En los barrios las balaceras diarias siempre terminan cobrándose un nuevo muerto, un nuevo número en la planilla, un nuevo punto rojo en el mapa. Pero cada muerte no es ajena. Detrás hay historias y vidas cada vez más cortas. Rocío tenía 20 años y fue asesinada en Tablada cuando se encontraba junto a un grupo de amigos. Sus compañeros del FOL Rosario la despidieron con un comunicado cargado de dolor. ¿Qué dicen las voces de las organizaciones que todos los días militan en los territorios?.

Foto: Telam

El mapa de homicidios de Rosario es gráfico: una hilera de puntos rojos formando una curva que abarca desde la zona noroeste hasta el sudeste de la ciudad, con la circunvalación como eje de referencia. En algunos lugares los puntos rojos se superponen formando una gran “zona roja” que delimita los barrios más calientes de Rosario. Lo que queda en el medio es el centro de la ciudad, inmutable, mientras en los barrios las decenas de balaceras diarias siempre terminan cobrándose un nuevo muerto, un nuevo número en la planilla, un nuevo punto rojo en el mapa.

En las últimas semanas la seguidilla de hechos delictivos sumado a la aparición de casos altamente mediáticos, acrecentó el panorama de violencia que en la ciudad parece sin control hace años. Los 12 balazos contra la sede del sindicato de Empleados de Comercio; las (nuevas) balaceras contra el Centro de Justicia Penal, en el marco del inicio del juicio contra la banda de Los Monos; o las amenazas contra dos de los tres candidatos en las elecciones de Newell’s dan cuenta de eso. De que las balas son muchas y pican cada vez más cerca.

Claro que en los barrios el ruido seco del gatillo que precede al tintineo de los vainas que caen sobre el cemento se escucha hace rato. El diputado provincial Carlos Del Frade aporta una fecha clave: la madrugada del domingo 26 de mayo de 2013, cuando asesinaron a Claudio “Pájaro” Cantero, el líder de Los Monos. Lo que vino después fue enfrentamientos, pase de facturas, y un crecimiento en los indicadores de homicidios de todo el departamento Rosario. Pero el arresto de los cabecillas de las bandas delictivas más conocidas, lejos de apaciguar las aguas, hizo que el río esté más revuelto.

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“A partir de 2018 han aparecido otros actores más jóvenes, más feroces, que creen que siendo más violentos van a ser más rápidamente millonarios”, explica el referente del Frente Social y Popular, citando el caso de Brandon Bay, recordado por mandar a tirar contra bebés y descuartizar enemigos. Pero en estas últimas semanas el legislador también suma el factor electoral y la aparición de otros sectores que buscan generar conmoción: “Son elementos que hacen a la disputa territorial de los distintos grupos que intentan monopolizar el negocio del narcomenudeo, y por otro lado los nichos de corrupción de la policía que liberan zonas en los barrios y que generan un profundo malestar en nuestro pueblo”.

Algo de esto le advirtió Carlos Arguelles, antiguo cómplice del líder narco Esteban Lindor Alvarado, quien ya en condición de arrepentido le dijo que iban a tirar “un muerto por día” a la política para condicionarlos. El pasado 6 de septiembre su nombre llenó las páginas policiales de los diarios: lo mataron de dos disparos frente al taller mecánico donde trabajaba. Otra cosa que había advertido Arguelles a Del Frade era que él también formaba parte de la lista “roja” de Alvarado. Eran 43 nombres de los cuales 35 ya estaban muertos.

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Quienes mejor pueden describir la situación que se vive en los barrios de Rosario son quienes los transitan día a día. “Esto de las balaceras viene de hace tiempo, nada más que ahora es a destajo. Parece que quieren asustar a alguien más que a los pibes y las pibas de los barrios”, dice Gabriela Vega, una de las fundadoras de Pariendo Justicia. “Sabemos que está re jodido pero que la salida no tiene que ver con esta aplaudida seguridad que pide la gente”, agrega.

Pariendo Justicia es una cooperativa  de trabajo conformada por mujeres familiares de víctimas de distintos hechos delictivos. A Gabriela le tocó un 9 de marzo de 2014, cuando su hermano de 29 años recibió una puñalada en el pecho por parte de un joven de 17 años en barrio Las Delicias, en el sur de la ciudad. En la búsqueda eternamente dilatada de justicia se fue encontrando con otras mujeres. Y decidieron organizarse.

“La mayoría venimos de los barrios más empobrecidos de la ciudad y había toda una problemática detrás por ser pobres y mujeres. Como tener que dejar otros niños solos para ir a pedir justicia o perder el laburo, que en la mayoría de las mujeres era informal. Entonces decidimos constituirnos como cooperativa de trabajo y ya llevamos cinco años”, explica.

Pero además de organizar su propio trabajo y brindar soluciones hacia dentro del grupo, la iniciativa tiene una pata que apunta a la integración social, ofreciendo ayudas hacia afuera. Hoy en día dictan una serie de talleres con jóvenes privados de su libertad y mujeres que atraviesan encierros: “Son acciones sociales compartidas con personas que en verdad están vulneradas de sus derechos, como creemos que también lo estamos nosotras”.

Desde el espacio entienden que el camino es largo y que la solución no pasa por reclamar penas más duras o la militarización de los barrios. Gabriela, a quien le tocó perder un hermano, cuenta como muchos se quedan “atónitos” cuando les dice que no busca venganza y relata el trabajo de inclusión que militan desde la cooperativa.

“Pareciera que todo se soluciona con el día después: con las penas más duras, con la baja de la imputabilidad, con meter a los pibes más chicos, o con castigarlos. Pero nosotros creemos que la seguridad está en incluir a los pibes, en abrazar lo diverso. Nos quieren convencer de que los pibes que roban hay que matarlos. Y por ahí no es. Yo creo que la seguridad tiene que ver con otra cosa”, describe.

Son muchas las organizaciones que entienden que la inseguridad se combate haciendo una sociedad más justa e igualitaria. Y en silencio trabajan día a día intentando que los pibes de sus barrios tengan mayores oportunidades. Esa es la historia de Rancho Aparte que comenzó como una escuelita de fútbol para chicos, pero a medida que los pibes fueron creciendo, también fueron aparecieron otras necesidades. Y junto a ellas florecieron otras propuestas: talleres de música, capacitaciones en carpintería, cine, alfabetización para adultos, apoyo escolar.

Uno de los impulsores de la idea es Javier Ruiz Díaz, que soldó los primeros arquitos de la escuelita de fútbol con sus propias manos, en 2012. Casi 10 años después, dice que le cuesta definir qué es Rancho Aparte: “Proyectamos que los pibes tengan opciones. Consideramos que tienen que decidir quiénes quieren ser y nosotros facilitamos herramientas. Rancho es un lugar abierto para que los pibes puedan transitarlo y que vean que hay un espacio en donde pueden estar tranquilos”.

“Los pibes estuvieron casi dos años en soledad. El que ayer tenía 13 años pasó a los 15 sin nada, sin espacios, sin lugares. Nos llevaron a un montón de pibes en un montón de barrios. De 15, 16, 17 años. Muchísimos. Es muy triste”.

Javier se crío en la zona sur y conoce el barrio. Dice que lamenta cómo las experiencias vividas en muchos barrios del lugar llevan a naturalizar la violencia. Como a todos los espacios de encuentro la pandemia los separó temporalmente, pero con una mejora en los indicadores sanitarios de a poco buscan a volver a ocupar esos lugares. Aunque también preocupan las secuelas: “Los pibes estuvieron casi dos años en soledad. El que ayer tenía 13 años pasó a los 15 sin nada, sin espacios, sin lugares. Nos llevaron a un montón de pibes en un montón de barrios. De 15, 16, 17 años. Muchísimos. Es muy triste”.

Una situación similar vive el grupo de mujeres que sostiene el Movimiento Territorios Saludables, en Villa Moreno. La pandemia cortó un montón de vínculos con la comunidad y la sensación de “volver a empezar” da vueltas por el aire. “El análisis que uno va haciendo es que la violencia es extrema. Desde el año pasado para acá eso se maximizó. Y para los que vivimos en el barrio y estamos en los territorios se nos está haciendo sinceramente muy difícil”, explica Jesica Venturi.

Territorios Saludables se presenta como un movimiento colectivo de gestión de políticas de cuidado y de acceso a derechos. En otras palabras, una institución que trabaja en el territorio complementando el trabajo de las instituciones del Estado. “No es que queremos competir y ocupar esos lugares, sino que entendemos que con el protagonismo de los que viven todo el día en los territorios se puede posibilitar que las políticas realmente lleguen de algún modo a las personas que lo requieran”, detalla.

Y en ese margen entra desde un espacio para las juventudes, con talleres culturales y capacitaciones en oficios, hasta uno para las infancias, que año a año alberga a cientos de niños y niñas durante la colonia de verano. En el medio también aparece un espacio de mujeres, inaugurado este año, y hasta una cooperativa de reciclaje que busca encontrar una salida laboral por medio de la economía popular.

Decir Villa Moreno es decir Jere, Mono y Patón. Y el recuerdo del triple crimen aparece en cada situación de violencia que se vive entre quienes transitan, ocupan y buscan transformar el territorio: “Son violencias que por ahí tienen que ver con situaciones que vemos todos los días como de tiratiros, domésticas o de pareja. Pero también las violencias que sufren del Estado mismo, porque muchas veces vemos mamás con un montón de problemas que desde el Estado lo único que encuentran es un dedo acusador”.

También remarcan que la mirada de “seguridad” que plantean no va de la mano con más policías en las calles, ni con políticas de mano dura, sino con la articulación entre las distintas instituciones y herramientas del Estado para que la gente del barrio pueda vivir un poco mejor. “Nosotros claramente rechazamos ese discurso y entendemos que empeora y sigue poniendo el foco sobre los mismos. Claramente vemos que meter un pibe en cana no te resuelve nada sino que te agrava un montón de situaciones”, señalan.

“Son violencias que por ahí tienen que ver con situaciones que vemos todos los días como de tiratiros, domésticas o de pareja. Pero también las violencias que sufren del Estado mismo, porque muchas veces vemos mamás con un montón de problemas que desde el Estado lo único que encuentran es un dedo acusador”.

En Territorios Saludables se trabaja abarcando muchos frentes y con una opción de propuestas muy variadas. En muchos casos, cuentan, solo se trata de acompañar: “Cuando arrancamos en el espacio de mujeres las cosas que salían eran esas, el agradecimiento por ser escuchadas. También es una necesidad”.

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“Nací para ser libre, no asesinada”, había posteado Rocío Abril Romano, de 20 años, en su cuenta de Facebook. El pasado domingo 19 de septiembre se encontraba junto a un grupo de amigos en la puerta de un pasillo en Ayacucho y Centeno, en barrio Tablada, cuando una moto pasó disparando hacia el lugar. Una de las balas impactó en su pecho ella y llegó sin vida al hospital. Era madre de un bebé. Las crónicas policiales del fin de semana hablan de una balacera previa, a solo tres cuadras del lugar. Y de otro ataque el día siguiente que se cobró una nueva vida, a 100 metros de la primera escena del crimen.

La joven formaba parte del Frente de Organizaciones en Lucha (FOL) y por medio de las redes sociales la despidieron con un sentido comunicado, que carga tanta tristeza como bronca: “Mientras los responsables se disputan las bancas y el poder, en las barriadas populares crece sin medida la desocupación, la pobreza y  la miseria absoluta, condición favorable para que las bandas narcos  a través de sus sicarios hoy nos arrebaten a nuestros seres queridos”.

Distintos movimientos sociales de la ciudad vienen advirtiendo de hace rato la escalada de violencia que se vive en los barrios. En junio pasado, algunas de ellas participaron junto a movimientos religiosos de la ciudad de una ceremonia en el cementerio La Piedad para visibilizar la cantidad de pibes muertos en hechos de violencia. El lugar elegido no es al azar: allí descansan los restos de la mayoría de los jóvenes asesinados en el último tiempo.

El padre Claudio Castricone, coordinador de la Pastoral de Barrios Populares, reconoce que hay una realidad marcada por el narcotráfico. Pero señala que muchos de los hechos recientes ya no se explican por disputas del territorio, sino de una ciudad que, con dos años de pandemia, crisis económica y una diferencia cada vez más marcada entre los que más y menos tienen, termina siendo un caldo de cultivo para que la violencia germine. Lo describe gráficamente: “Lo que antes se arreglaban a las piñas, ahora se arregla a los balazos”.

Foto: La Capital

El sacerdote lamenta la “naturalización” de esa violencia en los barrios de la ciudad y sostiene que hay una falla del Estado en la prevención del delito. “Un celular que se roba es porque se sabe dónde se va a vender. Me parece que es fundamental cortar esa red de comercialización de cosas robadas”, explica. La medida, que apunta al delito menor, entiende que también debe aplicarse a los grandes movimientos de dinero ligados al narcotráfico: “Sino siempre la termina ligando el último eslabón de la cadena, que es el perejil que afana. Esa no es la solución a toda esta crisis de violencia que estamos viviendo”.

“Trabajo, educación cultura alegría y deportes. Mientras eso no esté la oferta del sistema va a ser narcotráfico y armas”.

Una postura similar mantiene Del Frade, que lo sintetiza en tres puntos: control bicameral de las fuerzas de seguridad para lograr seguridad democrática, la reducción de la circulación de las armas, y la investigación del lavado de dinero que todo lo alimenta.  Eso se complementa con una presencia “multiagencial y virtuosa” del Estado en los barrios: “Trabajo, educación cultura alegría y deportes. Mientras eso no esté la oferta del sistema va a ser narcotráfico y armas”.

Para las organizaciones que están insertas en el territorio cada muerte duele. Duele para los familiares de víctimas de Pariendo Justicia, que vivieron en carne propia el dolor desgarrador que produce perder a un ser querido; duele para la gente de Rancho Aparte, que ve como muchas vidas se van perdiendo entre balazos sin poder hacer nada; duele para las mujeres de Territorios Saludables que ven crecer a los pibitos desde que empiezan la colonia de vacaciones. Duele para los integrantes de la FOL que ven morir a los jóvenes que militan y a los que no. En los barrios ninguna muerte es ajena y los puntos rojos no llenan mapas, son los rastros que deja una ciudad cada vez más violenta.

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