Más de un millón de peregrinos de distintos puntos del país se concentraron en Villa Domínico. Una procesión lenta, infinita, para despedir al Indio Solari. Mística, celebración y una certeza: donde hay dolor habrá canciones.
Texto: Martín Pueblas. Fotos: Cristian Maio
Es sábado, casi las diez de la mañana. Una pareja se para en una de las esquinas del acceso norte de Virreyes. Miran nerviosos buscando algún signo de complicidad, hasta que lo encuentran. En la plazoleta de enfrente hay una mujer de rulos, con dos chicos a su cargo y una campera de los Redondos. Es acá.
Después se sabe lo que sigue. Se va acumulando la gente. Llegan con banderas puestas a modo de capa, con termos de mate bajo el brazo y con cigarrillos que encienden como quien busca consuelo. Llegan dos colectivos, uno familiar y otro más condimentado, todos suben y empieza el viaje. Hoy se despide al Indio.

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Esa escena es una, y miles a la vez. Se viene replicando desde el viernes. Grupos a lo largo y ancho del país se fueron organizando. Al principio sin rumbo fijo, por el mero hecho de juntarse a digerir la noticia en compañía. Se congregaron donde se reúnen las personas cuando pasa algo. Cuando se quieren independizar del rey de España, cuando condenan dictaduras o muere el mayor ídolo musical de este país.
En Rosario la Red Tl, histórica radio de rock de la ciudad, organizó una última misa durante la tarde-noche del viernes en el Monumento Nacional a la Bandera. Otros se congregaron en la casa del Indio en Parque Leloir, o en plaza de Mayo, donde efectivos policiales intentaron dar por terminada la reunión. Empezaban a sonar las campanas de la última misa y los feligreses reaccionaban todavía sin coordenadas claras. Solamente un mensaje en la cuenta oficial del músico:
“Finalmente, la despedida al Indio será el domingo 7 de junio, para dar tiempo a la gente que viene de lejos. Mañana sábado confirmaremos el lugar y la hora”.
Y terminaba con un agradecimiento, y un lamento:
“Gracias por la paciencia, todo esto es muy difícil”.
Sí que lo fue.

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Hay muchas versiones, y va a haber todavía más con el correr de los días y los años. Dicen que la familia quería hacerlo en el Congreso y que los hermanos Menem afirmaron que no estaban dadas las condiciones de seguridad, pero que en realidad fue Karina Milei quien se opuso. Que desde Casa Rosada también se negaron. Otros agregan que fue Máximo Kirchner el que hizo posible la gestión con Jorge Ferraresi, y que Kicillof puso todos sus recursos a disposición. Dicen muchas especulaciones en base a un hecho confirmado, nuevamente, a través de las redes oficiales del Indio. El velorio es en el parque Domínico. Empieza a las 11 y va a durar lo que tenga que durar para que todos lo puedan saludar por última vez.
“Nadie quería hacerse cargo. Y mirá: no pasó nada. Solamente él podía generar algo así”, se escucha decir horas más tarde en una de las calles aledañas a la procesión.

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Villa Domínico es una localidad perteneciente al partido de Avellaneda. Queda a poco más de 12 kilómetros al sur del Obelisco, punto de referencia básico para quienes no son de la capital del país. Y cuenta con más de sesenta y dos mil habitantes de acuerdo al último censo. Se calcula que durante toda la jornada transitaron por su avenida principal alrededor de un millón de personas, de las cuales la mitad llegaron a ver el féretro.
Desde el Viejo Puente Pueyrredón, que pasa sobre el Riachuelo separando Avellaneda de Barracas, hay cerca de 5 kilómetros hasta llegar al Parque Domínico donde terminaba la procesión. Se calcula que la fila llegó a tener 60 cuadras de largo.

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Son raros los velorios. La idea de la muerte pareciera descolocar, y si bien el decoro suele condicionar mediante la culpa, cada uno reacciona como puede. Algunos, como es lógico, lloran. Se abrazan con el que está al lado. Pero estas reuniones que supieron recorrer la Argentina de punta a punta no son exactamente un decálogo de modales de salón. Por eso otros cantan al compás de las melodías que van escupiendo cada pocos metros el sinfín de parlantes que acompañan el recorrido con música del difunto.
La procesión avanza lenta, pero constante. Uno de los carritos que venden comida tiene pegada una hoja escrita con fibra: Gracias Indio. Venden cerveza, venden remeras, venden banderas, medallas. Venden una pizca de consuelo. Lo necesario para poder resistir una jornada que exige, quizás por última vez, aguante. En todos los sentidos en los que una persona puede aguantar la adversidad. Cuando las zapatillas te hacen doler los pies y la vida te empuja las costillas para adentro.
La gente aparece por todas las calles aledañas bajándose de cientos de colectivos, o después de estacionar el auto quien sabe dónde. Se asoman a la avenida y tratan de entender la lógica. Los más respetuosos intentan encontrar un final que es imposible de divisar, otros entienden que la única forma de llegar es avanzando desde ahí. Cada vez que el tren llega a la estación Sarandí, las escaleras escupen un río de personas que se suman a la marcha. Una camioneta de la Guardia Urbana circula a paso de hombre por la mano todavía habilitada para el tránsito, mientras la acompañante grita con un megáfono: “Se me quedan tranquilos. Estamos todos bien. Vamos el Indio”.

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Muchos de los que están ahí no se enteraron todavía, porque (como bien saben las madres) las grandes acumulaciones de personas atentan contra la señal de los teléfonos. Durante toda la jornada artistas, conocidos, sociólogos, escritores van a salir en programas informativos para tratar de explicar la dimensión del fenómeno del Indio. Complementándose con la infinidad de posteos en redes sociales donde cada persona explica la importancia de la figura que sienten que acaban de perder.
Decir que Patricio Rey fue la banda sonora de mi vida es autorreferencialidad. Agregar que fue la banda sonora de la vida de casi todos nosotros es dimensionar un fenómeno cultural que trasciende generaciones, clases sociales y hasta preferencias musicales. Todos sabemos un estribillo de los Redondos. Todos escribimos en un feed, la tapa de una carpeta o una pared de nuestro barrio alguna de sus frases. Todos asociamos algún momento de nuestras vidas con una de sus melodías. Todos. Todo un palo, ya lo ves.

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“Se están colando, se meten por la última calle lateral antes de las vallas”, se queja un hombre de unos cuarenta años. Un poco fastidiado por no avanzar, el amontonamiento y la cantidad, incalculables a la vista, de cuadras que todavía lo separan del final del recorrido. “No te enojes, Gordo”, le contesta uno de sus amigos sonriendo: “Fue toda la vida así, no pasa nada”. El argumento no pareciera convencerlo, pero se queda en silencio.
Hay gente. Mucha gente que camina para llegar al salón donde se realiza formalmente el velorio. Se desplazan por una de las manos de la avenida, mientras que el otro lado del bulevar está lleno de carros de comida, de venta de recuerdos de la fecha y gente yendo, viniendo, celebrando. Cientos de miles de personas caminan de acá para allá. Cada uno con su cara, sus modos, su energía o su carencia. Todos en procesión para intentar entrar a un mismo lugar. Y no pasa nada. Nada malo, porque en realidad pasa de todo.

El que fue alguna vez a un recital de Solari lo puede entender. Pueblos enteros que duplicaban su población durante un fin de semana. Carpas armadas en las veredas, asados en los rincones más inimaginables y excesos varios. Un cóctel que podría ser explosivo. Sin embargo, en los ojos de cada uno de los que esperaban de las formas más diversas a la hora del show, se podía ver una certeza compartida. Ese lujo era suyo y tenían que cuidarlo.
Posiblemente eso era parte del mérito del Indio. Le regaló a muchísima gente que no tenía nada la posibilidad de pertenecer a algo enorme. Gigantesco. Redondo y, fundamentalmente, de ricota. Solamente les impuso una regla: cuidarse entre todos.

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En un living de San Fernando un hombre de cuarenta años no se despega de la televisión, mientras les habla a los conductores de un noticiero. No pudo ir al velorio. Como muchos de los que acompañaron al músico a lo largo de su vida, creció. Tuvo una hija, que hoy se levantó con fiebre. Podría ir, su esposa le insistió, pero sabe que no se quedaría tranquilo. Por eso les trata de explicar a los conductores de televisión eso que no pudieron entender nunca los que criticaban a Solari. Los que lo tildaban de críptico. ¿Cómo lo sigue tanta gente si hay tesis universitarias tratando de encontrarle sentido a sus letras? El hombre le habla a la TV a pesar de que quienes están al aire claramente no lo escuchan. Les dice que el Indio siempre dejó frases claras y contundentes que compensaban una lírica para muchos laberíntica. No hay que ser licenciado en letras para entender que no es un error de redacción repetir que “vivir solo cuesta vida”, ni ser un genio para llorar de rabia cuando reafirmamos, engañados una vez más, que “violencia es mentir”.

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“No llegué a entrar. Estuve cerca, pero si seguía avanzando se me iba a ir el bondi. Y después iba a ser imposible volver”, dice una chica hablando con sus compañeros de colectivo. No los conoce más que por haber compartido el viaje de ida. “Lo importante era estar acá. Entrar o no es suerte”, le contesta otro de los integrantes de la ronda mientras le ofrece un trago del fernet que no para nunca de terminarse en su botella cortada. Como si estuviera pinchada. Pero no. “Yo creo que, en realidad, quería no poder entrar. Con esto me voy bien”, agrega otro de los hombres mientras termina el cigarrillo número un millón de la jornada.
Las imágenes registradas por los medios y por los que sí llegaron a terminar la procesión ya circulaban por las redes. Ya las vimos todos. Una fila infinita que bajaba por una escalera y pasaba por el costado de un salón. Del otro lado de la valla, el cajón, una imagen proyectada en la pared del fondo y flores, banderas, remeras y quién sabe qué más. Ofrendas de sus seguidores. En algún momento de la tarde una mujer llora desconsolada mientras se abraza a la reja. Virginia Monés Ruiz, la esposa del Indio por más de cuarenta y cinco años, se acercó a consolarla. Le dijo que se quedase el tiempo que necesitara y la abrazó. Antes de volver a su lugar le susurró un regalo: “Yo le doy el beso al Indio de tu parte”.

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Cae la noche y empieza a llover en Avellaneda. La gente sigue avanzando, y la fila se ensancha cada vez más. Empieza a correr el rumor de que sacaron las vallas que ordenaban la antesala a los metros finales del camino. “Dicen que va a durar hasta el martes”, se escucha en un grupo que ya espera para volver a casa. No es verdad. Cerca de las seis de la mañana del lunes la cuenta oficial del Indio, que fue dando detalles y consuelo durante dos días consecutivos, confirma que el velorio terminó. Agradece a la organización, se lamenta por lo eterno de esos dolores dulces y deja abierta otra puerta para todos los que se empecinan en creer en algo:
“Como no podía ser de otro modo, pensó en todo antes de irse. Y por eso dejó encendido el equipo Marshall de su guitarra y el equipo de sonido donde escuchaba las canciones en las que trabajaba. Nos sugirió, así, que la música debía seguir sonando, más allá de lo que ocurriese. Hagamos eso. Que su música no pare”.
Y así será.
