El corredor de la Ruta 18 vio parir una organización: la Asamblea de Pueblos Fumigados de la Ruta 18, donde lxs vecinxs luchan por la vida frente a un modelo que sólo propone muerte. En un esquema de agronegocios que pretende naturalizarlo todo, se alza una voz colectiva que deja en claro que la salud no se negocia y el modelo no alimenta. ¿Cuál es el aire que respiran estos pueblos fumigados?

Yendo desde Rosario hacia Pergamino, la avenida Ovidio Lagos se convierte en la ruta provincial Nº 18. A los costados de la ruta se desprenden los pueblos. De un lado, Álvarez y Piñero; del otro, Alvear, Villa Amelia, Coronel Domínguez. En el kilómetro 10,5 hay un Centro de Salud que se convirtió en cita de asambleas de vecinos y vecinas de estos pueblos que tienen más de una cosa en común.

Nadia Bustos, vecina de Álvarez, dice que los une la ruta y la cercanía. Y también el hecho de vivir en zonas rurales y estar rodeados de campo. Estos elementos comunes conducen al punto central: quienes habitan las zonas rurales de estos pueblos están siendo fumigados. Y no hay metáfora. “Yo estoy en Álvarez pero si fumigan en Villa Amelia para mi es lo mismo”. Nadia se refiere a la deriva. “El veneno vuela”, dice.

Cacho Imhoff, que vive en el paraje El Caramelo, también del lado de Álvarez, dice que además de las fumigaciones y la ruta 18, los une la solidaridad. “Aunque esté lejos un lugar de otro me siento afectado porque es el mismo problema que tengo yo”.

Cuando habla de los puntos de unión, Gustavo Ludueña es más tajante: “nos unen la vida y la muerte”. Dice que lo que están discutiendo es salud: cómo vivir y qué dejarle a las generaciones futuras de las que tanto se habla. Aunque lo piensa de grande, dice que si fuera chico no le importaría que su viejo le deje una casa o un auto. “Dejame un planeta donde se pueda vivir. Que no me tenga que morir”.

Vecinos y vecinas venían denunciando hace tiempo las fumigaciones pero hasta el año pasado las Comunas no tomaban esas denuncias. Cada quien estaba en su lugar y sufría individualmente, algunos sospechando relaciones entre lo que tiraban en los campos y lo que sentían en el aire; otros simplemente dedicándose a vivir. “Todos sabíamos que había mosquitos y que estaba mal pero no conocíamos la ley, las ordenanzas ni qué nos estaban tirando”, reconstruye Gustavo. Desde el año pasado algo cambió. Se rompió el aislamiento y empezaron a organizar la bronca. Como casi siempre, el verbo efectivo para combatir el desconocimiento es el mismo que combate la soledad: juntarse. Y eso es lo que hicieron. Sabían que mucha gente estaba organizada en distintos lugares desde hacía años. Se contactaron con la Asamblea Pueblo Esther por la Vida. Dos compañeras de la Asamblea fueron a charlar para compartir sus experiencias. Y también fue Carlos Manessi de Paren de Fumigarnos. Después de esa charla quedó fundada la Asamblea de Pueblos Fumigados de la Ruta 18 que ya tiene más un año de vida peleando contra la muerte.

 

Los objetivos que aparecieron desde que empezaron a juntarse tienen que ver, por un lado, con que se respeten las leyes que hay hasta que sean modificadas a favor de la salud y, por otro lado, que se modifiquen las ordenanzas. Actualmente cada comuna tiene su propia ordenanza que establece los metros libres de fumigaciones. La mayor distancia que se exige para las fumigaciones terrestres es de doscientos metros en Alvear, pero desde la Asamblea indican que “al estar tan lejos del casco urbano nadie controla”. En Villa Amelia la distancia para las fumigaciones terrestres es cero, excepto donde hay escuelas, donde se estipulan solamente cien metros libres. Con respecto a las fumigaciones aéreas, las distancias en las distintas comunas van desde 1.500 a 3.000 metros. Pero en Villa Amelia, donde están prohibidas, hubo casos de fumigaciones aéreas y hay denuncias que están en la Justicia.

“Dejame un planeta donde se pueda vivir. Que no me tenga que morir”

Cuando se empezaron a juntar sentían que les faltaba información, que era difícil acceder a los datos. El dato que tenían era el síntoma. ¿Qué sienten cuando respiran los y las vecinas del corredor de la Ruta 18?

Cuando Cacho despertó esa mañana sintió que se moría. No podía respirar. Hoy todavía recuerda la sensación. “Es horrible no poder respirar”. Cuando logró recuperar el aire pensó: éstas son las fumigaciones.

Nadia vive en Álvarez hace cuatro años. Cuando se fue de Rosario buscando el aire puro no sabía que dos años más tarde terminaría organizada y luchando por acercarse un poquito hacia eso que había ido a buscar: el aire limpio. Cuando vivía en Rosario, su familiaridad con el tema de la contaminación era nula. Por eso se reconoce como parte de un engaño, el de aquellas personas que se escapan de Rosario en busca de una vida sana, al aire libre, lejos de la locura de la ciudad, y se encuentran con todo lo contrario. Su loteo está pegado a un campo donde siembran soja. Como siembran desde la zanja, la distancia que la separa de la soja es la calle. Cuando fue a ver el terreno antes de mudarse, ese campo estaba sin sembrar. Y cuando ya estaba viviendo, un día su hermana le avisó que lo que había en el campo de enfrente era soja. Cuando le explicó el tema de los transgénicos se le prendió una lamparita. Sin embargo, en los dos primeros años que vivió ahí nunca había visto un mosquito ni había sentido síntomas. “O quizás sí pero no los asocié a una fumigación por el desconocimiento”, dirá después de haber naturalizado los dolores de cabeza, el ardor en los ojos y en la garganta. “Esas son cosas que te pasan”.

El momento bisagra en el cual Nadia empezó a desnaturalizar los síntomas y a preguntarse por las causas, fue cuando vio planear un avión que regaba veneno desde el cielo. La avioneta tomaba envión arriba de las casas y fumigaba atrás del barrio. Para ella fue un límite. Por eso empezó a hablar con un vecino y después con otro. Y así comenzó a involucrarse.

Sólo una calle separa las casas del campo fumigado

Envenenamiento silencioso   

Una de las dificultades de la lucha, dice Martín Maini –paraje Los Pinos, del lado de Villa Amelia- es lo imperceptible. “Te enfermás de a poco. Por ahí tenés un cáncer de acá a diez años y es producido por los agrotóxicos. Todo el mundo sabe que produce diferentes tipos de enfermedades pero como hay tanta plata de por medio no sale a la luz”. Martín cuenta que en la escuela estuvieron faltando docentes y alumnos por problemas respiratorios, y que la tasa de cáncer en Álvarez duplica la de otros lugares. Cacho agrega que “lo usual son problemas respiratorios y alergias” y que “los cánceres están  a la orden del día”.

En 2015, La Agencia Internacional para la Investigación sobre el Cáncer (IARC), dependiente de la Organización Mundial de la Salud, declaró a cinco pesticidas como ´probablemente cancerígenos para los humanos´. Sobre el glifosato, indicaron que hay “evidencia limitada” de que puede producir linfoma no-Hodgkin, un tipo de cáncer que afecta al tejido linfático (ganglios linfáticos, bazo y otros órganos del sistema inmunitario). El insecticida malatión produciría linfoma no-Hodgkin y cáncer de próstata. El diazinón es “probablemente cancerígeno” al haber “evidencia limitada” de su relación con la aparición de linfoma no-Hodgkin y cáncer de pulmón. En los años noventa, mientras se firmaba la entrada de los transgénicos a la Argentina, Gustavo Ludueña trabajó tres años en el campo, en Máximo Paz. Recuerda que en el momento en que entraban los primeros ´paquetes tecnológicos´, empezó la locura de rematar herramientas y meter veneno. Gustavo es portador del linfoma no Hodgkin.

Se enfermó en 2003. Le hicieron quimioterapia, rayos y otros tratamientos. Si bien es una enfermedad crónica, cuando llegó a vivir a Álvarez hace diez años, la había controlado. Pero al tiempo de estar viviendo en la zona le reaparecieron los síntomas. Hasta ese momento desconocía la relación directa con los agrotóxicos. Una noche de verano escuchó un tractor a las cuatro de la mañana. El dueño del campo que está a veinte metros de su casa estaba fumigando con un tractor que atrás tenía un tanque. La noche de luna le permitía no usar luces pero el sonido inocultable lo delató. Gustavo agarró una cámara de fotos, disparó dos veces y el dueño del campo desapareció. Recuerda que después de eso empezaron a meter los mosquitos (tractores con brazos de aspersiones).

En 2018 terminó quimioterapia y tuvo que hacerse un autotrasplante de médula ósea. El 5 de diciembre le dieron el alta y volvió a su casa. Pero también volvieron las fumigaciones, un mes y medio después. Otra vez de madrugada. La médica me había dicho que no estuviera expuesto a las fumigaciones. Por eso se tuvo que ir corriendo, escapando de su casa. Agarró dos pilchas y se fue a Rosario. Y a los veinte días, la historia de nunca acabar: volvió el síntoma. “Los médicos no quieren jugarse. Lo único que te dicen es que tenemos que alejarnos de zonas con agrotóxicos. En los últimos diez años aumentó mucho la cantidad de trasplantes de médula ósea por cáncer y leucemia y cada vez en gente más joven. Nos une la muerte. Estamos naturalizando que un pibe de diez años muera de cáncer”.

Pablo Maurino –vecino de Piñero- menciona el caso de una joven de veintiún años que vivía en una casa en medio de un campo de Álvarez y que hace dos años murió de cáncer. La madre también tiene cáncer. “La ciencia no lo va a corroborar pero ese campo siempre fue fumigado hasta hace tres años”. Cacho aclara que aunque los médicos no certifican los casos individuales, “desde el punto de vista científico ya está harto demostrada la relación veneno-enfermedad-muerte”.

Pablo, al igual que el resto, también tiene experiencia en perseguir mosquitos. La vez que recuerda pasó hace varios años y no fue de madrugada sino a plena luz del día, porque en ese entonces la impunidad era mayor, como el desconocimiento y la desorganización. Aquel día, cuando Pablo sintió el olor de los agroquímicos, salió a ver y ahí estaba el mosquito, entonces sacó el celular como para sacar fotos pero el tractor levantó las aspas y se fue a la ruta antes de terminar de fumigar el campo. Y Pablo lo empezó a perseguir. Y lo siguió por la ruta hasta el camino de Villa Amelia. No lo alcanzó pero logró que se fuera. Hoy, porque es mayor la información y la organización que tienen los y las vecinas, las fumigaciones suelen ser de madrugada, a oscuras, a escondidas. Y la persecución a los mosquitos ya no es de manera individual. Gustavo cuenta que invitaron a los que fumigan los campos para que se acerquen a la asamblea, entendiendo que los aplicadores de venenos son los primeros afectados. “Lo que hacen es laburo precario. Los que manejan los mosquitos son pibes de veinte o treinta años y en verano, cuando más se fumiga, laburan con musculosa y pantalón corto. Cuando ves el manual de los aplicadores parecen astronautas”.

Cacho hace referencia a que el modelo productivo del agronegocio está parado sobre la complicidad necesaria entre Monsanto, Bayer y las principales empresas junto al aval de la política. En ese sentido plantea una política de Estado: todos los gobiernos sosteniendo el paquete tecnológico. “Afortunadamente, aunque muy a cuentagotas, están apareciendo fallos judiciales como el de Pergamino o Gualeguaychú. Por eso estamos haciendo hincapié en las denuncias judiciales”.

Nadia plantea que si bien en Rosario no se vive la realidad de estar directamente fumigados, la relación con el veneno se da a través de los alimentos. “Somos parte de la naturaleza, la estamos envenenando y por ende nos estamos envenenando nosotros mismos”. Gustavo desnuda dos asociaciones que se instalaron hace tiempo desde el modelo productivo de envenenamiento silencioso: que las malezas son malas y deben ser eliminadas; y que eliminarlas no afecta al ser humano. También menciona que aunque el Glifosato haya sido prohibido en Rosario, todas las localidades del Departamento están siendo fumigadas. “Dicen que en las ciudades no pasa pero a veinte minutos del Monumento a la Bandera están fumigando”.

En Alemania, a partir de 2021 el Glifosato va a estar prohibido. En Estados Unidos, Monsanto perdió juicios millonarios por este tema. Y en la provincia de Santa Fe, a una nena de tres años le detectaron Glifosato en la sangre. La enumeración que realiza Martín da cuenta del carácter global del fenómeno. Gustavo se refiere a cómo van mutando las geografías en relación con los modelos productivos. “Se perdió la naturaleza en el paisaje. Los pocos montes que había los sacaron. Todo soja, soja, soja. Ni hablar de los silos. Parece una maqueta artificial”.

Lo que queda: el poder de la organización

Como Asamblea de Pueblos Fumigados de la Ruta 18 realizan distintas actividades. Algunas son más personalizadas, en las cuales van casa por casa y tratan de hablar con la gente. Otras con más grupales, con actos y festivales en la plaza. En todas las actividades los objetivos son los mismos: informar y despertar en la gente la chispa que convoque al encuentro para cambiar algunas situaciones que deben cambiar. “Queremos ser más, no queremos hablar solamente entre nosotros. Es lo más difícil, que la gente se involucre, que se dé cuenta que esto está muy mal”, dice Nadia. También tenían la idea de hacer un campamento sanitario con la Facultad de Ciencias Médicas, pero se enteraron de que los campamentos están desfinanciados.

El principal desafío que tienen desde la Asamblea es la lucha contra el sentido común

¿Qué sucede cuando la gente se empieza a juntar?

Desde que empezaron a organizarse como Asamblea, pasaron cosas.

En general son alrededor de quince personas pero en la última asamblea el número trepó a treinta. La razón era clara: habían fumigado un campo que está literalmente pegado a la escuela primaria Nº 126 Miguel de Azcuénaga que está en el ingreso a Villa Amelia, a la cual van todos lxs chicxs de la zona. Nadia filmó mientras fumigaban y el video circuló por todos lados. A una nena que es celíaca y no puede estar expuesta a los agrotóxicos la cambiaron de escuela. En el grupo de whatsapp de madres y padres se armó el debate. Y el presidente comunal tuvo que salir a dar explicaciones.

“Las autoridades políticas se están preocupando, no por la salud sino por nosotros”. El que habla es Cacho.

Más que por nosotros, por ellos”. El que responde es Gustavo.

Los poderes políticos y también los productores”. El que completa es Cacho.

“El Presidente Comunal Porfiri dijo que somos hostiles, agresivos”. La que habla es Nadia.

“Resulta que ellos nos asesinan y los agresivos somos nosotros”. El que responde es Cacho.

“Lo más triste es que el mismo productor que nos envenena también se envenena a sí mismo y a su propia familia. Los hijos de los productores van a la misma escuela”. La que completa es Nadia.

La escuela, la ventana y el campo

El principal desafío que tienen desde la Asamblea es la lucha contra el sentido común: pelear contra frases como ´hace cincuenta años que vivo acá y nunca me pasó nada´ o ´ cómo quieren vivir si el campo no produce´. Por si hiciera falta, aclaran que hace cincuenta años no se fumigaba de esta manera ni en estas cantidades. Además, hacen mención a eso de que el veneno permanece en el cuerpo y pasa a las generaciones siguientes. “Los venenos y los cuerpos van cambiando. No tenemos la misma resistencia que antes”, dice Martín.

Desde la organización destacan el hecho de que las reuniones y asambleas las estén haciendo en el Centro de Salud. Dicen que es un dato. “Nadie puede negar la problemática. El tema es que no hay definición política para ver qué se hace”.

Como otro saldo positivo mencionan la creación de otra Asamblea que está naciendo en Coronel Domínguez. Y toman como una victoria que las denuncias que vienen realizando desde fin del año pasado hayan llegado a la Fiscalía. “Van a tomar muestras. Eso es fundamental”, dice Martín. Nadia explica que hay tres denuncias unificadas que tiene el mismo fiscal. Cacho avisa que esto recién es el comienzo. “Empezamos a hacer las denuncias y vamos a multiplicarlas. Que les quede claro a los productores y a los jefes comunales que vamos por eso”. Pablo explica el sentido de fondo de la cuestión. Cuenta que para establecer las nuevas ordenanzas, cada comuna se junta con los productores y el pueblo queda afuera. “Ellos dictaminan los metros que van a establecer para fumigar. Nosotros estamos luchando para que el pueblo participe”.

Gustavo enumera los logros que ni siquiera podían imaginar hace un año cuando empezaron a juntarse. “Que en el paraje de la 18 se esté hablando de este tema es un logro para nosotros; que las autoridades tengan que dar explicaciones en cámara; que la justicia esté acá con un llamado telefónico; y que los medios nos llamen para saber qué pasa”.

Para Gustavo la paradoja está a la vista: en un país que produce alimentos para setecientos millones de personas, se aprobó la emergencia alimentaria. Él es un convencido de que estas luchas son a partir de la movilización, y que después la justicia actúa. Para movilizar, necesitan instalar la idea de que la salud no se negocia y de que este modelo no es el que alimenta. Dice que esa es la lucha más difícil. “Insistimos en que el Estado comunal tiene que buscar otra forma de producir. Hay experiencias fabulosas que se están haciendo sin utilizar venenos. A su vez el Estado tiene que modificar las ordenanzas para que nos dejen de envenenar”.

En el corredor de la ruta 18 no sólo se respiran agrotóxicos: también se respira lucha. Y la lucha es colectiva. Al menos esa es una de las premisas sobre las que camina la organización. Así lo explica Gustavo. “Nunca nadie deja sola a una persona que tiene que hacer una denuncia, enfrentar un mosquito o hablar con un jefe comunal. Siempre nos comunicamos y vamos varios. Eso es una ley que tenemos: nunca nadie deja solo a nadie”.

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