El avance de proyectos inmobiliarios sobre zonas protegidas del Valle de Punilla es resistida por más de 20 familias que habitan y preservan el lugar. Una de ellas, es rosarina. Hace ocho años se radicaron en Córdoba para vivir en plena armonía con el monte. El pasado 25 de junio fueron amenazados por intentar defender la tierra de la voracidad empresarial. 

Foto: Ecos de Córdoba

Una Toyota Hillux color gris los interceptó en uno de los tantos caminos de tierra que Martín recorre a diario junto a su compañera y sus hijos. Era una tarde de martes, fría de junio, como cualquier otra.

Unos minutos antes, Martín se había cruzado con un operario de la inmobiliaria Vientos del Mar y Sierras Lago, con el que intercambió unas palabras de manera pacífica, con la intención de advertirle sobre las normas vigentes para intervenir en una zona protegida de monte nativo. Es que según denuncian las más de veinte familias que habitan en el Valle de Punilla, en Córdoba, estas firmas inmobiliarias con sede en Buenos Aires pretenden avanzar desmontando lo poco que aún queda en esta zona cercana a la Comuna de Casa de Grande y a pocos kilómetros de Cosquín, violando incluso lo que establece el Acta de Acuerdo Ambiental. Pero como ocurre en tantos otros lados, oponerse a los avances de estos mega proyectos inmobiliarios implica exponerse a aprietes y amenazas como las que padeció Martín y su familia la tarde del martes 25 de junio y a plena luz del día.

De la camioneta Hillux bajaron 4 personas, entre ellas, el socio de Vientos del Mar, Eduardo Vago. “Me empezaron a pegar sin mediar palabra”, dice Martín en diálogo con enREDando. El relato continúa: “Tuvimos una emboscada. Mi mujer también  recibió un puñetazo, mis hijos estaban ahí. Era gente con la que nunca antes había tenido trato. Fue un momento de desesperación, la familia se dispersó. Yo salí aturdido para un lado y mi compañera y mis hijos, salieron para el otro lado, descalzos. Después nos pudimos reencontrar”.

Martín es rosarino. Hace ocho años, y tras viajar por diferentes lugares, decidió radicarse en Córdoba. Buscar otro modo de vida, dejar la ciudad para vincularse con la naturaleza y con el medio ambiente. Fueron las primeras familias en habitar un lugar donde no hay servicios básicos. Donde la energía es solar, dónde el agua proviene de las vertientes de los ríos y arroyos, donde la leña hace el fuego que genera el calor.

“Creemos que el ser humano tiene que priorizar y conservar los lugares que quedan porque es muy grande el destrato que se esta haciendo a la tierra. Por eso llegamos acá, para vivir en un lugar más sano”. Producen alimentos, vinos, dulces, conservas, trabajan la tierra cuya labor no es nada fácil,  y conviven en plena armonía con el monte nativo de Córdoba. “Acá la escala no es extensiva. Nosotros no desmontamos”.

A veces, participan en ferias y junto al resto de las familias de la zona, integran una cooperativa para realizar comprar asociativas. “Nuestra economía es de subsistencia y de muy poco dinero”, señala. Por eso, para Martín, la voracidad empresarial resulta inexplicable. “Hay que cerrar los ojos para no querer ver lo que estamos destruyendo”, dice con impotencia. Y asegura que si estos proyectos avanzan, lo único que va a quedar es una tierra seca, castigada por las altas temperaturas, la sequía y las inundaciones. Nada de flora y nada de fauna, el principal valor de esta área natural del Balcón de Punilla. Por eso, además, para Martín resulta contradictorio el interés que sobre este lugar tienen las firmas inmobiliarias. “Si desmontás, vas a tener un montón de problemas”. Y al mismo tiempo, dice: “lo que ocurre es que hay un crecimiento de expansión de la ciudad de Córdoba. Entonces, buscan territorios cercanos, a pocos minutos, para hacer proyectos inmobiliarios, como un anexo a la gran urbe. Pero este crecimiento no es sostenible. Realizan obras faraónicas como un puente sobre un lago que tiene altos niveles de contaminación y no lo sanean. Las prioridades son otras”.

Sobre el Balcón de Punilla, el lugar en el mundo que eligieron para vivir y ver crecer a sus tres hijos, Martín explica que se trata de “una zona gris” que no pertenece a ninguna Comuna, a pesar de la cercanía con Casa Grande, adonde pudieron radicar la denuncia e iniciar las acciones legales correspondientes tras la amenaza que padecieron. De ahí deriva la ausencia de un Estado que garantice derechos y responda frente al avance inmobiliario que, según cuenta, se hace de manera silenciosa pero igualmente dañina para la vegetación del lugar. “Las inmobiliarias trabajan desmontando lotes. Es un trabajo a pequeña intensidad pero que daña notoriamente la zona, porque avanzan sobre franjas rojas, amarillas, verdes”.

Frente a esto, las familias decidieron salir a defender la preservación del monte. “Tenemos el objetivo de cuidar este espacio y generar conciencia en la sociedad, y mientras tanto, tratando de tomar todas las medidas institucionales para que el Estado de alguna manera intente regular el ordenamiento territorial. Al no haber una planificación, se está avanzando destruyendo por todos lados. Y no se sabe qué se cuida y qué no. Queremos resguardar esta zona del llamado “progreso”.

La Coordinadora Ambiental del Balcón de Punilla denunció los hechos en un comunicado: “Denunciamos el desmonte y el negocio de la especulación inmobiliaria de Vientos del Mar SRL y SierraLago Bienes y repudiamos los constantes actos de violencia de Eduardo Vago contra los vecinos del lugar. Exigimos a las autoridades policiales el resguardo de la integridad de los vecinos en esta situación de total vulnerabilidad. Exigimos a las autoridades competentes de la comuna de Casa Grande la aplicación de las normativas vigentes en materia ambiental y los derechos humanos”.

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