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Energía nuclear: debates y aplicaciones en contexto de ajuste

  • 13/07/2026
  • Tomás Viú
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Mientras avanzan los despidos y el ajuste en la Comisión Nacional de Energía Atómica, hacemos foco en una experiencia local y poco difundida: el reactor nuclear que funciona en la Siberia, uno de los pocos reactores del mundo de gestión universitaria. De la manzana, el barco y la obra de arte al tratamiento contra el cáncer. Las aplicaciones de la energía nuclear más allá y más acá del debate sobre la cuestión energética.

La libertad que avanza con el gobierno nacional es la de despedir, cesantear, ajustar, achicar. Reducir a su máxima expresión las distintas áreas del Estado, aquel que por imposición constitucional debiera ser el que garantiza los derechos estipulados en la carta magna. Pero ajustarse a derecho no es precisamente lo que hizo este gobierno en ninguno de los días en los que lleva al mando los destinos del país. Más bien todo lo contrario. Hasta acá nada nuevo bajo el sol. Pero la noticia que ocupó la agenda periodística del martes 30 de junio fue el despido de un centenar de trabajadores y trabajadoras de todas las áreas de la Comisión Nacional de Energía Atómica. El desmantelamiento de este organismo científico y tecnológico nacional va en sintonía con lo dicho más arriba. Y la promesa que se torna pesadilla cotidiana: aquella que hiciera el propio Javier Milei al afirmar que era el topo que venía a destruir al Estado desde adentro.

La Comisión Nacional de Energía Atómica despidió a 61 trabajadores contratados que se venían desempeñando en distintas sedes del organismo. La secuencia que se vivió en la sede central de la CNEA incluyó a trabajadores que se desayunaban despedidos y que decidieron permanecer en el lugar de trabajo intentando acceder a algo parecido a una explicación, y cuándo no, la presencia de fuerzas de seguridad cumpliendo a rajatabla aquello de que el ajuste no cierra sin represión. El presidente de la Comisión Nacional de Energía Atómica, Martín Porro, se terminó yendo custodiado por la Gendarmería.

Mientras tanto, a 300 kilómetros de la Capital Federal, en el barrio República de la Sexta, adentro de la Ciudad Universitaria de Rosario, se encuentra uno de los pocos reactores del mundo de gestión universitaria.

– Es una cosa muy extraña en una ciudad universitaria tener un reactor, donde vos tocás la puerta y yo voy y te hago pasar-. Alan  Clerici recorre las instalaciones, va mostrando el lugar, avisa que hoy está un poco sucio porque estuvieron instalando un aire acondicionado.

– He aquí el reactor-, anuncia. Esta es la sala, ahí está la consola de operaciones y ese es el reactor propiamente dicho-. Señala una estructura cilíndrica robusta de color naranja con letras en negro que indican: RA-4. Un poco más arriba, en menor tamaño, los logos de la UNR, de la Facultad de Ciencias Exactas, Ingeniería y Agrimensura, y del Instituto de Estudios Nucleares y Radiaciones Ionizantes. A un costado, el registro del  fabricante: la empresa alemana Siemens.

Adentro de la estructura cilíndrica, que hace las veces de protección, hay discos de uranio. Alan sostiene con ambas manos y muestra de forma ilustrativa una recreación de pieza de plástico inerte y aclara que adentro del reactor hay piezas similares. “En el centro están apilados estos discos que es el combustible de uranio, y todo lo que hay alrededor es un sistema de protección con distintas capas y materiales”.

Alan es ingeniero electrónico y sus horas de trabajo las reparte entre el mantenimiento electrónico de la consola y la gestión del laboratorio en donde se realizan las mediciones de las prácticas. Explica que la forma más clásica de producir energía en masa es la quema de combustibles fósiles. Lo presenta en términos esquemáticos: “Tengo un dispositivo, un recipiente con agua, la caliento con un combustible, esa agua se convierte en vapor, con ese vapor gira una turbina y la turbina produce electricidad”. En la recuperación histórica que va haciendo marca un hito a principios del siglo XX, cuando se descubre que algunos elementos como el uranio tenían gran cantidad de energía almacenada. Junto con ese descubrimiento aparecen los primeros mecanismos para liberar esa energía. “Lo que en los combustibles se libera en forma de calor se descubrió que se puede hacer con el uranio, que es un elemento bastante pesado de la tabla periódica que se encuentra en forma de mineral en la tierra y del cual hay una proporción menor en relación a otros metales como el hierro”, cuenta.

En esa primera parte del siglo XX, continúa relatando Alan, se descubre la composición del átomo. “Si agarro un trozo de algo, lo corto a la mitad, la mitad la corto a la mitad y así, me encuentro con el límite físico que es el átomo”. En aquellas investigaciones no sólo descubrieron cómo está compuesto sino también la forma física de romper los átomos a través de bombardeos de neutrones, partículas que están adentro del propio átomo. Su explicación: “Si uno parte el átomo de uranio libera energía y además libera otro neutrón que va a otro átomo, lo parte, libera otro neutrón, y así tengo una reacción en cadena. Si esa reacción es totalmente descontrolada tengo una bomba nuclear, si esa reacción es controlada tengo un reactor”.

Alan plantea que “una de las grandes ventajas en términos comparativos con los combustibles fósiles es que la energía nuclear no libera gases de efecto invernadero”. Al mismo tiempo, señala una ventaja en relación a las energías renovables: “Es una energía de base, con una producción constante en el tiempo veinticuatro horas que no depende de variables climatológicas”. Mundialmente, si bien hay casos como Francia que tiene muy incorporada y desarrollada la producción de energía por vías nucleares, hay otros países de Europa que en la última década están intentando pasar a las energías renovables sin hacer uso de la energía nuclear. En Alemania cerraron todas las centrales nucleares y en España están en proceso.

Pablo Bertinat es ingeniero electricista, magíster en Sistemas Ambientales Humanos, docente e investigador jubilado de la UTN. Fue director del Observatorio de Energía y Sustentabilidad en dicha universidad y hace muchísimo tiempo que está vinculado con proyectos en relación con la energía. Su análisis señala que la generación de electricidad a partir de la energía nuclear “es un desatino”. Mientras aclara que no tiene ninguna opinión en contra de que haya espacios de formación vinculados a la energía nuclear, reactores experimentales o de investigación, su visión crítica la dirige específicamente sobre el uso de la energía nuclear para la generación de energía eléctrica por ser “una mala opción tecnológica”.

Dentro de los motivos que justifican su planteo, Pablo Bertinat menciona que la nuclear “es una energía extremadamente cara”. Sobre esto, se refiere a los costos elevados que implican las medidas necesarias para garantizar mayor seguridad que proteja de posibles accidentes. Sin dejar de soslayar los riesgos que presenta este tipo de energía, Pablo apunta hacia lo que considera lo más importante por lo cual “la energía nuclear no puede ser una energía del futuro”: “Utiliza una fuente no renovable, el uranio, que es sumamente escaso a nivel planetario. A este ritmo hay uranio para unos cuarenta o cincuenta años y después se terminaría”.

Pablo cuenta que en nuestro país las centrales nucleares aportan el 7 u 8% de la energía. Por esto dice que sería “relativamente sencillo reemplazarla”. “Hoy hay tecnologías que permiten utilizar otro tipo de fuente de generación como centrales de base, inclusive aparecieron los sistemas de acumulación”. Dice que hay alternativas tecnológicas “más limpias y más baratas que pueden aportar a la soberanía nacional, generar empleo y desarrollo tecnológico”. También sostiene que “tenemos capacidades para desarrollar lo mismo que se desarrolló hace cien años en petróleo y hace setenta en nuclear para otras fuentes de energías”. Por caso, menciona a la hidráulica, la solar, la eólica, la biomasa. Sin embargo, advierte que “habría que pensar qué implica un desarrollo tecnológico nacional para apoyar todo eso”. Al mismo tiempo, la visión crítica que comparte Bertinat específicamente sobre esta aplicación de la energía nuclear, no invalida a los otros usos. “Hay aplicaciones que justifican el uso de la energía nuclear como la medicinal”, afirma.

Usos y aplicaciones

Dentro de la operación por la cual Argentina compró la central nuclear de Atucha, la empresa alemana Siemens ofreció el reactor RA-4 para formar a los futuros operarios de la planta. Alan Clerici cuenta que por una gestión de Mario Áncora -físico rosarino que en esa época dirigía la Comisión de Energía Atómica – el reactor vino para Rosario. “Era un intento de federalizar un poco la energía nuclear que hasta ese momento estaba muy concentrada en Buenos Aires y Bariloche”.

En Argentina hay cinco reactores de investigación, de los cuales dos son de gestión universitaria. “Es de los pocos reactores del mundo que son de gestión universitaria. El otro está en Córdoba y después en contados países del mundo: Japón, Canadá, Estados Unidos y algunas otras potencias”. Desde la llegada en 1973 utilizan el reactor para la formación de estudiantes de distintas materias electivas de varias carreras de ingeniería (el fuerte es Mecánica, Eléctrica y Electrónica). También tienen alumnos de la facultad de Bioquímica y quieren sumar a la carrera de Ingeniería Industrial. “Es un mundo multidisciplinario. Acá trabajan electrónicos, químicos, físicos, mecánicos. Hay gente de muchas especialidades distintas trabajando para que esto funcione”.

El miércoles 17 de junio los medios a nivel nacional se hacían eco de la alerta emitida por la Autoridad Regulatoria Nuclear de la Nación sobre el robo de una cápsula con material radiactivo -utilizada para la verificación de equipamiento en Medicina Nuclear- ocurrido en un instituto rosarino de cardiología. Dos semanas antes, Alan Clerici le explicaba a enREDando que en los reactores de investigación la energía es muy poca porque son pequeños y usan poco combustible. “La energía es un residuo y nos interesan los elementos radioactivos”, describe. Dentro de los reactores de investigación están los reactores escuela para formación, como éste, y los reactores que producen materiales radioactivos para otras aplicaciones. “En medicina se usa la energía nuclear para métodos de diagnóstico como también para métodos de tratamiento, por ejemplo, contra el cáncer”.

La secuencia que describe Alan es que el residuo radioactivo -elemento que emite energía en forma de radiación ionizante- atraviesa la materia como un rayo invisible y al entrar en contacto con células vivas, las mata. “Si lográs dirigirlo a un tumor, mata las células cancerígenas. Si irradiás alimentos como huevos de campo, como se hace en Carcarañá, lográs matar los agentes contaminantes de la corteza”. Alan también menciona otros casos: Se pueden irradiar manzanas para matar los agentes patógenos de la corteza sin destruir lo que sucede adentro de la manzana; se pueden hacer radiografías a barcos para ver las costuras de las soldaduras de los cascos, o la estructura de los caños que se usan en industrias como la petroquímica.

“El uso que más me llamó la atención es que también se usa para descontaminar obras de arte”. Clerici explica que cuando un cuadro está atacado por una termita u otro bicho, si se le aplica algún químico es muy difícil que no afecte también a la obra. Por eso se los irradia para destruir a los seres vivos como las termitas sin comprometer la estructura del cuadro. “La mayoría de los tipos de radiación no interviene con los elementos inertes, solamente es dañina con las células vivas”. En esa línea, cuenta que los muebles de la legislatura porteña fueron irradiados hace una década para liberarlos de una invasión de termitas. “La parte médica se estudia mucho en Argentina, sobre todo en Buenos Aires que hay reactores de mayor potencia”.

En el RA-4 trabaja un plantel de diez personas, cuatro ingenieros electrónicos que se encargan de la parte de mantenimiento y un grupo de físicos y químicos quienes se han formado para operar. Alan confiesa que la gestión del reactor implica mucha tarea documental y muchas revisiones, que hay todo un calendario de mantenimiento, que el riesgo es muy bajo porque el combustible es muy poco, que si se dieran las peores condiciones y todo saliera mal (inclusive fallando la gravedad que es el último elemento de seguridad) no pasaría nada porque el reactor al no tener suficiente combustible para derretirse, quedaría en su forma física y simplemente levantaría un poco de calor y unos niveles de radiación que quizás apenas serían perceptibles. “El reactor tiene un montón de variables que se miden constantemente. Y la propia electrónica, ante la duda, lo apaga, separa los núcleos, inserta las barras, y todo va a su estado de condición más segura. En ese sentido, el reactor es bastante celoso”.

Después de que insertan un elemento adentro del reactor y lo irradian durante cierto tiempo, lo extraen y miden en el laboratorio donde hacen una serie de caracterizaciones. “Podemos discriminar qué tipos de energía está emitiendo lo que metimos en el reactor, con lo cual identificamos de qué está hecho”. Alan explica que en el reactor ocurre una especie de alquimia inversa: “Metemos oro y sacamos mercurio”.

Durante la charla Alan admite que lo que hacen es muy difícil de cuantificar y que eso habilita a que “apenas se pone en tela de juicio la ciencia, los primeros que caemos en la lista negra somos nosotros porque no producimos ningún material que después se venda a un privado”. Al mismo tiempo resalta la importancia de formar personas que después trabajan en investigaciones médicas con las cuales otras personas se curan de enfermedades como el cáncer. “Es una cadena larga. Estando acá adentro se vuelve natural pero hay que tomar dimensión de la importancia de este tipo de lugares que no están al acceso de todo el mundo y del cual muy pocos países disponen. Estamos muy contentos de tener este recurso en la Siberia”.

Quienes trabajan en el reactor no cuentan con presupuesto para desarrollar investigaciones. Según Alan, la política del gobierno es “confusa porque mientras los discursos van en dirección al fomento de la energía nuclear, se centran en algunos pequeños lugares como el reactor en construcción en el Centro Atómico de Ezeiza y dejan de lado de forma muy fuerte al resto de las instituciones”.

Si esta nota se moviera en un loop como en una cinta de Moebius, reaparecería la escena inicial con los 61 despedidos de la Comisión Nacional de Energía Atómica resistiendo dentro de las instalaciones y siendo reprimidos en su lugar de trabajo. En la entrevista realizada el día anterior a esa secuencia, Pablo Bertinat afirma que este gobierno nacional “es impredecible y preocupante”. Dice que “están liquidando todos los presupuestos de la Comisión Nacional de Energía Atómica” y que gran parte de la preocupación es que “las centrales tengan realmente presupuesto para el funcionamiento seguro”. “Así como abandona las rutas el gobierno abandona también las instalaciones nucleares. Mi única tranquilidad es que en general los técnicos argentinos son muy buenos. Pero es un riesgo importante no mantener las condiciones de funcionamiento seguro de todas las instalaciones. Este gobierno está interesado en reducir los costos, privatizar y hacer negocios con eso”.

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Tomás Viú

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