Primero fue una afirmación, incluso replicada sin chistar por todos los medios de comunicación del país. Luego fue una duda, generada por la consecuencia de los comportamientos sociales. Ahora pareciera ser la única alternativa. En provincia de Santa Fe, sobre todo en Rosario, nos arrincona el Covid 19.  

Desde mediados de julio comenzaron a darse las primeras señales. En agosto se puso serio. Y en lo que va de septiembre la situación tambalea cada vez más, con un equilibrio muy frágil entre los límites y el desborde. El Covid 19 sacudió a la provincia de Santa Fe después de cuatro meses de cierta calma. El incremento de los casos positivos y fallecimientos en la región provincial se dio en un momento particular: con el escenario social a nivel nacional agrietado por debates públicos de distinta índole, con referentes de la oposición militando el irrespeto al distanciamiento social y otras recomendaciones sanitarias, con las empresas mediáticas jugando su propio partido y ya alejados de aquel mensaje impreso en todas las tapas de los diarios que aventuraron que “al virus lo frenamos entre todos”, y algunos comportamientos que se multiplican y complica todo aún más. La explicación de por qué se llegó a este presente, y las proyecciones de todo lo que se pueda hacer de ahora en más, no está solo en el ámbito de la salud. El comportamiento social nunca dejó de atravesar y condicionar lo que se pudo, lo que se puede y lo que se podrá hacer con un sistema de salud que no estaba preparado para una pandemia de esta magnitud.

“Estamos enfrentando una situación muy compleja, es un virus que se mueve muy rápido, mucho más rápido de lo que se mueve cualquier sistema de salud”, explica Gabriel Ariza en diálogo con Enredando. Como matricial de infectología e interculturalidad Ariza forma parte de los equipos de Atención Primaria de la Salud que están trabajando con los 16 centros de salud provinciales de la zona oeste y noroeste. Los números de la evolución del Covid 19 en la provincia de Santa Fe corroboran su punto de vista: a comienzos de julio había 425 casos confirmados, a inicio de agosto eran 1294, a comienzos de septiembre 7905 y hoy son 27.606. El último informe del gobierno provincial antes del cierre de esta nota -21 de septiembre- aseguró que del total hay 19374 casos recuperados y 290 fallecidos. Esta última cifra, por el bajo índice de mortalidad que muestra, podría traer algo de calma si no fuera porque a cada día, desde los últimos días, los nuevos positivos amenazan con desbordar el sistema de salud. Las camas de terapia intensiva comienzan a escasear, y los trabajadores de la salud están expuestos al riesgo y al desgaste de cada jornada.

En los barrios rosarinos se formaron comités de emergencia compuestos por referentes de los equipos de salud de cada zona y así también de las comunidades. Trabajan en el plan Detectar pero también en el seguimiento de aquellas personas que tienen que hacer aislamiento estricto. “Es uno de los puntos críticos porque es muy fácil decir que alguien tiene que hacer aislamiento pero adentro de la casa tiene que haber comida, agua, lavandina, alcohol. Las condiciones mínimas y básicas para sostener eso, si no la gente tiene que salir a buscarlo de alguna manera. Es una medida absolutamente necesaria para acompañar la contención”, explica Ariza. Es ahí cuando también se activan los dispositivos con otras áreas del Estado para lograr la asistencia básica y la viabilidad del distanciamiento como un pilar para contener la situación en las zonas más castigadas por la desigualdad.

Al momento en Rosario la mayoría de los casos positivos de Covid 19 se registraron en la zona céntrica y macrocéntrica, pero de cualquier manera el panorama no es alentador para lo que pueda venir en los barrios de la ciudad. Para Ariza en estos sectores hay un componente que vale la pena destacar y es la cercanía de los equipos de salud a las comunidades. Él habla de equipos de salud y no solo de médicxs: también hay enfermerxs, psicólogxs, trabajadorxs sociales, personal de mantenimiento y de limpieza. “Equipos que conocen los territorios hace mucho tiempo y son un recurso fundamental porque conocen a la gente, a las comunidades y a sus vulnerabilidades. Están recorriendo casa por casa. Esto en situaciones críticas permite ganar tiempo”, cuenta Ariza.

Primero yo, segundo yo

Para los profesionales de la salud trabajar sobre el Covid 19 es ir sobre la marcha contra un virus del cual se sabe muy poco. “Tratamos de hacer proyecciones sobre el conocimiento previo para poder actuar, pero todavía no sabemos muy bien cómo se comporta. Vamos aprendiendo paso a paso, viendo que en Europa hay una segunda ola, que gente que se infectó en la primera ahora se vuelve a infectar”, dice Ariza. El ejemplo de la segunda ola en Europa y la repetición de casos no solo grafica el poco conocimiento que se tiene sobre el asunto, sino que también aproxima a un panorama de cómo se pueden dar las cosas por estos lados. De cualquier forma ese panorama no es alentador, y menos cuando acá se está padeciendo un pico larguísimo.

La cuestión se complica todavía más por cómo nos movemos los que por ahora la vemos desde afuera: los que no trabajamos en salud, los que tenemos la suerte de no caer enfermos o los que por ahora no tuvimos que sufrir la internación de gravedad o la pérdida de un familiar. Hace seis meses, cinco, cuatro -cuando en la provincia de Santa Fe no había ni 300 casos confirmados- el aislamiento social, preventivo y obligatorio se respetaba sin demasiado esfuerzo. Fueron esos días en los que la preocupación estuvo solo en la cola de los supermercados cuando se acumulaban las personas y se llevaban todo el papel higiénico, el alcohol etílico, el alcohol en gel, las lavandinas. Y todo lo demás era parte de una novedad: las redes sociales estallaban de challenges, recomendaciones de películas, series, rutinas de gimnasia para hacer en casa. Cuando era hashtag aquello de quedate en casa. Cuando eran bien recibidas las explicaciones del presidente y cuando a las nueve de la noche bastaba para asomar la cabeza al aire libre para escuchar los aplausos del ciudadano orgulloso con las y los trabajadores de la salud.

Foto: Martín Stoianovich

En esos momentos las dificultades para quedarse en casa pasaban solo por quienes tenían la necesidad de salir trabajar y la preocupación natural por no poder hacerlo. Y después las consecuencias: la incertidumbre, la falta del mango, la bronca y la espera a las primeras flexibilizaciones que aparecieron como un alivio y un acercamiento a aquella nueva normalidad que había empezado a tomar forma hasta que el aumento de casos obligó al retroceso.

Todo ese movimiento lógico ejerció presión sobre los funcionarios locales, provinciales y nacionales por la necesidad de no perder de vista una crisis económica profundizada por el contexto de pandemia. Pero por otro lado aparecieron ciertas señales para dejar en claro que hace meses el asunto dejó de ser tan claro y delimitado. Ya no se trata solo de personas que no tienen más alternativa que asumir cierta exposición para salir a trabajar, de los que desde un comienzo se consideraron esenciales y a los que después se les sumaron las otras actividades por el propio derecho a laburar.

“Hay gente que la viene pasando mal hace mucho tiempo y hoy también la pasa mal. En una pandemia claro que hay situaciones que son críticas, pero hay gente que está preocupada por salir a la plaza, que no puede esperar a juntarse a tomar una cerveza con amigos”, dice Gabriel Ariza. Hay mucho de responsabilidad individual en todo esto, pero ya no se trata de lo que uno hizo o dejó de hacer con su vida sino que hay un comportamiento social que potencia el irrespeto a las recomendaciones sanitarias. Es un fenómeno un tanto indistinguible, pero en su faceta más extrema hay ciertas características que aproximan a una definición: algunos ni siquiera creen que exista el virus, otros queman barbijos, otros organizan fiestas, otros salen a golpear sus cacerolas por Vicentin, otros a “defender la libertad”. Pero también están los que por ejemplo en Rosario se movilizaron contra el ecocidio que implica la quema de los humedales, una causa justa que por esa condición pareciera que la decisión de reunir miles de personas en el puente fuera incuestionable, aunque en las últimas semanas los reclamos mutaron a actividades menos masivas.

Todo eso ya generó consecuencias, está potenciando el desborde del sistema de salud y para peor no hay un horizonte de reflexión para lo que se viene. Como si prontito fuera a terminar este mal trago. Como si no estuviera por irse todo al carajo.

“El sesgo de clase en el sistema de salud ocurre como en toda la estructura social. Hay un sector que se considera el centro del mundo, y con el mérito individual suficiente como para que no le pase nada”, opina Ariza. Es claro que en todos los sectores sociales la cuestión laboral apremia, aunque en algunos la soga apriete más, tanto más, que en otros. Es, en todo caso, el factor inevitable que lógicamente complica y complicará el panorama sanitario. Pero hay otras motivaciones, un tanto más banales aunque en la normalidad sean tan o más importante que el trabajo, y son las que acentúan esa complicación. El tema es que esto no es la normalidad y pinta para rato, que no es joda y que nos cuesta entenderlo. Será el precio de lo que Ariza define como “la mirada endogámica, y la cuestión de sentirse cansado por la medida del aislamiento, que es el recurso fundamental para poder enfrentar esto”.

Una marca de la época y la salida comunitaria

“La respuesta social es un eje central. Buena parte de esto recae en los hospitales, en el sistema de salud, en los médicos, pero la clave fundamental de una pandemia y de cualquier situación de desastre, es el comportamiento social”, explica Ariza. A nivel profesional se trabaja y se incide sobre los enfermos, a lo sumo sobre la prevención. Pero nada termina ahí, tal como lo explica este médico: “El comportamiento social no lo definimos nosotros los médicos. Hay cuestiones que son variables políticas, sociológicas, culturales y son indispensables para manejar una situación de catástrofe”.

“El asunto es cuál es la estructura social, política y económica. Y cómo responde esa sociedad, tan desorganizada como está, frente a una situación problemática. El tema es la responsabilidad, pero no la del otro sino la de todos”, explica Ariza y remarca la importancia de no recaer en la acusación al ciudadano de a pie, para quien la pandemia también llegó sin aviso y lo obligó a vivir estos meses de confusión, incertidumbre y contradicciones permanentes. “El Estado no garantiza que se cumplan determinadas condiciones, hay que ver si los mensajes han sido lo suficientemente claros como para que la gente pueda entender la responsabilidad que les cabe. Soy renuente a transferirle a la víctima la responsabilidad de lo que le pasa”, agrega.

Dentro del pseudo movimiento de anticuarentenas, y su motivación para salir a cacerolear casi cada semana, hay algo más complejo que se mezcla en la rivalidad política y la forma en que ciertos personajes encontraron para ser oposición. Como Patricia Bullrich, que en nombre de «la defensa de la república» es una fija en cada marcha anticuarentena, aun habiendo tenido Covid 19. “Tiene un gran costo que alguien políticamente salga a denostar a los mensajes de responsabilidad. Eso es grave y termina en que cualquier persona pueda estar en una situación de exposición porque esos mensajes contradictorios generaron comportamientos sociales de no cuidado”, dice Ariza.

Se percibe una ruptura de los lazos sociales, y si se mira en contexto -nacional o internacional- aparecen otras expresiones que bien podrían tener que ver a una marca de época. Que no son nuevas, pero sí se han potenciado. En Rosario, en la última concentración contra el gobierno nacional en el Monumento a la Bandera, agredieron a fotógrafos y hasta hubo carteles con mensajes agresivos contra trabajadores de la salud a quienes tildaron de “cómplices”. Como si cierto deterioro de la capacidad crítica y reflexiva hubiera ganado lugar de la mano de un flujo muy potente de información falsa y manipulación mediática. Un fenómeno que constantemente renueva las formas para expresarse. Y en estas manifestaciones subyace aquello del odio, de la meritocracia, de un individualismo acérrimo que va contra cualquier tipo de empatía y de sentir comunitario.

Foto: rosarionuestro.com

Gabriel Ariza, como médico en constante exposición a las consecuencias de todos estos movimientos, propone: “La cultura occidental tendrá que pensar qué es lo que está haciendo con el mundo. Y qué hacemos con nuestros conciudadanos. Hay muchos elementos de confusión de una situación compleja. Hay que pensar cómo contribuir a que la situación no se expanda”. Para este profesional también hay señales de que, a pesar de las complicaciones y obstáculos, hay una mayoría de la población que ha entendido la responsabilidad que le toca. Eso se vio, por ejemplo, este 21 de septiembre donde no hubo acumulación de personas como se temía por el día de la primavera. Pero también se ve cotidianamente en otros ámbitos de la ciudad.

“Cuando hacemos los recorridos casa por casa en barrios muy vulnerables nos encontramos con mucha gente que está resguardada en su casa, en condiciones que no son muy ideales. Ni hablar que tengan Netflix. Pero toman muy bien que el sistema de salud vaya a su casa a preguntar cómo están e intentar contribuir de alguna manera. Hay una mayoría que silenciosamente está incorporando las medidas de cuidado, pero muchas veces nos dejamos llevar por pequeñas minorías que salen a reclamar desde la mirada a su ombligo”, cuenta Ariza. En los barrios los vecinos agradecen las visitas de los equipos de salud, y es porque son personas conocidas, porque son vínculos que se fueron gestando con el tiempo. Porque son profesionales que vieron crecer a los pibitos y envejecer a los más grandes. La preocupación por la salud es mutua, y de ahí se explica que cierta empatía tácita haya configurado en algunos sectores el respeto a las recomendaciones. Aquello de quedarse en casa no es un consejo del funcionario de turno pantalla mediante, es la invitación sincera de los equipos médicos que saben los nombres y las historias de las familias.

La pregunta es por qué eso no se repite en otros ámbitos y sectores sociales. Ariza sugiere: “Cuando hay un acercamiento lógico, y se comprende que son acciones de cuidado, la gente responde. Es porque hay un sentido de comunidad”. Esa respuesta se transforma en ánimo para los equipos de salud. “Estimula más que los aplausos desde los balcones”, grafica Ariza.

Por una buena copia de los comportamientos

Daniel Feierstein, sociólogo e investigador de CONICET, explica en un artículo publicado en El cohete a la luna que el negacionismo suele ser un sistema de defensa psíquica. Que pueden aparecer para enfrentar “realidades catastróficas” que no se pueden asimilar. “Sin embargo, cuando se trata de representaciones colectivas que se articulan con la acción social pueden tener efectos devastadores”, dice.

Para el autor el negacionismo tiene distintas expresiones, y remarca cuatro que se vieron en Argentina en los últimos tiempos. Primero la relativización o minimización de parte de quienes tratan de exageradas a las noticias sobre el Covid 19, o que relativizan su gravedad por la tasa de mortalidad o acotan la potencia del virus a las personas mayores o con comorbilidades. Segundo lo que Feierstein llama “la falsa equivalencia”, cuando se compara la cantidad de muertes con otras problemáticas como los accidentes de tránsito sin tener en cuenta las particularidades que ubican a la pandemia de Covid 19 como un fenómeno urgente, desconocido y cambiante. Tercero las teorías conspirativas que así explica el autor: “Interpelan simultáneamente a una derecha fascista, otra derecha libertaria, una izquierda cultural denuncialista y, más en general, a toda la antipolítica”. Argumentan sus conspiraciones sobre la manipulación de un orden mundial con problemáticas reales como la industria farmacológica, y de ahí cada personaje que habla de “infectadura”. Y cuarto la “sobresimplificación” que consiste en “buscar respuestas fáciles y rápidas para lidiar con algo desconocido y complejo”.

Después Feierstein publica un hilo en su cuenta de Twitter. Ahí sostiene que los comportamientos sociales están condicionados por lo que hace el resto de la población o quienes tenemos alrededor. Incluso, dice, incide más que los llamados ideológicos: es sabido, por ejemplo, que la derecha fascista lamentablemente es mayoritaria al puñado de señoras y señores que se reunió en la última movilización en Rosario. O que quienes apoyan al gobierno, o al menos consideran las recomendaciones de cuidados, también pueden caer en la contradicción de hacer lo que nos dicen que está mal.

Feierstein puntualiza en la apertura de actividades recreativas, porque no son tan esenciales y tienen un costo sanitario. Ese costo, dice, “se vincula no solo a lo que ocurre en el propio lugar sino en el efecto social que genera en el conjunto”. La imagen -que se ve por redes sociales o medios de comunicación- de gente reunida sin tapabocas y tomando su cervecita con los amigos “genera una sensación de relajación general que hace sentir fuera de lugar a quien hasta ese momento respetaba distancias y cuidados”.

El autor llama la atención por “la exagerada visibilidad mediática de quienes hacen gala de la falta de cuidados, desde su participación en marcha anticuarentena, quema de barbijos”. Y da el pie al rol de los medios de comunicación hegemónicos, que realmente cubren esas manifestaciones con tantísimo énfasis en detrimento del empeño que ponen para comunicar en profundidad y sin polarizaciones o sesgos partidarios sobre la pandemia y sus consecuencias sanitarias y económicas. “Al aparecer el descuido como más importante de lo que es y el cuidado como menos importante, aquellos que se cuidan tienden a sentir que su práctica es innecesaria y minoritaria y pueden sentirse empujados a relajarse y descuidarse o a minimizar o abandonar los cuidados. Aquel que ya se descuidaba siente que de todos modos su cuidado es superior al de quienes aparecen en los medios con formas muy extremas de descuido y tiene problemas para identificar sus propios descuidos como tales o para comprender la gravedad de los mismos”, explica Feierstein. Su análisis lo cierra con una sugerencia: la necesidad de “reinstalar normas básicas de cuidado y, sobre todo, reconstruir la percepción de que no somos pocos quienes queremos cuidarnos y que la copia de comportamientos no vaya en desmedro del cuidado sino, por el contrario, nos permita generalizar la posibilidad y necesidad de cuidarnos y cuidar a quienes nos rodean”.

No bajar los brazos

Un informe firmado por diecisiete integrantes del CONICET sugiere al gobierno nacional que diseñe “otras intervenciones y medidas”. “Hacerlo requiere que en el abordaje, hoy centrado en la mirada médica y hospitalaria, se refuerce la presencia de otras disciplinas”, explica. Uno es lo básico, ya difundido hasta el hartazgo pero no suficiente, que es “la adopción masiva de medidas preventivas” como el uso correcto del tapabocas, el lavado de manos, el respeto a las distancias, la ventilación de ambientes cerrados. “Con este objetivo no solo necesitamos fortalecer el sentido de comunidad y responsabilidad social, sino también instalar la idea del cuidado como acto de amor a aquellas personas que queremos”, destaca el informe. Tal vez piden mucho al sugerir el respaldo de la oposición política, para que el hecho de no cuidarse no sea un mero gesto de rechazo al gobierno.

También sugieren la detección y acompañamiento a gran escala, potenciado por el aislamiento selectivo de personas que por nexo epidemiológico tengan posibilidades de estar infectadas. Para facilitar esta tarea recomiendan que se haga costumbre que cada persona registre con quién estuvo en contacto, para lograr una identificación inmediata en caso de que sea necesario. Y sobre todo el rol estatal: “Que la presencia del Estado sea significada, no como vigilancia y persecución, sino como respaldo y acompañamiento útil para facilitar cumplir con el aislamiento”.

Foto: Tomás Viú

Diagnosticando el Covid 19 por sintomatología clínica y nexo epidemiológico, explican los especialistas, se enfocarían los recursos, la infraestructura y los profesionales de diagnóstico en hacer más y mejor vigilancia epidemiológica. El informe alerta: “Si no se toman medidas concretas, para principios de noviembre el número diario de casos alcanzará probablemente los 25.000 y el número de fallecimientos diarios un orden de 400, acumulando para ese entonces cifras inconcebibles hasta hace no muchas semanas, cercanas al millón y medio de casos confirmados y 30.000 muertes”. Y piden, a todos, no bajar los brazos: “Hacer todo lo que podamos para reducir los contagios y muertes”.

Y mientras tanto las condiciones laborales

El Sindicato de Profesionales Universitarios de la Salud comunicó que luego de tres días de votaciones la mayoría definió no aceptar la paritaria ofrecida por el gobierno provincial. La propuesta incluyó el pase a planta y titularización, y eso fue valorado, pero no hubo acuerdo porque no se propuso blanquear las horas que se venían trabajando en negro. “No solo porque no se valora el enorme esfuerzo que venimos realizando en la crisis sanitaria actual, sino porque la negativa a poner un período de blanqueo abre la puerta a que esta forma de aumento se transforme en la política salarial de los próximos años”, explicaron desde SIPRUS en una gacetilla.

Diego Ainsuaín, presidente de SIPRUS, explicó que dada la situación de desborde en el marco de la pandemia es necesario que se aumenten las cargas horarias, pero que se cobren en blanco. “Esas extensiones horarias se hacen con monotributo, y por lo tanto muchos compañeros no las toman porque implica un aumento del riesgo por el mayor tiempo de exposición”, indicó Ainsuaín. En los hospitales y centros médicos de la ciudad se viven días muy intensos, de mucho desborde, y todo eso repercute en la subjetividad de los médicos. Hay mucha ansiedad, mucha angustia, mucha incertidumbre por una pandemia que los expone a diario. A eso se le suma la inestabilidad laboral no solo para estos días, sino también para el futuro.

“En conferencia de prensa el gobernador planteó que había que valorar el trabajo de los profesionales de la salud, nosotros desde nuestro punto de vista creemos que una parte del propio gobierno no nos está valorando. Por eso pedimos que no nos den cifras en negro”, explicó. Sobre los médicos recae esta idea de que ellos eligieron su profesión y ahora, cuando las papas queman, tienen que bancársela. Aquella invitación a ponerse la camiseta que sobrevuela al reclamo laboral. Ainsuaín dice: “Nos pusimos la camiseta seis meses, la vamos a seguir teniendo puesta. Es importante lo que el gobierno ofreció para regularizar las situaciones, pero le pedimos que revea, que ponga una fecha al blanqueo, que ofrezca horas en blanco”.

Queda la sensación de que hay que preparar todo lo posible, en cada ámbito, a la estructura social y estatal para amortiguar el impacto de la pandemia. “El sistema de salud está al borde de la saturación, el 93 por ciento de las camas públicas de Rosario están ocupadas, en la provincia un 75 por ciento. Las próximas seis o siete semanas van a ser las más críticas. Esperemos que aparezcan todas las cosas que necesitamos”, piden desde SIPRUS. Además de los reclamos salariales, también piden integrar los comités de emergencia ejecutivo a nivel provincial para tener un lugar para comunicar y discutir los obstáculos que van apareciendo día a día con todo lo imprevisible que implica trabajar en un contexto como este. “Hace seis meses trabajamos con la incertidumbre de una enfermedad desconocida, hay más de 30 mil profesionales de la salud infectados, y más de cien muertos. Todo eso pesa en la subjetividad de los compañeros en el quehacer diario”, remarca Ainsuaín.

 

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