Zafarrancho Ediciones cumple diez años de trabajo artístico y pedagógico con las infancias y adolescencias a través de la fotografía. El proyecto que echó raices en la comunidad rural de Lucio V. López, se expande a través del juego, la creatividad y los espacios de taller donde Matías Sarlo y Cecilia Fernández exploran el vínculo con la imagen como objeto, lenguaje y activación de la memoria. Llevan editadas una quincena de publicaciones en las que socializan saberes, experiencias y recursos didácticos para ser apropiados por educadores y talleristas. El álbum familiar, una imagen de Malvinas. El pañuelo blanco, la hoja de un árbol, la barranca del río. Un libro desenterrado. Desacelerar la mirada, hurgar en la memoria, construir comunidad.
Fotos: Zafarrancho Ediciones
“Nosotros creemos que la fotografía habla de algo que ha sucedido, y da la posibilidad de mirar y contemplar una imagen el tiempo que uno necesite” dice Matías Sarlo, fotógrafo que actualmente vive en la comunidad rural de Lucio V. López, a cuarenta kilómetros de Rosario, junto a su compañera Cecilia Fernandez, artista y docente de Artes visuales. Juntos crearon hace diez años Zafarrancho Ediciones, un proyecto autogestivo de arte y educación que se propone investigar la relación de las infancias y adolescencias con la fotografía.
El desafío es múltiple y polifónico. El diálogo con una foto que es objeto y también lenguaje; con la propia historia que cuenta la imagen, con aquella que se reescribe al mirarla. Zafarrancho es, ante todo, un proyecto artístico que edita libros, realiza talleres, construye dispositivos lúdicos y pedagógicos y recorre territorios explorando nuevas formas de mirar el mundo, o los muchos mundos que se despliegan en un espacio-taller.
“No somos una editorial” aclara Matías. “El fin de nuestras publicaciones no es solo que se comercialicen. Nos permitimos que las publicaciones puedan no funcionar económicamente, pero sí que pueden mutar en talleres o muestras”, o viceversa. Allí nace el encuentro con niños, niñas y adolescentes, y todo lo que un encuentro posibilita. “Nosotros le llamamos generar miradas sensibles, atentas”. En estos tiempos de deshumanización, individualismo, inteligencia artificial y posverdad, Zafarrancho convoca a desacelerar la mirada y activar otros modos de hacer memoria a partir de la foto de un álbum familiar, un pañuelo blanco, un libro desenterrado, la hoja de un árbol, las barrancas de un río, un retrato en blanco y negro, una fotografía rescatada de la basura. Sentir el peso del papel, percibir aromas o sabores. Preguntar sobre la historia de la foto. Imaginarla, volver a escribirla.

La memoria como álbum familiar
Uno de los variados proyectos de Zafarrancho es “La imagen mirada” un taller que explora en las fotografías de los álbumes familiares. En el 2021 realizaron una primera edición con el objetivo de generar un acercamiento entre los jóvenes que cursaban primer y segundo año del anexo de la Escuela Técnica Nº 1.482 de Lucio V. López, y la propia comunidad de la que eran parte. Surgió como necesidad de vincular la escuela con la comunidad “ya que parte de la población ignoraba su existencia, y hurgar en la historia de Lucio V. Lopez para que les adolescentes pudieran reconocerse en esa historia y a su vez ser reconocidos en tanto sujetos de derecho.” También buscaban que la comunidad se comprometiera con la creación del secundario completo ya que, hasta ese momento, solo se podía cursar primer y segundo año; luego, quienes podían, viajaban a pueblos vecinos para concluir su educación.
En esa búsqueda aparecieron los álbumes fotográficos familiares como una de las fuentes de información más cercanas. “Los chicos realizaron entrevistas y de 50 familias, 48 tenía al menos un álbum con 100 fotos. En total, había 4800 fotografías familiares que contaban la historia de Lucio V. López”, como por ejemplo la de aquella que revelaba la existencia de un equipo femenino de fútbol de hace cuarenta años atrás. Matías lo cuenta, todavía, con un gesto de asombro y felicidad: “El taller cerraba con una pegatina en el espacio público, y ahí una de las fotos era la del equipo, se juntaron esas señoras y jugaron un partido con un equipo de adolescentes. Eso generó una foto sacada en el ámbito privado y puesta en el espacio público”.

La intervención consistía en imágenes pegadas sobre una pared del pueblo en la que dos enormes manos jóvenes sostenían una foto familiar en blanco y negro. El espacio público cobraba otra dimensión: vecinos y vecinas que se acercaban a mirar, contemplar, descubrir, buscarse en imágenes de otra época. Rememorar historias, sueños, deseos, afectos. Reconocerse en las palabras del otro. “Aprendimos la potencia que tiene el trabajo con los álbumes familiares: que la custodia y guarda comunitaria los convierte en indestructibles y que, como dispositivo, abren la posibilidad de nuevas miradas y preguntas” dicen Matías y Cecilia. El álbum de familia como herramienta pedagógica y también, como un hecho comunitario, reservorio de un registro colectivo no oficial.
De la potente experiencia del taller “La Imagen Mirada”, que llevaron adelante durante cuatro años, elaboraron un cuadernillo de acceso libre y gratuito en el que comparten algunos conceptos, metodologías de trabajo, bibliografía y recursos técnicos para realizar la pegatina con el objetivo de difundir y socializar el taller para que otros puedan replicarla. “Esta idea de que los álbumes pertenecen a la comunidad —es decir, que «tu álbum cuenta tu historia, pero también la mía y la de otros»— hay que sembrarla y difundirla”, sostienen.

La memoria como un pañuelo
¿Cómo acercar lo que sucedió en tiempos de dictadura militar a las infancias? ¿Cómo recuperar los relatos de las Madres y Abuelas a través del arte? ¿Qué puede un pañuelo blanco? ¿Qué puede la foto de ese pañuelo? Fue en el marco de los cincuenta años del golpe cívico militar que desde Zafarrancho se propusieron trabajar a partir de la obra “24 pañuelos blancos” del fotógrafo Héctor Río. “Decidimos llevarla a la escuela primaria N° 240 y la AEESO N° 1482, de la localidad de Lucio V. López con la idea de proponer una experiencia estética como ejercicio de memoria”. Fueron dos jornadas de trabajo. La primera junto a niños y niñas de nivel inicial y primer ciclo de primaria, donde miraban la obra, se hacían preguntas sobre lo que veían y sabían de esos pañuelos. La segunda junto al segundo y tercer ciclo de la escuela primaria y a toda la secundaria, donde, después de contemplar la foto de Héctor Río en tamaño gigante, dibujaban pañuelos blancos en el playón de la plaza. “Es un gesto performático a través del cual niños, niñas y adolescentes dejan una huella en un espacio que les es propio; el playón frente a la escuela, amplificando el mensaje a toda la comunidad. A lo largo de las dos jornadas el proyecto se va inscribiendo en una pedagogía de la memoria, traza una poética particular, donde la tiza es juego, es infancia, es afecto” señalan.
Parte del proyecto es socializar lo aprendido en cada taller; compartir saberes y ofrecer recursos artísticos y pedagógicos para docentes, talleristas, instituciones educativas. Del taller con los pañuelos blancos editaron tres cuadernillos de descarga gratuita: uno recoge toda la experiencia de trabajo, otro ofrece recursos con los textos de sala, ficha técnica de la obra y biografía de Héctor Río para que cada escuela pueda montar la foto en su propio espacio. El tercer cuadernillo contiene la pieza artística lista para imprimir y armar.


La memoria es un eje central en los proyectos de Zafarrancho. Ya en el año 2022 habían trabajado con fotografías del archivo digitalizado “Malvinas. Memorias de la espera” que desde el 2018 recopila imágenes tomadas por conscriptos enviados a la guerra. “Se contactan con nosotros y nos proponen realizar un dispositivo impreso para trabajar con adolescentes. Lo realizamos durante un año y medio y elaboramos un fotolibro rodante que incluye una selección de 20 fotografías sueltas presentadas en un sobre de 28×14 cm”. Además, el sobre contiene una libreta de apuntes que acompaña el acto de mirar, y una carta a los/las lectoras. “La estética es de la foto de los 80, con bordes redondeados, y tiene la misma información que tenia la foto original”, explica Sarlo. Un archivo de la memoria reactualizándose en el presente.

Entre un taller y otro, llevaron adelante la obra “La tierra a(guarda)” que consistió en una muestra fotográfica de libros enterrados el año 1979 y desenterrados en el 2018 y la edición de una publicación con el registro fotográfico que el Colectivo Posteo realizó durante el proceso de desentierro. La iniciativa surgió a partir del contacto con Julia Blanco, la nieta de Eduardo Blanco quien en tiempos de dictadura militar ocultó los libros de su hijo bajo tierra, en la localidad de San Gregorio.
La muestra se instaló en una de las paredes de la Biblioteca Argentina y tenía un sentido: exponer fotografías de los libros a un público visitante que circula de manera fortuita o pasajera. Además, la instalación contenía dispositivos lúdicos y la posibilidad de intervenir la obra con mensajes escritos. El libro, y la muestra que se pensó en formato itinerante, partía de preguntas vitales: ¿Cuántas formas puede asumir un libro con el tiempo? ¿Qué búsquedas nos unen a la tierra? ¿Qué nos traen la tierra y el tiempo a través de estos objetos? El foco estaba puesto en la necesidad de pensar el terror impuesto por la dictadura militar. “Esas imágenes nos permitían hablar de la dictadura como algo que nos sucedió a todos y todas, y que no pasó solo en Buenos Aires, o en las grandes ciudades” cuenta Matías y confiesa que la experiencia fue todo un aprendizaje. Es que días después de su inauguración, la muestra fue intervenida con mensajes de odio escritos con fibrón rojo indeleble, arruinando parte de las copias montadas. “Creemos que este gesto tiene la intención de bloquear y obturar la acción artística de lectura y escritura colectiva de la que el público era parte. Nuevamente insisten en silenciar y achatar el pasado para naturalizar una teoría de los dos demonios que nada tuvo que ver con la experiencia histórica, desconociendo que el terrorismo de estado no puede equipararse con actos realizados por personas” señalaron en un posteo que realizaron en su cuenta de Instagram.


La memoria como territorio
Matías se dedicó varios años al fotoperiodismo pero fue en Zafarrancho donde encontró la libertad de producir con otro tiempo y desde un lugar que apela a la sensibilidad y a la construcción de una mirada colectiva. “A nosotros nos interesa incidir en el territorio en el que estamos, del que somos parte”, explica. La memoria además de tiempo también es cuerpo: una cartografía de historias, momentos, sucesos que ocurren en un contexto determinado, en una geografía única. Una comunidad rural, la vecinal de un barrio popular, una escuela, una biblioteca. “La fotografía nos permite dar tiempo para mirar, para charlar. Ese es el eje y la propuesta que hacemos, intentar ver el tiempo, una fotografía que esta ahí, esperando a que la miremos, cada uno necesitará su tiempo para mirarla”.

Durante ese tiempo, las preguntas circulan. Matías dice que no hay que tenerles miedo. Que, al contrario, las preguntas habilitan respuestas abiertas y nuevas formas de mirar una imagen, nuevas maneras de contarla. Que, tal vez, “la fotografía ya no pase tanto por producir, sino por mirar y escuchar”. También se interroga sobre los tiempos actuales, las imágenes hecha con inteligencia artificial y lo que quedará, o no, como registro de esta época. Mientras tanto, Zafarrancho imagina, crea, genera encuentros como el Alcaucil, donde más de 150 personas fueron a Lucio V Lopez para compartir saberes pedagógicos en relación a la fotografía. De ese primer encuentro planifican publicar un libro que reúne la historia de diez colectivos de todo el país que trabajan con proyectos similares.
Tramar redes, hacer comunidad a través de la mirada. Así, desde el hacer artístico, la educación y la memoria activa, Zafarrancho hace cuerpo aquella cita de la película “Nuestra Música” de Jean-Luc Godard: “Si nuestra época ha alcanzado una interminable fuerza de destrucción, hay que hacer la revolución que cree una interminable fuerza de creación, que fortalezca los recuerdos, que necesite de los sueños, que corporice las imágenes”.
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