A unos veinte kilómetros al sur de Rosario, en la localidad de Piñero, un grupo de vecinos y vecinas trabaja en conjunto para dar forma a un proyecto que busca alternativas al modelo extractivista de agricultura impuesto en la región. La Hormiga Agroecológica es una huerta comunitaria donde se trabaja la tierra teniendo en cuenta el impacto sobre el ecosistema, pero también es un espacio donde se establecen lazos de participación, se discute acerca de la realidad circundante y donde se pretende recuperar una costumbre, no tan lejana en el tiempo para los pueblos, respecto a la producción consciente de alimentos para consumo diario.    

Fotos: La Hormiga Agroecológica

Es sábado al mediodía y el ritmo de una localidad que no supera los 5.000 habitantes empieza a mostrar los últimos movimientos de los transeúntes que apuran sus diligencias para no ser alcanzados por la calma de una siesta que pronto lo inundará todo. Pongamos por caso que la escena transcurre en Piñero, pero podría ser cualquier otra localidad pequeña del sur santafesino. Un arco con el nombre en la entrada, la plaza principal, enfrente una iglesia, una comisaría, la Comuna, el club y, a unas pocas cuadras, la escuela. Todo está cerca. De alguna manera, todxs se conocen.

En Piñero, el pequeño casco urbano convive en sus márgenes con algunas fábricas, proyectos habitacionales en pleno desarrollo -la pauta de que el pueblo se seguirá expandiendo- y la Unidad Penitenciaria Nº11. El resto está recubierto por un manto verde. Hectáreas y hectáreas de campos sembrados bajo la lógica extractivista que impera en el sector agropecuario en las últimas décadas y que atraviesa tanto la vida social, como política y económica de este tipo de localidades.

Es sábado y en uno de los extremos del pueblo, cerca de las vías del ferrocarril que viajan paralelas a la ruta 14, a pesar de que es la hora de la siesta se escuchan voces. El sonido de herramientas se confunde con algunas risas y hay un gran tablón que oficia de mesa al costado de lo que parece ser un sembrado que se diferencia del resto del paisaje. En este lote de tierra la cosecha no sigue el ritmo del resto de los campos de la zona. Los tan ansiados cereales fueron reemplazados por una producción agroecológica de frutas y verduras de estación que conforman el resultado de la organización comunitaria de un grupo de vecinos y vecinas de Piñero y Álvarez, localidad vecina que está a unos pocos kilómetros. “Tratamos de convencer desde el ejemplo, en lugar de estar bardeando todo el tiempo”, explica Francisco Guillamet, uno de los gestores de la huerta comunitaria La Hormiga Agroecológica, en diálogo con Enredando. “Intentamos demostrar que es posible otra forma de producir porque, de alguna manera, los productores agropecuarios también fueron víctimas del mismo sistema”, agrega.

La implantación del modelo extractivista que impera en gran cantidad de los campos de la pampa húmeda fue presentada como un “paquete tecnológico”, donde a los productores se les brindaron todas las soluciones mediante una serie de insumos que están más relacionados con la rentabilidad que con el impacto en la vida del ecosistema que rodea a esas mismas producciones.

— Les dijeron: aplicá esto que no es venenoso y solucionás el problema de las malezas, los insectos, etc. Entonces, durante un tiempo fue todo fantástico, pero luego aparecieron los problemas. Las plantas empezaron a mostrar resistencia y lo que, en un principio, era una cierta cantidad de agroquímico por hectárea hoy es mucho más. Lo cual, encarece los costos al productor que empieza a encontrar ciertas falencias en ese sistema, pero no le resulta tan sencillo salirse. Más que nada me refiero al pequeño productor, no al terrateniente, que empieza a interesarse en otras formas de producción como la agroecología — aclara Francisco.

“Intentamos demostrar que es posible otra forma de producir porque, de alguna manera, los productores agropecuarios también fueron víctimas del mismo sistema”

Con la premisa de que es posible otra forma de trabajar la tierra, estos vecinos y vecinas fueron dando forma en plena pandemia a un proyecto de huerta comunitaria que hoy cosecha sus propios frutos, en un sentido literal y también a nivel simbólico, político, organizativo. La Hormiga Agroecológica es una asociación civil que articula con otras instituciones de la zona y con los diferentes estamentos del Estado para seguir ampliando el proyecto. Tratando siempre de generar conciencia en cuanto a que la producción agropecuaria no necesariamente tiene que desentenderse del daño al medio ambiente.

“La agroecología puede convertirse en un cambio radical en el espacio donde se practica porque tiene un impacto directo en la salud y en la economía de las personas”, asegura Gianluca Brucessi y amplía:

—A partir de un proyecto como La Hormiga se puede crear conciencia sobre por qué pagamos el precio que pagamos de los alimentos, por qué aumentan, dónde se producen, qué tienen y por qué no conocemos lo que compramos. Todos interrogantes que tienen una respuesta y está relacionada con el desligue de la humanidad con la naturaleza. Y ni siquiera hace falta irse al origen de la agricultura, solo basta con hacer un poco de memoria y la mayoría de las personas en los pueblos tiene recuerdos de familiares cultivando lo que iban a comer en la huerta de sus casas.

Gianluca tiene 27 años y junto con Valentina Villarreal, que tiene 22, son de lxs más jóvenes que participan de este proyecto que congrega a vecinxs de un amplio rango etario. Esta diferencia de edades produce un fluido intercambio de saberes y formas de habitar el mismo pueblo que hoy lxs tiene como integrantes de un espacio colectivo. «Está buenísimo porque están quienes vienen de una militancia más activa, militancia en el amplio sentido de la palabra, y quienes no”, cuenta Francisco. “Quienes saben algo sobre agroecología y quienes están aprendiendo sobre el tema. Inclusive conocimientos que no siempre son académicos, sino que provienen de las historias que les contaron sus abuelos o sus padres. Y en La Hormiga se encuentran todos esos saberes y van conversando entre sí”.

“Discutimos mucho entre les integrantes los temas relacionados con la coyuntura, con la convicción de que efectivamente lo personal es político”, Valentina Villarreal es quien toma la palabra. Comparte la idea de la “potencia política” que tiene modificar cuestiones que pueden resultar pequeñas en el devenir de la vida de un pueblo, pero que en realidad contribuyen a una transformación.

— Deseamos que el proyecto se amplíe, como sucedió en otras localidades. Pensamos en la posibilidad de explotar el periurbano donde se puedan generar puestos de trabajo y en el desarrollo, en la medida de lo posible, de una economía popular y solidaria. Para que la gente de la zona pueda acceder a un alimento sano y a un precio justo.

Tanto Valentina como Gianluca tienen un recorrido por otros espacios de militancias regionales, ambos formaron parte de Jóvenes por los Pueblos y Vecinos Autoconvocados de la ruta 18. Agrupaciones desde donde hace tiempo se visibilizan las problemáticas del modelo agropecuario y sus consecuencias negativas en la salud de la población de estas localidades. “Nos encontramos habitualmente con los discursos anti política, que lamentablemente se han instalado, e intentamos también dar la lucha en ese sentido”, comenta Valentina, a lo que Gianluca añade: “En los pueblos, el concepto de política quedó ligado a la idea de corrupción o de que son todos iguales. Y es necesario recuperar a la política como una herramienta fundamental de comunión entre vecinos y vecinas para poder charlar sobre los problemas que tenemos en común, los dolores que compartimos, y a partir de ahí buscar las alternativas para solucionarlos”.

Hacer nuevo lo viejo

Desde sus redes sociales, la Hormiga Agroecológica va actualizando los avances o anhelos que tiene el proyecto. En una de esas publicaciones cuentan cómo una de sus producciones había sido invadida por lo que podría entenderse como una plaga. Al consultarles sobre las medidas que tomaron frente a esta posible amenaza, quedó en evidencia la lógica que impera en este tipo de huertas. El cambio de paradigma que implica pensar al trabajo de la tierra en términos de la agroecología. “Habíamos sembrado kale y se nos llenó de pulgones”, cuenta Francisco, “con el tiempo empezaron a aparecer los depredadores naturales de esos pulgones. Eso sucede porque es una huerta biodiversa al lado de un monte donde hay una vegetación espontánea, que también es diversa, y donde los cultivos están asociados”.

De acuerdo con esta metodología, existe un ecosistema que tiende al equilibrio. Por lo que a la aparición de una plaga que amenace la cosecha, le corresponde un depredador natural que vuelve a normalizar la situación. Haciendo que no corra riesgo el rendimiento de lo sembrado. “Si todo termina siendo un desierto de soja, no hay biodiversidad posible donde puedan desarrollarse insectos benéficos que son aliados de lo que queremos producir”, agrega Francisco y comparte que ya existen experiencias a gran escala de este mismo modelo agroecológico. Es el caso de los campos de La Aurora, en el sur de la provincia de Buenos Aires, donde unas 500 hectáreas desde hace tiempo se cosechan bajo esta misma lógica.

En este sentido, Gianluca asegura que se trata de un saber que no es ajeno a las generaciones anteriores de pobladores que trabajaban sus propios cultivos, hace solo unas décadas atrás. “La agroecología es hacer nuevo lo viejo para poder volver a encontrar un horizonte que parece perdido”, afirma.

«La agroecología puede convertirse en un cambio radical en el espacio donde se practica porque tiene un impacto directo en la salud y en la economía de las personas”

“Lo veo reflejado en mi trabajo en la escuela”, María Elena Zorzi es quien ahora interviene en este diálogo con Enredando. “Hicimos un proyecto en conjunto con la huerta y nos dimos cuenta de que los chicos no tenían conocimiento sobre semillas, compost o sobre cómo germinar”, dice María Elena que es docente y desde hace dos años trabaja como bibliotecaria en la escuela de Piñero. Su paso previo por escuelas de Rosario le permite comparar los saberes con los que los alumnos y alumnas cuentan en una ciudad y la realidad con la que ahora se encuentra a diario. Suponía que, al estar rodeados de actividad agropecuaria, eso implicaría otro escenario educativo. “No fue así”, asegura la docente, “los chicos han perdido ese conocimiento que los abuelos sí tenían”.

— Por eso está muy bueno que los alumnos y alumnas vayan a la huerta a verlos trabajar y quieran participar. De alguna manera, es volver a las raíces y una forma de reeducación acerca de una alimentación sana y beneficiosa.

María Elena encontró que prácticamente están desdibujadas las diferencias entre lo que implica crecer en una ciudad como Rosario y una localidad pequeña, en cuanto a la vinculación que los niños y niñas tienen con el entorno. “Pensé que me iba a encontrar con más experiencia en relación a la producción”, explica la docente. Esto fue lo que despertó su interés por el proyecto de La Hormiga y hoy también forma parte de este espacio comunitario. De alguna manera, sostiene María Elena, la tecnología, que todo lo atraviesa, unifica las experiencias de las infancias y al mismo tiempo aísla a los chicos y chicas de las singularidades de su entorno. Algo que para Gianluca “no es casualidad”, sino también el resultado “del lobby que desarrollan las grandes empresas que promueven esta manera de producir”, en relación al material que se dispone en las escuelas respecto a la problemática del monocultivo o las consecuencias de los agroquímicos.

Para Valentina se trata de una “disputa a nivel subjetivo” y amplía:

— Esa separación entre los seres humanos y la naturaleza es lo que hoy nos lleva a aceptar, por ejemplo, lo que pasa en los humedales y no tomar una posición al respecto. Existe una desconexión con el territorio y hay que trastocar esa posición. Tomar banderas en defensa del entorno sabiendo que eso afecta intereses.

Agarrar la pala  

Formar parte de La Hormiga Agroecológica es tener semanalmente un contacto directo con el trabajo de la tierra. Hay que planificar, mantener limpio el espacio, sembrar, cuidar de los cultivos, cosechar cuando es el momento y luego comercializar esas producciones entre los vecinos y vecinas del pueblo. “Según el día, vemos cuál es la tarea a realizar”, cuenta Francisco, quien también comparte que además de la huerta están reciclando vidrio, aluminio y residuos orgánicos. «Queremos hacer un proyecto más grande en relación a la separación de los residuos en el pueblo”, adelanta.

Ésta es la época de la “transición a la temporada primavera-verano” de los cultivos, explica Francisco, lo cual les asegura que se vienen días de mucha variedad en la siembra. “También estamos terminando la construcción de un deshidratador solar que nos va a permitir conservar más tiempo los alimentos cosechados. De manera que no pierdan sus propiedades nutricionales ni el sabor”.

«Existe una desconexión con el territorio y hay que trastocar esa posición. Tomar banderas en defensa del entorno sabiendo que eso afecta intereses»

Todos los alimentos producidos por La Hormiga son comercializados entre la gente del pueblo que ya los identifica como parte de un proyecto agroecológico. “Vendemos a un precio justo y lo recaudado se reinvierte para el mantenimiento de la huerta o para comprar herramientas e insumos que requiere el proyecto”, detalla Francisco. En la comercialización, Gianluca identifica que es necesario un trabajo de concientización respecto a lo que compramos y por qué lo seleccionamos:

—Se eligen siempre, por ejemplo, a las manzanas o los pimientos más brillantes. Y es necesario charlar sobre esto: ¿Qué miro cuando busco una verdura? ¿Cuáles son los factores a tener en cuenta para asegurar que una verdura es buena?

Respecto al precio de los alimentos, Francisco recuerda una situación que vivieron el año pasado cuando, por la escasez en la producción a nivel nacional, se había disparado el precio del tomate. En paralelo, ellxs veían cómo sus plantas producían casi treinta kilos de tomate agroecológico por día. “Consumimos alimentos que vienen de muy lejos y eso hace que se cosechen antes. Son trasladados en camión, lo cual implica un costo de flete, hasta el Mercado Central donde lo van a buscar las verdulerías y recién ahí los podemos comprar”, explica Francisco sobre lo que podría identificarse como una de las razones del incremento en los precios de algunas frutas y verduras. “La agroecología propone consumir productos de estación y el comercio de cercanía”, afirma.

El futuro llegó hace rato

Para el final de la charla, les propusimos a lxs integrantes de la Hormiga Agroecológica que compartieran apreciaciones sobre cómo avizoran el porvenir en materia del cuidado del medio ambiente, teniendo en cuenta que llevan adelante un proyecto donde interviene la participación activa y la conciencia por el cuidado del ecosistema. “No es muy prometedor”, se animó a decir Francisco, “existe un resurgimiento de espacios políticos que niegan el daño ambiental y los sectores que no lo niegan tampoco hacen demasiado para cambiar las cosas”, y en las listas de las problemáticas que aún faltan abordar, el integrante de La Hormiga, incluyó a los incendios en las islas del Delta del Paraná, la aparición de nuevas semillas transgénicas o la mejora en la regulación de las leyes que prohíben las fumigaciones cerca de los cascos urbanos. “A pesar de todo esto, es fundamental seguir participando e intentando cambiar la realidad”, aseguró.

En este mismo sentido, para Gianluca se trata de ir en contra de “los discursos que hablan de salvarse uno mismo” para volver a proponer salidas en conjunto. “Frente a los problemas, más allá de nuestras posturas políticas, siempre tenemos algo en común y razones por qué luchar”.

En un presente que no parece ser propicio para la construcción de lazos comunitarios y en un contexto, como lxs mismos integrantes de La Hormiga afirman, donde vuelve a cuestionarse el concepto de lo político como herramienta generadora de cambios, este proyecto emplazado en el medio de la pampa extractivista apuesta a una concientización respecto a cómo se relaciona la producción y el cuidado del ambiente. Aunados bajo la idea de una huerta agroecológica que les permita una alimentación de calidad, este grupo de vecinos y vecinas continúa una militancia que visibiliza las problemáticas de muchas localidades del sur santafesino y aspira a que su ejemplo se replique en otros poblados, donde la economía local sigue muy ligada a una forma de producir que desde hace varios años viene mostrando sus falencias.

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