En los barrios Bellavista y La República, en la zona oeste de Rosario, el trabajo colectivo brota y da sus frutos: el Vivero Urbano ´Estación Quebracho´ abrió sus puertas para convidar a la comunidad un vivero autogestivo atendido por sus propios hacedores. La experiencia incluye un proceso formativo en estado permanente y la fuente laboral de jóvenes que habitan en estos territorios. Socialización de la producción y puesta en marcha de un vivero urbano que ya funciona de lunes a lunes. El enamoramiento de las plantas, el legado de las generaciones pasadas y el conocimiento a partir de la experimentación: lo que podría pensarse como un punto de llegada es en verdad el inicio de algo más grande.

Una abeja se posa sobre la lavanda. Al lado, cada planta tiene su cartel correspondiente: hierba buena, salvia, burrito, tomillo, curry, kale, orégano, perejil, tomate, amaranto, conejito, romero, clavelí, sideraria, espinaca. La lista se engrosa a medida que se recorre la planta alta del vivero urbano Estación Quebracho. Mientras tanto, la conversación entre algunos jóvenes que sostienen el espacio tiene que ver con una rosa que habrá que cortar. ´La rosa amarilla tiene la flor; la otra está por largar semillas y hay que cortarla´.

Para que la abeja pueda posarse en la lavanda, para que la lavanda esté al lado de las otras plantas, para que las otras plantas tengan su cartelito, para que la terraza de la casa que está en la ochava de Lima y 9 de julio, en el oeste rosarino, pueda alojar a este vivero, tuvieron que pasar muchas cosas. “Creo que Estación Quebracho empieza hace tiempo atrás con nuestros abuelos y abuelas que vinieron del norte buscando laburo en estas tierras”. Quien habla es Lara, quien junto a Nicolás coordina el grupo de jóvenes que viene sosteniendo el proyecto.

Aquello que permitió que la cosa empezara a materializarse fue una idea.

Una apuesta.

Un deseo.

Un motor.

El Federal y El Luchador son dos clubes hermanos del barrio La República que fueron recuperados por un grupo de jóvenes que desde hace más de una década volvieron a llenar de proyectos vitales a estos bastiones comunitarios y populares. El vivero es uno de esos proyectos que empezó a gestarse en octubre del año pasado, cuando en una charla apareció la palabra jardinería. La intención era que sea un espacio de formación y que al mismo tiempo funcionara como una fuente de trabajo potencial para jóvenes del barrio. El horizonte era que ese trabajo tuviera características cooperativas. Estos objetivos se confirman con el diario del lunes. La otra inquietud tenía que ver con buscar una manera de volver a la naturaleza, a las raíces. Ahí apareció la pregunta:

– ¿Y si pensamos un espacio de jardinería?

“Empezamos esta idea sin saber demasiado más allá de que nos gustaban las plantas a los compañeros más grandes que hoy estamos acompañando a los jóvenes”, reconstruye Lara. Antes que nada tenían que hacer la propuesta a un grupo de pibes y pibas. Era la forma de testear el nivel de contagio que podía generar el deseo. “Empezamos colectivamente a darle forma a este proyecto. No dijimos esto va a ser así; hubo un montón de idas y venidas porque era un área que desconocíamos. Los pibes se prendieron pero después decían entre ellos, ¿con las plantas?”.

– Nunca en mi vida había tocado plantas ni tierra. Cero. Nada de relación-. Axel tiene veinte años y está en el club desde los catorce. Un día empezó futsal en El Federal y nunca más se fue. Arrancó a rodar la pelota y todo se fue hilvanando. Hoy es profe en el club y tiene a cargo las categorías décima y novena. Se acuerda del día en que lo citaron en El Luchador para contarle la idea de armar un grupo de jardinería. “Sonó re loco, me empecé a imaginar qué onda, cómo será eso, cómo debe ser el trabajo de un jardinero. Me imaginé todas las plantas y esas cosas”. Desde ese día Axel empezó a ir una vez por semana, todos los miércoles, a los encuentros con el grupo que empezaba a formarse. “Con las capacitaciones que venimos teniendo le vas agarrando más la mano pero la verdad es que tenía cero de plantas”.

El vivero es uno de esos proyectos que empezó a gestarse en octubre del año pasado, cuando en una charla apareció la palabra jardinería.

Luz también nació hace veinte años y, al igual que Axel, después de muchos años yendo al club –empezó con la pileta en verano, después pasó por natación, gimnasia deportiva y vóley- terminó asumiendo responsabilidades. Hoy es profe en la escuelita de vóley y dirige las categorías sub-16 y sub-18 de La República, que es la unión de vóley entre El Luchador y El Federal. También recuerda nítido el día en que escuchó por primera vez la palabra vivero. “Yo dije éstos están re locos, qué onda. Me sabía algunos nombres de plantas y algún que otro cuidado pero hasta ahí nomás. Mi casa está llena de plantas pero mi vieja era la que se ocupaba. Fue todo aprender acá”.

Las vías y los vasos comunicantes

El primer encuentro del grupo, allá por octubre del 2020, fue en la plaza ubicada entre las calles Paraná, Sucre, Zeballos y 3 de Febrero, epicentro de encuentro del barrio en el que los clubes organizan hace mucho tiempo diversas actividades como la República de lxs niñxs, evento anual que reúne a las familias con el protagonismo de las infancias. Enfrente de esta plaza se encuentra la Estación Rosario Oeste, una de las paradas en el recorrido del ferrocarril. Por esas vías, en esos trenes, de esos vagones bajaron muchas de las personas que fueron poblando los barrios. Sobre esos rieles viajaron muchas historias. De ahí la carga histórica y simbólica que tiene la Estación Rosario Oeste para estas geografías. Por eso no fue casual que fueran a las vías en el primer encuentro del grupo de jardinería. La propuesta era pensar colectivamente qué representaba ese lugar en la memoria histórica.

– Empezamos a trabajar algunas cuestiones que tenían que ver con La Forestal y lo que había pasado en ese entonces. Surge esto de Quebracho, de los que laburaban ahí, de cuál era su procedencia, de qué parte del país-. Cuando Lara tira del hilo aparece una punta del ovillo en el cual las vías son puentes. “Indagando los pibes se empezaron a dar cuenta de que sus abuelos, bisabuelos o tatarabuelos habían laburado en La Forestal o tenían un familiar, era muy directa esa relación. Sabemos que muchos llegaron a través de esas vías y se instalaron en el barrio”. El vivero lleva en su nombre un legado que funciona de homenaje: Estación Quebracho. El homenaje aparece en forma de reivindicación. “Hoy nos toca retomar y revertir esta historia, pensar en un trabajo que sea cooperativo, que tenga otra forma de relacionarse con la naturaleza, que no sea con la explotación de los recursos naturales ni humanos”. En las semanas previas a la apertura, en el grupo venían charlando la posibilidad de incluir en el nombre la palabra urbano. “Pensar un espacio verde en la ciudad que es de cemento, que puedan relacionarse, querer y amar el laburo con la tierra y con la naturaleza. Terminó cuadrando todo”, dice Lara.

– En el taller de Auxiliar (Deportivo) una vez hicimos un árbol genealógico y vimos que justo el bisabuelo de una compañera laburó en la fábrica de La Forestal-. Axel cuenta sobre aquel primer encuentro en la plaza. La dinámica era que cada quien sumara en un papel afiche alguna idea o palabra en relación con la jardinería, para después entrelazarlas y hacer una frase colectiva. “Yo había tirado algo de la música que le hace bien a las plantas”. Luz se acuerda que también había salido la palabra semilla y la idea de hablarles a las plantas y ponerles música. “Estamos laburando en el ambiente con la música, es como que todo se termina entrelazando”.

Por esas vías, en esos trenes, de esos vagones bajaron muchas de las personas que fueron poblando los barrios. Sobre esos rieles viajaron muchas historias. De ahí la carga histórica y simbólica que tiene la Estación Rosario Oeste para estas geografías.

Julián tiene diecinueve años y se sumó al proyecto en el verano pasado, cuando el grupo que ya venía trabajando lo invitó a sumarse. El recuerdo de ese día lo tiene bien grabado. Estaba limpiando las últimas cosas que le habían quedado pendientes –es profe de colonia durante el verano- y se le acercó Luz para hacerle extensiva la invitación. Él no conocía mucho el proyecto pero sabía que la intención era hacer un vivero. “Me pareció un proyecto re copado. Y me puso muy contento la manera en que nos sumaron a Keyla y a mí, decidiéndolo por parte del grupo. Re loco poder ser parte”. Ese día Julián se quedó pensando algunas cosas: ¿Cómo iba a ser el curso? ¿Iba a poder encajar? ¿Entendería las cosas? ¿Qué iba a pasar con el vivero? El tiempo arrojaría algunas respuestas. “En todo este proceso pasaron miles de cosas, muchos recuerdos que nos quedamos. Y llegamos por fin a esto que es un proyecto re copado. Y es nuestro, eso es lo más importante”.

Luz no creía en su momento que el vivero pudiera materializarse en un año. Tampoco se lo figuraba en una casa, sino al aire libre, ocupando un lugar en la plaza. Axel también la veía lejana a la concreción y tampoco se imaginaba al vivero donde finalmente terminó instalándose. “No me lo imaginaba en una casa pero me re gustó como quedó todo. Lo hicimos nosotros; con esfuerzo y dedicación lo pudimos terminar”.

Las mil cosas por hacer

A medida que se iba conformando el grupo, fueron avanzando con la capacitación apoyándose en los saberes de Quique Casella, reconocido ingeniero agrónomo de Pérez que tiene muchos años de trabajo en la materia. Pero la dificultad que no tardó en aparecer tenía que ver con el espacio físico. El espacio verde de los clubes es muy acotado y eso limitaba la puesta en práctica de aquello que iban conversando en las capacitaciones. Por eso surgió la idea de trabajar en un espacio muy cercano que estaba en desuso, justo al costado de las vías de aquel ferrocarril que había traído a las generaciones anteriores de los pibes y las pibas que hoy están activando. “Qué mejor que estos espacios puedan ser utilizados por jóvenes que están capacitándose con vistas a generar un espacio productivo”. Lara se refiere al vivero como el inicio de algo mucho mayor. “Algo más grande que pueda alojar a muchos más jóvenes”. Y se refiere a algunas de las tantas aristas y vertientes que tiene el proyecto: “cuestiones políticas e ideológicas de repensar la tierra y el laburo. La producción de alimentos, de cosméticos, de medicina, recuperar algunos conocimientos ancestrales, reforestar la plaza, trabajar con especies nativas. Es súper amplio. Por eso cuando abríamos el vivero decíamos que no es el cierre de una etapa sino el inicio. Ahora hay que ir construyendo todo el abanico de posibilidades”.

En un presupuesto participativo del 2010, los vecinos habían votado un proyecto que involucraba estos terrenos estatales linderos a las vías desde calle Mendoza a Montevideo y que consistía en una apertura incorporando la actividad de feria. Pero hasta la fecha nada de eso sucedió. ”Nos proponemos para laburar esa parte, iniciando con la capacitación y con la venta y por qué no pensarlo como un corredor agroecológico que tenga camping. Tenía que ver hasta con cuestiones de inseguridad”. Lara explica que la idea era poder montar el espacio de capacitación, pensando en paralelo en la pata productiva. Y que el espacio de capacitación quedara fijo para los vecinos y vecinas del barrio: que el primer grupo formado pudiera capacitar a otros grupos. Pero el Estado dice que ese terreno es de un ente privado, el Belgrano Cargas, y el privado dice que es del Estado, y algunos vecinos linderos –hay mucha otra gente que sí apoya la iniciativa de los clubes- dicen que es de ellos, que es el patio de sus casas y que lo necesitan para pasear al perro. Por eso se iniciaron las vías legales pero el pedido está cajoneado. Mientras tanto, había que resolver de alguna manera para que la cosa avance. Por eso, pensaron en la opción de montar el vivero en la casa que están alquilando desde los clubes y que funciona como un anexo mientras terminan las obras en El Luchador y El Federal.

Keyla tiene veinte años y se unió a los clubes en 2015. Hace cuatro años que es una de las profes de patín y al espacio de jardinería se sumó en el verano igual que Julián. “No entendía nada de plantas pero me entusiasmaba crear un proyecto con los pibes con los que veníamos trabajando en colonia, en las peñas, en los espacios. Y saber que era algo nuestro, algo grande que íbamos a construir”. En su caso también el motor de conocimiento fue el deseo. “En la marcha, curioseando uno se va metiendo y no puede parar. Querés ver para qué es esto, para qué sirve”.

El grupo de seis jóvenes, coordinado por Lara y Nicolás, se completa con Melani y Alejo. Y además hay un grupo de otros cinco jóvenes que son más chicos y que aún no terminaron la secundaria. La intención es que ese otro grupo vaya asumiendo algunas tareas colaborando en el desarrollo pero más que nada focalizando su participación a nivel formativo.

Comprar semillas, pensar el logo, armar un presupuesto económico hasta fin de año. Éstas son sólo tres de las tantas tareas que el grupo debe ir resolviendo semanalmente. Luz explica que en la parte económica hay una persona encargada y que en el resto de los roles -producción, atención al público, caja- van rotando para que el aprendizaje sea colectivo.

Como parte de la capacitación, fueron varias veces al vivero municipal de Pérez donde pudieron ver gráficamente las distintas producciones. Empezaron a estudiar los distintos tipos de reproducciones de plantas – gajos, esquejes, semillas, división, etcétera- para después evaluar cuáles hacer. Luz enumera algunas de las acciones: pensar qué plantar, juntar semillas de diferentes lugares, comprar tierra y perlita -se usa para que haya buen drenaje-, poner las semillas en los plug -unas bandejas plásticas de germinación que tienen pequeñas divisiones como celdas-. Las primeras semillas que plantaron fueron perejil, girasol, albahaca, espinaca, tomates cherry. “Fuimos metiendo semillas y las íbamos cuidando. Estuvimos más o menos en los primeros cuidados pero después fuimos enganchando la vuelta”, cuenta Luz.

“En todo este proceso pasaron miles de cosas, muchos recuerdos que nos quedamos. Y llegamos por fin a esto que es un proyecto re copado. Y es nuestro, eso es lo más importante”

Keyla está en la caja cobrando una venta. Se fue alternando con Julián para que siempre quedara alguien atendiendo el vivero mientras en la terraza transcurre la charla con enREDando. Acaban de vender una crassula muscosa, dos penachos, una tierra y un clavel. ´Venimos bien a la tarde´, exclama Keyla. ´Vamos remontando de a poquito´, le responde Julián, sonriendo. En el cuaderno donde llevan las cuentas se puede leer lo que ya vendieron en un rato del turno tarde: 1 carnívora, 1 albahaca, 1 rayito de sol, 1 premiun maceta, 1 rayito de sol, 1 maceta cerámica, 1 hipoestes, 1 autoriego, 1 penacho, 1 rocío nº 24, 3 penachos, 1 clavel, 1 crassula y 1 tierra. ´Ésta es la hipoestes´, dice Julián, levantando con la mano un ejemplar de esta planta conocida como hoja de la sangre, planta de lunares o paleta de pintor.

Mientras tanto, en la terraza donde están las plantas que necesitan el sol directo de la mañana, van apareciendo en cada celda de la cuadrícula plástica los brotes de las semillas bajo el calor intenso que deja pasar la media sombra que hace las veces de toldo. Luz explica que a gran parte de la producción propia aún le falta crecer y que recién ahora los tomates cherry se pueden poner a la venta. Después de la germinación en las bandejas plásticas, el proceso continúa con el trasplante a una maceta más grande, el riego y la espera para que crezcan; recién ahí pueden ponerlas a la venta. “Ahora tenemos de producción propia aromáticas y de huerta. Las florales fueron las fallidas y las otras florales que tenemos son las que compramos a algunos productores locales”, explica Luz.

El vivero está abierto de lunes a lunes. Lara advierte sobre algunos escenarios que implican los gajes del oficio: “Si llueve tenés que venir a la hora que sea, si hay un sol terrible y no lo esperabas también tenés que venir. Puede ser que semilla esté mala y no crezca o que una planta se embiche y mate a las otras”. En la medida de lo posible, lo que van necesitando intentan comprarlo de primera mano. Las macetas de barro se las compran a una familia de alfareros y algunas plantas a un productor de Pérez. Para otras cosas deben recaer en los mayoristas porque la intención es que los vecinos y vecinas del barrio paguen precios justos. “La idea es ver qué podemos producir, por ejemplo, empezar con los sustratos que son los que permiten que las plantas crezcan. Hacer esas producciones para incluso poder proveer a otros viveros”, plantea Lara.

Un vivero en el barrio

Cuando Axel le contó el proyecto a su familia, se sorprendieron, pero les gustó la idea. “Conocen al club y a la gente. Saben las personas que son, por eso confiaron en ellos desde el día uno. Siempre me dijeron que vaya para adelante, que están re buenas las cosas que salen del club”. De esta manera, Axel avanzó sintiendo el acompañamiento familiar. Pero también con el aliento de lxs vecinxs. “El barrio lo tomó bien, todas las personas que pasan nos dicen ´uy, qué lindo lo que pusieron´, ´espero que les vaya bien´, ´los voy a promocionar´”.

En el caso de Luz, la opinión familiar estuvo más dividida entre aquellos que la apoyaron y algunos que ponían sus reparos. ´¿Estás segura? ¿Va a ir bien?´. “Ponían primero un estudio que me genere un título antes que estar acá con la naturaleza. Esa parte la fui desplazando porque realmente me gustaba, estaba convencida de esto”. Con respecto a la recepción del barrio, coincide con Axel y para ilustrar el impacto, alcanza con dos frases: “Hoy fuimos a comprar mercadería porque habíamos estado pelados, nos dejaron sin nada. La apertura fue un diez”.

El taller de jardinería se enmarca dentro del programa provincial Santa Fe Más, que apunta a diversas capacitaciones para jóvenes. Desde la organización del taller aclaran la forma en la que vienen concibiendo las articulaciones con el Estado desde hace unos años. El sentido que vienen trabajando es que en el barrio gobiernan lxs jóvenes organizadxs. «Intentamos ejercer la democracia, la verdadera, sin que las lógicas contaminantes del Estado y la desilusión política nos penetre y gobierne. En este caso encontramos una política pública como anteriormente era el Nueva Oportunidad, hoy mas integral y renovado con el Santa Fe Más, y elegimos construir de manera conjunta», cuentan desde la organización. «Intentando construir otro paradigma, más humano, de la política. El programa aportando recursos y algunos canales públicos, y nosotros elaborando y compartiendo ideas, llevándolas adelante y haciéndolas posibles para nuestra gente», agregan. Lara no duda cuando afirma que el espacio, los tiempos y las proyecciones del vivero se gestan con la historia de organización que vienen acumulando desde los clubes. “Solamente con el taller y sin todo ese laburo no hubiera sido posible lo que hoy es posible”, sintetiza, para después ampliar: “Se viene de un historial de laburo hacia el barrio que hoy nos permite que esa recepción sea el triple de buena que la que hubiera sido sin ese recorrido. Los pibes, que son la cara visible del espacio, son profes de deportes todo el año y en verano también son profes de la colonia”.

Dentro de ese recorrido de construcción comunitaria que vienen sosteniendo desde El Luchador y El Federal, Lara recuerda el proceso de recuperación de la pileta del Luchador que durante mucho tiempo estuvo concesionada. “Después se cortó esa concesión y un grupo de jóvenes empezamos a laburar sin entender cuándo había que pasar el barrefondo. Ese recurso se volvió a poner en manos de los socios y las socias, volvió a ser un patrimonio del club y del barrio”. Además, Lara destaca que quienes trabajaron en la pileta de manera asalariada pudieron continuar desarrollando el trabajo en los clubes. “Venimos de una historia de este tipo de proyectos. No quedarnos solamente en lo productivo y en un intercambio económico sino en brindarle algo al barrio, como una mejora en la calidad de vida que en su momento tenía que ver con la pileta, después con la colonia o con la cooperativa textil que es La Colmena”.

El vivero está abierto todos los días doble turno, de 9 a 13 y de 16 a 20. El objetivo es que este trabajo no se superponga con las demás tareas que desarrollan en los clubes. Ese es el criterio a la hora de armar el cronograma de trabajo y distribuir los turnos de atención.

Lara vuelve al camino previo recorrido para recalcar que ese bagaje es el que permitió que el vivero se gestara aceleradamente. En esa línea, el apoyo fundamental de las familias, lxs vecinxs, lxs compañeras de los clubes, las comisiones. “En el barrio realmente gustan las plantas y no había un vivero por la zona sino llegando a las avenidas que tienen otras lógicas”. Aunque la instalación de un vivero en el centro de la ciudad probablemente pueda generar mayores dividendos, desde la organización dejan en claro que el proyecto se pensó para el barrio. “Elegimos que se pueda quedar acá y que en esas proyecciones pueda incluir a más gente del barrio. Esta apertura no es el final, es un punto de partida”, aclara Lara.

En la planta baja, junto a las macetas, la tierra, las semillas, el abono y las plantas de interior, Julián y Keyla ordenan, barren y pasan el trapo, mientras escuchan la música que les llega a las plantas.

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