Con el Mundial de fútbol en pleno desarrollo, es una práctica cotidiana escuchar o leer sobre cómo los petrodólares cataríes lograron que el torneo más importante del mundo se juegue en en este pequeño y enigmático país, dejando en un segundo plano la falta de tradición futbolística o el pobre historial en materia de derechos humanos. No obstante, el hecho de albergar la Copa del Mundo es un paso más, quizás el más importante, de una estrategia geopolítica catarí que encuentra sostén en el deporte más popular del mundo.

Rusia, Brasil, Sudáfrica, Alemania, Corea, Japón, Francia, Estados Unidos, Italia, México, España. Los últimos diez mundiales – once si contamos Argentina 78’ – se jugaron en países con algunas características: son países grandes, o tienen equipos importantes en sus ligas, o jugadores conocidos mundialmente. O al menos uno los sabe ubicar en un mapa. Cuando el fútbol no otorgó credenciales suficientes, como en 2014, 2006 o 1998, lo hizo el peso específico de los países sede, algo que ocurrió en 2018, 2010, 2002 o 1994.

Qatar no cumple ninguno de esos requisitos. Su superficie es casi la mitad que la de la provincia de Tucumán, la menos extensa de la Argentina. No tiene ningún equipo conocido. Sus jugadores son prácticamente ignotos para cualquier persona que se auto perciba como amante del fútbol. Muchas personas que saben dónde ubicar países en un mapa, se les dificulta encontrar a este país. ¿Qué hacen, entonces, organizando un Mundial de fútbol?

La respuesta fácil y extendida es “ahí hay mucha guita”. Cierto. Pero la FIFA siempre fue la FIFA, y países con dinero hay muchísimos. El dinero no es todo. Qatar es un país que ha utilizado todo lo relacionado al mundo del fútbol como herramienta geopolítica.

 

Qatar es un emirato. De los pocos que hay en el mundo, como Emiratos Árabes Unidos y Kuwait. Se trata de un tipo de monarquía absoluta comandada por un Emir, que en este caso se llama Tamim bin Hamad Al Thani. La familia Al Thani comanda los destinos de estas latitudes desde mediados del Siglo XIX, cuando Qatar era parte del Imperio Otomano, disuelto en 1915 en plena Primera Guerra Mundial. Luego fue un protectorado británico hasta 1971, cuando proclamó su independencia. Para ese año, Qatar ya había descubierto sus yacimientos de petróleo y de gas, que representan el 13 % de las reservas que hay en el planeta.

Diez años más tarde, Qatar junto a otras “petromonarquías” conformaron el Consejo de Cooperación del Golfo (CCG), una organización de países que se creó para hacer frente a la inestabilidad política de Medio Oriente , marcada por la revolución en Irán, el conflicto bélico entre este país e Irak, la invasión soviética a Afganistán y las tensiones el mundo árabe e Israel, entre otros procesos. Con el correr de los años, el CCG mutó a una organización que define aspectos económicos, culturales y políticos, adaptándose a los vaivenes regionales y globales.

Los recursos económicos generados por los hidrocarburos le dieron la espalda suficiente a los cataríes para empezar a levantar su perfil internacional. Este país también es miembro de la Organización de Países Exportadores de Petróleo (OPEP). Sin embargo, algo distingue a Qatar de la gran mayoría de los países de la región: es un Estado sin sociedad. Cerca del 20% de los habitantes de Qatar son cataríes. La gran mayoría demográfica la componen trabajadores extranjeros, en su mayoría provenientes de la zona del Indostán: India, Bangladesh, Pakistán.

Y acá toca hablar del sistema que pone a Qatar en el centro de las acusaciones sobre violaciones de derechos humanos: el sistema de avales o ‘kafala’. Este esquema implica que los trabajadores extranjeros que entran a Qatar solo pueden salir del país o terminar su relación de dependencia con su empleador cuando este se los permite. Es en el marco de este sistema de esclavitud posmoderna que el Mundial ha conseguido su infraestructura. Diversos organismos ubican en 6500 la cifra de trabajadores muertos durante las obras de los estadios que albergan la Copa del Mundo.

Entonces, el combo se compone de un país sin tradición futbolística, con altas temperaturas (por eso el Mundial se juega en noviembre y diciembre, y no en julio como siempre) y flojo de papeles en materia de derechos humanos. Alguna razón tuvo este país para ser sede del evento deportivo más importante del mundo. Pero primero toca analizar por qué. Y la respuesta siempre conduce al mismo lugar: Occidente.

No es la intención de estas líneas realizar un juzgamiento moral sobre los negociados en el fútbol, o caer en el lugar común de “la culpa de todo la tienen los yanquis y los europeos”. El desafío está en entender qué permitió que los ojos del mundo se posen sobre este país con alrededor de 3 millones de habitantes, de los cuales son nativos sólo unos 300.000.

Fue a fines de 2010 que el entonces presidente de la FIFA, Joseph Blatter, anunció que la Copa del Mundo 2022 se jugaría en Qatar con una razón aparente: ampliar los horizontes del fútbol. Una especie de democratización del juego en el cual los países y regiones que nunca habían tenido la posibilidad de ser sede del Mundial, puedan mostrar al mundo que estaban preparados para hacerlo. En el mismo plano se defendió la organización del Mundial 2018 en Rusia; hoy condenada por la comunidad internacional por la invasión de Ucrania, una decisión que fue tomada por el gobierno de Vladimir Putin pero que pagaron los futbolistas rusos. A Rusia se le prohibió participar en el actual torneo.

No obstante, no son pocas las voces que atribuyeron el poderío económico de Qatar como la razón principal de la elección de la sede. Fue el diario británico The Sunday Times quien reveló que el presidente de la Federación catarí y también titular de la Confederación Asiática de fútbol, Mohammed bin Hamman, pagó hasta 3,6 millones a 30 miembros de la FIFA para asegurarse el voto favorable a Qatar.

Las terminales de este escándalo terminaron en otro dirigente occidental: el francés Michel Platini, sindicado como partícipe de este esquema de dádivas que implicó la elección de Qatar como sede en connivencia con el entonces presidente francés Nicolas Sarkozy y otras figuras predilectas cercanas a la FIFA y la UEFA, el organismo europeo de fútbol. Platini cayó en desgracia por otro escándalo de corrupción, al igual que Blatter. Sarkozy pasó a ser un marginal de la política francesa. Qatar como sede, quedó. El dinero y los muchachos de trajes caros concretaron el asunto. Razones más complejas que la plata explican cómo se llegó a ese lugar.

Es cierto que los hidrocarburos y los recursos que genera Qatar le permitieron consolidar herramientas para levantar su perfil internacional. Sin embargo, esta razón no explica por sí sola la política exterior asertiva que lleva adelante el emirato, de la cual la organización del Mundial es un elemento más.

Dadas las ventajas de sus recursos económicos y las desventajas de sus condiciones geográficas, demográficas y de “poder duro”, Qatar apostó a una estrategia de poder blando o “soft power”. Este concepto que popularizó el teórico de las relaciones internacionales estadounidense Joseph Nye, refiere a los elementos que un Estado pone en juego para ganar influencia en la arena internacional que no son los métodos clásicos o duros, como la presión económica o la disuasión militar. Aspectos culturales, artísticos, o ligados a los valores políticos o a la imagen de un país y su sociedad son utilizados para lograr objetivos de política exterior.

Hay ejemplos de esto. En 1996, el gobierno catarí fundó la cadena de noticias internacional Al Jazeera, la más conocida de las que tienen su sede en Medio Oriente. Al Jazeera se ubica en el conglomerado de medios más importantes del mundo y es referencia casi obligatoria para aquellos que buscan información sobre la realidad de los países de la región, con transmisiones en América, Europa y los países árabes.

Al mismo tiempo, y pasando a procesos estrictamente políticos, otro valor que la diplomacia catarí pone en juego es la autonomía con la cual diversifica sus alianzas y asociaciones. Qatar tiene vínculos tanto con Irán como con Arabia Saudita, los dos países más poderosos de la región y rivales entre sí. Conforma el Consejo de Cooperación del Golfo y la OPEP. Fue sede de las negociaciones entre el gobierno estadounidense y los talibanes en 2021, cuando la Administración de Biden intentaba organizar su retirada del país de Asia Central. La base aérea más grande de EEUU en la región está en Qatar: Al Udeid, con capacidad para albergar a más de 10.000 efectivos.

En el proceso de la mal denominada “primavera árabe”, allá por el inicio de la década de 2010, Qatar fue acusada por los países del Golfo de apoyar a organizaciones como la Hermandad Musulmana y otros actores protagonistas de los conflictos sociales de aquellos años. Por esa razón, en 2017 los saudíes cerraron sus fronteras y, junto con Emiratos Árabes Unidos, Egipto y Bahrein, rompieron relaciones diplomáticas con Qatar que el emirato pudo sortear gracias a sus vínculos con otros países de la región, como Irán y Turquía.

Qatar habla con todos. Ha realizado una diversificación tal de sus relaciones exteriores que posibilitó que salga prácticamente inmune del cierre de las fronteras marítimas, terrestres y aéreas de su único país limítrofe y de la crisis diplomática con importantes países árabes. De todas maneras, volvemos al lugar donde los procesos se entrecruzan: el soft power y el deporte.

Qatar alberga el Abierto de Doha, un torneo de tenis inaugurado en 1993, tres años antes de la fundación de Al Jazeera y que pone los ojos del mundo tenístico en el país una vez por año. El que más ha ganado ese torneo, “su Majestad” Roger Federer.

Perteneciente al “imperio Al Jazeera”, es imperativo nombrar a la cadena de noticias deportiva Bein Sports, señal fundada en 2003 y cuyo nombre hemos visto infinidad de veces en algunos partidos de fútbol que había que buscar por la web y que no los transmitían las señales de cable argentinas.

Por otro lado, y ya pasando al fútbol, Qatar comparte con otros países del Golfo y de Asia en general, la característica de poner la billetera encima de la mesa para que grandes glorias del fútbol puedan asegurar sus porvenires económicos en sus últimos años de carrera. Los españoles  Xavi Hernández, Josep Guardiola y Raúl González Blanco, el brasileño Romario, los argentinos Gabriel Batistuta y Claudio Paul Caniggia, los neerlandeses hermanos De Boer, el colombiano James Rodríguez y el camerunés Samuel Eto’o, son algunas de las estrellas del fútbol que pasaron por la desconocida liga catarí para engrosar sus bolsillos.

No obstante, Qatar fue pionero, junto a Emiratos Árabes Unidos, en establecer la figura de clubes – Estado. Al convertirse en dueño absoluto del Paris Saint Germain en 2012, el emirato realizó lo mismo que su vecino con el Manchester City en 2008: realizar, a través de un fondo financiero soberano, la compra de un club de fútbol que ya no está ligado a un holding empresario como sucede con varios equipos a nivel mundial, sino que pertenece a los activos de un Estado – nación.

Es mediante el respaldo de un Estado con los recursos financieros que tiene una petro monarquía como Qatar que el PSG se da el lujo de tener en sus filas a los tres jugadores más importantes del actual Mundial, y sobre los cuales se posan todas las miradas: Kylian Mbappé, Neymar Jr, y Lionel Messi.

Y es también a partir de la participación estatal en el negocio futbolístico que estos equipos han logrado eludir la figura que la FIFA ha establecido como medida para “equilibrar la competencia entre los clubes”: el “Fair Play Financiero”. Dice Ezequiel Scher en su muy recomendable newsletter “Prepárense para perder”, de Cenital: “Uno de los principios básicos es que un club no debe gastar más de lo que ingresa. En 2018, al PSG le cayó la ley por superar en 101 palos su límite. Lo resolvieron de forma genuina y grotesca: la Autoridad de Turismo de Qatar aseguró haber invertido 145 millones en marketing en el club. Una campaña publicitaria de una magnitud nunca vista».

Si sumamos en la ecuación Bein Sports + Al Jazeera, el Abierto de Doha, el PSG, y los jugadores de élite que fueron a retirarse a su liga, la organización de la Copa del Mundo es solo un elemento más que muestra que el deporte es un elemento de poder blando notable que ejerce Qatar. Pero entonces, ¿qué beneficios tiene para el país tener al PSG? ¿O albergar el Mundial, si seguramente luego del 18 de diciembre el mundo vuelva a olvidarse de Qatar?

Tres días después del inicio del Mundial, la empresa pública Qatar Energy anunció que exportará cada año durante 27 años, cuatro millones de toneladas de gas natural licuado procedente de su nuevo proyecto North Field a Sinopec (China Petroleum and Chemical Corporation). Acuerdo con China, listo.

Bajo la estrategia «hablar con todos», el 29 de noviembre, mientras el mundo especulaba sobre alguna situación eventual que podía darse en el partido entre Estados Unidos e Irán que el equipo norteamericano terminó ganando 1 – 0 con gol de Pulisic, el gobierno de Joe Biden aprobó una venta de armas por valor de mil millones de dólares a Qatar, en una transacción que se dio a conocer durante el entretiempo del partido. No contaron allí las violaciones a los derechos humanos que, Washington denuncia, se cometen en Nicaragua, Venezuela o Siria. Acuerdo con Estados Unidos, listo.

Ese mismo día fue una jornada gloriosa para Qatar. Esto no tuvo que ver con su seleccionado, que ya estaba eliminado por perder contra Ecuador, Países Bajos y Senegal. Ese mismo martes 29 de noviembre, se suscribió un acuerdo entre el gobierno catarí y la empresa estadounidense Conoco Philips que permitirá suministrar gas natural licuado a Alemania por 15 años, en el marco de la crisis energética que vive Europa por la guerra que se desarrolla en Ucrania. Acuerdo con la Unión Europea, listo.

Las estrategias de poder blando que el emirato puso a jugar hace más de 30 años, tuvieron su auge el 18 de noviembre, cuando arrancó el Mundial, y ya dan sus frutos sin que el torneo llegue a su fin.

Los mundiales son eventos de fútbol con un componente político muy alto. Las especulaciones previas a ciertos partidos, la simpatía de países enteros por selecciones extranjeras (el caso de Bangladesh con Argentina es el más notorio) y los mensajes desplegados por los hinchas en las tribunas tienen razones que se explican en la política. Esta característica convive con los pactos secretos y acuerdos millonarios que rodean a cualquier transacción común del mundo del fútbol. Pero el Mundial es un evento político y cultural de primer orden. Es necesario tomarlo como tal para no simplificar al extremo lo que pasa afuera del césped.

Entender cómo Qatar llegó a organizar la Copa del Mundo puede ayudar a comprender más allá de los discursos que explican todo por el dinero. La política es más importante y duradera, y este pequeño país utiliza el fútbol para lograr sus objetivos en este sentido.

 

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