiados, veintidós brutos corriendo atrás de una pelota. Que pueden ser catorce, o que pueden ser diez. O qué pueden ser veinte, doce u ocho porque los arqueros tampoco corren tanto. O brutas, o arqueras. Porque la cancha se abrió, o la abrieron, las pibas: con tanta vehemencia que impidieron el asombro. Lo que asombra es que para ellos tanta pantalla y tantos millones y para ellas lo amateur, el bajo presupuesto y la autogestión. Pero: ¿asombra?

Agrega Galeano que el juego se ha convertido en espectáculo, con pocos protagonistas y muchos espectadores. “Fútbol para mirar, y el espectáculo se ha convertido en uno de los negocios más lucrativos del mundo, que no se organiza para jugar sino para impedir que se juegue”. Por eso, entonces, tanto insulto, tanto golpe, tanta presión desde afuera. Por eso, también, tanta especulación, tanta mafia, tanta desigualdad desde adentro. El negocio -desparejo por naturaleza- y la violencia que se necesita para sostenerlo.

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Dicen en los diarios del país que el domingo 9 de febrero, en un potrero del barrio Hostal del Sol, Rosario, a Jeremías, un pibito de dieciséis años, lo balearon por crack. Que estaba jugando por plata y que lo balearon por crack, por jugar tan bien, para que no jugara más. Y por consiguiente esa sensación de que ahora Jeremías, que pintaba para crack, no servirá como antes.

¿Realmente a Jeremía lo balearon por crack?

¿Acaso si Jeremías no fuera tan bueno, la persona que lo baleó no habría llevado ese fierro –que sacó quién sabe de dónde- a la cancha?

¿O a Jeremías lo balearon porque en Rosario, hace tiempo, las discusiones saltan del insulto al tiro tan fácilmente?

¿Así es el fútbol cuando no hay un imperio que lo dirige?

¿Acaso Jeremías es él crack del barrio y nadie juega como él?

¿No podrá Jeremías –como Diego Maradona, David Villa, Francesco Totti o tantos otros- recuperarse y volver a jugar?

Porque al fin y al cabo, como decía Galeano, se trata de jugar. Pero el espectáculo derrotó al juego. Entonces Jeremías ahora es un distinto que podría dejar de serlo por culpa de un disparo. Más expectativas sobre las expectativas que recaen sobre un pibe de dieciséis. Y si no se cumplen, la cultura del descarte recaerá sobre Jeremías, que solo quiere jugar.

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En Villa Banana, la organización social Causa encaró desde el año 2018 un proyecto atravesado por el fútbol pero no por sus lógicas de espectáculo y de comercio. Con los pibes y las pibas de este barrio y mucho otros como protagonistas. Que lo espectacular sea la chilena que tiró uno, la atajada imposible que encontró otra. Que en definitiva se juegue. Y a partir del juego, todo lo demás.

El lugar es el club 27 de febrero, ex Juan XXIII, un terreno al que la organización solía volver para algún día del niño, la escuela de hockey, algún picadito informal. Pero desde hace un tiempo está en plan de recuperación y para eso hay que apropiarse y resignificar un terreno que por su abandono y sus características había sido un punto de distribución de alguna rama del comercio de drogas a escala local.

El torneo ATR se realiza dentro del programa Nueva Oportunidad, del gobierno provincial, y en ese marco Causa abrió la cancha para convocar a otras organizaciones que tienen vinculación con el programa. Y así surgió la idea del torneo de fútbol ATR. Son 24 equipos, doce de pibes y doce de pibas, alrededor de 250 personas en total, que juegan cada martes y jueves.

Facundo Peralta, de Causa, uno de los que está al frente del torneo, explica que desde la organización buscan que el fútbol sea una herramienta en la recuperación del espacio del club que también es recuperación de los vínculos con la comunidad. Porque a veces cuesta generar esos vínculos y sostenerlos, sobre todo con la juventud, cuando hay una cuestión de intereses que pueden no ser compatibles. Pero, el deporte en general y el fútbol en particular -dice Facundo- logra seducir. En las dos partes. Porque a los jóvenes los ilusiona, los invita a canalizar energía. Y a los más grandes los remonta a un sueño y un cariño que no se resignan a dejar por el inevitable paso del tiempo. Sea para jugar, para organizar, para ver: siempre se está volviendo a un potrero.

Lo mismo considera Iván Moreyra, integrante de Comunidad Rebelde, una de las organizaciones sociales del barrio que participa del torneo y encontró en el fútbol un canal para afirmar el vínculo con los pibes y las pibas. “Nos volcamos al deporte porque vimos un potencial enorme de transformación entre los pibes y las pibas. Un espacio de contención, de expresión, de participación y de escucha”, explica y refiere a viejas experiencias que sirvieron de puntapié: la recuperación de un potrero que estaba abandonado y ahí mismo el clásico de la no violencia en el que en 2013 participaron jugadores de Ñuls y Central como Nahuel Guzmán y Sebastián Abreu. Desde entonces, otra apuesta sobre la que vienen trabajando es el fútbol femenino. “Es un auge que viene de la mano de la lucha de las mujeres y el feminismo, y los barrios no están ajenos. Hoy las pibas juegan y los hombres cuidan a los pibes, y eso es una lucha ganada”, agrega Iván.

“Con el torneo los pibes generaron sentido de pertenencia, a un colectivo, a un grupo, a un equipo con un color, un nombre, que se prepara para jugar en la semana, y al mismo tiempo en algo no menor ellos están haciendo un club. Porque ellos están pintando el club, arreglaron una pared. Vieron que el torneo funcionaba y que caían pibes de otros barrios y se entusiasmaron en trabajar”, explica Facundo. “Muchas veces se trabaja la grupalidad y lo colectivo desde lo abstracto. Pero el deporte y el club generan una modificación en los vínculos, los pibes se sienten parte de un colectivo en lo concreto y a partir de ahí pueden transformar su propia realidad”, agrega.

La propia realidad de la que habla Facundo, es la de los barrios que participan del torneo: Cabín 9, Empalme Graneros, Villa Moreno, Barrio Triángulo, La Boca, y los locales Villa Banana. Tantos otros y la misma propia realidad, alcanzada por la desigualdad social, la violencia institucional, la violencia en sí misma que implica la ausencia de derechos básicos como la falta de trabajo. Pero también por la organización y la fuerza de las simples ganas de jugar. Entonces un torneo de estas características termina por poner en común historias emparentadas a pesar de la distancia. Ahí también está la potencia de lo colectivo: en el potrero todos estos equipos juegan del mismo lado.

 

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